Todo el piso cambia.
El cristal negro bajo nuestros pies pierde su brillo. Las grietas rojizas desaparecen, y el aire cargado de sangre se vuelve tibio.
—Un mundo feliz —dice el apóstol.
Su voz se extiende por el escenario sin necesidad de elevarse.
El pasto nace de inmediato.
Primero son pequeños brotes que atraviesan el suelo. Después crecen hasta cubrirlo todo con un verde intenso. Árboles enormes se levantan a nuestro alrededor, hundiendo raíces donde antes había rostros atrapados bajo el cristal.
Las ramas se llenan de hojas.
Flores blancas, amarillas y violetas se abren entre la hierba.
Escucho agua corriendo cerca.
Ciervos aparecen entre los árboles, sin miedo a nuestra presencia. Conejos pequeños saltan entre las flores. A lo lejos, varios pájaros cruzan un cielo completamente azul.
Parpadeo.
Ya no hay nadie frente a mí.
No veo al apóstol.
Tampoco al grupo.
Solo el bosque.
Miro mis manos.
Están cubiertas de callos.
En la derecha sostengo un hacha vieja. En la izquierda, varios trozos de madera recién cortada. Llevo una camisa sencilla con las mangas arremangadas y tierra sobre los pantalones.
No tengo armadura.
No tengo espada.
No recuerdo por qué debería tenerlas.
Frente a mí hay una cabaña.
Es pequeña, pero está bien cuidada. Humo blanco sale de la chimenea. Junto a una de las ventanas crecen flores que alguien intentó ordenar por colores, aunque varias terminaron mezcladas.
Eunji corre alrededor de la casa con un muñeco entre los brazos.
—¡No me alcanzás! —grita, riéndose.
Persigue a un conejo que claramente podría escapar, pero permanece cerca para continuar el juego.
Sentada frente a la puerta está Eunbyeol.
No lleva el Libro de los siete frentes.
No tiene armas.
Viste ropa clara y sostiene una taza entre las manos. Su cabello se mueve con la brisa mientras me observa regresar del bosque.
Sonríe.
—Tardaste.
Me quedo quieto.
No sé de dónde vuelvo.
No sé cuánto tiempo estuve fuera.
Pero mi cuerpo recuerda este camino.
Los pasos sobre la tierra.
El peso de la madera.
La pequeña molestia en la espalda después de trabajar todo el día.
Eunji me ve y levanta ambos brazos.
—¡Papá!
La palabra no me sorprende.
Debería hacerlo.
Pero dentro de este mundo parece natural.
Dejo la madera junto a la entrada. Eunji corre hacia mí y se aferra a una de mis piernas.
—Te dije que no fueras tan lejos —dice Eunbyeol.
—Solo fui hasta el río.
—Eso también dijiste ayer.
Su tono no es de reproche.
Es una discusión repetida tantas veces que ya forma parte de nuestras vidas.
Miro el interior de la cabaña.
Hay tres platos sobre una mesa.
Ropa pequeña colgada junto al fuego.
Una espada de madera apoyada contra una pared, cubierta de polvo como si nadie la hubiera utilizado en años.
No hay ventanas rotas.
No hay sangre.
No existen gritos detrás de las paredes.
Solo una casa.
Una familia.
Paz.
—La comida está lista —dice Eunbyeol.
Eunji tira de mi mano.
—Hoy hice pan.
—Quemó uno —agrega Eunbyeol.
—¡Era el primero!
Las dos comienzan a discutir.
Las observo.
Mi pecho se siente liviano.
No hay un contador.
No hay una Torre.
No existe un futuro que deba impedir.
Tal vez siempre viví aquí.
Tal vez las otras cosas fueron una pesadilla demasiado larga.
Me inclino y levanto a Eunji con un brazo. Ella rodea mi cuello y me muestra el muñeco, explicando algo sobre una boda entre un conejo y una piedra.
Camino hacia la cabaña.
Eunbyeol se pone de pie.
Al pasar junto a ella, toma uno de los trozos de madera de mis brazos.
—Entrá. Yo guardo eso.
—Puedo hacerlo.
—También podés llegar antes de que la comida se enfríe.
Sonríe nuevamente.
