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Capitulo 2

Roxas
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Thomas abrió los ojos de golpe, sintiendo algo cálido y rasposo deslizarse por su mejilla, y antes de que pudiera reaccionar, un olor fuerte y penetrante lo golpeó de lleno, haciéndolo arrugar la…

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Thomas abrió los ojos de golpe, sintiendo algo cálido y rasposo deslizarse por su mejilla, y antes de que pudiera reaccionar, un olor fuerte y penetrante lo golpeó de lleno, haciéndolo arrugar la nariz con una mueca. Parpadeó confundido, todavía medio perdido entre el sueño y la vigilia, y lo primero que vio fue el rostro de Ben, tan cerca que casi se rozaban las narices, mirándolo con esos ojos grandes y brillantes, la lengua aún fuera tras haberlo lamido.

—¡Ugh, Ben! —exclamó con voz ronca por el sueño, apartando la cara con una sonrisa entre divertida y asqueada—. ¡Qué asco, amigo!

se limpio la cara y miró a su alrededor: los leves y dorada rayos de luz se filtraba por las rendijas del refugio, bañando todo con un brillo cálido y tranquilo. Ya era de día. Había logrado dormir, de verdad dormir, despues de lo ocurrido sobre ellos. Y Ben, fiel como siempre, se había quedado a su lado, sin moverse, esperando a que despertara.

El pastor aleman soltó un pequeño ladrido alegre y movió la cola con fuerza, golpeándola contra la pared de madera de uno de los estantes, orgulloso de haberlo despertado. Thomas soltó una risa suave y lo acarició detrás de las orejas, sintiendo el pelaje espeso y cálido bajo su mano.

—Está bien… ya estoy despierto —le dijo en voz baja—. Gracias.- Miro a su alrededor y dejo su rifle en el suelo a su lado y con algo de esfuerzo se puso de pie.

Sintiendo un pinchazo en su muslo al moverse tan bruscamente y se detuvo unos segundos probando que tanto podia moverse sin sentir un dolor fuerte, tomo una respiración profunda y se enderezó con cuidado y lentitud, sentía la pierna rígida pero no le dolia tanto como el dia anterior, era una buena señal la medicina habia funcionado, sonrio al estar de pie y se estiro con cuidado de no esforzar mucho su pierna y miro a Ben.

-Vamos... es hora de desayunar,... nos espera un largo dia.- Ben respondió con un ladrido alegre y se puso de pie caminado y moviendo alrededor de Thomas.

El chico se rio y negó con la cabeza acercándose a uno de los estantes improvisados y revisó entre sus pocas provisiones antes de tomar una barra de cereal añeja y un cantimplora para ambos sin olvidarse de un cuenco para vertir un poco de agua para Ben.

Partió la barra de cereal con los dedos, haciéndola crujir entre la sequedad, y le ofreció la mitad al perro antes de sentarse en el borde del lecho de paja, cuidando siempre de no apoyar peso de más en la pierna herida. Ben se sentó derecho frente a él, la cola golpeando suavemente el suelo, esperando con paciencia casi humana su turno, sin intentar arrebatárselo de las manos.

—Tranquilo, que no se va a ninguna parte —le dijo con una sonrisa suave, depositando el trozo en el cuenco junto con el resto de su comida—. Comamos despacio, que lo bueno dura poco… y esto es lo único que tenemos por ahora.

Llenó el cuenco con agua con cuidado, sin derramar ni una gota, y luego bebió él mismo un trago corto y mesurado de su cantimplora, saboreando la frescura del líquido que le devolvía la vida al cuerpo. Masticó su propia ración despacio; estaba seca y un poco dura, pero le llenó el estómago y le dio calor, y eso bastaba. Lo hacía con calma, disfrutando de ese instante de paz, consciente de que en cuanto cruzaran esa puerta, todo se volvería peligroso e incierto otra vez.

Mientras terminaba, acarició la cabeza de Ben y lo miró con gratitud, viendo cómo comía con apetito pero siempre atento a él, vigilante incluso en la tranquilidad de la mañana.

—Hemos sobrevivido un dia mas... —murmuró más para sí mismo que para el perro, con la mirada fija en la rendija por donde entraba la luz—. Y mi pierna mejora… eso es algo. Puede que hoy sea un mejor dia, ¿verdad?

Ben alzó la cabeza al oírlo y soltó un ladrido breve y firme, como dándole la razón. Thomas asintió, guardó lo que sobraba con esmero, cerró la cantimplora y respiró hondo, sintiéndose un poco más fuerte, un poco más listo para lo que viniera.

Guardó la cantimplora bien ajustada al cinturón, y se acerco a la cama para tomar su chaqueta metiendo el resto de la barra en el bolsillo interior de la chaqueta y pasó una mano por encima, asegurándose de que no se perdiera antes de ponersela. Luego se inclinó para recoger el rifle, lo apoyó entre las manos y lo revisó por costumbre: cerrojo limpio, una Bala en la camara, seguro puesto. Todo en orden.

Ben ya había terminado y estaba de pie, sacudiéndose levemente el pelaje, con las orejas erguidas y la mirada fija en la puerta, como si supiera que el momento de quedarse quietos había pasado. Thomas le dedicó una media sonrisa y le hizo una seña con la cabeza.

—Vamos —dijo, esta vez con voz más firme—. No nos quedaremos aquí esperando a que algo nos encuentre.- Rápido se inclino haciendo una mueca de dolor por su pierna y tomo de debajo de su cama su mochila de emergencia y tomo tres balas antes de volver a esconderla y ponerse de pie mientras las guardaba en su bolsillo tomando su mochila del dia anterior y empezó a moverse.

Avanzó despacio hacia la salida, probando la pierna a cada paso; ya no dolía con cada movimiento, solo una molestia sorda y constante, lo bastante manejable para caminar. Al llegar a la puerta, se detuvo un instante con la mano en el cerrojo, respiró hondo y echó una última mirada atrás al pequeño refugio que los había protegido toda la noche. No era mucho, pero les había servido.

—Gracias —susurró al aire del lugar—. Pero ya es hora de seguir.

Abrió la puerta con cuidado, dejando entrar la luz y el aire fresco de la mañana. El bosque se extendía frente a ellos, tranquilo bajo el sol que empezaba a subir. Ben salió primero, olfateando el aire con la nariz bien alta, y luego se giró a esperarlo, fiel a su lado. Thomas lo siguió, cerrando la puerta tras de sí con suavidad, y la oculto de nuevo, mirando todas las direcciones despues de hacerlo, Y al ver que Ben estaba tranquilo asintió y se enderezó dedicándole una mirada a los arañazos, y aire se le quedó un poco más pesado en el pecho al ver aquellos surcos profundos rasgados en la madera y la tierra, como si unas garras enormes hubieran querido arrancar el mismo refugio de raíz. Se quedó un instante inmóvil, recorriéndolos con la mirada y luego con la punta del rifle, comprobando lo que ya sabía: la madera estaba astillada, los goznes cedidos, y si aquella criatura volvía a empujar o golpear con fuerza, no habría nada que se interpusiera entre ellos y ella. No era un lugar seguro. No del todo.

Ben se detuvo junto a él, siguió su mirada hacia las marcas y soltó un gruñido bajo y gutural, sintiendo también la amenaza que dejaban atrás. Thomas le puso una mano sobre el lomo para calmarlo, pero su propia mente ya trabajaba a toda velocidad, anotando cada detalle con la misma claridad con la que revisaba su arma.

—Lo sé… —murmuró para ambos, con la voz tensa pero decidida—. No aguantaría otra vez. Si vuelve, nos encontraría. Y no quiero despertar con eso respirando encima.

Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos para apartar la inquietud, y enderezó la espalda. Tenía dos opciones claras, grabadas a fuego ahora mismo: reforzar las paredes y la puerta con ramas gruesas y troncos, o encontrar la forma de borrar su rastro, de que aquel lugar dejara a oler a ellos. Quizás ambas.

—Hierbas fuertes, tierra húmeda, resina… lo que use el bosque para esconderse —se dijo a sí mismo, trazando el plan en voz baja—. Y tablones. Troncos. Algo que aguante. No volveremos a dormir sin protección.

Se acomodó mejor la mochila, apretó las correas, y echó una última mirada hacia el refugio, no como despedida, sino como una promesa silenciosa de volver y dejarlo seguro.

—Vamos —dijo, y esta vez su paso fue más firme—. Primero avanzamos, aun debemos recolectar provisiones para ir a la ciudad, despues nos ocuparemos de reforzar nuestro refugio.

Ben movió la cola y se puso en marcha a su lado, y Thomas siguió caminando con el peso de esa nueva tarea en la mente, pero también con algo más: la determinación de no dejar que el miedo los echara de su hogar. Lo protegería. Lo protegería a él, a Ben, y a lo que les quedaba de vida.


Aina bostezó con sueño mientras se frotaba los ojos, había dormido profundamente, como no lo hacía desde hacía días, envuelta en la calidez de su habitación y en la certeza de que allí nada podría tocarla. Se estiró despacio, sintiendo el cuerpo ligero, sin el peso de la culpa que la había aplastado al volver la tarde anterior. El sol ya entraba generoso por la ventana, tiñendo el suelo de madera de tonos dorados, y el silencio de la casa era suave, tranquilo.

Se sentó en el borde de la cama, pasándose una mano por el cabello revuelto, y sonrió al recordar la cena, las palabras de sus padres, la mano de su madre curándole las heridas como si nunca hubieran estado. Aquel refugio era real, y el amor que lo llenaba también. Se puso de pie despacio, caminó hacia la ventana y miró hacia el bosque que se extendía allá afuera, inmenso y verde bajo la luz de la mañana.

—Hoy será distinto —susurró al aire, con voz firme y esperanzada—. Hoy lo arreglaremos.

Se dio una ducha rapido, se vistió con ropa limpia y salió de su cuarto hacia la cocina, siguiendo el aroma familiar de pan y hierbas que flotaba en el aire. Sabía que afuera seguían existiendo el peligro, la pérdida y la ira de Thalion… pero también sabía que no estaba sola. Y eso era suficiente para empezar el día con el corazón ligero.

Al entrar en la cocina, el olor a pan recién horneado y miel la envolvió por completo, tan cálido y familiar que le hizo cerrar los ojos un instante de pura gratitud. Sylora estaba junto a la mesa, acomodando platos con esa gracia suya, y al verla llegar alzó la vista con una sonrisa dulce y serena, la misma que siempre lograba calmarla sin necesidad de palabras.

—Buenos días, sol —le dijo con voz suave—. Pensé que te despertarías más tarde. Descansaste bien, ¿verdad?

Aina asintió y se acercó para abrazarla por la espalda, apoyando la mejilla contra su hombro, sintiendo la calidez y la fuerza tranquila que emanaba su madre.

—Sí… muy bien —respondió con sinceridad—.Me siento mucho mas tranquila.

Desde el otro lado de la mesa, Aelar levantó la vista de lo que estaba haciendo y le dedicó una sonrisa amplia y cariñosa.

—Eso me alegra oírlo —dijo él, señalando la silla frente a sí—. Ven, siéntate. Tu madre preparó todo lo que te gusta.

Aina se sentó de inmediato, sintiendo cómo la mesa caliente le acariciaba los antebrazos y el aroma de la comida le abría el apetito de golpe. Aelar le sirvió con cuidado una generosa porción, y le puso delante también una jarra con leche tibia y miel, todo exactamente como le gustaba.

—Hoy no hay prisas —repitió él, acomodándose en su propia silla—. Hoy el tiempo es nuestro. Come despacio, hija.

Sylora tomó asiento a su lado y, antes de empezar, posó una mano sobre la de ella con suavidad, mirándola con esos ojos verdes que parecían saberlo todo.

—Me alegra ver esa luz en tu mirada otra vez —le dijo en voz baja—. La noche pesa, sí… pero siempre se acaba. Y el sol vuelve a salir.

Aina sintió que se le llenaban los ojos de algo dulce y cálido, y apretó la mano de su madre antes de asentir con una sonrisa sincera.

—Lo sé —respondió—. Y gracias. Por todo.

Empezaron a desayunar entonces, entre el tintineo suave de los cubiertos y palabras tranquilas, sin mencionar castigos, ni criaturas, ni pérdidas. Solo eran ellos tres, en su casa, en la luz de la mañana, compartiendo pan y cariño. Y por un rato, fue suficiente para creer que todo saldría bien. Y entonces un pajarillo golpeó con cuidado la ventana, era un mensajero tenia una nota atada en una de sus patas.

El sonido suave pero insistente contra el cristal las hizo alzar la vista a la vez. Un pajarillo de plumaje oscuro y mirada viva se mantenía allí, aleteando apenas para sostenerse, con una pequeña tira de pergamino atada con hilo fino a una de sus patas. No era un ave cualquiera; todos en la aldea conocían a los mensajeros, y ver uno tan cerca de casa, y precisamente a esa hora, hizo que el aire cálido de la cocina se enfriara de golpe.

Sylora dejó el cubierto sobre la mesa con un sonido metálico leve y se enderezó despacio, aunque su expresión seguía serena —demasiado serena, como si ya supiera de qué se trataba. Aelar se puso de pie de inmediato, se acercó a la ventana con paso firme y abrió con cuidado, dejando entrar al pajarillo que se posó ligero sobre su muñeca. El animal no parecía asustado, solo cumpliendo su encargo.

