Lucecita tan brillante, me has dicho que te vas despacio, con cuidado, como intentando que no note cómo te llevas la luz con el primer cantar del gallo. Te vas justo en un amanecer tan naranja como una mandarina, dejándome con este pensamiento atascado en el pecho: ¿por qué te vas si te lo he dado todo?
Te he cuidado, te he querido tanto solo para que nunca te apagues. Dime, lucecita, ¿te has aburrido de mí? ¿Ya no quieres quedarte? ¿O es que alguien más te ofreció un amor mejor que el mío, un lugar donde brillar con más fuerza? Si es así, no te voy a detener; si te hace bien, te dejo ir.
Pero prométeme que me recordarás en el atardecer, porque yo te voy a buscar en cada mañana. Cuando el cantar de los pájaros sea tan melodioso que no pueda evitar pensar en ti, buscaré a uno de ellos para que te siga el vuelo, te cuide desde arriba y te cante al oído. Así, cada vez que escuches sus trinos cerca, sabrás que son mis ojos los que te están cuidando a través de él.