A veces me quedo mirando el telĂ©fono, en silencio, preguntándome quĂ© hago mal. Me pregunto si es esta costumbre mĂa de sentir demasiado, de decir la verdad sin escudos, de ser tan intensa... Si será esa necesidad de estar siempre ahĂ, tan atenta, tan disponible, lo que termina por cansarlos hasta que deciden marcharse.
​Tal vez por eso nadie se queda a mi lado.
​Les escribo todos los dĂas porque le tengo pánico a la ausencia. Busco cualquier pretexto para estar presente, para que sientan que hay alguien al otro lado, porque yo conozco de memoria el frĂo de la soledad. Conozco esa grieta que te deja por dentro cuando nadie te busca, y me prometĂ hacer lo imposible para que jamás sintieran lo que yo sentĂ... lo que, en el fondo, sigo sintiendo cada vez que me vuelven a dejar atrás.
​Al final, parece un chiste cruel: intentando salvar a otros de mi propio vacĂo, termino construyendo una soledad todavĂa más grande. Me quedo con las manos llenas de atenciones que a nadie le importan, preguntándome en quĂ© momento amar tanto se volviĂł un motivo para que me abandonen.