La miro durante demasiado tiempo.
Hay algo en esa sonrisa.
Algo que debería recordar.
No dolor.
No exactamente.
Una ausencia.
Eunbyeol inclina la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Entro en la cabaña.
El interior huele a pan y sopa.
Eunji continúa hablando junto a mi oído. Sus palabras se mezclan con el sonido de la leña ardiendo y los pájaros que cantan afuera.
Me siento frente a la mesa.
Eunbyeol deja una taza junto a mí.
Todo está bien.
Demasiado bien.
La idea aparece débilmente.
Intento apartarla.
No encuentro ninguna razón para desconfiar.
Miro mis manos otra vez.
Callos.
Pequeñas cicatrices provocadas por el trabajo.
Manos que cortaron madera durante años.
No las manos de un espadachín.
La palabra surge sin un recuerdo que la acompañe.
Espadachín.
Frunzo el ceño.
—¿Te duele algo? —pregunta Eunbyeol.
—No.
Eunji coloca el muñeco sobre la mesa.
—Está cansado.
—Un poco.
—Entonces mañana no trabajes —dice—. Podemos ir al lago.
Eunbyeol asiente.
—Hace mucho que no vamos los tres.
Los tres.
Miro la tercera silla.
Después el interior de la casa.
Solo hay tres platos.
No debería resultarme extraño.
Sin embargo, siento que falta alguien.
O varias personas.
Rostros que no consigo recordar.
Un hombre detrás de un escudo.
Una mujer con un báculo.
Un arquero.
Una maga.
Un asesino que habla demasiado.
Una guerrera que sostiene un hacha.
Las imágenes aparecen y desaparecen.
—No necesitás pensar en ellos —dice Eunbyeol.
Levanto la vista.
Ella sigue sonriendo.
—¿En quiénes?
Su expresión no cambia.
—En nadie.
El fuego de la chimenea cruje.
Eunji continúa jugando, como si no hubiera escuchado nada.
Miro hacia la ventana.
El cielo permanece azul.
Perfectamente azul.
Sin una sola nube.
Durante más de mil años deseé volver a verlo.
Esa certeza llega antes que el recuerdo.
Mil años.
Infierno.
Demonios.
Sangre.
Una espada rota entre mis manos.
El cielo nunca permanecía tan quieto.
Incluso antes del fin, las nubes se movían.
La luz cambiaba.
Los pájaros no repetían el mismo recorrido.
Observo uno de ellos.
Cruza de izquierda a derecha.
Desaparece detrás de un árbol.
Tres segundos después, otro pájaro idéntico repite el mismo camino.
Las alas se mueven con el mismo ritmo.
Eunji deja caer el muñeco.
Lo levanta.
Lo vuelve a dejar caer.
Exactamente de la misma forma.
La sopa no produce vapor.
Eunbyeol mantiene la taza cerca de sus labios, pero nunca bebe.
El mundo no está vivo.
Está interpretando la vida.
Mi respiración se detiene.
La mujer frente a mí nota el cambio.
—Cheonro.
No suele llamarme así.
En este mundo debería ser su padre.
Sin embargo, utilizó mi nombre.
Eunji continúa riéndose.
—No tenés que volver —dice Eunbyeol—. Ya hiciste suficiente.
La voz se vuelve más suave.
Más cuidadosa.
—Podés quedarte.
La miro.
Quiero hacerlo.
Ese es el problema.
Quiero permanecer sentado en esta mesa hasta olvidar que alguna vez tuve una espada.
Quiero escuchar a Eunji hablar del conejo y la piedra.
Quiero que Eunbyeol vuelva a sonreírme de esa forma.
Quiero un mundo en el que ninguna de las dos necesite aprender a matar.
Pero no es mi mundo.
Y esa no es la mirada de mi hija.
Es la mirada de algo que aprendió qué rostro necesito ver.
Levanto la mano.
Eunbyeol parece esperar una caricia.
En cambio, me golpeo la cara con toda la fuerza posible.
El sonido rompe la cabaña.
La mesa se agrieta.
El bosque se distorsiona.
Eunji pierde el rostro durante un instante.
La sonrisa de Eunbyeol se extiende demasiado.
Vuelvo a golpearme.
—Despertá.
