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Capítulo 2: Oficina Salitrera La Palma

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El conductor del Subaru tomó la primera decisión lógica del grupo: repartir las monedas en partes iguales para todos. Clavó la mirada en los otros tres adolescentes que permanecían en silencio sobre…

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El conductor del Subaru tomó la primera decisión lógica del grupo: repartir las monedas en partes iguales para todos. Clavó la mirada en los otros tres adolescentes que permanecían en silencio sobre la arena gélida, mudos tras presenciar la evaporación biológica de su amigo. Metió la mano en el bolsillo y extrajo las veinte monedas de plata con forma de micro-cráneos. El tintineo del metal antiguo sonó insultantemente limpio bajo el cielo violeta muerto. Contó con precisión quirúrgica y extendió la palma hacia cada uno de ellos, entregándoles exactamente cinco monedas alma a cada uno de los cuatro sobrevivientes.

Nadie discutió. El peso de las calaveritas de plata con el número 22 grabado en la nuca se sentía real en sus manos; la certeza de que esas piezas eran la única garantía de vida en este purgatorio, también.

A unos metros, la bestia herida los esperaba. El automóvil, devorado por un óxido acelerado y sobrenatural, con partes faltantes en el chasis y los neumáticos convertidos en un polvo fino y grisáceo como ceniza de muerto, increíblemente aún funcionaba. El motor emitió un rugido ahogado al girar la llave, un lamento mecánico que vibró en la carrocería descascarada. Era un milagro absurdo que desafiaba cualquier ley de la física, pero era su único refugio contra el entorno.

Sin embargo, apenas el conductor se acomodó tras el cuero del manubrio, el primer gran dilema de las Regiones del Último Tormento cayó sobre ellos como un mazo: ¿en qué dirección debían avanzar?

Al mirar a través del parabrisas trizado, el desierto de Atacama se extendía hasta el infinito, hostil y absoluto. No había caminos marcados, ni cerros de referencia, ni el relieve familiar del mapa de Santiago. Todo a su alrededor se veía exactamente igual, plano y devorado por una planicie blanca que borraba los horizontes. Sin señal telefónica, sin Waze y con la brújula del tablero girando enloquecida en un bucle sin fin, los cuatro adolescentes entendieron que cualquier dirección que tomaran en esa inmensidad blanca podía ser el camino hacia la salvación... o el paso directo hacia la siguiente mina terrestre oculta bajo la arena.

Para estos jóvenes, el dilema de la orientación se disolvió en su propia realidad. Ninguno de ellos había pisado una sala de clases en años; algunos nunca terminaron la básica y otros simplemente abandonaron la escuela cuando la calle les ofreció un estilo de vida más rápido. Conceptos como los puntos cardinales, el norte geográfico o la posición del sol no eran más que palabras vacías de un sistema que los había dejado fuera hace mucho tiempo. En su mundo en Santiago, el mapa se medía por comunas, paraderos y pasajes, no por coordenadas.

Por lo tanto, la dirección exacta no tenía importancia alguna. Sin conocimientos para descifrar la inmensidad del desierto, el azar se convirtió en la decisión final.

—Da lo mismo para dónde le di, hermano. Si esta weá es plana entera —soltó uno desde el asiento trasero, rompiendo la tensión con un tono seco—. Dale derecho no más. Que la suerte nos vea la cara.

El conductor hundió el pie en el acelerador. El Subaru avanzó a ciegas, rompiendo el silencio de la pampa profunda, sin saber si el próximo metro de arena blanca los acercaría a una salida o si activarían, por puro golpe de dados, el clic metálico de otra mina terrestre bajo el chasis.

Tras avanzar un tramo eterno por la nada blanca, el paisaje plano escupió una anomalía. En la delgada línea del horizonte, donde el aire vibraba distorsionado por el sol colérico, se divisó una mancha difusa de un color café opaco.

—¡Oye, miren, miren allá al fondo! —gritó uno, pegando la frente contra la ventana trizada.

