El sistema reaccionó.
[Alerta del sistema.]
[Un dios exterior está interfiriendo con el piso 2.]
[Alerta.]
[Alerta.]
[Negando intrusión.]
[Alerta.]
[Intrusión negada.]
El mundo tembló.
La luz del horizonte parpadeó.
Los ciudadanos no vieron las ventanas, pero sí sintieron el cambio. Las sonrisas desaparecieron. El llanto de alivio se transformó en miedo.
Una última ventana apareció.
Pero esta vez, solo frente a mí.
[El dios exterior: «El amanecer después de la sangre» propone un trato al jugador Kim Cheonro.]
[Apuesta ofrecida:]
[Resista durante un minuto contra uno de sus lacayos.]
[Nivel de amenaza: SSS.]
[Puede negarse a participar.]
[Recompensa por aceptación y supervivencia:]
[Despeje SSS.]
[Orbe del amanecer — SSS.]
[Habilidad aleatoria — SS.]
[¿Aceptar? Y/N]
No respondí de inmediato.
Un minuto.
Solo sesenta segundos.
Pero el nivel de amenaza era SSS.
Eso no era una dificultad alta.
Era una sentencia.
Mi cuerpo actual no estaba preparado para enfrentar algo así. Ni mis estadísticas, ni mi equipo, ni mis habilidades alcanzaban para matar a una criatura de ese rango.
Pero la condición no decía vencer.
Decía resistir.
Miré el contador del amanecer.
[Tiempo restante para el amanecer: 1 minuto, 42 segundos.]
Si me negaba, probablemente el piso terminaría igual.
El amanecer saldría.
La ciudad viviría.
Pero la recompensa SSS desaparecería.
Y más importante aún: el dios exterior recordaría que le tuve miedo.
Apreté la empuñadura de la espada.
—Siempre apostando con vidas ajenas...
Seleccioné la respuesta.
[Y]
El mundo se detuvo.
No como cuando el sistema me impedía decir algo prohibido.
Esto era distinto.
El viento se congeló.
Las llamas dejaron de moverse.
Las lágrimas del anciano quedaron suspendidas sobre su rostro.
Todos en la ciudad permanecieron inmóviles.
Todos, excepto yo.
Y algo que comenzó a descender desde la grieta del horizonte.
Primero apareció una mano.
Demasiado larga.
Demasiado blanca.
Después un brazo cubierto por grietas doradas.
Finalmente, la criatura cayó sobre la llanura.
No era grande.
Eso fue lo peor.
No tenía el tamaño de un dragón ni la forma de una bestia colosal.
Parecía un hombre.
Alto, delgado, cubierto por una armadura blanca manchada de rojo. Sobre su espalda colgaban seis alas incompletas, hechas de plumas quemadas y fragmentos de hueso. Su rostro no tenía ojos, solo una línea dorada en el centro de la frente, como una herida abierta por donde salía luz.
El sistema mostró su nombre.
[Lacayo del dios exterior.]
[Heraldus de la Aurora Sangrienta.]
[Amenaza: SSS.]
[Condición de victoria: sobreviva 60 segundos.]
Un nuevo contador apareció.
[60]
No esperó.
En el mismo instante en que el número apareció, la criatura desapareció de mi vista.
No fue velocidad normal.
Fue como si el mundo hubiera decidido omitir el trayecto entre su posición y la mía.
Apenas alcancé a levantar la espada.
El golpe llegó.
Sentí el impacto en los brazos, luego en los hombros, después en las costillas.
Salí despedido contra la muralla.
La piedra se partió a mi espalda.
La sangre subió por mi garganta.
[57]
No podía bloquearlo de frente.
Ni siquiera una vez más.
Me despegué de la pared justo cuando una lanza de luz atravesó el lugar donde estaba mi cabeza.
La piedra se derritió sin producir humo.
Corrí.
Primer estilo de la espada.
Pasos que fluyen como el río.
No intenté alejarme en línea recta.
Eso sería inútil.
Moví el cuerpo en curvas, diagonales y cambios mínimos de dirección, usando cada grieta del suelo, cada resto de hueso, cada sombra proyectada por la muralla.
La criatura giró la cabeza.
No tenía ojos.
Pero me veía.
Levantó una mano.
El aire frente a mí se volvió rojo.
Mi instinto gritó antes que mi mente.
Salté hacia un costado.
La zona donde estaba explotó en silencio.
No hubo fuego.
No hubo ruido.
Solo desapareció.
Tierra, piedras, huesos.
Todo borrado en un círculo perfecto.
[49]
Bien.
Sus ataques no destruían.
Eliminaban.
Una rozadura podía ser mortal.
No podía permitir ni un contacto directo.
El Heraldus apareció frente a mí.
Esta vez vi el movimiento.
Apenas.
Su brazo descendió como una espada.
Segundo estilo.
Postura contra la tormenta.
Clavé ambos pies en el suelo, incliné la hoja y recibí el golpe de costado, no para detenerlo, sino para desviarlo.