La tercera bofetada borra el mundo.
El cielo azul se parte.
Las flores se vuelven ceniza.
Los árboles se retuercen y regresan al interior del suelo.
La cabaña se derrumba sin producir ruido.
Abro los ojos.
El piso ha recuperado su tono rojizo.
El cristal negro se extiende bajo mis pies y miles de rostros continúan moviéndose debajo de la superficie.
El Apóstol de Mimic está frente a mí.
Mucho más cerca.
Avanza lentamente, como si hubiera esperado encontrarme dormido cuando llegara.
Todavía conserva parte del rostro de Eunbyeol, pero la piel se encuentra abierta en varias zonas. Debajo se mueven ojos, bocas y facciones pertenecientes a personas distintas.
Miro a mi alrededor.
Todos permanecen de pie.
Dormidos.
Mujin abraza el escudo contra el pecho, aunque su expresión es tranquila.
Kwon sonríe levemente mientras mueve los dedos, como si contara monedas invisibles.
Jiwon sostiene el báculo contra su cuerpo. Lágrimas silenciosas recorren sus mejillas.
Doyun tiene una mano extendida hacia algo que solo él puede ver.
Hejin murmura fórmulas sin emitir sonido.
Seolhwa está arrodillada. Sus brazos rodean a una persona inexistente.
Eunbyeol permanece frente a mí.
Sonríe.
No a mí.
A alguien dentro de su propio sueño.
El apóstol da otro paso.
—La felicidad es una prisión eficiente —dice con su voz monótona—. Los seres humanos rara vez intentan escapar de aquello que desean.
Desenvaino la espada.
Mi mejilla todavía arde por los golpes.
—Trucos baratos.
El apóstol se detiene.
Los rostros bajo su piel comienzan a sonreír.
—Y, sin embargo, dudó.
—Durante demasiado tiempo.
—Quiso quedarse.
—Sí.
No necesito negarlo.
—Entonces el mundo era correcto.
—No.
Aprieto la empuñadura.
—Solo era cruel.
La criatura inclina la cabeza.
—No había sufrimiento.
—Por eso.
Doy un paso hacia ella.
—Utilizaste lo único que nunca podría tener y esperaste que lo confundiera con felicidad.
El apóstol abre varios ojos sobre el cuello.
—La distinción carece de importancia si el deseo es satisfecho.
—Una mentira sigue siendo una mentira aunque sea agradable.
—Su hija estaba viva.
—Mi hija está viva.
Miro a Eunbyeol.
La verdadera.
Permanece atrapada en algún lugar detrás de sus propios párpados.
El apóstol sigue mi mirada.
Su sonrisa crece.
—¿Está seguro?
Las palabras intentan penetrar más profundo que el sueño.
No se lo permito.
Corro.
El apóstol no retrocede.
Mi espada atraviesa su cuello.
La piel se abre, pero no encuentro carne.
La hoja sale por el otro lado rodeada por manos pequeñas que nacen dentro de la herida.
Los dedos se cierran sobre el metal.
El apóstol gira el cuerpo.
Una fuerza brutal intenta arrancarme el arma.
Suelto una mano de la empuñadura y golpeo su rostro.
La cabeza se dobla.
No por el impacto.
Porque permite que lo haga.
El rostro de Eunji aparece sobre su mejilla.
No detengo el siguiente golpe.
El puño lo destruye.
La imagen se deshace.
—La primera vez fue difícil —digo—. Ahora ya sé qué sos.
La criatura libera la espada y retrocede.
Docenas de bocas se abren sobre su torso.
Todas hablan al mismo tiempo.
—No puede despertarlos sin destruir sus mundos.
Miro al grupo.
El escenario los mantiene de pie, pero sus cuerpos empiezan a reaccionar a lo que ocurre dentro.
Mujin flexiona las piernas.
Kwon mueve una daga que no sostiene.
Jiwon intenta curar a alguien.
Seolhwa aprieta los brazos alrededor del vacío.
Eunbyeol sonríe mientras una lágrima baja por su rostro.
No puedo entrar en sus sueños.
Tampoco sé qué les mostró.
Pero no necesito destruir sus mundos.
Solo recordarles que algo existe fuera de ellos.
