Compré flores blancas para sofocar mi nostalgia. Con la esperanza de que el tiempo no fuera, ofrecí a la luna un clavel. Conmovida por mi suplicio, escuchó mis memorias de soledad.
En mi mirada expectante, la noche en vela se me escurría, y arrullado por su hilo de plata me confesó sus secretos de primavera.
Condenada al exilio, vagaba el olvido añorando el calor de la cera besando el fuego. Las horas pasaron y las penas brotaron como una fuente. Su lágrima en mí derramó y el silencio rompió mis tímpanos; el frío quebró mis huesos y mi mente se despidió.
En nube me convertí y mi alma en un limonero sembré. Convertido en vapor en el éter dormí, ignorante de lo que podría pasar.
Ahora, junto a la luna navego en un mar oscuro y en los restos de lo que fui reposarán las flores que algún día corté.