—Viene de Thalion —dijo él con voz grave, apenas al ver el sello tallado en la cera que sellaba la nota.

Aina sintió cómo se le apretaba el pecho, la tranquilidad de minutos antes desvaneciéndose como niebla al sol. No esperaba nada bueno. Aelar desató el pergamino con dedos ágiles, lo desdobló y leyó en silencio. Su rostro no cambió gran cosa, pero la mandíbula se le tensó levemente, y cuando alzó la vista hacia ellas, había una mezcla de preocupación y determinación en sus ojos.

-Te esta convocando princesa, a ti, a tus compañeros y a los exploradores al campo de entrenamiento.- Aeler termino de leer el papel y miro a su esposa por unos segundos Antes de volver a mirar a su hija.

Aina sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta. Dejó el cubierto con un sonido casi imperceptible y se quedó mirando el pergamino que aún sostenía su padre, como si aquel trozo de papel pudiera arder en cualquier momento. No era solo una convocatoria: era Thalion llamándolos a todos juntos, al lugar donde solía entrenar, donde su voz retumbaba con más peso y donde cada palabra se sentía como sentencia.

—¿A todos? —preguntó con voz apenas audible—. ¿A Elwing, a Corin, a Valens… y a mí?

Aelar asintió despacio, doblando el pergamino entre sus dedos con cuidado, como si manejara algo frágil y peligroso a la vez.

—A los cuatro —confirmó él, y su tono era suave pero firme—. Y a los exploradores también. Dice que hay que rendir cuentas, revisar lo ocurrido y establecer nuevas reglas para que no se repita.

Sylora puso una mano sobre el hombro de su hija y la apretó con fuerza, transmitiéndole toda su calma. Miró a Aelar y luego a Aina, sin rastro de miedo en el rostro, solo esa serenidad que la hacía parecer inquebrantable.

—Iré con ella —dijo con decisión—. No irá sola a enfrentarlo. Y hablaré con Elwing también. Esto no puede resolverse solo con gritos y culpas.

Aina tragó saliva y asintió, sintiendo cómo el corazón le martilleaba contra las costillas, pero al mirar a su madre y a su padre, supo que no estaba indefensa. Eran los guardianes del bosque, sí, pero también eran su familia. Y la verdad, por pequeña que fuera, la llevaban consigo.

—Terminemos de comer —dijo Aelar, guardando la nota en el bolsillo interior de su túnica—. Y luego te acompañaremos... no te preocupes queridas, no estas sola...-

Aina tomó aire, lo soltó despacio y volvió a mirar su plato. El día había empezado tan tranquilo… y ahora el camino se volvía cuesta arriba otra vez. Pero esta vez no caminaba a ciegas ni sola. Y eso bastaba para dar un paso tras otro. Las palabras de su padre cayeron sobre ella como un abrigo cálido en medio del frío, y Aina sintió cómo el nudo que le apretaba la garganta se aflojaba un poco. No estás sola. Tres palabras sencillas, pero que de pronto pesaban más que toda la ira de Thalion junta.

Terminó su desayuno despacio, masticando cada bocado con calma, aunque el sabor se le había vuelto más tenue. Sabía que el tiempo de paz en aquella cocina estaba llegando a su fin, y por eso procuró guardar cada instante: el aroma del pan, la luz dorada sobre la mesa, la mano de su madre rozando la suya de vez en cuando, la mirada firme y tranquila de su padre. Todo eso era suyo, y nada de lo que pasara allá afuera podía arrebatárselo.

Cuando los platos quedaron vacíos, se levantó junto con ellos y se lavó las manos en el cuenco de agua junto a la puerta. Sylora le acomodó el cuello de la túnica con gesto preciso y cariñoso, y al hacerlo, le susurró bajito:

—Mantén la cabeza alta, hija. No has hecho nada por lo que avergonzarte. Las cosas pasan, y la culpa no pesa solo en un lado.

Aina asintió y se pasó una mano por el cabello, respirando hondo para reunir fuerzas. Aelar colgó su espada al cinto —no como amenaza, sino como señal de respeto y autoridad— y les abrió la puerta con un ademán serio.

—Vamos —dijo— no los hagamos esperar.- Cruzaron el umbral juntos, y el aire fresco de la mañana los recibió de lleno, limpio y vigorizante, aunque Aina sintió que el camino de pronto se hacía más largo y pesado con cada paso. El sendero serpenteaba entre árboles altos que se mecían suavemente con la brisa, como si el bosque mismo los acompañara en silencio, conocedor de cada verdad y cada secreto que guardaba la tierra.

A la distancia ya se distinguía el claro, amplio y despejado, donde solían reunirse para entrenar y recibir instrucción. Allí se veían las figuras de Elwing, Corin y Valens, de pie, esperando, con las cabezas ligeramente bajas y los hombros tensos, como si el peso de la espera ya los estuviera presionando. Junto a ellos estaban los otros exploradores, y más adelante, en el centro del claro, la figura imponente de Thalion, de espaldas, mirando hacia los árboles sin moverse. Su sola presencia llenaba el espacio de una gravedad que se sentía hasta en el aire.

Sylora caminaba erguida a su lado, sin prisa pero sin demora, y Aelar del otro lado, con la mano posada con firmeza pero sin rudeza sobre el hombro de su hija, sosteniéndola con un contacto que lo decía todo: no te apartes, aquí estamos.

—Respira —le murmuró su madre apenas, sin volver la vista—. Di lo que viste, lo que sentiste, la verdad sin adornos. Eso es suficiente.

Aina asintió con un movimiento casi imperceptible y apretó las manos a los costados para que no le temblaran. Al acercarse, el sonido de sus pasos sobre la hierba seca fue lo único que se escuchó, y Thalion se giró despacio hacia ellos. Su mirada era severa, pesada, pero cuando sus ojos se posaron en Sylora y Aelar, algo en su expresión se tensó aún más, como si no hubiera esperado encontrarlos allí, de pie junto a la muchacha y no detrás de ella.

Llegaron hasta donde estaban los demás y se detuvieron en línea con sus compañeros, sin apartarse, sin ceder terreno. Aina alzó la vista entonces, recordando las palabras de su madre, y encontró los ojos de Elwing, que le devolvió una mirada llena de inquietud pero también de comprensión. No estaban solos. Y eso, justo en ese momento, era la mayor fortaleza que tenían.

-Familia Amakiir... que sorpresa verlos a todos aqui... Syrola, Aaler si quieren pueden acompañar a los otros 'invitados' mientras hablo con los jóvenes.- Syrola Miro a su esposo confundía y luego miro la dirección donde Thalion señalaba y se sintió avergonzada al ver a Lord Varis, junto Arwen, la madre de Corin, Ivellion el padre de Valens, Y por ultimo los padres de Elwing; Haldir y Saffana.

Varis sonrio con algo de burla y con la mano le indicó a ambos padres que se acercaran.

-Syrola, Aaler... que sorpresa, que los trae a ese entrenamiento intensivo para los exploradores?...- El anciano no pudo ocultar la burla en sus palabras, el habia enviado los mensajes y habia ocultado un poco la información, los chicos no estaba allí para ser juzgados, sino para recibir nuevas instrucciones y un pequeño escarmiento por el día anterior.
Sylora parpadeó un instante, desarmada por completo. Había estado preparada para enfrentar la ira, los reproches, cualquier severidad… pero no esto. No una asamblea de familias y ancianos, convocada sin que supieran el alcance real, y mucho menos con Lord Varis mirándolos con esa media sonrisa entre afable y burlona, como si todo el asunto no fuera más que una lección que se les había escapado de las manos.

Aina apretó los puños a los costados, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba otra vez. Al ver a todos los padres allí —Arwen con la postura erguida y serena, Ivellion con esa mirada aguda que parecía verlo todo, Haldir y Saffana de pie juntos, tranquilos— comprendió que Thalion no los había llamado solo para rendir cuentas. Había algo más, algo que no se esperaba. Y Varis… él lo había orquestado todo, y les había enviado la nota sin decirles que las familias también estarían presentes.

Aelar dio un paso adelante, sin perder la compostura, aunque su voz se volvió firme y clara, llevando hasta el anciano sin alzarla.

—Nos trae nuestra hija —respondió sin vacilar—. Y la verdad. Pensamos que venía a responder por lo ocurrido, no a una reunión de la que no se nos dijo el alcance. Pero ya que estamos aquí, nos quedaremos.

Sylora recuperó el control de inmediato, enderezando la espalda y devolviéndole la mirada a Varis con la misma calma que él, sin rastro de confusión ahora.

—Entiendo que hay formas de hacer las cosas que no siempre se dicen por completo —dijo con serenidad—. Pero no nos confunda. No venimos a interferir en el entrenamiento ni a cuestionar la autoridad. Venimos a estar presentes. Y a escuchar.

Varis soltó una risa suave, casi sin sonido, y asintió como si aprobara aquella respuesta. Hizo un gesto hacia los demás padres que ya estaban reunidos a un lado, observando todo con atención.

—Entonces acérquense —les indicó con tono amable pero que no admitía negativa—. No se lo perderán. Se está estableciendo lo que debió quedar claro desde el principio: que el bosque no perdona descuidos, pero tampoco castiga sin medida. Y que hay diferencias entre fallar y ser negligente… diferencias que no todos parecen dispuestos a reconocer.

Thalion permanecía rígido al frente, sin apartar la vista de los cuatro jóvenes, y Aina comprendió de golpe: no era un juicio. Era una lección. Y Varis había dispuesto que estuvieran todos allí para que se aprendiera bien, tanto por parte de ellos como de quien juzga. Respiró hondo y alzó la vista, encontrando la mirada de su madre, que le asintió con firmeza. Estaban allí. No se iban a ninguna parte. Y la verdad seguiría siendo la misma, la dijeran con reproches o con instrucciones nuevas.

-Thalion bajó la mirada un instante, la mandíbula apretada en una línea rígida y tensa. Sabía tan bien como cualquiera allí que la autoridad de Varis se alzaba por encima de todo: no era solo antigüedad ni título, era el peso de siglos viendo crecer y caer generaciones, de haber guiado al bosque en tiempos que los demás solo conocían en leyendas. Discutir con él no era perder una discusión; era hablar con la montaña y esperar que se moviera. Y las montañas no se mueven.

Se giró despacio hacia los cuatro jóvenes y los exploradores, y aunque su rostro seguía severo, aquella cólera ciega que los había golpeado en el claro parecía haberse enfriado, templada por la presencia del anciano y de todas las familias allí reunidas. No podía dictar sentencia como si fuera el único dueño de la verdad. No cuando Varis lo estaba observando todo con esa calma que no prometía piedad para nadie, ni siquiera para él.

—Entonces hablemos claro —dijo Thalion al fin, y su voz ya no tronaba, sino que cayó pesada y medida sobre el claro—. No vine aquí para destituirlos ni para echarlos. Vine porque dos de los nuestros se perdieron, y duele. Duele profundamente. Y duele más saber que pudo evitarse. Pero Lord Varis tiene razón: castigar sin mirar no es justicia, es solo ira. Y la ira no protege a nadie.

Miró a cada uno de ellos, deteniéndose un instante en Aina, en Elwing, en Corin y Valens, y por primera vez dejó ver algo más que dureza: el cansancio de quien lleva el peso de la guardia sobre los hombros demasiado tiempo.

—Lo que ocurrió fue grave —continuó—. Y tendrán que cargar con esa lección. Pero también tendrán que aprender que la confianza no se pierde en un solo día, ni se recupera en otro. Se gana paso a paso, vigilancia tras vigilancia. Y ahora… escuchen. Porque las reglas cambian, y el bosque exige más de todos nosotros.- Los exploradores se pusieron rígidos y se miraron entre si nerviosos mientras Aina miraba a espalda de Thalion a su madre en busca de apoyo.

-Deben dejarlos afrontar esto solo...- Lord Varis permaneció con su mirada al frente y les dijo a los padres.- sino siempre vendran a buscarlos cuando algo se complique.- Las palabras de Varis cayeron sobre ellos como agua fría y clara, y Sylora detuvo el gesto que estaba a punto de hacer para dar un paso hacia su hija. Se quedó inmóvil, con la mano aún suspendida en el aire, y comprendió que tenía razón, aunque le doliera aceptarlo.

Aelar asintió despacio, apretando los labios, y posó una mano sobre el brazo de su esposa para sostenerla.

—Tiene razón —dijo él en voz baja, solo para ellos dos—. Los hemos criado para que cuiden este bosque. Y para eso deben aprender a sostenerse solos. No podemos ser siempre su escudo.

Sylora respiró hondo y bajó la mano lentamente, pero no apartó la mirada de Aina. Le envió una sonrisa llena de confianza y cariño, sin palabras, solo para que supiera que seguía ahí, a su lado, aunque no interviniera.

—Lo sé —respondió ella a Varis con voz serena—. Y así será. Aprenderán a caminar por sí mismos. Pero que sepan que si alguna vez tropiezan, no están solos.