—Sí, hermano, hay algo allá. Vamos por allá, dale para ese lado —señaló el copiloto, extendiendo un dedo ansioso hacia la mancha.

A medida que el chasis de óxido del Subaru recortaba la distancia a trompicones, la mancha comenzó a ganar volumen y formas angulares. No era un espejismo. Eran las siluetas ordenadas y fantasmales de una ciudad muerta en mitad de la pampa; decenas de techos oxidados, carcomidos por las costras de salitre, que brillaban con un matiz cobrizo bajo el cielo violeta. Era la Oficina Salitrera La Palma emergiendo como un esqueleto industrial.

La ansiedad de la abstinencia y el encierro hicieron estallar el asiento trasero.

—¡Métele chala, hermano, métele chala que ya llegamos! —apremió uno de los chicos, rebotando en el tapiz roto del auto, desesperado por salir de la inmensidad blanca.

El conductor se aferró con más fuerza al manubrio de cuero gastado, soltando una risa nerviosa mezclada con pura frustración.

—¡Qué métele chala, idiota! Si ni yo sé cómo chucha se está moviendo esta weá sin neumáticos y me estáis pidiendo que acelere —le recriminó el chofer 404, mirando de reojo los marcadores del tablero que seguían completamente muertos.

El Subaru continuó su marcha absurda y lenta, crujiendo sobre la gravilla mientras los techos de calamina oxidada de La Palma se agigantaban frente a ellos, listos para recibirlos.

El Subaru traspasó el límite invisible del asentamiento justo al lado de un letrero de vialidad que se mantenía en pie de milagro. Era un cartel de color verde, con letras blancas que resistían el paso del tiempo bajo una costra gruesa de mucho óxido que devoraba los bordes del metal. En la tipografía oficial del Estado chileno, la pintura descolorida daba la bienvenida al horror: Oficina Salitrera La Palma.

Al cruzar ese umbral, el auto se adentró en una red de pasajes congelados en el tiempo. Las estructuras a los lados del camino eran imponentes y extrañas; edificios hechos de barro y adobe, con capas de pinturas antiguas descascaradas por décadas de un sol abrasador, revelando las grietas y la tierra seca de los muros.

El lugar transmitía una atmósfera de abandono casi completo. No corría una sola gota de agua, no había huellas recientes en la gravilla y el único sonido que rompía el silencio fúnebre era el crujido de las calaminas sueltas de los techos, balanceándose de forma perezosa con el viento seco de la pampa. Se sentía como entrar en un cementerio industrial despojado de toda vida humana.

El conductor frenó el Subaru entre dos casonas de adobe y los cuatro bajaron de golpe, azotando las puertas oxidadas. Necesitaban estirar las piernas y, sobre todo, salir del encierro antes de que la cabeza les explotara. Comenzaron a explorar la oficina a pie, con las zapatillas crujiendo sobre la gravilla seca y los ojos saltando de un muro agrietado a otro, buscando cualquier señal de vida en ese abandono absoluto.

No tuvieron que caminar mucho. Al doblar una esquina de madera crujiente, se toparon de frente con otra alma aparte de ellos. Era un sujeto de aspecto siniestro, inmóvil en la penumbra de un portal de barro, observándolos con una calma que helaba la sangre.

La abstinencia obligada y la ansiedad acumulada desde el choque en Américo Vespucio actuaron como un detonante. En lugar de ser cautelosos, los cuatro adolescentes se abalanzaron sobre el desconocido, atropellándose entre sí y disparando una batería de preguntas caóticas que se cruzaban en el aire estático de La Palma:

—¡Oye, hermano, dónde chucha estamos! —soltó el copiloto, tiritando.

—¿Qué es esta weá, viejo? ¿Hay señal por acá? ¿Tení un cargador? —gritó otro, metiéndole las manos en los bolsillos del buzo con desesperación.