—Mujin —digo.
No responde.
El apóstol sonríe.
Golpeo el escudo con la empuñadura.
Una vez.
El sonido atraviesa el piso.
—Kang Mujin.
Segundo golpe.
—La línea está por romperse.
Los dedos de Mujin se tensan.
Su sonrisa desaparece.
En su sueño, algo cambió.
El apóstol gira hacia él.
—No.
Golpeo por tercera vez.
—Necesito mi escudo.
Los ojos de Mujin se abren.
Aspira con violencia y cae sobre una rodilla.
Mira alrededor sin comprender.
Después encuentra al apóstol.
Su brazo se mueve por reflejo.
El escudo se interpone cuando una masa de rostros intenta alcanzarme.
—Capitán...
—Bienvenido.
Mujin respira con dificultad.
—Estaba...
Su voz se rompe.
No le pregunto qué vio.
—Despertá a Jiwon.
Él asiente.
El apóstol retrocede.
Por primera vez, su expresión deja de ser monótona.
No siente miedo.
Siente molestia.
—Los mundos pertenecen a ellos.
—Entonces ellos decidirán si quieren abandonarlos.
Mujin se acerca a Jiwon.
No la golpea.
Coloca el escudo frente a ella y golpea el borde dos veces.
—Doctora.
Nada.
—Han Jiwon.
Sus labios se mueven dentro del sueño.
Mujin baja la voz.
—Todavía hay pacientes.
Los ojos de Jiwon se abren.
La luz regresa al báculo antes de que comprenda dónde está.
Se gira hacia Mujin.
Después mira las lágrimas sobre sus propias manos.
No pregunta.
—¿Quién está herido?
—Todos —respondo.
Eso basta.
Jiwon se coloca de pie.
El apóstol extiende los brazos.
El suelo se llena de reflejos.
En cada uno aparece el mundo feliz que acabamos de abandonar.
La cabaña.
El lago.
Una ciudad intacta.
Familias.
Personas muertas.
Vidas que nunca existieron.
—No los despertará a todos —dice—. Algunos no desean regresar.
Miro a Seolhwa abrazando el vacío.
No necesito saber a quién sostiene.
—Entonces tendremos que darles una razón.
Levanto la espada.
Mujin fija el escudo.
Jiwon enciende el báculo.
El apóstol sonríe con cientos de rostros.
Detrás de él, las copias de nuestros sueños comienzan a salir de los reflejos.
La cabaña reaparece.
Eunji se encuentra frente a su puerta.
La falsa Eunbyeol permanece sentada junto a ella.
Las dos me miran.
—Papá —dice Eunji—. Volvé.
Mi pecho se contrae.
La espada no baja.
—La próxima vez —murmuro—, intentá crear un cielo con nubes.
Corto el reflejo.
La cabaña se divide.
El mundo feliz se llena de grietas.
Avanzo.
El apóstol no intenta bloquearme.
El espacio entre ambos se estira.
Doy un paso.
La distancia aumenta.
Doy otro.
El suelo de cristal desaparece.
Estoy frente a una muralla.
No la muralla de Clemen.
La última muralla de la humanidad.
El cielo está cubierto de fuego. Miles de demonios se acumulan al otro lado, pero ninguno ataca.
Todos están muertos.
Sus cuerpos forman montañas.
En lo alto de la muralla ondea una bandera azul.
Humanos celebran en las calles.
Soldados levantan sus armas.
Niños corren entre las ruinas.
Una ventana del sistema aparece frente a mí.
[La guerra ha terminado.][La humanidad ha sobrevivido.][Ouranoktonos ha sido eliminado.][Todos los pisos han sido conquistados.]
Mis manos ya no pertenecen a Kim Cheonro.
Son grandes.
Viejas.
Cubiertas de cicatrices.
Vuelvo a ser Byeolha.
Llevo la espada que utilicé durante los últimos años de la guerra. No está rota. La hoja conserva el brillo que perdió mucho antes de mi muerte.
Alguien se acerca por detrás.
—Maestro.
Reconozco la voz.
Personas muertas esperan sobre la muralla.
Compañeros.
Discípulos.
Soldados cuyos nombres todavía recuerdo.
Todos vivos.