Aina, que había estado buscando los ojos de su madre con un destello de inquietud, sintió cómo el corazón se le serenaba. No la abandonaban. Solo le daban la oportunidad de crecer, de demostrar que podía valerse por sí misma, de asumir su responsabilidad con dignidad y valentía. Enderezó la espalda, apretó las manos a los costados y volvió a mirar a Thalion, lista para escuchar y para responder.

Varis asintió levemente, satisfecho con aquella respuesta.

—Exactamente —dijo—. Estar ahí no es cargarlos. Es esperarlos. Y dejar que se levanten por su propio pie cuando caigan.

-Deben estar listos para cualquier cosa, aunque estén cansados, desorientados o asustados... deben estar alertas para proteger a los nuestros...- Thalion apretó sus puños y tomo una respiración profunda.- Lo que ocurrió ayer... ya esta en pasado, pero no deben volver, nuestro trabajo es cuidar este bosque, y los animales que habitan en el, es la razón por la que madre Gaia nos trajo... no podemos fallarle...- Thalion calló un instante, y su mirada recorrió cada rostro de los jóvenes presentes, grabando aquellas palabras en ellos con la misma intensidad con la que se graba una promesa sagrada. El viento movió suavemente las hojas a su alrededor, como si el bosque mismo estuviera escuchando, atento.

—No podemos fallarle —repitió con voz más baja, pero aún más firme—. Ni a ella, ni a quienes confían en nosotros. Y fallen o no, nos levantamos. Porque aquí no hay lugar para la culpa que te destruye, ni para el miedo que te paraliza. Solo hay lugar para el deber, y para el cuidado.

Aina sintió que las palabras le llegaban al pecho y se asentaban allí, transformando lo que antes era miedo en algo más parecido a propósito. Apretó las manos a los costados, ya no con temor, sino con determinación. No iban a huir. No iban a esconderse. Iban a proteger lo que amaban, aunque fuera difícil.

—A partir de hoy —continuó Thalion—, cambian las rondas. No van solos en parejas como antes. Se cubren zonas más amplias, se turnan para vigilar y para descansar, y cada grupo informa al siguiente antes de retirarse. Ningún rincón queda sin ojos sobre él. Y si algo les parece extraño, no duden en llamar. No hay vergüenza en pedir ayuda; la hay en callar y esperar a que sea demasiado tarde.

Hizo una pausa, y esta vez su mirada se suavizó apenas, casi imperceptible.

—Lo de ayer fue una lección dura. Pero no será en vano si la aprenden. El bosque es grande, y los peligros también. Pero mientras estén unidos y alertas, no están indefensos. Ahora… descansen un poco. Y cuando salgan de nuevo, salgan con la mente clara y el corazón firme. Estamos contigo. Todos.

El silencio que siguió ya no pesaba. Era un silencio de compromiso. Aina miró a sus compañeros: Elwing la miró y asintió con la cabeza; Corin le dio una sonrisa breve pero decidida; y Valens le mostró el pulgar hacia arriba, discreto pero seguro. Estaban juntos. Y eso bastaba.

Al fondo, junto a los demás padres, Sylora y Aelar observaban con orgullo. No habían tenido que intervenir, porque sus hijos ya habían aprendido lo más importante: que la verdad y la responsabilidad valen más que cualquier escudo. Y en ese claro, bajo el sol que seguía subiendo, los cuatro jóvenes entendieron que ahora empezaba de verdad.

Arwen sonrio y se inclino un poco hacia Syrola.- Aparece que nuestros pequeños nos preocuparon en vano...- Ivellion se rio un poco por el comentario y se acerco a ambas.

-Si... Yo venia preparado para luchar con Thalion desde a ver visto a Valens ayer... Hubiera sido muy humillante haber fallado en el intento.- Sylora soltó una risa suave y tranquila, como si de pronto se le cayera un peso enorme de los hombros, y devolvió la inclinación con calidez.

—Así parece —respondió ella, mirando hacia donde estaban los cuatro jóvenes, que ahora hablaban entre ellos con gestos más relajados—. Vení con el corazón en la garganta, lista para defender a mi hija con todo lo que tengo… y resultó que no necesitaba pelear. Ni yo, ni ella.

Aelar soltó una risa baja y se acercó a ellas, sacudiendo la cabeza con alivio.

—Yo también venía preparado —confesó—. Con las palabras ya ensayadas. Y hasta con la espada lista, por si las cosas se ponían duras. Pero Varis… él sabía lo que hacía. No era castigo, era enseñanza. Y Thalion lo entendió al final.

Ivellion se rió más abiertamente, dándole una palmada ligera en el hombro a Aelar.

—¿Verdad? —dijo—. Yo venía pensando: si le pone una sola mano encima a Valens, me las veré con él. Qué tonto me siento ahora… y qué alivio, ¿no? Que estén aprendiendo, que no se rompan por un error. Eso vale más que cualquier disculpa.

Arwen asintió con una sonrisa dulce y serena, mirando a Corin a lo lejos.

—Son jóvenes —dijo suavemente—. Se equivocarán otra vez, seguro. Pero ahora saben que pueden levantarse. Y que no están solos. Eso es lo que importa.

Sylora los miró a todos, y luego a su hija, que ahora reía con sus compañeros, con la cabeza alta y la mirada brillante.

—Sí —dijo con voz llena de gratitud—. Nos preocupamos en vano… y eso es lo mejor que nos podía pasar. Porque significa que están creciendo. Y que el bosque estará en buenas manos.

Aelar cruzó los brazos sobre el pecho y le dedicó a su viejo amigo una mirada cálida y comprensiva, llena de esa confianza que solo se tiene tras años de conocerse.

—Y tú, Haldir… sé que no te has movido de aquí con el corazón tranquilo —dijo con voz amable, acercándose un poco más—. Elwing cargó con la responsabilidad de todos, y recibió lo más duro… eso pesa. Lo sé.

Haldir soltó un suspiro largo y despacio, y por primera vez relajó los hombros, aunque su expresión seguía siendo seria y reflexiva. Miró a su hija a lo lejos, donde ella hablaba con los demás, firme y entera, y una sombra de orgullo se mezcló con la preocupación que aún le quedaba.

—Es su líder —respondió con tono profundo—. Donde van ellos, va el primero. Y donde fallan, el siente que falla el doble. Así son las cosas… y así debe ser. Pero duele verlo recibir el golpe cuando no es solo culpa suya.

Saffana le posó una mano en el brazo con suavidad y miró al grupo de jóvenes con una sonrisa serena.

—Pero mira cómo está —dijo ella—. No está roto. No se ha rendido. Se levantó, escuchó y ahora sigue adelante. Eso es lo que le enseñamos, ¿no? A cargar con la responsabilidad y a no dejarse vencer por ella.

Haldir asintió lentamente, y al final una media sonrisa apareció en su rostro, tímida pero sincera.

—Tenéis razón —reconoció—. Vengo preparado para defenderlo, para decir que no merecía tanto… y el me demuestra que es más fuerte de lo que creo. A veces son ellos los que nos enseñan a nosotros.

—Siempre es así —convino Sylora con ternura—. Crecen cuando no los estamos mirando, y de pronto están ahí, de pie, enfrentando lo que les toca con más valentía que nosotros mismos.

Thalion cansado de los comentarios sentimentales de los padres miro a Varis pero el anciano simplemente se rio y miro levanto los hombros restándole importante.

-Viejo inútil...- El Guerrero tomo una profunda respiración y miro a los exploradores que se habia relajado y conversado. - ¡Mocosos atencion!.- El grito puso en alerta a todos los presentes que miraron al elfo.- No los cite aqui solo para decirles que fallaron y lamerles las heridas... No, como dijo Lord Varis antes están aqui por un entrenamiento intensivo.- Miro a los presentes y los contó mentalmente.- Son 16...- Thalion sonrio y empezó a estirar antes de mirar a los padres presentes.-Aaler, Haldir, Ivellion por que no me ayudan el día de hoy...- Thalion soltó una risa seca y decidida, y se ajustó el cinturón con la espada, mientras los tres nombrados se miraron entre sí con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿Nos pides ayuda? —preguntó Haldir, con esa media sonrisa ya más amplia—. Pensé que tú solo podías con todo, Thalion.

—Puedo —respondió él sin dudar, pero con un brillo de desafío en los ojos—. Pero si los quiero cansar de verdad, mejor que me ayuden quienes mejor saben cómo hacerlo. Y además… —añadió, mirando a los jóvenes que de golpe se habían puesto rígidos otra vez—, así ven que sus padres no solo vinieron a preocuparse, sino a mostrarles cómo se hace.

Aelar se rio y se arremangó la túnica sin dudarlo.

—Me parece justo —dijo—. Hace mucho que no entrenábamos juntos, ¿verdad, amigos?

Ivellion asintió con entusiasmo y se acercó despojándose de su capa.

—¡Cuenta conmigo! —exclamó—. Ya verán de dónde saca Valens sus piernas rápidas.

Sylora, Arwen y Saffana se apartaron riendo hacia un lado, ocupando un lugar entre los demás observadores.

—Vamos a verlos en acción —dijo Arwen con alegría—. Y que sepan que no hay nada que temer al esforzarse.

Thalion asintió satisfecho y señaló el claro amplio que se abría tras ellos, con el suelo cubierto de hierba suave y espacio más que suficiente para moverse.

—Bien —anunció con voz potente—. Son dieciséis exploradores, y cuatro instructores. No será fácil, pero su trabajo el día de hoy es patrullar, mientras se enconden de nosotros, un explorar debe ser capaz de cuidar el bosque sin que sus enemigos los detecten, deben ser sigilosos pero letales.

—¡Exactamente! —resonó la voz de Haldir, cortando el aire con la misma fuerza con la que desenvainaría su espada—. Un explorador no es quien más fuerte golpea… es quien está allí antes de que nadie lo note, y se va sin dejar rastro. El bosque no necesita que lo conquisten, necesita que lo cuiden sin romperlo. Y eso exige ser invisible.

Los jóvenes se enderezaron por completo, con los ojos brillantes, ya no de miedo, sino de atención. Thalion caminó unos pasos entre ellos, lento y firme, mientras sus tres compañeros se colocaban a cada lado, formando un arco de respeto y autoridad.

—La regla es sencilla —continuó él—. Van a patrullar esta zona y la zona boscosa que la rodea. Deben moverse como el viento entre las hojas, como el agua sobre la piedra. Nosotros —señaló a sí mismo y a los tres padres— seremos los “enemigos”. Tenemos que encontrarlos. Si los vemos, si los oímos, si dejamos de verlos y sabemos dónde están… han fallado. Pero si logran llegar hasta el punto más lejano del linde y volver sin que los detectemos, entonces habrán demostrado que merecen llevar el nombre de guardianes.

Aelar, Haldir e Ivellion asintieron con seriedad, y la diversión dio paso a una concentración profunda.

—No se trata de correr —añadió Aelar con voz clara—. Se trata de pensar antes de moverse. De leer el terreno. De saber dónde poner cada pie antes de levantarla. El bosque los protegerá si ustedes lo respetan.

—Y recuerden —intervino Haldir, mirando a todos con firmeza—: ser letal no significa matar. Significa estar listo. Significa que si alguien o algo amenaza este lugar, ustedes están allí, preparados, sin dudar. Pero la mejor victoria es aquella que se gana sin pelear.

Thalion cruzó los brazos y escaneó el grupo.

—Tienen hasta que el sol toque esas copas allá —señaló con la cabeza hacia los árboles del oeste—. Divídanse como siempre patrullan, en sus parejas. No se separen. Cúbranse las espaldas. Y ahora… —hizo una pausa cargada de expectativa— ¡desaparezcan!

El claro se llenó de movimiento silencioso. Aina miró a Elwing, que le asintió con determinación, y juntos se giraron hacia el bosque, siendo seguidos por Corin y Valens, ya no como quienes esperan ser juzgados, sino como quienes saben lo que tienen que hacer. Desaparecieron entre los árboles, y el silencio volvió a caer, pero ahora era un silencio distinto: lleno de vida, de propósito y de la promesa de que, pase lo que pase, estaban aprendiendo a cuidar lo que amaban.

Varis les dedico una sonrisa a los jovenes mientras desaparecian y al estar seguro de que ninguno de ellos lo escucharía su semblante cambio por uno mas serio y autoritario. El semblante de Varis se endureció por completo, perdiendo toda suavidad y humor en un instante, como si se hubiera quitado una máscara. Se apoyó con más peso en su bastón y miró a Thalion y a los tres padres con una gravedad que hizo que el aire mismo se volviera pesado y frío a su alrededor, mientras tanto Syrola intercambio una mirada preocupada con Saffana y Arwen.

—Acerquense —dijo en voz baja pero cargada de autoridad, una voz que no era la de un anciano amable, sino la de quien ha visto demasiadas cosas oscuras a lo largo de los siglos—. Lo que voy a decir ahora no debe llegar a oídos de ninguno de ellos. No mientras aún están aprendiendo a sostener la espada y a confiar en el bosque.

Se acercaron todos en un círculo cerrado, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible. Sylora, Saffana y Arwen se integraron de inmediato, sus rostros perdiendo el color y la calidez al comprender que esto no era ninguna lección ni ejercicio.

Varis recorrió sus rostros con la mirada, lenta y pesada, como si cada palabra costara de pronunciar.