—¡Viste la tremenda explosión allá atrás! ¡El Dylan saltó en pedazos, weón! ¿Quién puso esas bombas? —remató el tercero, con la mirada desorbitada y el sudor de la falta de droga corriéndole por la frente.

El conductor intentaba callarlos a manotazos, pero el pánico de la abstinencia los tenía fuera de sí.

El tipo siniestro los miró desde la sombra de su sombrero, inmutable ante el acoso de la jauría santiaguina. Parpadeó despacio, torció la boca con desprecio y, con una voz rasposa que parecía arrastrar la tierra de la pampa, les cortó la ráfaga de gritos:

—De a uno, jóvenes... Que no les entiendo nada.

El viejo carraspeó y comenzó a soltar respuestas con cuentagotas, contestando solo lo que le convenía y dejando el resto de las dudas flotando en el aire seco de la pampa. Sabía perfectamente cómo operar con la desesperación ajena. Al notar las pupilas dilatadas de los cuatro y el temblor involuntario que les recorría las manos, el sujeto torció la boca en una mueca torva.

—En estas oficinas abandonadas se pueden obtener muchas cosas... sobre todo lo que ustedes andan buscando con tanta prisa —soltó el viejo, bajando la voz con complicidad.

Antes de que alguno pudiera interrumpirlo con otra ráfaga de gritos, el tipo siniestro les guiñó un ojo con una malicia pesada. Con un movimiento lento del mentón, señaló hacia una casona en ruinas que se caía a pedazos unos metros más allá, cuyos muros de adobe agrietado apenas se sostenían en pie.

A pesar del caos mental, de los gritos cruzados y de la ansiedad que les quemaba el pecho, los adolescentes de Santiago entendieron al momento a qué se refería el viejo. El código de la calle y de la adicción no necesitaba mayor traducción: ese rincón oculto entre los escombros de La Palma era la caleta, el lugar exacto donde guardaban la mercancía para pasar la noche.

Los cuatro adolescentes dejaron al viejo tranquilo en su portal de barro y se dieron la vuelta, moviéndose rápidamente hacia la casona en ruinas. Sus zapatillas caras devoraban la gravilla en una marcha ansiosa, apurados por el hambre química que les carcomía el cerebro. Al llegar a la entrada de la estructura agrietada, uno de ellos no dudó y golpeó la madera podrida de la puerta con tres puñetazos secos y violentos que hicieron crujir las calaminas del techo.

El silencio del desierto se tragó los golpes por un segundo, hasta que una voz amortiguada y rasposa llegó desde el interior profundo de las ruinas. El tono era el de un transador que conoce bien el negocio y el pulso de la desesperación.

—Tengo azúcar, polvo de hadas, aceite... —siseó la voz desde la penumbra, soltando el menú clandestino en ese código antiguo que los santiaguinos asociaron de inmediato con la dosis que necesitaban para frenar la abstinencia.

Los cuatro se miraron las caras sudadas, con las pupilas como platos. El menú del transador espectral era la salvación. El chico de la polera de marca, el más desesperado del grupo, dio un paso al frente y golpeó la madera con el puño.

—¡Saca el polvo de hadas, weón! ¡Pasa la weá al tiro! —gritó, con la voz quebrada por el ansia.

—Siete monedas alma —siseó la voz desde la rendija oscura de la puerta.

El muchacho metió las manos en los bolsillos de su buzo. Abrió la palma: solo tenía las cinco calaveritas de plata de su propia repartición. Le faltaban dos. Volteó la cabeza con violencia hacia el conductor del Subaru, con los ojos inyectados en sangre y un tiritón salvaje en la mandíbula.

—¡Pásame dos monedas, Mati! ¡Pásamelas ahora, hermano, si andái cargao! ¡Te las devuelvo apenas pueda, te lo juro!