Todos jóvenes.
Todos sonriendo.
Entre ellos está Eunbyeol.
La mujer que realmente conocí.
No la imitación del piso.
Lleva la armadura con la que salió de casa por última vez. La cicatriz debajo de su ojo está en el lugar correcto. Su cabello está mal atado porque nunca tuvo paciencia para arreglarlo antes de una batalla.
—Terminó —dice.
Mi pecho se tensa.
Ella camina hacia mí.
—Ya no tenés que luchar.
Miro la ciudad.
No hay monstruos.
No hay gritos.
No hay una Torre.
La guerra terminó.
Durante una fracción de segundo, quiero creerlo.
Entonces observo la espada.
No tiene sangre.
Mi espada nunca terminaba una batalla limpia.
Miro a los soldados.
Todos sonríen de la misma forma.
Nadie llora por los muertos.
Nadie pregunta cuánto costó la victoria.
No hay personas mutiladas.
No hay edificios incendiados.
No existe el silencio incómodo que queda después de sobrevivir cuando otros no lo consiguen.
El apóstol sabe cómo se ve una victoria.
No sabe cómo se siente.
Camino hacia Eunbyeol.
Ella abre los brazos.
Paso a través de su cuerpo.
La imagen se deshace detrás de mí.
—La humanidad nunca celebra así —digo—. Siempre empieza contando a los que faltan.
La muralla se agrieta.
La ventana del sistema parpadea.
[La guerra ha termi—]
Corto el mensaje.
El mundo desaparece.
Regreso al cristal negro.
El apóstol está más cerca.
O yo avancé.
Una capa translúcida se rompe alrededor de su cuerpo. Fragmentos de la muralla, los soldados y el cielo en llamas caen al suelo antes de convertirse en humo.
La criatura retrocede.
Solo medio paso.
—Una defensa —murmuro.
No protegía su cuello.
Protegía la distancia entre nosotros.
El apóstol levanta una mano formada por demasiados dedos.
—No importa cuánto avance.
La oscuridad vuelve a cerrarse.
—Siempre puede regresar.
Estoy dentro de la residencia.
No hay sangre.
No hay armas.
Todos están sentados alrededor de la mesa.
Kwon come mientras mira la televisión.
Mujin duerme en un sillón.
Jiwon discute con Hejin sobre medicamentos.
Doyun limpia su arco.
Seolhwa ayuda a Eunji con una tarea.
Eunbyeol lee junto a la ventana.
La escena parece normal.
Precisamente por eso resulta más difícil.
—Capitán —dice Kwon—. Llegó tarde.
Miro mis manos.
Son las de Cheonro.
La Espada del bosque descansa contra la pared, completamente restaurada. El Lobo duerme a sus pies con un cuerpo verdadero, cubierto de hojas verdes.
—¿Qué pasó? —pregunto.
Eunbyeol cierra el libro.
—Completamos el piso.
—¿El apóstol?
Hejin levanta la vista.
—¿Qué apóstol?
Todos me observan.
Jang entra desde el pasillo con una carpeta.
—El tercer piso terminó hace dos días, señor Cheonro. Debería descansar.
Algo golpea dentro de mi pecho.
No recuerdo haber vuelto.
No recuerdo la calificación.
Tampoco recuerdo cómo despertaron los demás.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Unas horas —responde Jiwon—. Después durmió casi dos días.
Se acerca.
Toca mi frente.
Su mano está tibia.
Su expresión es la correcta.
Molesta.
Preocupada.
Autoritaria.
—No tiene fiebre.
Kwon cambia de canal.
En la televisión hablan sobre Corea como la primera nación en conquistar el tercer piso.
Todo parece coherente.
Incluso demasiado.
Miro a Eunbyeol.
Ella nota mi atención.
—¿Qué?
—Nada.
Frunce el ceño.
—Siempre dice eso cuando sí pasa algo.
Exactamente como ella.
La ilusión aprendió.
No repite una sonrisa perfecta.
Agrega fricción.
Discusiones.
Cansancio.
Pequeñas imperfecciones.
El Apóstol de Mimic corrige sus errores.
Me acerco a la ventana.
Afuera hay guardias.
Vehículos.
Periodistas detrás de las barreras.