-Hemos lograron identificar cuatro pares de Huellas humanos en el bosques... despues de lo ocurrido envíe a Eryn a investigar lo ocurrido.- Thalion fruncio el seno ante la mencion de la espada de Lord Varis; se suponía que El anciano  dos Ninfas de confianza; Syrola era conocida como la pluma por que lo apoyaba con todo lo relaciodo en lo político y dentro de la ciudadela, mientras Eryn era conocida como su espada, ella era una de las exploradoras mas talentosas y fuertes del bosque, y para molestia de Thalion estaba bajo las orden de Varis,  Ella se encargaba del trabajo 'sucio' por el anciano.

El nombre de Eryn cayó sobre ellos como una piedra fría, y Sylora apretó los labios con preocupación. Todos sabían lo que eso significaba: si Varis había enviado a su espada, no era una simple investigación, era algo que exigía la mayor discreción y la mayor habilidad.

—¿Y qué encontró? —preguntó Thalion con voz seca, la mandíbula tensa—. ¿Está bien?

Varis asintió lentamente, pero su expresión no se aligeró en absoluto.

—Está viva y de vuelta —dijo con gravedad—. Pero lo que halló la ha dejado profundamente inquieta. Cuatro pares de huellas humanas, todas distintas, todas marcadas en la tierra húmeda cerca del linde norte. No iban descalzos ni llevaban zapatos de campesino. Llevaban botas pesadas, hechas para caminar largas distancias y soportar terreno difícil. Y lo peor… las huellas entraban en el bosque, pero ninguna salía.

Hubo un silencio helado. Aelar dio un paso adelante, con los ojos muy abiertos.

—¿Quieres decir que siguen aquí? —susurró—. Dentro del bosque.

—Es lo que tememos —respondió Varis—. No pasaron de largo. Se quedaron. Se escondieron. Eryn los rastreó hasta cierto punto, y luego las huellas desaparecieron por completo, como si se hubieran desvanecido entre los árboles. Solo alguien que conoce bien el arte de ocultarse puede lograr eso. Y no confío en que sean simples viajeros perdidos.

Sylora apretó las manos con fuerza, mirando hacia la espesura donde su hija y los demás jóvenes se habían adentrado.

—Entonces no solo están aquí —dijo con voz temblorosa pero firme—. Saben ocultarse. Saben moverse sin ser vistos. Igual que ellos… o mejor.

—Por eso este entrenamiento no es juego —advirtió Varis, recorriéndolos con la mirada—. Si esos cuatro están ahí fuera, pueden estar observándonos ahora mismo. Pueden estar escuchando. Y si nuestros hijos no aprenden a ser más sigilosos, más rápidos, más listos que ellos… serán quienes los encuentren primero. Eryn está vigilando los límites, pero no podemos enfrentarlos con la espada desenvainada sin saber quiénes son o si hay mas de ellos por llegar. Debemos movernos con cuidado, con inteligencia… y como uno solo.

Thalion asintió lentamente, comprendiendo por fin el peso completo de todo esto.

—Entonces jugamos a dos frentes —dijo con voz grave—. Los jóvenes aprenden a protegerse sin saberlo… y nosotros vigilamos las sombras por ellos.

—Exactamente —confirmó Varis—. Somos fuertes pero sin la protección de madre Gaia, Somos vulnerables, y los jóvenes no saben lo que es enfrentar a Humano experimentado... Su falta de conocimiento puede jugarles en contra... Por eso debemos usar este ejercicio para prepararlos y de paso terminar con este problema antes de que otro habitante de este bosque muera,... No los detengo mas... vayan pero con cuidado y no dejen que la rabia y el enojo nuble su juicio...

Thalion asintió con firmeza, apretando el puño sobre el pomo de su espada, y por primera vez su mirada no era de ira, sino de propósito claro.

—No lo haré —prometió con voz grave—. No dejaré que lo que siento me guíe. Me guiará lo que debo hacer: proteger este bosque y a quienes están dentro. Y si esos cuatro están aquí, los encontraremos. Pero lo haremos bien, sin precipitarnos, sin darles ventaja.

Varis lo miró con aprobación, y una sombra de alivio cruzó su rostro viejo y cansado.

—Eso es lo que necesito escuchar —dijo—. La ira los hace visibles. La prudencia los hace invisibles. Recuerden que ellos también nos están esperando, y cuanto más nos desesperemos, más fácil seremos para ellos.

Se giró hacia todos los reunidos, y su voz bajó aún más, convertida en una orden silenciosa y sagrada:

—Divídanse. No todos juntos, para no llamar la atención. Cubran los caminos principales y los senderos ocultos. Aelar, tú y Sylora vigilen el sector oeste. Haldir y Saffana, el norte. Ivellion y Arwen, el este. Yo me quedaré aquí, en el claro, por si los jóvenes regresan antes de tiempo… y para asegurar que nadie se acerque por detrás. Thalion, tú eres el más rápido y el que mejor conoce el terreno. Ve con Eryn. Busquen donde las huellas se perdieron. Si hay rastro, ella lo encontrará, y tú sabrás qué hacer con él. Pero repito: no ataquen sin saber con qué se enfrentan. Vigilen, registren, y vuelvan. Si hay peligro mayor, regresen y nos preparamos todos... Syrola, Saffana, Arwen... si alguno de los exploradores las ve deben argumentar que se unieron al ejercicio por petición de Thalion.

Todos asintieron en silencio, con los rostros serios y el corazón lleno de determinación. Se separaron despacio, cada pareja tomando un camino distinto, sin despedirse en voz alta, sin hacer ruido innecesario. Sylora miró una última vez hacia donde su hija había desaparecido, y luego siguió a Aelar entre los árboles, moviéndose ya no como madre preocupada, sino como guardiana del bosque, lista para lo que viniera.

Varis vio a los adultos partir mientras un pajarito se posaba en su hombro con una pequeña nota en su pierna, era un mensaje de Eryn, con curiosidad y sin demora lo abrió para ver su interior; " El Chico y el cachorro ingresaron al bosque" Varis leyó dos veces el mensaje y soltó un suspiro cansado, se suponía que el chico estaba herido y no saldria de su escondite por un tiempo pero contrario a sus planes alli estaba el, adentrándose en el bosque donde los peligros lo esperaban.

-Que chico mas problemático...- El anciano sonrio y saco un pequeño trozo de papel para escribir con el dedo."vigilalo, pero no interfieras... hazlo sólo si se cruza con los intrusos". Dobló el trozo de papel con cuidado y lo ató a la pata del mensajero, acariciando levemente el plumaje del ave antes de que alzara el vuelo en silencio hacia la espesura. Se quedó solo en el claro, apoyado en su bastón, mirando cómo la pequeña figura del pájaro se perdía entre las ramas, y dejó escapar otro suspiro, esta vez más suave, mezcla de preocupación y respeto por aquella voluntad tan firme.

—No te quedas donde estás a salvo, ¿verdad, mocoso? —murmuró al viento, con una media sonrisa que le arrugó los ojos—. Igual que todos los que caminan por aquí… el peligro no te detiene, solo te hace seguir adelante.

Sabía que no era casualidad. Thomas, herido y solo, con nada más que un perro leal y un rifle viejo, se adentraba en el mismo bosque donde acechaban los intrusos, donde las sombras guardaban secretos oscuros y donde incluso los guardianes tenían que moverse con cautela. No era imprudencia sin sentido: era necesidad. Buscaba provisiones, seguridad, una salida… o tal vez simplemente no soportaba quedarse esperando a que lo encontraran.

Varis miró hacia el linde norte, donde las huellas se habían desvanecido y donde Eryn mantenía la vigilancia. La orden estaba dada: vigilarlo, no interferir a menos que la vida estuviera en peligro. Pero el anciano sabía algo más: aquel chico no era un simple transeúnte perdido. Había sobrevivido a lo que muchos no logran ver ni en pesadillas, y caminaba con una determinación que rara vez se veía en alguien tan joven.

Se enderezó despacio, acomodó su capa y regresó al centro del claro, asumiendo su puesto. Quedarse, vigilar, ser el último respaldo si las cosas salían mal. Mientras tanto, allá dentro de los árboles, dos mundos distintos se movían sin saberlo: los jóvenes aprendices que desaparecían para proteger su hogar, los intrusos que se escondían en las sombras, y un chico con su perro, caminando paso a paso hacia lo desconocido.

....

Thomas se sentó cansado en una roca y pasó la manga de la camisa por la frente, secándose el sudor que le escurría por las sienes, y soltó un suspiro largo, de esos que saben a cansancio pero también a alivio. El sol caía suave sobre el claro, filtrándose entre las hojas con un brillo dorado y tranquilo, y por un momento todo parecía demasiado normal, demasiado pacífico, como si el peligro no estuviera agazapado entre los árboles, habia pasado toda la mañana explorado y buscando provisiones en el bosque. Y habia llegado el momento de tomar un descanso.

Ben corría de un lado a otro, con las orejas echadas hacia adelante y la cola batiéndole con fuerza, persiguiendo una mariposa de alas azules que revoloteaba indiferente entre la hierba alta. Thomas soltó una risa baja y cálida al verlo —tan vivo, tan sin miedo— y se recargó un poco más en la roca, sintiendo cómo la piedra fresca le aliviaba la espalda y la pierna herida, que ya solo le molestaba si se movía con brusquedad.

Abrió la mochila sobre sus rodillas y empezó a sacar las cosas con cuidado, una por una, haciendo un recuento silencioso: unas raíces comestibles que reconoció gracias a lo que le había enseñado su madre antes de que todo cambiara, un manojo de hierbas secas que servían para desinflamar y calmar el dolor, un puñado de bayas dulces recogidas al borde del sendero, y dos trozos de madera seca que guardaba para el fuego. No era mucho, pero era suyo, lo había conseguido con sus propias manos, y eso le daba una sensación de calma que pocas cosas lograban.

—Vamos bien, amigo —murmuró para sí mismo, acariciando con la mano el borde de la mochila—. Algo es mejor que nada. Y esto nos durará un par de días más.

Guardó todo de nuevo con orden, acomodándolo para que no se rompiera ni se perdiera, y miró otra vez hacia Ben, que ahora había renunciado a la mariposa y olfateaba con dedicación un arbusto florido. Thomas sonrió, y saco un pequeño cuenco para dejarlo en el suelo y tomar su cantimplora sirviéndole un poco de agua a Ben.

Sirvió el agua con cuidado, dejando que el líquido cayera despacio en el cuenco sin derramar una sola gota, como si aquel agua fuera algo sagrado —y en cierto modo, lo era—. Ben levantó la cabeza de inmediato, olvidándose del arbusto, y se acercó con paso suave, sin empujar, sin prisa. Bebió con movimientos tranquilos, lamiendo el agua con esa confianza absoluta que solo tiene quien sabe que siempre será cuidado.

Thomas lo observó con una sonrisa suave, recargado en la roca, y se llevó la cantimplora a los labios para beber él también un trago corto y mesurado. El agua estaba fresca y fría, y al bajarle por la garganta le devolvió las fuerzas que el camino le había ido tomando poco a poco. Miró a su alrededor: los árboles altos, el cielo que se veía entre las ramas, el sol que ya empezaba a bajar un poco. Todo parecía en calma. Pero había aprendido que la calma puede engañar.

—Bebe despacio —le dijo en voz baja, aunque Ben ya lo hacía—. No nos apuremos. El agua no se va a ningún lado… y tampoco nosotros, por ahora.

Cuando el cuenco quedó vacío, Ben alzó la cabeza y sacudió el pelaje, luego se sentó derecho junto a la roca, apoyando el hombro contra la pierna de Thomas como si fuera el respaldo más natural del mundo. Thomas le pasó una mano por detrás de las orejas, sintiendo el calor y la vida que había en aquel cuerpo, y cerró los ojos un instante. Aquí, ahora, con el perro a su lado y provisiones para unos días, se sentía capaz de enfrentar cualquier cosa.

—Descansa un rato —murmuró—. Yo vigilo. Y cuando nos hayamos recuperado, regresamos. Antes de que caiga la noche. Antes de que salga lo que no queremos ver.

Ben apoyó la cabeza sobre sus patas, pero mantuvo los ojos entreabiertos y las orejas atentas, siempre vigilante, siempre fiel. Y así se quedaron, en silencio compartido, Thomas mantuvo su rifle cerca y acaricio la cabeza con cuidado disfrutando del momento,
Thomas pasó los dedos suavemente por el pelaje espeso y cálido de Ben, sintiendo cada respiración pausada del animal contra su pierna. Tenía el rifle apoyado al alcance de su mano, el metal fresco y firme contra la roca, y con la otra seguía acariciándolo despacio, sin prisa, como si quisiera grabarse aquel instante en la memoria. No había ruido, no había amenazas, solo el zumbido suave de los insectos, el viento moviendo las hojas arriba y el sol tibio que les caía sobre los hombros.

Cerró los ojos un momento, pero sin soltar el arma ni bajar la guardia del todo. Sabía que la paz podía romperse en un parpadeo, que el bosque guardaba sombras donde no debía confiarse… pero justo ahí, con Ben a su lado, se permitió respirar hondo y dejar que el peso del mundo se aflojara un instante en el pecho.  Unos segudos despues abrió los ojos despacio, y el aire se le quedó suspendido en la garganta. A escasos centímetros de su rostro, tan cerca que casi se rozaban las narices, estaba un cervatillo esbelto y tímido, con el pelaje moteado de blanco y ojos enormes y oscuros como la noche serena. Lo miraba sin miedo, con la cabeza ladeada apenas, y respiraba suave, como si supiera que allí no había daño.

