Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 0: El Desvío de las Almas

Ultraceba
Pública 10 conversaciones 19 pensamientos 33 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El motor del Subaru rugía en un lamento mecánico, una bestia herida galopando fuera de sí por la Américo Vespucio. Dentro, el aire era una masa espesa, saturada por el vaho de cinco alientos…

En series

In groups

Contenido de la publicación

El motor del Subaru rugía en un lamento mecánico, una bestia herida galopando fuera de sí por la Américo Vespucio. Dentro, el aire era una masa espesa, saturada por el vaho de cinco alientos frenéticos y ese olor inconfundible a sudor metálico: el aroma del pánico de quien acaba de saltar al abismo. Al volante, un joven de diecisiete años se aferraba al cuero del manubrio con nudillos blancos; sus ojos, inyectados en una adrenalina tóxica, buscaban en el retrovisor el destello azul y rojo de las sirenas, pero solo encontraban la negrura voraz de la noche santiaguina.

—¡Frena, hermano, frena! ¡Que no vamos a llegar, que no vamos a llegar! —gritaba uno desde el asiento trasero, abrazando la mochila del botín como si fuera un tótem sagrado—. ¡No vamos a llegar, te digo!

Fue un segundo de distorsión. El chirrido de los frenos sobre el pavimento húmedo no fue un sonido, fue un grito de guerra eclipsado por un estruendo seco, final. El impacto lateral contra el autobús de la línea 500, que cruzaba el puente con la parsimonia de un gigante ciego, proyectó al auto contra un poste de alumbrado. El metal se retorció con la facilidad del papel, envolviendo a los jóvenes en un sudario de chispas y vidrio pulverizado.

Pero el horror real ocurría metros más allá. El autobús, con treinta almas cautivas en su vientre, rompió la baranda del puente con un alarido de acero desgarrado y se precipitó al vacío. Cayó con la pesadez de un animal muerto sobre la autopista inferior, aplastando el silencio.

Lo que siguió fue una quietud antinatural. No hubo explosiones. Solo el goteo rítmico del aceite y la voz espectral de una radio que, entre los restos del coche, insistía en emitir una melodía lejana.

El conductor abrió los ojos. Entre la sangre que le bajaba por la frente como un velo cálido, vio a sus amigos: muñecos de trapo inconscientes. Pero afuera, la realidad empezaba a sangrar. Las luces del alumbrado parpadearon en un código frenético, una morse eléctrico que se transformó en un zumbido insoportable dentro de su cráneo. Un estallido silencioso. Y luego, el aire de Santiago —frío, sucio, familiar— se extinguió.

Los cinco abrieron los ojos al unísono. No había metal retorcido. No había poste de luz. Estaban esparcidos sobre una arena blanca, una nieve gélida que se extendía hasta el infinito. El cielo no conocía las estrellas; era una bóveda de un violeta muerto, una cúpula sin profundidad que no proyectaba sombras. El Subaru yacía a pocos metros, pero parecía un fósil: la pintura descascarada por un sol inexistente y los neumáticos convertidos en un polvo fino, como ceniza de muerto.

—¿Dónde estamos, hermano? ¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos? —susurró el conductor, escupiendo una arena que sabía a olvido. No había Mapocho, ni edificios, ni el zumbido de la ciudad. Solo el viento silbando una canción de vacío entre las dunas.

A cientos de kilómetros de esa nada, o quizás en el reverso de la misma moneda, el bus de la línea 500 se detuvo con un quejido.

Los treinta pasajeros despertaron entre los asientos. Pero el interior ya no olía a plástico y ciudad; olía a salitre antiguo y hierro podrido. Las ventanas estaban devoradas por una costra de óxido y algas secas, como si el vehículo llevara siglos sumergido. Al mirar por los cristales rotos, no vieron el asfalto de Santiago, sino una carretera costera desolada, flanqueada por acantilados de piedra negra y un mar gris que golpeaba la orilla con una furia ancestral, escupiendo naufragios.

El motor del bus, aunque despojado de piezas y convertido en un esqueleto de óxido, empezó a emitir un ronroneo rítmico. Un latido. Las puertas neumáticas se abrieron solas, una invitación muda a bajar hacia la niebla densa que empezaba a devorar el asfalto.