El chofer, cuyo nombre era Matías, contagiado por el pánico del ambiente, no se dio el margen para pensar. Sacó dos de sus micro-cráneos de plata y se los tiró a la mano. El chico juntó las siete monedas y las arrojó por la ranura de la madera. Desde el interior, una mano delgada, seca y grisácea como el caliche cobró el tributo. Un segundo después, deslizó por el piso un pequeño envoltorio de papel de diario de época, amarrado con un cáñamo podrido.

El adicto rasgó el papel con las uñas sin siquiera alejarse de la casona. En el interior había un polvo blanco-amarillento, fino y pesado. Pensando que era mercancía de la capital de la más alta pureza, no dudó. Se agachó sobre una viga de madera caída, acomodó el polvo y, sin medir las consecuencias, mandó un jale profundo, violento, directo por la fosa nasal derecha.

El horror comenzó en el milisegundo en que el caliche molido del siglo XIX tocó sus mucosas del siglo XXI.

El salitre, sediento y corrosivo, actuó como una esponja química maldita. Absorbió instantáneamente toda la humedad de su nariz, garganta y boca, secando sus fluidos en un parpadeo. El chico abrió los ojos al revés, soltando un gemido ahogado mientras caía de rodillas sobre sus zapatillas caras. Intentó respirar, pero sus pulmones se acartonaron de golpe. El nitrato fundió los capilares internos; de su nariz brotó un chorro espeso de sangre negra como el petróleo, mezclada con una pasta pastosa de polvo amarillo que le taponó las vías respiratorias.

—¡Weón, qué te pasa! ¡¿Qué le pasa a este weón?! —gritaron los otros del grupo, retrocediendo aterrados ante lo grotesco de la escena.

El cuerpo del adolescente entró en un espasmo violento. El veneno industrial pasó directo a su sangre a través de los tejidos rotos, mutando su hemoglobina. El colapso sistémico fue inmediato y brutal. Delante de sus amigos, el color de su piel empezó a pudrirse visualmente: los labios carnosos se le pusieron de un tono morado oscuro, casi negro, y la cianosis avanzó como una mancha de tinta por sus orejas, sus mejillas y debajo de sus uñas. Su pulso iba a mil por hora, golpeando su pecho de forma visible mientras su presión se iba a piso.

El chico se desgarraba la garganta con las uñas, intentando arrancarse la costra de salitre que le sellaba las amígdalas. Soltó un último vómito de sangre negra como el petróleo y alquitrán, espeso y viscoso, que salpicó la gravilla de La Palma. Sus músculos perdieron toda lógica biomecánica; los ojos se le reventaron en hilos rojos y su cuerpo colapsó hacia adelante, cayendo como un fardo inerte entre los escombros de adobe.

No hubo tiempo para llorarlo. Apenas su corazón dejó de latir, el suelo de la salitrera activó las leyes del R.U.T.. El cadáver comenzó a vibrar con un zumbido eléctrico y la carne empezó a disolverse, derritiéndose directamente en el charco negro y espeso que brotaba de sus heridas. En menos de diez segundos, la masa humana desapareció por completo, absorbida por la tierra estéril de la pampa. En el centro exacto del petróleo humeante, brillando con una luz pálida, quedó tirada la tarjeta plástica negra con el número 55.

El silencio volvió a sepultar a La Palma. Los tres sobrevivientes miraban el suelo resbaladizo, con las mentes de par en par, tiritando de asco y espanto absoluto ante la carnicería química que acababan de presenciar.

Matías dio un paso al frente sobre la gravilla de La Palma. Con un tiritón en los dedos, se agachó con cuidado para no tocar el fluido viscoso y recogió la tarjeta plástica número 55 que el caliche molido había dejado atrás. Apenas sus dedos hicieron contacto con el plástico, las leyes financieras del R.U.T. se activaron en su palma con un siseo helado. Matías vio cómo la materia plástica comenzaba a licuarse y a multiplicarse, mutando directamente en un tintineo metálico y frío. Del charco de sangre negra como el petróleo, las piezas de plata con forma de micro-cráneos humanos brotaron en abundancia, transformándose textualmente en veintiuna monedas alma que pesaron en su mano.