Thomas no se movió ni un milímetro, ni siquiera para pestañear con fuerza. Sintió el corazón dar un salto, pero no de temor, sino de asombro, como si el bosque mismo se hubiera inclinado hacia él para mostrarle algo sagrado. Por su parte Ben se incorporó de golpe, con el pelaje erizado de emoción y la cola batiéndole con tanta fuerza que golpeaba contra la roca, y de un salto se puso en pie dando vueltas en círculos cortos, sin saber si acercarse o quedarse quieto, pero rebosante de alegría pura.

—¡Ben, tranquilo! —susurró Thomas con una sonrisa entre divertida y aterrada, extendiendo una mano hacia el perro sin apartar la vista del cervatillo—. ¡Despacio, amigo, no lo asustes!

Pero el animalito no huyó. Solo dio un pasito atrás, ladeó más la cabeza y los ojos enormes y oscuros se le abrieron un poco más, observando al perro con curiosidad en lugar de espanto. Ben, como si entendiera la advertencia, frenó en seco. Se sentó de golpe, con las orejas erguidas y la cola aún moviéndose a toda velocidad, pero sin avanzar un centímetro más, conteniendo su energía con una paciencia que rara vez mostraba, y unos segundos despues el cervatillo fue quien empezó a saltar emocionado, empezando a correr de un lado a otro, por su parte Ben movió su cola emocionado y como si pidiera permiso miro a Thomas.

—Está bien… ve, pero solo unos minutos, después tenemos que seguir —dijo Thomas con voz suave y una sonrisa que le iluminó todo el rostro.

Como si hubiera estado esperando exactamente esas palabras, Ben salió disparado tras el cervatillo, no con prisa ni cacería, sino con pura alegría desbordada. El animalito saltaba ligero como una hoja al viento, dando brincos altos y gráciles, y el perro lo seguía a la par, sin alcanzarlo nunca, dejándose llevar por el juego tanto como él. Se perseguían en círculos por el claro, entre la hierba alta y las flores silvestres, dos seres vivos y libres que olvidaban el frío, el hambre y el miedo que acechaba más allá de los árboles.

Thomas se quedó recostado en la roca, apoyándose en las manos para verlos, y soltó una risa baja y genuina que hacía mucho tiempo no brotaba así de su pecho. El sol les caía encima, dorando el pelaje de ambos y el polvo que levantaban sus pasos, y por unos instantes el mundo entero se redujo a aquel pequeño momento. Pero en tan solo un segundo su sonrisa se borro y tomo su rifle con apuntando en todas las direcciones, si esa cria de ciervo estaba allí significaba que habian elfos cerca en la zona, por de manera lenta y pausada se desplazó sin hacer mucho ruido hacia el costado derecho de la roca, intentando esconderse de las posibles miradas a su alrededor, volvió su vista a Ben y se tranquilizó un poco al verlo entretenido en su juego, si el no estaba alerta significaba que no habia peligro, al menos de momento por eso relajo su agarre en el rifle y miro a su lado derecho mientras llevaba su mano dentro de la chaqueta, pero se detuvo al ver una cierva a su lado.

La cierva estaba allí, a menos de tres pasos, inmóvil como una estatua tallada en madera y sombra. Su pelaje era de un tono castaño cálido, casi del color de la tierra seca, y la miraba con ojos grandes, serenos, sin pestañear. No mostraba miedo, ni tampoco hostilidad; solo una calma profunda, como si hubiera estado observándolo desde antes de que él mismo se diera cuenta de su presencia.

Thomas se quedó helado, la mano aún suspendida a medio camino dentro de la chaqueta, y el rifle apoyado con firmeza pero sin apuntar ya. Comprendió al instante: la madre. No había venido a atacarlo, sino a vigilar a su cría, igual que él vigilaba a Ben. Aquel instante de alegría infantil había sido permitido por ella, bajo su mirada silenciosa y protectora.

—Perdón… —susurró con voz apenas audible, bajando lentamente la mano y enderezándose despacio, sin hacer ningún movimiento brusco—. No quería interrumpir. Solo… solo descansamos un momento y nos vamos.

La cierva ladeó levemente la cabeza, y dio un paso corto hacia adelante, sin apartar la vista de él. No era una advertencia, era un reconocimiento. Thomas sintió que el corazón se le aceleraba, pero no de temor, sino de respeto. Si había elfos cerca, como había pensado al principio, ella no se inmutaba por ellos… lo que significaba que el peligro no venía de ese lado. O al menos, no ahora.

Miró de reojo hacia Ben y el cervatillo, que seguían persiguiéndose entre la hierba con la misma alegría despreocupada, y luego volvió la vista hacia la madre.

—Los cuidaré mientras estemos aquí —le prometió en un murmullo solemne—. Nadie se acerca sin que lo vea. Y nos iremos pronto. No los molestaremos más.

La cierva soltó un soplo suave por la nariz, como si aceptara su palabra, y giró apenas la cabeza para mirar a su cría, antes de volver a posar la vista en él y acercarse olisqueando en dirección a su chaqueta haciendo que Thomas de manera la abriera dejando ver el envoltorio de su media barra de cereal, la cierva lo miro expectante espero que se la diera por su parte el chico se movio lento saco la barra con cuidado, Lo hizo con una lentitud extrema, consciente de que cualquier gesto brusco podría romper aquella confianza tan frágil que acababa de nacer entre ellos. Sus dedos rozaron el papel áspero del envoltorio, lo sacó despacio y lo sostuvo entre el pulgar y el índice, sin apartar la vista de aquellos ojos grandes y tranquilos que lo seguían observando, sin impaciencia, solo con una espera serena.

—Es poco… —murmuró con voz suave, acercando la mano poco a poco—. Pero es lo que tengo. Toma.

Partió el trozo más pequeño con cuidado, suficiente para compartir sin quedarse sin nada, y lo extendió hacia ella con la palma abierta. La cierva dio un pasito más, su nariz húmeda y cálida rozó levemente su piel antes de tomar el alimento con una delicadeza que le hizo sonreír entre asombro y ternura. Lo tomó sin prisa, masticando despacio, y luego se quedó allí, junto a él, como si supiera que aquel gesto había nacido del respeto y no del miedo.

Thomas guardó el resto con cuidado, sintiendo el pecho ligero, y la miró de reojo mientras ella permanecía a su lado. No era solo un animal salvaje; era extraño pero habia algo en su mirada que le decia que lo entendia y que de momento podia estar tranquilo

—Gracias —le dijo bajito—. Por dejarnos descansar.

Ella ladeó la cabeza y le rozó levemente el hombro con el hocico, una caricia ligera como el viento entre las hojas, antes de girarse hacia donde su cría y Ben seguían jugando. Y Thomas intento mantener calmado sin hacer ningún movimiento brusco, si asustaba a la cierva podría ser su fin, aun no creía que estuviera a salvo pero mientras no hiciera nada estúpido todo estaría bien. Soltó un suspiro cansado y se recostó en el costado de la roca mirando a Ben y el cervatillo jugar, por su parte la cierva se sentó a su lado soltando un bostezo corto sin dejar de mirar a su cria, los dejo jugar por unos minutos mas mientras los vigilaba antes de levantarse con lentitud del lado de Thomás, sacudirse un poco y soltó un corto berrido, llamando a su cria, habia llegado el momento de irse, se estaba haciendo tarde.

El berrido fue suave, pero claro y firme, y al instante el cervatillo frenó en seco, dejando a Ben con las patas delanteras en el aire y la cola aún moviéndose a toda velocidad. Ambos se giraron hacia la madre, y el pequeño corrió a su lado con brincos rápidos y obedientes, sin dudar ni un momento.

Thomas se levantó despacio, con cuidado de no hacer ruido, y se quedó de pie junto a la roca viéndolos. No se despidió con grandes gestos, solo les dedicó una mirada cálida y respetuosa, y asintió con la cabeza.


La cierva lo miró una última vez, con esa calma que le había parecido tan antigua y sabia, y luego dio media vuelta. El cervatillo se pegó a su costado, y juntos se adentraron entre los árboles, desapareciendo poco a poco entre la espesura, como si nunca hubieran estado allí. Solo quedaba el recuerdo de su presencia y una sensación de gratitud que le llenaba el pecho.

Ben se sentó a su lado y miró también hacia donde se habían ido, con las orejas ligeramente bajas, como si supiera que aquel momento especial había terminado. Thomas le pasó una mano por encima del lomo, apretando suavemente, y luego recogió su mochila y el rifle, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. El sol ya estaba más bajo, y el aire empezaba a sentirse más fresco.

—Es hora, amigo —le dijo con tono sereno—. Bebe un poco de agua. despues nos iremos hay que volver a casa y prepararnos... recuerda que iremos a los resto de la ciudad al anochecer.- Dijo vertiendo un poco mas de agua en el cuenco antes de mirar al cielo, el sol así estaba en lo alto, seguramente era un poco mas tarde del medio dia.

Despuea de que Ben terminara de beber recogió el cuenco y se puso en marcha sin perder más tiempo, siguiendo el camino de regreso con paso firme pero tranquilo, no habia conseguido mucho pero era suficiente por su viaje, además de ese momento compartido con el bosque.

Guardó el cuenco con cuidado dentro de la mochila, ajustó bien las correas y echó una última mirada al claro ahora vacío, donde el sol ya no caía tan directo y la sombra de los árboles se alargaba despacio. Respiró hondo, llenando los pulmones de ese aire limpio que olía a pino y tierra húmeda, y asintió para sí mismo: habían descansado, habían compartido algo sagrado, y ahora estaban listos para lo que viniera.

—Vamos —repitió en voz baja, y Ben se puso al instante a su lado, pegándose a su pierna como si fuera su sombra—. Camina cerca, pero mantén los ojos abiertos. No sabemos qué nos encontraremos.

Emprendieron el camino de regreso paso a paso, siguiendo el mismo sendero por el que habían llegado, con el rifle listo al alcance de la mano y la mente atenta a cada sonido entre las hojas.

....

Aina se detuvo en una de las ramas, apoyando una mano en el tronco y mirando hacia atrás con una sonrisa que no lograba borrar. Estaba emocionada, y el corazón le latía un poco más rápido de lo normal, pero no de miedo: de ilusión. Eran escasas las ocasiones en que el grupo completo participaba en un ejercicio de patrulla y vigilancia de ese tipo, y esta era su oportunidad —la de todos ellos— para demostrarle a Thalion cuánto habían avanzado, cuánto habían aprendido. Y más aún: podía mostrarle a su padre, Aelar, todo lo que había practicado con esfuerzo y paciencia, cada técnica, cada lección que había guardado como un tesoro.

La ninfa volvió la mirada hacia la izquierda, y vio a Elwing hacerles una seña rápida y precisa con la mano para que se detuvieran y se reunieran con él. Aina asintió de inmediato, y con un ligero impulso del cuerpo se deslizó hacia abajo por las ramas, ligera como una brisa, hasta llegar al suelo donde ya Valens y Corin la esperaban.

—¿Qué pasa? —preguntó Corin en voz baja, apenas llegando junto a ellos, con los ojos brillantes también de entusiasmo—. ¿Ya empezamos?

Elwing sonrió levemente, aunque ya tenía el semblante serio de quien toma en serio la tarea. Miró a los cuatro, uno por uno, y se aseguró de que estuvieran todos atentos.
-No, aun no...- Elwing mantuvo su pequeña sonrisa mientras veía a sus compañeros.- Están bien?... ayer no pude verificar su estado despues de lo ocurrido...- Miro a cada una a los ojos con atencion antes de suspirar un poco avergonzado.- Como fue su vuelta casa?... En la mia, Mi madre estuvo gran parte de la noche curando mis heridas, Estaba muy preocupada... Y mi padre me interrogo mientras tanto,... Despues de escucharme estaban furioso cuando pude levantarme tuve que detener a mi padre, quería salir y enfrentar a Thalion por lo que nos hizo...- Aun que habia vergüenza en sus palabras los tres vieron que la sonrisa de su líder no se borraba y solo asintieron en silencio.

El silencio cayó suave entre ellos, perdiendo de golpe la ligereza del momento. Aquello no era parte del ejercicio, ni una práctica: era lo que todos habían llevado consigo a casa y no se habían atrevido a decir en voz alta.

Aina bajó la mirada un instante, acariciando con la punta de los dedos la corteza rugosa de un arbusto cercano, y cuando volvió a levantar los ojos, la emoción se le había suavizado en algo más cálido y cercano.

—Estuve bien —dijo despacio—. Mi madre… no me regañó. Solo me abrazó muy fuerte, como si tuviera miedo de que se me hubiera roto algo por dentro, y luego me obligó a descansar. Mi padre… no dijo nada al principio. Se quedó de pie en la puerta mirándome, y yo sabía que estaba furioso, no conmigo, sino por lo que nos había pasado. Pero al final solo se sentó a mi lado y me dijo que el valor no es no caer, sino levantarse y saber ver antes de dar un paso. —Sonrió con un rastro de melancolía—. No tuve que detenerlo, pero sé que le costó no salir a buscar a quien nos puso en peligro.

