No.
A veces las cosas pasan porque pasan.
Porque alguien se fue. Porque alguien murió. Porque el médico se equivocó. Porque llegaste tarde. Porque dijiste algo que no debiste decir. Porque aquella noche alguien decidió no volver.
Y no.
No todo tiene un propósito escondido. No hay una lección. No hay una señal. No hay un universo acomodando las piezas para que algún día todo tenga sentido.
A veces solo hay una herida.
Y alguien al lado que no sabe qué decir.
Entonces dice: —Todo pasa por algo.
No porque lo sepa. Simplemente necesita decir algo porque el silencio le resulta demasiado incómodo. Porque verte sufrir sin ofrecerte una explicación le parece una forma de abandonarte.
Y quizás ese sea el problema.
Que hemos aprendido a sentirnos obligados a encontrarle un significado a todo.
Como si el dolor necesitara justificar su existencia. Como si perder a alguien tuviera que enseñarnos algo.
Como si una ruptura tuviera que convertirnos en mejores personas. Como si fracasar tuviera que ser el comienzo de algo maravilloso. Como si cada tragedia viniera con una pequeña moraleja escondida.
¿Y si no?
¿Y si algunas cosas simplemente salen mal?
¿Y si algunas personas se van y no era para que aprendiéramos a soltar?
¿Y si algunas despedidas no eran necesarias?
¿Y si algunas pérdidas no tenían ningún propósito?
¿Y si simplemente fuimos nosotros intentando encontrar orden dentro de algo que no lo tenía?
Quizás nos cuesta aceptar que la vida no siempre tiene una explicación. Y tal vez una explicación nos da cierta sensación de control.
Si todo pasa por algo, entonces podemos creer que incluso aquello que nos destruyó estaba formando parte de un plan.
Y eso puede resultar tranquilizador. Pero también puede ser cruel.
Porque hay personas que están sufriendo y lo último que necesitan es que alguien convierta su dolor en una enseñanza.
A veces no quieren aprender nada.
Quieren que vuelva esa persona. Quieren que aquella llamada nunca hubiera ocurrido. Quieren otra oportunidad. Quieren cinco minutos más. Quieren despertar y descubrir que todo fue un mal sueño.
Y no deberíamos obligarlos a encontrar belleza en algo que todavía les duele.
Quizás no necesitamos decir: —Todo pasa por algo.
Quizás podemos decir: —No sé por qué pasó.
Y quedarnos ahí.
Sin inventar respuestas ni hablar del destino. Sin decir que vendrán tiempos mejores o asegurar que algún día entenderán.
Simplemente quedarnos.
Porque acompañar a alguien no siempre significa tener las palabras correctas.
A veces significa tener el valor de compartir un silencio, de sentarse al lado de quien está roto sin intentar repararlo. De aceptar que hay dolores que no podemos solucionar.
Y que eso no significa que estemos haciendo poco.
Quizás también deberíamos dejar de pensar que encontrarle un sentido a una tragedia es la única manera de sobrevivirla.
Tal vez el sentido no estaba en lo que ocurrió.
Tal vez el sentido aparece después, en lo que decidimos hacer con aquello que ocurrió.
No porque tenía que pasar, no porque el universo lo necesitaba o porque estaba escrito.
Sino porque nosotros, a pesar de todo, seguimos aquí.
Y eso es diferente.
No convierte el dolor en algo bueno. No convierte la pérdida en una bendición. No convierte una injusticia en una lección.
Simplemente significa que podemos decidir qué hacer después.
Y quizás esa sea una verdad mucho más incómoda que “todo pasa por algo”:
No siempre podemos elegir lo que nos pasa.
Pero sí podemos preguntarnos qué vamos a hacer con lo que nos pasó.
Aunque todavía duela. Aunque todavía no entendamos. Aunque nunca lleguemos a entender.
Porque quizás no todo pasa por algo.
Quizás algunas cosas pasan. Y punto.
Y quizás no necesitamos una explicación para acompañar a alguien que está sufriendo.
Podríamos sentarnos a su lado
y decir simplemente: —Lo siento.
No sé por qué pasó. No sé qué significa. No sé si algún día tendrá sentido.
Pero estoy aquí para ti.
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