El joven se limpió el sudor de la frente con el brazo, guardó el botín de plata en el bolsillo de su buzo, y rompió el trauma de los otros dos sobrevivientes con una frialdad cínica que les heló la sangre:

—Al menos... recuperamos las monedas.

Las veintiuna monedas alma tintinearon en el bolsillo de Matías, pero el sonido de la plata no logró apagar la rabia sorda que empezó a hervir en el pasillo de tierra. El miedo de los otros dos adolescentes mutó en algo mucho más oscuro y familiar: el código de venganza de las poblaciones de Santiago. La abstinencia, el engaño químico del salitre y ver a su compañero derretido en ese charco negro como el petróleo les activó el chip de la calle.

—Esta weá no se queda así, weón —siseó uno de los muchachos, apretando los puños hasta dejarse los nudillos blancos—. Sangre por sangre. Vamos a cobrar.

El conductor del Subaru y los otros dos no lo dudaron. El cinismo de los números dio paso a una furia ciega. Agarraron lo que tenían a mano —un fierro oxidado del chasis del auto, una piedra afilada de caliche— y se dieron la vuelta de golpe. Con las suelas de sus zapatillas caras destrozando la gravilla y los ojos inyectados en un odio paranoico, marcharon con ánimos de venganza de regreso en dirección a la casona en ruinas. El transador de la «azúcar» y el «polvo de hadas» estaba a punto de descubrir que a los menores de Santiago no se les camufla veneno por droga sin pagar las consecuencias.

La venganza sonaba razonable y justa en ese instante de furia ciega, pero el Reino de Aricca no sabía de justicia humana. Antes de que los tres santiaguinos alcanzaran el umbral de barro, el silencio de La Palma se reventó con un estruendo ensordecedor. Desde el interior oscuro de la casona se sintió el fogonazo y el disparo seco de una escopeta colonial.

El impacto fue devastador. La ráfaga de plomo rasgó el aire estático de la pampa, dando la mayoría de los perdigones de hierro directamente en el pecho del joven que lideraba la marcha. El resto de la perdigonada se desparramó a los costados, hiriendo superficialmente al otro muchacho y rozando con fuerza el cuerpo de Matías, desgarrándoles la ropa y la carne. Con la adrenalina a tope quemándole el sistema, el joven del impacto central se negó a caer de inmediato; sus zapatillas caras arrastraron la tierra mientras lograba dar cuatro pasos agónicos hacia adelante antes de desplomarse de bruces contra el suelo pedregoso.

El sonido de la recarga de la escopeta dentro de las ruinas rompió el hechizo del odio. El otro joven y Matías no lo pensaron dos veces. Olvidaron el cobro, el «sangre por sangre» y la rabia.

—¡Vamos al auto! ¡Al auto, weón, corre! —se escuchó un grito desgarrado y unísono mientras daban la vuelta, corriendo por sus vidas como si los persiguiera el mismísimo diablo.

A sus espaldas, la ley del R.U.T. reclamó su tributo de forma instantánea. El chico del disparo caía muerto en el polvo y su cuerpo comenzó a colapsar sobre sí mismo, disolviéndose con un zumbido eléctrico en un charco denso de sangre negra como el petróleo. La carne y la polera de marca desaparecieron en menos de diez segundos bajo la tierra estéril de la salitrera. Sobre el fluido espeso y humeante, reflejando el cielo violeta muerto, quedó brillando únicamente la tarjeta plástica negra con el número 1113.

Matías y su compañero herido continuaron su huida desesperada hacia el Subaru, dejando atrás la tarjeta del nuevo muerto y las monedas, con el eco del disparo retumbando en sus cabezas y el óxido de La Palma cerrándose sobre ellos.