Corin asintió lentamente, mirando sus propias manos como si recordara el camino de regreso.

—En mi casa fue silencio —murmuró—. El tipo de silencio que pesa en las paredes. Mis padres no me gritaron, solo me ayudaron con mis heridas pero cada vez que me miraban… sabía que estaban preocupados. Casi no dormí. Me quedé mirando el techo, repasando todo lo que hice mal, todo lo que no vi. Y me dije a mí mismo que esta vez no volvería a ocurrir.

Valens, que había escuchado sin interrumpir, soltó un suspiro suave y honesto.

—Mi madre me regaño un poco por las heridas, nada del otro mundo.... en cambio Papa me curó los rasguños en silencio —dijo—. Y justo antes de dormir me dijo: «El bosque no perdona la distracción, pero tampoco exige que lo hagas solo». No estuvo furioso, estuvo preocupado. Ambos lo estaban Y eso fue peor, porque quería que estuvieran orgullosos… y ayer les fallé.

Elwing los miró a todos, y el pesar en su rostro se mezcló con una gratitud profunda y tímida.

—Gracias —les dijo con voz baja y sincera—. Gracias por decirme. Me sentí un poco culpable anoche, como si hubiera sido mi culpa llevarlos a eso… pero ver que siguen aquí, dispuestos a intentarlo de nuevo… significa mucho.

Aina dio un paso hacia él y le puso una mano en el hombro con firmeza y cariño.

—No fue tu culpa —le dijo claramente—. Aprender tiene precio. Y ayer aprendimos que el precio puede ser alto. Pero lo importante es que estamos juntos para pagarlo. Nadie se queda solo en esto.

Valens asintió con energía, y Corin les dedicó una sonrisa que empezaba a recobrar su brillo.

—Exacto —añadió Valens—. Y esta vez no nos descubrirán. No por orgullo, sino porque nos cuidamos los unos a los otros.

Elwing asintió, tragando el nudo en la garganta, y enderezó la espalda. La ternura seguía ahí, pero ahora también había algo más fuerte: la certeza de que no estaban solos.

—Entonces sí —dijo con una sonrisa más firme—. Empezamos. Pero no para demostrarle nada a nadie. Sino para demostrarnos a nosotros mismos que podemos cuidarnos y cuidar a quien nos rodean. ¿Listos?

—Listos —respondieron al unísono, y esta vez no era solo entusiasmo: era promesa.

—Empecemos—dijo con tono firme pero suave—. Nos separaremos en parejas. asi cubriremos mas terreno Corin, tú conmigo, iremos por el flanco noreste. Aina y Valens, ustedes tomarán el sendero del sur y vigilarán el linde. Recuerden lo que nos dijeron: no hagan ruido, no se expongan, y si ven algo que no cuadra… envíen señal de inmediato.

Aina apretó los labios, asintiendo con energía. Por fin. No era solo jugar: era confianza. Confianza en ellos.

—Seremos invisibles —prometió ella, mirando a Valens, quien asintió con una sonrisa tranquila y decidida.

—Entonces a moverse —dijo Elwing, y con un gesto de la mano los dispersó—. Que Thalion se pregunte dónde estamos antes de siquiera pueda notar que pasamos... esta es nuestra oportunidad de enmendar lo sucedido ayer y recuerden, no solo deben preocuparse de Thalion, tambien hay tres exploradores experimentados buscandonos.- los tres asintieron a las palabras de su líder y se separaron sin prisa pero sin demora, fundiéndose con el bosque que ya conocían de memoria, cada uno con su lugar y su misión. Y por un instante, mientras Aina y Valens tomaban el camino hacia el sur, todo era luz, promesa y la certeza de que estaban listos para lo que viniera.

Aina se giro un poco y le dio una ultima mirada a Elwing y a Corin sintiendo que su emoción y entusiasmo se mezclaba con una determinación más profunda y serena. Enmendar lo de ayer… sí, eso era lo que todos llevaban en el pecho, aunque nadie lo dijera en voz alta. El error pesaba, pero también pesaba más la confianza que habían depositado en ellos. No la desperdiciarían.

—Lo haremos bien esta vez —susurró ella, más para sí misma que para nadie.—. No nos descubrirán. Y no volveremos a fallar.

Valens caminaba a su lado, con paso suave y regular, y bajó la voz para que solo ella pudiera oírlo:

—No se trata de que no nos vean —le recordó con calma—. Se trata de que no sepan que existimos. Como el viento: se siente, pero no se atrapa. Y si mantenemos la cabeza fría, ninguno de los cuatro nos encontrará. Ni Thalion, ni los exploradores… y podremos cuidar el bosque sin preocuparnos de ser atrapados .

Aina le dedicó una sonrisa agradecida, y asintió. Tenía razón. La prisa era enemiga del sigilo. Y el miedo a equivocarse también.

Caminaron juntos hacia el sur, siguiendo el sendero que se abría suavemente entre los árboles, y poco a poco dejaron de ser dos jóvenes que practicaban para convertirse en parte del paisaje. Aina afilaba los sentidos: cada crujido de rama, cada cambio en el olor del aire, cada sombra que se alargaba de forma extraña… todo lo registraba sin dejar de avanzar. Sabía que en algún lugar por ahí andaban los exploradores expertos, vigilando, esperando el más mínimo descuido. Y también sabía que Thalion observaba desde algún rincón, juzgando no con dureza, sino con la mirada atenta de quien confía pero no baja la guardia.

—Allí —indicó Valens apenas, señalando con la mirada una zona de arbustos densos y raíces antiguas que sobresalían del suelo—. Es el lugar perfecto. Desde ahí vemos el sendero y nadie nos ve a nosotros.

Se agacharon al mismo tiempo, deslizándose entre la vegetación sin romper una sola rama, y se acomodaron hombro con hombro, con la vista puesta en el camino que se extendía ante ellos. Aina respiró hondo, lenta y acompasada, sintiendo el bosque alrededor. Por un momento se olvidó de demostrar nada, de impresionar a nadie, de enmendar errores. Solo estaba allí, alerta y en paz, haciendo exactamente lo que debía hacer.

—Estamos listos —pensó, y sintió que esas palabras eran ciertas de verdad.

Y mientras permanecían inmóviles, vigilando, el tiempo pasaba suave… sin saber que muy cerca, más allá de los árboles, algo ajeno y pesado ya empezaba a moverse hacia ellos.

....

Arwen recorrió el claro con la mirada, lenta y cuidadosa, registrando cada rincón como si el suelo mismo pudiera hablar y contarles lo que había pasado allí. A su lado, Ivellion avanzaba despacio, con la mirada baja y los sentidos completamente alerta, siguiendo las huellas y las marcas que el tiempo aún no había borrado por completo. El silencio pesaba en aquel lugar, no era un silencio vacío: era el eco de algo oscuro y violento que había sucedido ahí, dejando una herida abierta en la tierra misma.

—Aquí se detuvieron —dijo Ivellion en voz baja, señalando una zona donde la hierba estaba aplastada y removida, y la tierra húmeda conservaba marcas profundas—. No fue un paso de paso. Estuvieron de pie, observando, esperando… como si supieran exactamente a dónde iban y qué buscaban.

Arwen se acercó y se agachó con cuidado, pasando la mano suavemente sobre el suelo alterado. Su expresión se tornó más sombría.

—No venían perdidos —respondió ella, recorriendo con la mirada las huellas que se alejaban hacia el linde—. Se movían con propósito. Organizados. Mira cómo van alineadas, cómo se cubren entre sí. No son simples viajeros ni cazadores furtivos. Sabían lo que hacían.

Se levantó despacio y siguió la dirección de las huellas con la vista, hacia la espesura donde se perdían y se mezclaban con el resto del bosque.

—Y lo peor —añadió con gravedad— es que no dejaron rastro de haber vuelto a salir. Entraron… y se quedaron. Como si se hubieran desvanecido entre los árboles, esperando el momento justo.

Ivellion apretó los labios y miró a su alrededor, sintiendo cómo la presencia de aquellos desconocidos aún parecía flotar en el aire, por su parte Arwen siguió las Huellas en silencio, viendo como con avance las huellas se hacían mas tenues y menos visibles hasta casi desaparecer, llego hasta la ultima y soltó un suspiro levantando su mirada de las huellas e inspeccionó la zona con cuidado, no se veia ningún indicio claro de que dirección tomaron, dio unos pasos cortos intentando seguir la dirección de las huellas pero se detuvo cuando su pie izquierdo piso algo anormal, extrañada bajo la mirada mientras movía su pie y para su sorpresa encontró un pequeño trozo de tela extraño, era muy pequeño pero su textura era dura lo suficiente para ser notado.

Se agachó de inmediato, apartando la hierba con los dedos con extrema delicadeza, y recogió el trozo de tela entre el pulgar y el índice como si fuera algo frágil y peligroso a la vez. Era diminuto, apenas un jirón, pero su tacto era áspero y rígido, distinto a cualquier lino, algodón o seda que se tejiera en el bosque. Su color era un tono gris oscuro, apagado, como si hubiera sido teñido para fundirse con las sombras.

Ivellion se acercó a su lado en silencio, y al verlo frunció el ceño, acercándose para examinarlo sin tocarlo.

—Eso no es nuestro —dijo con voz contenida—. Ningún tejedor de la aldea trabaja con algo así. Es gruesa, pesada… hecha para resistir el viento, la lluvia y el roce de las ramas sin desgastarse. No es ropa de quien vive aquí.

Arwen lo sostuvo a contraluz, observando cómo la trama era cerrada y fuerte, y en los bordes deshilachados pudo notar un tono rojizo oscuro, El color la hizo detenerse, y por un instante el aire se le quedó atascado en la garganta. Acercó más el trozo a la luz, con el corazón dándole un vuelco pesado, y confirmó lo que sus ojos acababan de ver: entre las fibras ásperas y grises, las hebras deshilachadas conservaban aún un rastro rojizo oscuro, seco y tenaz, imposible de confundir con tierra, barro o tinte natural. Era sangre.

-Uno de ellos esta herido...- Arwen le mostró la prenda a Ivellion mientras se arrodillaba y miraba el piso con atención encontrando pequeña gotas de sangre.- Tenemos un rastro... avisa a los demas...-

Ivellion asintió de inmediato, sin perder un segundo, y dio un paso atrás con la mano ya en el pomo de su espada.

—Voy ahora mismo —dijo con voz firme y baja—. No te alejes, y mantente alerta. Si están heridos, pueden ser peligrosos… o estar desesperados. Y no sabemos cuántos quedan.

Se giró y se adentró veloz entre los árboles, dejando tras de sí solo el suave roce de las hojas. Arwen se quedó sola, arrodillada junto a las pequeñas manchas oscuras sobre la hierba, y sacó su propio cuchillo, sosteniéndolo con firmeza y calma. No apartó la vista del rastro, ni un instante. Las gotas eran pequeñas pero claras, y el hilo que formaban se internaba en la espesura, débil pero inconfundible.

Arwen miro la dirección por donde se habia ido Ivellion y tomo una profunda respiración empezando a seguir el rastro, no podían perder el tiempo, si esperaba el rastro podia desaparecer. Avanzó despacio pero sin detenerse, con los ojos fijos en el suelo y cada paso medido, sin hacer ruido que pudiera advertir a quien se escondiera allá adelante. Las gotas de sangre eran pequeñas, a veces apenas una mancha oscura sobre la hierba seca o una piedra, pero formaban un hilo tenaz que la guiaba como un sendero invisible entre los árboles. Sabía que era arriesgado, que debía haber esperado… pero también sabía que el rastro se enfría, que la hierba se mueve y la lluvia puede borrarlo todo en un instante. No podían dejar escapar la única prueba que tenían.

La mano que sostenía el cuchillo no temblaba, aunque el corazón le latía con fuerza y constante contra las costillas. No era miedo, era alerta: cada sombra, cada crujido de rama, cada cambio en el olor del aire lo registraba al instante. Seguía el hilo rojo como quien camina por el borde de un abismo, ella no era una guerrera, habia dejado se ser hace mucho, desde el nacimiento de Corin no sostenía un arco o una espada pero alli estaba siguiendo ese rastro de sangre.

Tomo una respiración profunda y dejo que su magia fluyera de nuevo mientras avanzaba, Cerró los ojos un instante y dejó que el aire se llenara a su alrededor, no como algo que se toma con fuerza, sino como algo que se recuerda y se deja ser. La magia no era un arma para ella, nunca lo había sido; era parte de su respiración, de su piel, de la forma en que el bosque mismo la reconocía. La sintió fluir suave y cálida por sus venas, extendiéndose despacio hacia sus manos, hacia la punta de los dedos, sin prisa, sin brillo deslumbrante, solo una presencia serena que la conectaba con todo lo que vivía a su alrededor.

El mundo se volvió más claro de pronto. No veía solo con los ojos: sentía el latido lento de los árboles, el roce de las criaturas pequeñas entre la hierba, y muy lejos, muy tenue… el dolor. Una punzada sorda y constante que tiraba de su percepción, marcando el camino con una claridad que las huellas en el suelo ya no podían igualar. Aquel rastro de sangre no era solo manchas en la tierra; era vida que se escapaba, sufrimiento que el bosque mismo registraba.