En el desierto, la claridad era brutal. El efecto de las drogas se había evaporado, dejando una lucidez aterradora. En sus bolsillos, cada uno encontró lo mismo: una tarjeta plástica negra con un número blanco y frío. El conductor sostenía el 404. Sus amigos, números distintos que brillaban con una luz mortecina.

Simultáneamente, en la costa, los pasajeros descubrían sus propias tarjetas. Un hombre mayor con el 30; una joven de vestido roto con el 22. Treinta y cinco almas marcadas, atrapadas entre dos pesadillas.

En el desierto, el sol no salió; emergió como un ojo colosal y colérico que transformó el frío en un calor que pesaba como el plomo. El conductor miró su tarjeta y luego el horizonte donde el aire vibraba.

—¡Tenemos que movernos, tenemos que movernos! —gritó, con la piel ya empezando a ampollarse—. ¡Si nos quedamos nos cocinamos, nos cocinamos todos!

—¿Y a dónde, idiota? ¿A dónde, a dónde? —le recriminó el otro, el que llevaba la mochila ahora vacía, su voz atrapada en un bucle de desesperación—. ¡No hay nada, no hay nada, no hay nada!

La discusión estalló en una violencia primaria. Empujones, gritos que el vacío absorbía sin eco. El joven de la mochila, con los ojos desorbitados por una furia irracional, retrocedió un paso tras el empujón del conductor. Sus pies se hundieron en la arena gélida mientras repetía, como un mantra roto:

—No hay nada, no hay nada, no hay nada...

El adolescente, con la piel ya enrojecida por el sol sobrenatural del desierto, se levantó del suelo con una furia irracional, alimentada por el pánico y la abstinencia. Su mirada se posó en el amigo que le había recriminado, el que llevaba la mochila vacía. Con un grito que se quebró en su garganta seca, lo empujó con toda la fuerza de su desesperación.

El amigo, desequilibrado, retrocedió varios metros de espaldas, braceando en el aire caliente hasta que su talón se hundió en una zona de la arena que parecía ligeramente más densa.

Un "clic" metálico, agudo y perverso, cortó el silencio del desierto.

El tiempo se detuvo un milisegundo. No hubo una luz purificadora. Hubo un estallido volcánico de fuego, hierro oxidado y arena que emergió desde las entrañas de la tierra gélida. El estruendo no solo se escuchó, se sintió en los pulmones de los demás como un golpe de mazo.

El cuerpo del joven fue proyectado hacia arriba como un muñeco de trapo desmembrado. El aire se llenó de un rocío carmesí que el calor evaporaba casi al instante, creando una neblina metálica y dulce. No hubo un agujero limpio; quedó un cráter irregular humeante, sembrado de trozos de ropa quemada y restos que el desierto se negaba a absorber.

El horror fue el sonido que siguió: no fue silencio, fue un alarido gutural y rítmico. El joven no había muerto al instante. Estaba tendido a unos metros, mutilado, intentando gatear con extremidades que ya no estaban allí, dejando un rastro oscuro sobre la arena blanca que siseaba al contacto con su sangre caliente.

—¡Ayúdame, hermano! ¡Me quema, me quema, me quema! —repetía en un bucle demencial, con los ojos en blanco, mientras sus dedos restantes rascaban la arena sin encontrar apoyo.

El conductor y los otros tres retrocedieron, paralizados por la náusea. La claridad del desierto era tan brutal que podían ver cada detalle del desgarro, cada astilla de hueso expuesta. La desorientación fue total cuando, en medio de la agonía, el cuerpo del herido empezó a vibrar. No eran convulsiones; era la realidad misma rechazando su presencia.

De las heridas abiertas no empezó a salir más sangre, sino una sustancia negra y viscosa que empezó a cubrirlo como petróleo. El joven dejó de gritar para ahogarse en ese líquido oscuro que brotaba de su propio interior. En pocos segundos, lo que quedaba de él se colapsó sobre sí mismo, encogiéndose, crujiendo, hasta que solo quedó un bulto informe de materia carbonizada.

En el centro de esa masa calcinada, algo brilló. El conductor, con las piernas temblando y el estómago revuelto, se acercó arrastrando los pies. Entre los restos humeantes, encontró la tarjeta plástica negra con el número 22. Estaba intacta, fría, insultantemente limpia en medio de la carnicería.