El cielo está cubierto de nubes que se mueven.
No encuentro ningún defecto.
—¿Qué calificación obtuvimos? —pregunto.
Jang abre la carpeta.
—SSS.
—¿Cuáles fueron las recompensas?
—Todavía no las ha compartido con el Gobierno.
Respuesta posible.
—¿Qué habilidad utilizó Mujin durante el colapso?
Mujin abre los ojos.
—Ancla.
—¿Cuántas veces?
—Una.
—¿Jiwon?
—Triaje del último aliento —responde ella—. También una vez.
Correcto.
El apóstol no improvisa.
Está utilizando nuestros recuerdos.
Doyun deja de limpiar el arco.
—¿Qué busca?
No lo sé.
Eso es lo peligroso.
Tal vez esta sea la realidad.
Tal vez desperté.
Miro hacia la cocina.
Eunji sirve agua en un vaso.
Lo sostiene con ambas manos.
Hay una pequeña mancha oscura en su muñeca.
Una cicatriz.
No la tenía.
La observo durante demasiado tiempo.
Eunji baja el vaso.
—¿Qué pasa?
—Tu muñeca.
Se la mira.
—Me quemé cocinando.
Seolhwa se pone de pie.
—Fue mi culpa. No guardé bien una olla.
La explicación es simple.
Creíble.
Me acerco a la niña.
Tomo su brazo.
La cicatriz tiene forma de media luna.
La misma forma que dejó una aguja ritual sobre una de las niñas rescatadas del culto.
No sobre Eunji.
El apóstol mezcló recuerdos.
Apenas un detalle.
Una cicatriz correcta en la persona equivocada.
Aprieto el brazo.
La piel se hunde demasiado.
Eunji sonríe.
—¿Ya se dio cuenta?
La casa se queda inmóvil.
Kwon deja de respirar.
Jiwon mantiene la mano suspendida.
Las nubes se detienen.
Hundo la espada en el suelo.
Una grieta atraviesa toda la residencia.
—Mejoraste —digo—. Pero seguís sin entender a las personas.
La ilusión se parte.
Todos los rostros se deforman.
El mundo cae como vidrio.
El apóstol está todavía más cerca.
Otra capa se desprende de su cuerpo.
Esta vez parece una membrana hecha de paredes, muebles y piel humana.
Debajo existe otra.
Y otra.
No son armaduras.
Son sueños superpuestos.
Cada vez que intento acercarme, me introduce en una nueva realidad.
Si acepto una, dejo de avanzar.
Si dudo demasiado, olvido que existe algo afuera.
El apóstol da otro paso.
Está a menos de diez metros.
Puedo ver que su respiración es irregular.
No está cansado.
Está asustado.
—Su cuerpo es débil —digo.
Las bocas de su torso se cierran.
—No posee información suficiente para determinarlo.
—Por eso no intentás pelear.
Una de sus manos se convierte en una garra.
Ataca.
El movimiento es lento.
Demasiado.
Desvío la muñeca con la espada y corto el brazo.
La extremidad cae al suelo.
No hay sangre.
Desde la herida nace un pasillo.
La oscuridad me absorbe antes de que pueda retroceder.
Estoy arrodillado frente al grupo.
Todos están muertos.
No hay monstruos cerca.
Solo cuerpos.
Mujin yace debajo de su escudo.
Kwon tiene las dagas clavadas en el pecho.
Jiwon murió abrazada a su báculo.
Doyun no tiene manos.
Hejin está quemada.
Seolhwa continúa sujetando su hacha incluso después de morir.
Eunbyeol está frente a mí.
La espada que la atravesó sigue dentro de su corazón.
La misma que utilicé contra la imitación.
Su rostro no muestra sorpresa.
Muestra decepción.
—Nos mataste —dice.
La voz sale también de los otros cadáveres.
—Nos trajiste a tu pesadilla.
—Nos utilizaste para alcanzar una calificación perfecta.
—Nos obligaste a seguirte.
Me pongo de pie.
No miro las heridas.
No necesito comprobar si son reales.
El apóstol ya reveló su error.
—Ninguno de ellos diría eso.
Eunbyeol inclina la cabeza.
—¿Está seguro?