—Te siento —susurró en el fondo de su mente, sin palabras, solo con esa corriente suave que la unía a todo lo demás—. No te haré daño si no me lo haces tú. Solo quiero saber quién eres.

Avanzó ahora con aún más cuidado, guiada no solo por las manchas en el suelo, sino por esa sensación que tiraba de ella, cada vez más nítida, más cercana. Su magia no la hacía invencible, pero le daba lo que ninguna espada podía: la capacidad de distinguir entre el peligro y el miedo, entre lo que ataca y lo que huye. Siguió caminando, con calma y prestando extrema atencion a su alrededor y se detuvo nos paso mas adelante escondiendo detrás de un árbol a encontrarse con la entrada de una cueva.

El pajarito aleteó apenas al posarse, ligero como un suspiro, y sus pequeñas garras se aferraron suavemente a su hombro mientras la luz azulada se desvanecía tan despacio como había aparecido, dejando tras de sí una sensación de calma y conexión que se extendía por todo su ser. Arwen lo miró con ternura y le acarició el pecho con la yema de un dedo, sintiendo cómo su corazón diminuto latía rápido y tranquilo bajo las plumas.

—Llévales el mensaje, pequeño —susurró ella, inclinándose hacia él para que la oyera bien—. Diles que los encontré. Que está herido y solo, escondido en una cueva junto al arroyo viejo. Y que no vengan corriendo con las espadas desenvainadas… porque no sé si lo que hay ahí dentro es un enemigo o alguien que solo necesita que no lo dejen caer.

El pájaro cantó una nota clara y breve, como si hubiera entendido cada palabra, y alzó el vuelo de inmediato, perdiéndose entre las ramas con dirección al claro donde sabía que los demás los esperaban. Arwen lo siguió con la mirada hasta que desapareció por completo, y luego volvió a posar la vista en la entrada oscura de la cueva. El silencio que salía de allí no era el de alguien que planea atacar; era el de alguien que ha corrido hasta no poder más y ahora solo espera.

Se sentó en el suelo, a una distancia prudente, con la espalda apoyada en el árbol y las manos visibles y tranquilas sobre las rodillas.

—Aquí estoy —dijo hacia la oscuridad, con voz serena y firme—. No me iré. Y no te dejaré solo. Pero tampoco te obligaré a salir. Descansa mientras lleguen los demás. Estamos a salvo… por ahora.

Y así se quedó, guardiana silenciosa entre la luz del bosque y la sombra de la cueva, dispuesta a esperar el tiempo que hiciera falta. Porque había aprendido hace mucho que la verdad no se arranca con la fuerza: se gana esperando, con el corazón abierto y las manos limpias de violencia.

Arwen espero unos minutos en silencio sin despegar la mirada de la entrada de la cueva, hasta que escuchó dos pares de pisas caer a su espalda, Se giró despacio, sin sobresalto, y relajó los hombros al ver a Aelar y a Ivellion aparecer entre los árboles, con paso rápido pero vigilante, las manos cerca de las empuñaduras aunque sin sacar las armas. Detrás de ellos llegaron también Thalion y Eryn, y más lejos, la silueta serena de Varis que avanzaba apoyado en su bastón, con la mirada atenta a cada rincón del terreno.

—Llegamos lo más rápido que pudimos —dijo Aelar en voz baja, deteniéndose a su lado y escaneando la entrada de la cueva con cautela—. El pájaro llegó justo a tiempo. ¿Cómo está?

Arwen negó levemente con la cabeza, sin apartar la vista de la oscuridad.

—No lo he visto aún —respondió con serenidad—. Pero lo siento. Tiene miedo, está herido y no se mueve. No ha intentado atacarme, ni salir, ni hablar. Solo… está ahí dentro, esperando.

Thalion dio un paso adelante con la mandíbula tensa, la mano firme sobre el pomo de su espada, pero se detuvo cuando Varis le puso una mano en el brazo. El anciano la miró a ella con respeto.

—Hiciste bien en no entrar —dijo con voz grave—. Y en no acercarte con violencia. Quien se siente acorralado puede lastimar por instinto, aunque no quiera.

Eryn se agachó junto a las últimas manchas de sangre en el suelo, tocándolas apenas con los dedos, y levantó la vista con expresión pensativa.

—Perdió bastante —señaló—. Y se mueve con dificultad. No es un guerrero en plena forma esperando una emboscada. Es alguien que ha huido hasta el límite de sus fuerzas.

Arwen asintió, agradecida de que la escucharan.

—Por eso les pedí que vinieran sin las espadas listas —dijo mirándolos a todos—. No sabemos quién es. Pero no merece que lo recibamos con acero antes de saber si vino a hacernos daño o si es alguien que también está huyendo de algo.

Hubo un instante de silencio compartido, pesado pero respetuoso. Thalion soltó el aire despacio y aflojó el agarre de su mano, aunque su expresión seguía vigilante. Varis asintió lentamente.

—Entonces averigüémoslo —decidió el anciano—. Pero con prudencia. Arwen, tú te quedas aquí a la entrada; ya te conoce, y tu presencia le da calma. Eryn... tu ve al frente.- Eryn no dudó ni un instante. Asintió con firmeza y, con paso suave y silencioso, cruzó el umbral de la cueva. La oscuridad la envolvió de inmediato, pero se movió con cuidado, extendiendo levemente sus sentidos mientras avanzaba guiándose por aquel sonido lastimero que se repetía, débil y desgarrador.

Al llegar al fondo, sus ojos se acostumbraron a la penumbra y lo que vio la hizo detenerse con el corazón encogido. Allí, acurrucado contra la pared de roca, no había un animal salvaje, sino uno de los pequeños protegidos del bosque: el lince , el que había desaparecido. Estaba herido, con el pelaje manchado de sangre y el cuerpo temblando de dolor y miedo, y lo más sorprendente de todo: no estaba solo. Habian cuatro cuerpos esparcidos por la cueva, tres Wendigos y un cuerpo humano destrozado. La ninfa tomo una respiración profunda y corrio hacia el animal, tenia una marca de garra en su abdomen, uno de los Wendigos lo habia atacado.

-Encontre uno de los protegidos perdidos... esta Herido...- El grito atravesó la cueva con fuerzas alertando a todos los que estaban en el exterior.

El grito de Eryn atravesó la entrada de la cueva como un rayo, y al instante todos los que esperaban afuera se pusieron en movimiento. Thalion y Aelar desenvainaron sus espadas de un solo movimiento, con el metal resonando con fuerza y furia contenida, y cruzaron el umbral sin dudar, seguidos de cerca por Ivellion y Arwen.

Lo que vieron los detuvo en seco, con el aire congelado en los pulmones. El suelo de la cueva estaba manchado de sangre y destrozado, y allí, esparcidos en rincones distintos, yacían tres cuerpos deformes y aterradores —los wendigos, criaturas de leyenda que se creían olvidadas— y junto a ellos un cuarto cuerpo, humano y destrozado, reconocible por la ropa de tela gris áspera que ya habían visto antes. Había habido una lucha feroz, desesperada, y el suelo mismo parecía haber sido testigo de una muerte terrible.

Pero la atención de todos se centró de inmediato en lo que estaba junto a la pared más lejana: el lince, uno de los protegidos desaparecidos, tendido en el suelo con una herida profunda de garra en el costado, respirando con dificultad y temblando de dolor. Eryn estaba arrodillada a su lado, con las manos manchadas de sangre y el rostro pálido pero decidido, sosteniendo al animal con cuidado mientras intentaba calmarlo.

—¡Está vivo! —repitió con voz firme al verlos entrar—, pero pierde mucha sangre y la herida es profunda. Tenemos que moverlo con mucho cuidado.

Arwen se llevó una mano al pecho, sintiendo el nudo en la garganta, y se arrodilló junto a Eryn.

—Yo puedo ayudar —dijo con determinación—. Mi magia puede aliviar el dolor y cerrar la herida lo suficiente para trasladarlo. No lo dejaremos caer.

Todos asintieron, y de inmediato se organizaron: Aelar e Ivellion cubrieron la entrada y revisaron que no hubiera quedado ninguna amenaza; Thalion se quedó de guardia junto a los cuerpos; y Arwen y Eryn trabajaron juntas sobre el lince, una con sus manos y la otra con su don, compartiendo el peso del sufrimiento para salvar la vida del pequeño animal.

Por su parte desde la entrada de la cueva Varis recorrió con la mirada cada rincón de la cueva, reconstruyendo el cuadro pieza por pieza, con el rostro cada vez más sombrío y el peso de siglos de experiencia asentado en sus hombros. Se detuvo ante los dos primeros wendigos, con el cuerpo rígido y la muerte repentina grabada aún en sus formas deformes.

—Estos dos no supieron qué los golpeó —dijo en voz baja, grave y pesada—. Cayeron antes de poder reaccionar. Alguien se abalanzó sobre ellos con una furia y una rapidez que no pudieron ver venir.

Luego se acercó al tercero, el que quedaba entre los tres, y se inclinó despacio, observando las marcas que recorrían su cuerpo: golpes, cortes, heridas que no eran mortales por sí solas, sino que se habían sumado una tras otra. No era una pelea. Era un castigo.

—Pero este… —su voz se quebró levemente—. Este no murió en combate. Lo hicieron sufrir a propósito. Cada herida fue dada con intención, no para vencerlo rápido, sino para hacerle sentir cada segundo.- Varis paso su mirada al cuerpo humano, esta destruido, su rostro habia desaparecido junto con parte de su pecho, tenia cortes y mordidas por todas sus exterminadas o lo que quedaban de ellas.- Eryn... es uno de los invasores?...- La susodicha levanto la vista del lince por unos segundos y asintió.

-Si... Era el mas joven..- La respuesta fue corta y seca mientras la Ninfa volvia a su labor, los demas presentes permanecieron con su atencion en el lince ignorando el cuerpo Humano, Varis aceptó la respuesta y asintió no queriendo ver mas el cuerpo siguio mirando los alrededores de la cueva con atención encontrándose en una esquina, casi escondidas por la oscuridad resto carne, viseras y restos de pieles, se acerco a paso lento con cautela temiendo lo peor.

-El otro Protegido... el Jabalí... lo mataron, se alimentaron de el...- El aire se congeló por completo en la cueva, y por un instante nadie respiró. La voz de Varis no fue un grito ni un lamento, sino algo mucho más pesado: una sentencia dicha con la voz quebrada por una tristeza antigua y profunda, como si el bosque mismo hubiera soltado un suspiro de dolor.

Thalion apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon, y bajó la mirada hacia el suelo, sintiendo cómo la rabia y la pena se le mezclaban en un nudo amargo en el pecho. Aelar dio un paso atrás, con la espada aún en la mano pero sin fuerzas para sostenerla con firmeza, y Arwen se llevó ambas manos a la boca, conteniendo un sollozo que le subió desde el estómago.

—No… —susurró ella, apenas audible—. El jabalí… era tan pequeño… tan lleno de vida…

Varis se quedó de pie junto a aquel rincón oscuro, con la espalda encorvada por un peso que no era solo suyo, sino de todos los que cuidaban de este lugar. Las palabras le costaban salir, como si cada una le rasgara la garganta al pasar.

—Lo atraparon —dijo despacio, con una calma que dolía más que el grito—. Y no lo hicieron rápido. Lo usaron… para sobrevivir, para alimentarse, como si fuera solo carne y no un ser vivo que también merecía crecer y correr por el bosque. No conocen piedad. No conocen respeto.... Eryn, Thalin, Aelar los invasores están alli afuera en el bosque, están heridos, perdieron a uno de los suyos... busquenlos...- La orden cayó sobre ellos como un trueno, y al instante la pena dio paso a la determinación fría y acerada. Thalion desenvainó la espada por completo, el metal brillando con luz severa, y asintió con firmeza, los ojos encendidos ya no de rabia ciega sino de propósito claro.

—Los encontraremos —dijo con voz tajante—. Y no dejaremos que se acerquen un paso más a nada que pertenezca a este bosque.

Aelar ya estaba en movimiento, revisando el terreno con ojos de cazador, trazando mentalmente las rutas de escape y los lugares donde alguien herido podría esconderse.

—Están heridos, perdieron a uno de los suyos y llevan miedo —dijo con tono de combate—. Eso los hace peligrosos, pero también cometen errores. No se alejarán rápido. Y no se separarán más.

Eryn se puso de pie de un salto, limpiándose las manos con un paño sin dejar de mirar hacia la entrada de la cueva.

—Yo voy primero —decidió—. Conozco el rastro. Sé cómo piensan quienes huyen con dolor y culpa. No se mueven en línea recta, se arrastran entre las sombras. Pero dejan huellas que no saben ocultar.

Varis los miró uno por uno, y aunque el rostro se le veía cansado y entristecido, la autoridad no lo abandonó.

—Vayan con prudencia —les advirtió con voz grave—. Y Eryn... no olvides tu otra misión...- La susodicha miro a su maestro por unos segundos y asintió decidida mientras Thalion arqueaba una ceja curioso mientras intercambiaba mirabas con Aelar.

