Qué fácil.
Como si fuera una cuerda y simplemente bastara con abrir la mano.
Como si uno pudiera decidir:
“Hoy dejo de querer.”
“Hoy dejo de recordar.”
“Hoy ya no me importa.”
Pero yo no sé cómo se suelta a alguien.
¿Se empieza por su nombre?
¿Dejas de decirlo?
¿Dejas de buscarlo en las canciones?
¿Borras las fotografías?
¿Los mensajes?
¿Los lugares?
¿Se sueltan primero los domingos?
¿La costumbre de contarle las cosas?
¿Ese impulso absurdo de pensar: “Esto le habría gustado”?
¿Y qué haces con las cosas que todavía quieres contarle aunque ya no puedas?
Porque nadie habla de eso.
Nos enseñan a soltar personas como si fueran objetos.
Como si bastara con tirarlas fuera de nuestra vida para que también desaparecieran de nuestra cabeza.
Pero algunas personas se quedan incluso cuando se van.
Se quedan en una canción. En una calle. En una comida. En una fecha. En una palabra que aprendiste a decir con ellas.
Se quedan en la versión de ti que existía cuando estaban. Y entonces descubres algo todavía más difícil: no siempre extrañamos solamente a la persona que perdimos.
También extrañamos a quien éramos cuando la teníamos y eso complica todavía más las cosas.
Porque también se extrañan los futuros que inventamos. La casa que no tuvimos. El viaje que no hicimos. Los hijos que nunca llegaron.
Las conversaciones que nunca ocurrieron. Los cumpleaños que imaginamos. Las fotografías que nunca tomamos. La versión de nosotros que quizás habría funcionado si hubiéramos sabido querernos mejor.
Y dime:
¿cómo se suelta algo que nunca existió pero que durante mucho tiempo sentiste como si fuera real?
Quizás por eso algunas despedidas duran mucho más que la relación.
Porque no estás despidiendo solamente lo que fue. Estás despidiendo todo lo que pensabas que podía ser. Y eso también duele.
Pero vivimos en una época que tiene demasiada prisa por vernos bien.
“Ya tienes que soltar.”
“Ya pasó bastante tiempo.”
“Ya deberías estar mejor.”
“Ya tienes que seguir adelante.”
¿Quién decidió cuándo?
¿Por qué alguien que está mirando tu vida desde afuera cree saber cuánto debe durar algo que tú estás viviendo por dentro?
Así que no.
No me digas que tengo que soltar, que ya es hora, no me pongas una fecha para dejar de extrañar.
Déjame tardar, recordar. Déjame querer todavía un poco más.
Déjame tener días en los que parezca que estoy bien y otros en los que vuelva a echarte de menos.
Déjame equivocarme.
Déjame mirar atrás sin sentir que estoy retrocediendo.
Porque quizás soltar no significa olvidar.
Quizás tampoco significa dejar de amar.
Quizás significa dejar de pedirle al pasado que se convierta en presente.
Y eso puede tardar mucho.
Quizás un día pueda recordar sin querer volver.
Quizás pueda escuchar esa canción sin esperar que aparezcas.
Quizás pueda pasar por aquel lugar sin imaginar otra historia.
Quizás pueda pensar en ti y sentir cariño sin sentir que tengo que recuperarte.
Y entonces, tal vez, habré soltado.
Pero quiero que ese día sea mío.
No de mis amigos. No de mi familia. No de quien cree que ya debería estar bien.
Mío.
Porque sanar no debería ser una carrera y soltar tampoco.
No tienes que demostrar que ya no amas para demostrar que estás avanzando.
Puedes seguir adelante y todavía recordar.
Puedes construir algo nuevo sin negar lo que alguna vez significó algo.
Puedes cerrar una puerta sin fingir que nunca quisiste entrar.
Así que sí.
Algún día abriré la mano.
Pero quiero ser yo quien decida cuándo.
No porque alguien me haya dicho que ya es hora.
Sino porque un día me daré cuenta de que ya no estoy sosteniendo a una persona.
Estoy sosteniendo un recuerdo. Y un recuerdo no necesita que lo apriete para seguir existiendo.
Entonces abriré la mano.
No para borrar ni para negar. Tampoco para decir que ya no importó.
La abriré porque finalmente entendí que soltar no era dejar de amar. Era dejar de esperar que aquello que terminó volviera a empezar.