Eso dicen.
Como si el tiempo fuera un médico. O si cada mañana viniera con una venda y una receta.
Como si bastara con esperar.
“Dale tiempo.”
“Ya pasará.”
“Con los años lo vas a superar.”
Lo dicen con una seguridad extraña.
Como si todos hubiéramos recibido el mismo manual para sobrevivir a las pérdidas.
Pero el tiempo no curó a mi mamá.
No curó la silla que quedó vacía. No curó las fotografías que todavía duelen. No curó esa despedida.
No borró su número de mi teléfono ni me hizo que dejara de extrañarla. Y tampoco me devolvió las conversaciones que ya no puedo tener.
El tiempo no entró en mi casa una mañana y dijo:
“Ya está. Puedes dejar de sentir esto.”
No funciona así.
El tiempo hizo otra cosa.
Me enseñó a cargar con ella. A recordarla sin romperme siempre. A pronunciar su nombre sin que se me cierre la garganta.
A mirar una fotografía y poder sonreír antes de llorar. A vivir con una ausencia que ya conozco de memoria.
Y quizás ahí está el problema con esa frase.
Decimos que el tiempo cura todo porque necesitamos creer que existe una fecha de vencimiento para el dolor.
Como si después de suficientes meses debiéramos estar bien.
Como si seguir extrañando a alguien después de años significara que no hemos sanado correctamente.
¿Y quién decidió cuánto tiempo debería durar una herida?
¿Quién puso un calendario sobre el duelo?
¿Quién dijo que seis meses son demasiado y diez años también?
Quizás algunas heridas no están hechas para desaparecer y algunas personas se quedan con nosotros precisamente porque ya no están.
Y eso no significa vivir atrapado en el pasado.
Significa aceptar que hay ausencias que forman parte de nuestra historia.
Hay personas que ya no ocupan una silla en nuestra mesa, pero siguen ocupando un lugar en nuestra manera de mirar el mundo.
Y eso no necesariamente es una enfermedad que haya que curar.
A veces es amor que aprendió otra forma de existir.
Por eso también hay algo cruel en decirle a alguien: “Ya deberías haberlo superado.”
Como si el dolor tuviera una fecha límite. Como si recordar fuera retroceder. Como si llorar por alguien después de mucho tiempo significara que el tiempo no hizo su trabajo.
Pero quizás el tiempo nunca prometió curarnos, solamente fuimos nosotros quienes le exigimos algo que nunca pudo hacer.
El tiempo pasa. Nada más.
Pasa mientras lloramos. Pasa mientras intentamos levantarnos. Pasa mientras volvemos a reír. Pasa mientras tenemos días buenos y días en los que una canción puede devolvernos al mismo lugar.
Y quizás sanar no significa que ya no duela.
Quizás significa que el dolor dejó de decidir por nosotros y que podemos recordarlo sin quedarnos a vivir allí. Que podemos extrañar sin dejar de avanzar. Que podemos amar a quien perdimos sin necesitar recuperarlo para continuar.
Porque hay heridas que no desaparecen. Solo cambian de lugar.
Al principio están en todas partes. Después aparecen en ciertos lugares, ciertas fechas, ciertas canciones. Y algún día descubres que puedes hablar de aquello sin sentir que te estás cayendo por dentro.
No porque lo hayas olvidado. Sino porque aprendiste a sostenerlo.
Por eso no: el tiempo no lo cura todo.
El tiempo pasa.
Nosotros cambiamos, aprendemos, seguimos, y algunas heridas dejan de sangrar, pero permanecen como cicatrices.
No para recordarnos que seguimos rotos, sino para recordarnos que alguna vez estuvimos heridos y aun así seguimos caminando.