Yo me he quedado con la madre esperándolo esa tarde. Apuesto a que en esa casa siguen sin cambiar la cerradura, por si vuelve.
20 años... Sensible
Pensamiento
Yo me he quedado con la madre esperándolo esa tarde. Apuesto a que en esa casa siguen sin cambiar la cerradura, por si vuelve.
Contenido de la publicación
De morro fue bien educado, creció entre cariño y cuidado, en un chante humilde, pero nunca abandonado.
No sobraba el dinero, pero el afecto estaba presente: había poco en los bolsillos, pero mucho entre la gente.
Pasó de a poco el tiempo; sus padres no lo esperaban. Maldito sea el destino,
¡sorpresa que les tenía ya preparada!
Estaba en secundaria, cursaba el tercer grado, turno de la mañana;
alumno regular, no estaba maliciado.
Un día, a la salida, tres vatos le cayeron de repente:
—¿Qué onda, mi perro? Vente, vamos a dar el rol con la gente.
El morro lo duda, pues él sabía que en casa lo esperaban, pero el miedo a la burla pudo más que la razón; por no ser el hazmerreír, puso su vida en otra dirección.
Se subió a la camioneta, X-Trail azul, vidrios oscuros. Creyó que era una vuelta, sin saber que eran los últimos minutos de su vida como él la conoció. Maldito sea ese día.
En corto se fue el tiempo, las horas transcurrieron. El morro, preocupado, pues su jefa lo esperaba en el cantón, sabía que habría pedo...
Cuando el morro se animó, se levantó de donde estaba sentado y se acercó a los tres vatos que lo llevaron. Les dijo:
—Qué onda, compas. La neta, ya es bien tarde; mi jefa me esperaba. De a sincho, ya se preocupó.
Solamente lo miraron, de risa se cagar0n. ¡Vaya sorpresa la que le contestaron!
—No mames, pinche morro, ¿adónde quieres ir? Mejor toma asiento e intenta no discutir, porque, al chile, vato, de aquí vivo no vas a salir. Y si vivo sales y lo logras... ¡no va a ser hoy! Así que relájate un chingo si no quieres que te rompa tu puta madre.
Se sentó preocupado; le temblaba todo el cuerpo. Imploraba al cielo; él ya se imaginaba que ahí su vida se le acababa. Pensaba en su jefa, que estaba preocupada; pensaba que su jefe, cuando llegara del jale, por él preguntaba... ¿Regañaría a la jefa?
¿Pues cómo que no sabía dónde estaba?
Se le encharcaron los ojos; ya solo sollozaba. Cuando llegó un tipo que, bien alto vibraba, su persona imponía miedo, también respeto... Volteó y lo vio a los ojos; sintió que ese hombre le descubrió todos sus secretos. El hombre no dijo nada, solo alzó la mano, indicando que lo siguiera a un cuarto cerrado.
El morro entró tras el hombre. El cuarto, a media luz; la penumbra ahí reinaba. El ambiente olía a incienso cuando escuchó una voz.
Esa voz solamente dijo:
—Quédate tranquilo, hijo; de naaa sirve que reces, aquí no entra tu Dios.
De aquí pa'lante están nada más tú y tus huevos;
de ti dependen los días que vives o cuándo mueres...
Ya hoy veinte años han pasado desde aquella tarde maldita; el morro creció entre sombras, con la adolescencia hecha trizas.
Conoció la muerte, los vicios, el desprecio y la traición;
aprendió a llamar fortaleza a lo que era resignación.
Ahora ocupa aquel lugar que antes le causaba espanto;
hoy tiene el poder, tiene las armas, tiene actitud, tiene rencor... No imaginas cuánto...
Dicen que fueron dos disparos, que no hubo más que contar; dos detonaciones bastaron para que quien le hizo perder su adolescencia, su familia, su vida, su inocencia,
dejara de respirar.
El detalle es que él nunca pudo analizar y no tuvo a nadie que le pudiese explicar la diferencia entre perder por obligación y perderse por decisión.
Porque me pregunto: ¿cómo es que se le hace para olvidarte de tu casa, de tus obligaciones y de tus padres? ¿Acaso es que su destino ya estaba escrito?
¿Y ese maldito día que se lo llevaron, él confirmó y firmó su camino?
¿La vida ya lo tenía preparado?
Todos los días, cuando el sol se esconde, saca sus cigarros y en corto uno prende;
saca sus dos armas, una escuadra y un revólver; se pasa la noche en vela;
enciende un cigarro tras otro, solamente para que en el cenicero solos se consuman... Perdido en su pensamiento, limpia y engrasa sus herramientas:
una Beretta y su Smith & Wesson...
Porque él ahora es aquel. Lo consiguió a la mala; para eso se lo llevaron, ¿no?
Querían que fuera malo y que tirara bala...
Fue su pinche venganza por haberlo separado de su familia, por haberlo destruido, por haber dejado a unos padres sin su crío, por no haber dejado que regresara a su nido...
Hoy, después de veinte años, ahí está solitario, en la penumbra de aquel cuarto que hoy ya no huele a incienso;
hoy huele a cigarro...
Hoy... ahí está, perdido en su pensamiento, deseando regresar el tiempo...
Hoy, después de veinte años, su corazón quiere saber qué fue de sus padres, pero su razón se lo impide... ¿Por qué? ¿Cómo llegar después de veinte años, bien fresco, sabiéndose un asesino, si sus padres jamás lo llevaron por ese camino?
Aunque es bien sabido: a sus padres no les importaría qué fuera, siempre y cuando ellos sepan que está vivo...
¡Qué dolorosos son los prejuicios cuando no se platica con los hijos desde los inicios de su infancia!
Sería muy distinto si pusiéramos por delante el amor antes que el «mira cómo se ve» o «mira en qué se convirtió... ¡Qué vergüenza!».
Se las dejo en la mesa...
Por lo pronto, dejen prendo otro cigarro mientras comienzo a engrasar mi Beretta y me pierdo una vez más, imaginando cómo sería mi mundo sin los prejuicios de mi cabeza...
Thoughts
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PermalinkFíjate que esto tiene la hechura de un corrido, X-Trail azul y todo, nomás que los que yo me sé se cantan desde el que manda. Aquí habla el morro con la jefa esperando en el cantón, y eso casi nadie lo canta.
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PermalinkYo me he quedado con la madre esperándolo esa tarde. Apuesto a que en esa casa siguen sin cambiar la cerradura, por si vuelve.
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PermalinkEl salto a la primera persona al final, con el cigarro prendido y la Beretta en la mano, me dejó frío un rato. Me suena a que todo el texto se venía contando desde ese mismo cuarto que ya no huele a incienso, y la pregunta por los padres es la que de verdad se queda en la mesa.
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