—Jiwon me insultaría antes de morir.
El cadáver de Jiwon abre los ojos.
—Podría hacerlo.
—Mujin preguntaría si el resto salió.
Mujin mueve la boca.
—¿Salieron?
—Kwon se quejaría del dinero.
Kwon sonríe.
—Todavía me deben mi parte.
Las imitaciones intentan corregirse.
Demasiado tarde.
—Hejin querría saber qué falló.
—Doyun contaría sus flechas.
—Seolhwa intentaría levantarse.
El cuerpo de Seolhwa tiembla.
La mano se apoya sobre el suelo.
La ilusión copia mis palabras.
Pero no sus decisiones.
—Y Eunbyeol no me acusaría de obligarla.
Miro a la figura frente a mí.
—Me acusaría de no confiar lo suficiente en ella.
La falsa Eunbyeol abre la boca.
No llega a hablar.
Mi espada atraviesa su frente.
Los cadáveres desaparecen.
El escenario se rompe.
Regreso.
Siete metros.
Luego cinco.
Las capas se desprenden cada vez más rápido.
El apóstol intenta retroceder, pero sus piernas no coordinan.
Corto otra mano.
Un bosque intenta formarse alrededor de mí.
Sigo caminando.
Aparece la cabaña.
La atravieso.
Eunji me llama.
No giro.
Mi hija muerta aparece frente a mí.
Camino a través de ella.
La Torre anuncia una calificación SSS.
Ignoro la ventana.
Ouranoktonos se arrodilla y me ofrece su cabeza.
No levanto la espada.
Un cielo azul se abre.
No lo miro.
Cada imagen pierde fuerza antes de completarse.
El apóstol ya no tiene tiempo para construir mundos.
Solo lanza fragmentos.
Una mesa.
Una tumba.
Una risa.
Una mano pequeña.
Una noche sin guerra.
Un cuerpo vivo.
Un funeral vacío.
Los recuerdos chocan unos con otros.
No son engaños complejos.
Son objetos arrojados contra mi mente.
Sigo avanzando.
—Deténgase —dice el apóstol.
Su voz ya no es monótona.
Decenas de tonos se mezclan.
Ancianos.
Niños.
Hombres.
Mujeres.
—Puede elegir.
Corto otra capa.
—No.
—Una vida sin guerra.
Otra.
—No.
—Su hija.
Otra.
—No.
—El cielo.
Otra.
—Ya lo vi.
Queda frente a mí.
O eso parece.
El cuerpo conserva la forma de Eunbyeol, pero los rasgos se deslizan. Los ojos cambian de tamaño. La boca aparece demasiado arriba. El cabello se convierte en dedos.
Levanta ambos brazos.
—No puede saber qué es real.
La espada atraviesa su pecho.
No encuentro el corazón.
El cuerpo se abre como una cortina.
Detrás hay otra habitación.
No entro.
Corto las paredes.
El suelo se inclina.
Las ventanas se convierten en bocas.
Sigo cortando.
No busco una salida.
Busco aquello que las ilusiones intentan cubrir.
Cada sueño necesita un punto de origen.
Cada mentira necesita algo que la sostenga.
Flujo del universo se activa.
No para desviar ataques.
Para mantener el movimiento.
Un paso conduce al siguiente.
Las paredes falsas se incorporan al recorrido.
La cabaña se convierte en una plataforma.
Una mesa inclinada cambia mi dirección.
Una mano que intenta sujetarme impulsa el giro de la espada.
Los fragmentos de sueños dejan de ser obstáculos.
Se vuelven camino.
El apóstol intenta modificarlo.
No puede hacerlo más rápido que yo.
Cruzo un pasillo lleno de puertas.
Corto siete sin abrirlas.
Detrás de la octava escucho llorar a Eunbyeol.
No me detengo.
La novena contiene mi propia voz.
La décima no contiene nada.
Cambio de dirección.
Esa es la correcta.
El vacío es lo único que el apóstol no intenta mostrarme.
Atravieso la pared.
Caigo dentro de un espacio estrecho.
El olor llega primero.
Carne podrida.
Madera húmeda.
Pelo quemado.
Sangre vieja.
No existe cielo.
No hay cristal.
No hay paisajes.