El impacto me rompió dos dedos.
Sentí el crujido.
La espada casi salió volando.
Apreté la empuñadura con la otra mano y giré el cuerpo, usando la fuerza del enemigo para salir de la línea de ataque.
La hoja blanca pasó junto a mi pecho y abrió una herida superficial.
Superficial.
Pero el dolor fue absurdo.
Como si la carne hubiera recordado todas las heridas que había recibido en mi vida y las hubiera sentido al mismo tiempo.
[42]
El título Enemigo de la oscuridad no se activó.
No era un nigromante.
Masacre tampoco.
No había cien enemigos.
Corte del comandante no servía.
No lideraba una tropa.
Estaba solo.
Y yo también.
Mis ventajas no existían.
Solo quedaba técnica.
Experiencia.
Y una terquedad que la muerte nunca consiguió quitarme.
El Heraldus abrió sus alas.
La luz rojiza del horizonte se concentró en ellas.
Mala señal.
Tercer estilo.
Forma del desastre.
No era una técnica defensiva.
Era una forma de romper el ritmo del campo.
Pateé una pila de huesos, lancé mi capa hacia arriba y corté una sección del suelo bajo mis pies para levantar una nube de polvo y fragmentos. No esperaba dañarlo.
Esperaba ocultar mi intención durante medio segundo.
La criatura disparó.
Seis rayos atravesaron la zona.
Uno rozó mi pierna.
La bota de Clemen resistió una fracción del daño, pero el calor llegó igual. La piel se abrió. Sentí el músculo quemarse.
Caí sobre una rodilla.
[35]
Demasiado lento.
El Heraldus apareció encima de mí.
No podía esquivar.
No podía bloquear.
Así que usé la segunda forma.
Absoluto.
El mundo se redujo a una sola línea.
Ni dolor.
Ni miedo.
Ni pensamiento.
Solo el punto exacto donde su ataque debía tocarme.
Moví la espada un centímetro.
Nada más.
El golpe descendió.
Mi hoja no lo detuvo.
Lo desvió lo suficiente.
La mano del Heraldus pasó junto a mi cuello y arrancó parte de mi hombro izquierdo.
Sangre.
Mucha.
Pero la cabeza seguía unida al cuerpo.
[29]
La criatura inclinó el rostro.
Por primera vez, habló.
No con voz.
Con una presión que me apretó el cráneo desde dentro.
—Tu amanecer también terminará en sangre.
Escupí al suelo.
—Hablás demasiado para alguien que solo tiene que matar a un humano.
La línea dorada de su frente se abrió más.
Mal.
Muy mal.
Sentí que el próximo ataque no apuntaba a mi cuerpo.
Apuntaba a mi existencia.
A mi nombre.
A todo lo que me mantenía unido a este mundo.
Usé los puntos libres sin pensarlo.
[Puntos libres utilizados: 2.]
[Resistencia +2.]
No era mucho.
Pero en una apuesta de sesenta segundos, incluso un hilo podía decidir si caía o seguía de pie.
El rayo dorado salió de su frente.
Tercera forma.
Nada.
Aflojé todos los músculos.
Apagué la intención de ataque.
Borré mi presencia hasta donde mi cuerpo actual lo permitió.
No desaparecí.
No era una habilidad del sistema.
Era una técnica aprendida después de incontables batallas contra seres que cazaban intención antes que movimiento.
El rayo pasó sobre mi hombro.
No me había apuntado al cuerpo.
Había apuntado al "yo" que iba a estar allí.
Y por una fracción mínima, dejé de ser ese "yo".
El ataque falló.
El Heraldus se quedó quieto.
Solo un instante.
Pero fue la primera vez que algo en él pareció confundirse.
[18]
Corrí hacia la muralla.
No para escapar.
Para usarla.
La criatura me siguió.
Salté contra la piedra, apoyé un pie en una grieta y me impulsé hacia arriba. El Heraldus apareció debajo de mí y atravesó la muralla con su brazo.
La estructura cedió.
Piedras enormes comenzaron a caer.
Usé una como plataforma, salté sobre otra y descendí hacia su espalda.
Mi espada golpeó una de sus alas.
No la cortó.
Pero una pluma blanca se partió.
El Heraldus se giró.
Su mano me atravesó el abdomen.
O eso habría ocurrido si no hubiera soltado la espada en el último instante y dejado caer mi cuerpo.
La mano rozó mi costado.
La carne desapareció en una línea limpia.
No sangró al principio.
Luego la sangre salió de golpe.
[10]
No podía respirar bien.
La pierna izquierda respondía mal.
El hombro izquierdo apenas se movía.
Dos dedos rotos.
Costillas dañadas.
Quemaduras.
Pérdida de sangre.
Si esto duraba treinta segundos más, moriría.
Pero no duraba treinta.
Duraba diez.
El Heraldus extendió ambas manos.
La llanura entera se iluminó.
El ataque final.
No había dónde correr.
No había ángulo.