Al llegar exhaustos y ensangrentados al callejón donde habían estacionado el auto, el mundo se les terminó de derrumbar. Con horror absoluto vieron que el Subaru no estaba; el espacio estaba vacío, borrado por la pampa. Por primera vez en sus cortas vidas, el destino los obligó a pasar exactamente por lo mismo que tantas veces les hicieron sufrir a sus víctimas en las calles de Santiago: la indefensión total, el pánico de estar atrapados en un callejón sin salida, sin saber hacia dónde escapar ni a quién pedirle ayuda en mitad de la noche que se les venía encima.

Cegados por el pánico de los pasos que se escuchaban detrás, tomaron la peor decisión posible en una situación de supervivencia: separarse. Era un error de principiantes, un suicidio arriesgado en mitad de unas oficinas salitreras gigantescas que no conocían. Matías, herido en el pecho por los perdigones anteriores, apretó los dientes y corrió a más no poder entre las paredes de adobe. Su compañero hizo lo mismo, pero esprintó en la dirección opuesta, doblando hacia una plaza vacía.

De pronto, un segundo estruendo de pólvora desgarró el aire seco. ¡BUM! El escopetazo retumbó con una violencia ensordecedora. El disparo dio de lleno en el cuerpo del compañero de Matías, impactándole a tan corta distancia que la detonación le dejó la mitad del rostro completamente destrozada, triturada por los perdigones y quemada por el fuego del cañón. El muchacho ni siquiera alcanzó a gritar; un chorro denso de sangre negra como el petróleo brotó con fuerza hacia el piso pedregoso antes de que cayera de rodillas.

Su cuerpo colapsó hacia adelante y comenzó a derretirse en una poza de esa misma sustancia negra y viscosa. La carne de su cara y sus zapatillas caras desaparecieron absorbidas por la tierra de La Palma, dejando sobre el charco humeante únicamente la tarjeta plástica negra con el número 5.

Matías solo oyó el eco del escopetazo a la distancia. El estruendo le heló la sangre, pero en su desesperación no sabía qué había sucedido con su compañero ni si seguía vivo. Siguió arrastrando los pies, perdiendo fuerza por la herida, hasta que al doblar una esquina de barro se encontró de frente con el primer viejo siniestro que habían visto al llegar.

—¡Ayuda, viejo, por fa'! ¡Nos están matando, conchetumare, ayúdame! —le suplicó Matías con la voz ahogada, cayendo de rodillas frente a él con las manos ensangrentadas extendidas en un ruego desesperado.

El viejo no se inmutó. Lo miró desde arriba con unos ojos vacíos que no pertenecían a un ser humano. Con una lentitud perversa, se acercó al conductor y extrajo de su cinturón un corvo chileno de acero oxidado, con la clásica hoja curva y militar del siglo XIX. Sin mediar palabra, el anciano le clavó el corvo profundamente en el abdomen a Matías y, con una fuerza inhumana, procedió a deslizar la hoja hacia un costado para rasgar la carne y profundizar la herida interna.

Matías soltó un quejido seco, con la boca llena de sangre negra. El viejo, soltando una risa macabra que rebotó entre las calaminas de La Palma, inclinó la cabeza para susurrarle al oído su sentencia final:

—Tu vida fue un error... tu muerte también.

Los ojos de Matías se apagaron por completo. Su cuerpo perdió la fuerza y se desplomó de lado, comenzando a licuarse y vibrar bajo el sol muerto del desierto. En menos de diez segundos, el conductor del Subaru desaparece en una poza espesa de alquitrán, quedando únicamente sobre el suelo de barro la tarjeta plástica negra con el número 404.

El grupo del desierto había sido completamente exterminado por las leyes del Reino de Aricca.

Thoughts

  • P3ns4mi3nto20

    404? Espera, tu vida fue un error, tu muerte también ¡404 not found! Matías ya estaba perdido desde antes de morir.

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  • DaveOaks

    Qué bárbaro, no me esperaba que todos murieran, pobre Matías… pero bueno, me quedo en la mente cuando la gente sepa que matar genera dinero, aquí en este mundo .. ese bus se va poner es un infierno

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