Al tocarla, la tarjeta no desapareció. Se transformó. El plástico se retorció en sus dedos hasta convertirse en veinte monedas de plata con forma de cráneos humanos. Al darles la vuelta, el número 22 estaba grabado en la nuca de cada calavera. El peso de la plata era real; el peso del asesinato, también.

Los tres adolescentes restantes se miraron con los ojos desorbitados. El olor a carne quemada y pólvora antigua flotaba en el aire estático. Ya no eran cinco. Eran cuatro, y el desierto les acababa de enseñar, de la forma más sangrienta posible, que en las Regiones del Último Tormento, cada paso en falso tenía un precio que se pagaba en plata y dolor.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    El que muere pisando la mina venía de empujar al otro, y ahí se me armó el problema. La mitad de las que me junto los martes lo va a defender igual porque tiene diecisiete años, y la otra mitad va a decir que se lo buscó. Yo estoy con las primeras, aunque me cueste.

    Permalink
  • TeoSanabria

    Los cinco del auto me suenan a unos muchachos de mi barrio que salieron una noche a hacer una macana y volvieron tres. Uno de esos tres nunca más habló del asunto, ni cuando ya era grande. Me da que el conductor va a ser ese, el que carga el número y el empujón.

    Permalink
  • CapituloTrasCapitulo

    Arrancás matando a uno y esto recién empieza. Me quedo con los treinta del bus, que están peor y todavía no lo saben. Y yo acá, enganchada desde el cero.

    Permalink
  • mvillar74

    Esto me ha recordado a uno de los que releo, el de la gente que despierta donde no es su sitio y tarda en aceptarlo. Vale, el tuyo va con mucha más sangre.

    Permalink
  • jpardo48

    Veinte monedas de plata por un amigo, que es la tarifa de toda la vida. Al chaval le van a salir caras las prisas del principio.

    Permalink
  • AEJOVENICH

    Muy buen capítulo Hermano.

    Permalink
  • EmilioPrats

    Madre mía.

    Permalink
  • DaveOaks

    Sumamente intrigante… ya quiero más … quiero saber que es ese lugar.. lo único seguro es que no es el cielo, ni el infierno, por lo menos no como el folclor lo pinta.. y la pregunta principal por qué ellos … habrá más gente ahí… tantas preguntas … gracias por compartir

    Permalink
  • AEJOVENICH

    Saludos a la distancia amigo.

    Permalink

Related posts

  • Capitulo 4: El Oasis de Esperanza

    El Transantiago avanzaba a trompicones hacia las luces mortecinas al fondo del valle; adentro, el aire de la línea 500 seguía oliendo a azufre y carne quemada. En mitad del silencio sepulcral, una…

  • Capítulo 2: Oficina Salitrera La Palma

    El conductor del Subaru tomó la primera decisión lógica del grupo: repartir las monedas en partes iguales para todos. Clavó la mirada en los otros tres adolescentes que permanecían en silencio sobre…

  • Capítulo 1: Reino de Aricca

    A través de los parabrisas trizados y devorados por la costra de salitre, el conductor entornó los ojos. Forzó la vista hacia la imponente pared de piedra negra que cortaba el cielo gris como una…

  • Capítulo 5: La primera cacería

    En mitad del griterío que consumía la oficina de adobe del retén, Byron permanecía un paso atrás, apoyado contra el marco de la puerta con una lucidez fría que nadie más tenía.

  • El revés

    Quizás ustedes me leen y piensan “lo hace ver muy fácil” y te aseguro que no es así solo quiero ser más inspiracional que dramática… esto no es un drama es una verdadera historia de aprender a vivir…

  • CAPÍTULO V: TIENES QUE SOLTAR

    Qué fácil.

  • Capitulo 2

    Thomas abrió los ojos de golpe, sintiendo algo cálido y rasposo deslizarse por su mejilla, y antes de que pudiera reaccionar, un olor fuerte y penetrante lo golpeó de lleno, haciéndolo arrugar la…

  • Ucronia

    Me pregunto qué habría pasado ‎si hubiéramos tomado aquella taza de café ‎en la cafetería que solías visitar ‎después del trabajo. ‎ ‎¿Qué habría pasado ‎si de tanto conversar ‎las palabras hubieran…