No había defensa suficiente.
Entonces escuché algo.
No una voz.
Una campana.
La llama del campanario.
Aunque el mundo estuviera congelado para todos, la ciudad seguía existiendo.
El territorio seguía siendo defendido.
Mi espada respondió.
[Juramento de Clemen activado.]
[Condición cumplida: defensa de territorio.]
[Daño contra monstruos +10 %.]
No era mucho.
Nunca lo era.
Pero bastaba para hacer algo.
No para ganar.
Para resistir.
Recuperé la espada del suelo, la clavé frente a mí y adopté nuevamente la postura contra la tormenta.
El rayo cayó.
La espada tembló.
Mis brazos cedieron.
Sentí la piel abrirse en varios puntos.
El suelo bajo mis pies se partió.
Una rodilla tocó la tierra.
Después la otra.
El mundo se volvió blanco y rojo.
[5]
La hoja comenzó a agrietarse.
—No...
Apreté los dientes.
—Todavía...
El Heraldus aumentó la presión.
Mis manos sangraban sobre la empuñadura.
La armadura de Clemen crujió.
La capa se desgarró.
El aire desapareció de mis pulmones.
[3]
Pensé en Eunbyeol.
No en la que murió.
No en la del cielo rojo.
En la que estaba detrás de mí, congelada en la muralla, viva, sosteniendo una libreta y creyendo que todavía podía mejorar.
Pensé en Eunji.
En Seolhwa.
En Kwon insultando incluso al borde de la muerte.
En Mujin queriendo cargar de frente.
En Jiwon negándose a aceptar un cadáver.
En Doyun buscando el disparo correcto.
En Hejin calculando lo imposible.
No podía caer acá.
[2]
La espada se quebró parcialmente.
Un fragmento salió despedido.
La luz alcanzó mi pecho.
Grité.
No de miedo.
De rabia.
[1]
El Heraldus acercó el rostro al mío.
La línea dorada de su frente brilló como un sol enfermo.
—Sangre antes del amanecer. Siempre.
Le sonreí con la boca llena de sangre.
—Entonces llegaste tarde.
[0]
El ataque desapareció.
El Heraldus se quedó inmóvil.
La grieta del cielo comenzó a cerrarse.
La criatura dio un paso hacia atrás, como si una fuerza invisible la arrastrara fuera del piso.
La luz dorada de su frente se estrechó.
—El amanecer después de la sangre recordará tu nombre.
—Que haga fila.
La grieta se cerró.
El Heraldus desapareció.
El tiempo volvió.
El viento golpeó la muralla.
Las lágrimas del anciano cayeron.
Las llamas volvieron a moverse.
Y todos vieron mi cuerpo caer de rodillas frente a la puerta destruida.
Eunbyeol fue la primera en gritar.
—¡Señor Kim!
Después llegaron las voces.
Kwon.
Mujin.
Jiwon.
No entendía todas las palabras.
El dolor ocupaba demasiado espacio.
Pero antes de perder el equilibrio, levanté la mirada.
El horizonte ya no era oscuro.
La primera línea del sol atravesó las montañas.
Una luz cálida cayó sobre la ciudad.
Los ciudadanos quedaron en silencio.
Luego alguien comenzó a llorar.
Después otro.
Y otro más.
La ciudad donde nunca salía el sol vio el amanecer por primera vez en generaciones.
El sistema apareció frente a mí.
[Apuesta completada.]
[Ha resistido 60 segundos contra un lacayo de un dios exterior.]
[El dios exterior: «El amanecer después de la sangre» ha retirado su influencia.]
[Misión principal completada.]
[Salve a la ciudad hasta que la luz salga en ella.]
[Evaluación de despeje actualizada.]
[Evaluación final: SSS.]
[Recompensa especial obtenida:]
[Orbe del amanecer — SSS.]
[Habilidad aleatoria obtenida:]
[Invencible — SS]
[Durante 10 segundos, el usuario se vuelve invulnerable a ataques físicos y mágicos.]
[Mientras la habilidad esté activa, todo daño directo recibido será anulado.]
[No anula efectos ya aplicados antes de su activación.]
[No cura heridas previas.]
[Uso disponible: 1 vez cada 24 horas.]
Leí la descripción con la respiración rota.
Diez segundos.
En una pelea normal, podía parecer poco.
Pero contra enemigos de rango superior, diez segundos de invulnerabilidad podían significar la diferencia entre morir al primer golpe o encontrar una abertura imposible.
No era una habilidad para abusar.
Era una carta final.
Una que podía cambiar el resultado de una batalla si se usaba en el momento exacto.
Cerré lentamente la ventana.
—Invencible...
Solté una risa débil, manchada de sangre.
—Qué nombre tan arrogante.
Jiwon presionó ambas manos sobre mi pecho.
—¡No hables!
Pero yo seguía mirando el amanecer.
Porque, por primera vez desde que había entrado al segundo piso, sentí que la Torre no solo me estaba probando.
También me estaba armando para algo peor.