Solo una cavidad oscura, escondida detrás de todas las ilusiones.
En el centro se encuentra el verdadero Apóstol de Mimic.
Me quedo quieto.
No porque sea aterrador.
Porque no comprendo lo que estoy viendo.
No tiene una forma.
Es un cúmulo.
Un montón de cosas unidas sin ningún orden.
Piernas humanas pegadas a raíces.
Cuernos de ciervo creciendo desde una silla rota.
Manos pequeñas cosidas alrededor de una rueda.
Ojos incrustados en trozos de madera.
Dientes humanos dentro de flores.
Cabello saliendo de páginas arrancadas.
Mandíbulas de animales unidas a tazas, juguetes y fragmentos de armadura.
Un conejo blanco respira dentro de una caja torácica.
No está vivo.
Solo repite el movimiento.
Relojes sin agujas laten como corazones.
Dedos sostienen fotografías sin imágenes.
En el centro de todo hay una masa pálida del tamaño de un niño.
No posee piel.
Tampoco rostro.
Varias bocas incompletas se abren sobre ella, pero ninguna tiene lengua.
El apóstol intentó copiar tantas cosas que perdió cualquier posibilidad de convertirse en una.
Ese es su cuerpo.
No la figura alta.
No los rostros.
No los mundos.
Solo restos sin relación, acumulados alrededor de una criatura incapaz de crear algo propio.
Las bocas se mueven.
La voz surge desde todos los objetos.
—No debería estar aquí.
Miro la masa.
—Por eso construiste tantas capas.
Una mano cosida intenta levantar una espada.
No puede sostenerla.
La deja caer.
Un cuerno se mueve como si fuera una pierna.
La criatura intenta retroceder.
El cúmulo se arrastra apenas unos centímetros.
Físicamente no es más fuerte que un humano común.
Tal vez sea incluso más débil.
Todo su poder estaba en impedir que alguien llegara hasta aquí.
—Usted tampoco posee una forma propia —dice—. Kim Cheonro. Byeolha. Padre. Cazador. Capitán. Regresor.
La última palabra se distorsiona.
El sistema la aplasta antes de que pueda abandonar la cavidad.
—También es un cúmulo de identidades.
—La diferencia es que son mías.
—Fueron construidas por otros.
—Pero yo elegí qué hacer con ellas.
La masa tiembla.
Varias bocas intentan sonreír.
—¿Cómo distingue una elección de una imitación?
Pienso en el grupo.
En sus discusiones.
En Jiwon negándose a obedecer cuando estoy herido.
En Kwon quejándose.
En Mujin permaneciendo de pie.
En Hejin arriesgándose por comprender.
En Doyun corrigiendo un disparo.
En Seolhwa retrocediendo cuando su cuerpo le exige avanzar.
En Eunbyeol cuestionando cada orden que no comprende.
—Porque las personas reales no existen para darme lo que deseo.
La criatura deja de moverse.
—Me contradicen.
Doy un paso.
—Se equivocan.
Otro.
—Cambian.
La espada se eleva.
—Y toman decisiones que yo nunca habría imaginado.
Las ilusiones fueron perfectas porque todo giraba alrededor de mí.
La realidad nunca lo hace.
La masa pálida abre todas sus bocas.
El último engaño aparece entre nosotros.
Eunbyeol.
La del mundo anterior.
Herida.
Con lágrimas en los ojos.
—Papá.
No detengo la espada.
La imagen se parte antes de que el filo alcance el cuerpo verdadero.
—Ya usaste esa voz demasiadas veces.
La hoja desciende.
La masa intenta apartarse.
Es lenta.
Patética.
El corte atraviesa juguetes, raíces, manos y páginas.
Llega al centro.
Durante un instante siento una resistencia pequeña.
Como cortar un nudo de carne.
Después cede.
El cúmulo se abre.
Los relojes dejan de latir.
El conejo dentro de la caja torácica deja de respirar.
Los ojos se cierran.
Las bocas emiten un único sonido.
No un grito.
Una pregunta.
—¿Qué... soy?
La espada termina el recorrido.
—Nada que hayas elegido ser.
La cavidad se queda en silencio.
Entonces todas las ilusiones empiezan a caer.