Eryn sostuvo la mirada de su maestro un instante, y asintió con firmeza, sellando la promesa en silencio. No preguntó, no dudó; Varis sabía cosas que aún no les correspondía comprender, y ella confiaba en ello con toda su alma.

—No la olvidaré —respondió bajito, solo para él, antes de girarse hacia la salida.

Thalion la miró de reojo, frunciendo levemente el ceño. Aquella palabra enigmática, esa misión secreta… le provocaba inquietud. No era desconfianza, sino instinto: algo se le escapaba, algo importante que el anciano había decidido confiar solo a ella. Aelar también lo notó, y le lanzó una mirada rápida, interrogante, pero ninguno de los dos hizo preguntas. No había tiempo para ellas.

—¿Todo bien? —preguntó Thalion con voz contenida, aunque sus ojos delataban la curiosidad.

Eryn lo miró a ambos con serenidad, sin dejar traslucir más de lo necesario.

—Sí… no tienen que preocuparse… vamos —dijo ella con firmeza, dando por cerrado el tema y avanzando decidida hacia la espesura, sin dejar lugar a más dudas ni preguntas.

Thalion y Aelar intercambiaron una mirada breve, cargada de silenciosa inquietud, pero no insistieron. Sabían que cuando Eryn hablaba con ese tono sereno y resuelto, no había forma de sacarle más información hasta que ella decidiera compartirla. Y más aún si se trataba de algo que Varis le había encomendado directamente.

—De acuerdo —dijo Thalion al fin, soltando el aire despacio y enderezando la espalda—. Mantengámonos en contacto. Silbido suave si encuentras algo, no hagas ruido innecesario. Y recuerda: no nos precipitemos.

—Lo sé —respondió Eryn sin detenerse, ya con un pie entre los arbustos—. Nos vemos en el encuentro.

Se separaron sin perder más tiempo, desapareciendo cada uno en su dirección como sombras fundidas entre los árboles. Eryn avanzaba rápido pero con los sentidos alerta, sabiendo que no solo buscaba a los que huían heridos y asustados; llevaba también la promesa de proteger algo frágil y valioso que el bosque les había confiado, y que aún no todos estaban listos para comprender. Y pase lo que pase, no iba a fallar.

....

Vince corría con el corazón golpeándole violentamente contra las costillas, maldiciendo entre dientes con cada zancada. Se arrancó un trozo más de la tela de su propia manga y la enrolló con brusquedad alrededor del antebrazo, apretando tanto que los nudillos se le blanquearon y el dolor agudo le recorrió el brazo entero, pero no le importó: mejor el dolor que dejar que la sangre siguiera cayendo y marcándolos como presa.

—¡Inútiles! —escupió la palabra con rabia, sin volver la vista atrás, aunque sabía perfectamente que los otros dos iban arrastrándose a su espalda, pesados y asustados como animales acorralados—. ¡Les dije que vigilaran! ¡Les dije que no se durmieran! ¡Y ahora mírennos!

El recuerdo le hervía la sangre: el wendigo había esperado el momento perfecto para atacar , silencioso como la muerte, cuando la guardia se había ido al diablo y todos estaban medio adormilados, confiados en que el descanso les haría bien. Y en un segundo todo se había desmoronado. La criatura había saltado sobre el lince, y él, sin pensarlo dos veces, se había lanzado encima para arrancarlo de sus garras. Lo había logrado… pero el precio había sido esa garra que le había desgarrado la carne hasta el hueso, y ahora la sangre no dejaba de brotar por más que apretara.

—Debí matarlo cuando tuve la oportunidad.—se repitió una y otra vez, como si fuera una sentencia—. Debí atravesarlo con el cuchillo y no a ver jugado con el. Fui un idiota. Y ahora estamos perdidos. Sin tributo, heridos… y con esos malditos guardianes del bosque siguiéndonos los pasos.

Se detuvo un instante, apoyándose contra un árbol para recobrar el aliento, y miró hacia atrás con los ojos encendidos de furia y desesperación. Los otros dos aparecieron entre los arbustos, pálidos y temblorosos, sin atreverse a levantar la vista. Eran débiles, siempre lo habían sido, y él había cargado con ellos desde que salieron de las ruinas. Ahora sabía que quizá esa había sido su peor equivocación.

—No nos detengamos —les ordenó con voz áspera y cortante—. Cada minuto que perdemos es uno más cerca de que nos alcancen. Y si nos encuentran… no sé qué serán capaces de hacernos. Sigan caminando. Y si vuelven a dormirse cuando les toca vigilar… los dejaré aquí mismo. ¿Entendido?

Asintieron rápido, con miedo en los ojos, y volvieron a avanzar. Vinces apretó los dientes y siguió adelante, sintiendo cómo el brazo le ardía y cómo la realidad le caía encima: no tenían adónde ir, no tenían nada que ofrecer, y detrás de ellos, el bosque entero parecía haberse vuelto su enemigo. Pero no se rendiría. No mientras le quedara aliento en el cuerpo. Había sobrevivido a cosas peores que esto… o al menos eso quería creer.

Vince apretó el vendaje una última vez con los dientes y los dedos, hasta que el dolor se volvió un latido sordo y constante bajo la tela, y luego se giró hacia ellos con los ojos encendidos de una determinación feroz y desesperada. No había tiempo para lamentos ni para culpas; solo quedaba seguir adelante o caer, y no estaba dispuesto a dejarse vencer tan fácil.

—Mantengan los ojos abiertos —repitió con voz cortante y pesada, escaneando la espesura como si pudiera arrancarle las respuestas al bosque mismo—. Ahora debemos buscar otros animales para llevar a Horret. Muévanse… Tenemos que encontrar algo antes de que esos bastardos nos encuentren.

Los otros dos se miraron entre sí, pálidos y temblando, pero se pusieron en marcha sin decir una palabra, asustados tanto de él como de todo lo que los rodeaba. Vince se quedó un instante más, apretando los puños, sintiendo el peso de todo lo que había salido mal: el tributo perdido, la herida,  Tal vez si hubiera matado al wendigo en vez de a Liam todo seria diferente, Tal vez no tendría que estar corriendo con las manos vacias, pero ya no servía de nada lamentarse, el habia tomado una decisión y ahora debia lidiar con las consecuencia mientras buscaba una solución a toda la situación.

—No voy a dejar que nos hundamos —murmuró para sí mismo, mirando la mancha roja que ya empezaba a empapar la venda—. No después de todo lo que hemos pasado. Encontraremos algo. Y si no lo encontramos… lo conseguiremos de otra forma.

Se puso en marcha tras ellos, caminando con el brazo pegado al cuerpo y la mano cerrada con fuerza, vigilando cada rincón, cada sombra, cada rastro que pudiera significar una presa o una salida. Sabía que el tiempo se les escapaba entre los dedos como agua, y que cada paso que daban los acercaba más al peligro… pero también a la única oportunidad que les quedaba. Y mientras le quedara aliento, no dejaría que se perdiera.

—Más rápido —ordenó, y su voz sonó áspera, rota por la rabia y la fatiga—. No caminen como si llevaran los pies de plomo. Cada gota de sangre que dejo atrás es una señal para ellos. ¿Quieren que nos alcancen?

Los otros dos aceleraron el paso al instante, con la cabeza gacha y las miradas clavadas en el suelo, sin atreverse a replicar apretando sus rifles con fuerza. Vince los miró por encima del hombro, con una mezcla de desprecio y lástima que lo enfurecía aún más. Eran débiles. Siempre lo habían sido. Y él había tenido que cargar con ellos pero si seguían sin ser de utilidad el no tenia problema en acabar con el peso muerto.

...

Aina bostezo un poco cansada mirando mirando la calma del bosque de una de las ramas de un árbol, tanto ella como sus compañeros se habian dedicado a vigilar una zona del bosque durante toda la mientras se encodian de Thalion y compañía, podia escuchar ramas moverse, bajo el peso de pisadas o aterrizajes, Sabia que no tenia de que preocuparse ya que era sus compañeros quienes la acompañaban esta lenta y aburrida vigilancia, todos estaban tensos y cansados pero se mantenían alertas ninguno de ellos quería cometer el mismo error del día anterior.

Aina se irguió por completo sobre la rama, y el sueño se le desvaneció en un instante, reemplazado por una alerta aguda que le tensó cada músculo. Los pasos eran claros ahora, rítmicos y pesados, rompiendo la hojarasca seca con una torpeza que no pertenecía a nadie de su gente. Nadie del bosque caminaba así: sin cuidado, sin respeto, sin saber que cada pisada deja una huella que el viento no borra.

Giró la cabeza rápidamente hacia los árboles vecinos, donde sus compañeros vigilaban, y con una sola mirada y un leve movimiento de la mano los puso sobre aviso. No eran ellos quienes venían. Lo habrían reconocido de inmediato. Esto era distinto.

Se inclinó hacia adelante, apenas asomando el rostro entre el follaje denso, y entrecerró los ojos clavando la vista en la curva del sendero que bajaba desde el norte. El corazón le golpeaba despacio y fuerte contra las costillas. Ninguno de ellos quería repetir lo del día anterior —la distracción, la confianza mal puesta, el precio que habían pagado— y por eso mismo sabía que no podía equivocarse.

Los pasos se hicieron más nítidos, y entonces los vio aparecer.

Primero Vince, caminando rígido y rápido, con el brazo izquierdo pegado al cuerpo como si le ardiera, y la cabeza girada de un lado a otro vigilando con ferocidad. Detrás venían los otros dos, encorvados y silenciosos, aferrados a sus armas con los nudillos blancos, avanzando como quienes saben que están invadido terreno que no les pertenece. Aina sintió que el aire se le helaba en los pulmones. Eran humanos. Y estaban heridos, asustados… y peligrosos.

Llevó un dedo a los labios y señaló con la mirada hacia abajo, hacia los intrusos, y luego hacia el campamento donde los jóvenes patrullaban más adelante. Uno de sus compañeros asintió al instante y se deslizó sigiloso por entre las ramas en dirección a Thalion para dar aviso. Los otros dos se quedaron junto a ella, inmóviles como sombras, observando sin pestañear.

—No se muevan —pudo escuchar la voz de Elwing apenas audible, sintiendo cómo la tensión crecía a su alrededor—. No nos han visto. Y mientras no sepan que estamos aquí, tenemos ventaja.

Vince se detuvo en seco justo debajo de su árbol, y Aina contuvo el aliento. El hombre levantó la vista, escaneando la espesura con ojos duros y cansados, y por un instante la mirada le pasó casi por encima, sin verla. El viento sopló suave entonces, moviendo el cabello de ella y las hojas por igual, y él frunció el ceño, inquieto, como si algo en el aire no le cuadrará.

Aina esperó hasta que estuvieron lo suficientemente lejos, y entonces se deslizó hacia abajo, de tronco en tronco, sin hacer ruido alguno. Sabía exactamente hacia dónde iban: Era la zona donde los protegidos descansaban y se alimentaban.

—Sigan —dijo con voz áspera, bajando la mano y volviendo a caminar—. No nos detenemos aquí.- Fue lo último que escuchó la Ninfa mientras Elwing, Corin y Valens salían de su escondite.

Aina apretó los labios hasta pálidecer, y un frío agudo le recorrió la espalda al escuchar aquellas palabras y verlos seguir adelante sin dudar. No iban huyendo. No buscaban solo escapar. Iban directo hacia el corazón del bosque, hacia donde los animales protegidos descansaban confiados, sin sospechar que alguien se acercaba con malas intenciones.

—Se dirigen a la zona de pastoreo y descanso —susurró ella con voz tensa, apenas audible para Elwing y el otro compañero que permanecían a su lado—. Si llegan allí… podrían hacer cualquier cosa. No saben lo que se encontrarán, y en su desesperación… lo arriesgarán todo.

Elwing asintió con el rostro serio y los ojos encendidos de alerta.

—No los dejaremos llegar —respondió en el mismo tono—. Pero no podemos atacar a la ligera. Si se vuelven locos, pueden disparar antes de que lleguemos. Hay que guiarlos lejos… o detenerlos antes de que crucen el linde sagrado.

Aina miró hacia el sendero por donde los humanos se alejaban paso a paso, y luego hacia el camino por donde su otro compañero había partido a buscar a Thalion. El tiempo se les deslizaba entre los dedos. Cada zancada de Vince y los suyos era un paso más cerca de algo que no debían tocar.

—Avancemos —decidió Aina, desenvainando su cuchillo con un movimiento suave y silencioso—. Nos mantenemos cerca, lo bastante para intervenir, lo bastante para que no nos descubran. Si se desvían, bien. Si siguen recto hacia allá… tendremos que bloquearles el paso. Y espero que Thalion llegue antes de que las cosas se rompan.

-Esperen...- Aina se detuvo en seco mirando sorprendida a su espalda; Allí estaba su madre.

-Señora Syrola... que hace aqui?...- Elwing pregunto intrigado mientras intentaba no perder los pasos de los invasores.

Syrola levantó una mano con gesto sereno pero firme, pidiendo silencio, y sus ojos recorrieron rápidamente el sendero por donde los intrusos acababan de desaparecer entre los árboles antes de posarse en ellos. Su semblante no era ya el de la compañera amable que conocían, sino el de quien ha puesto el cuidado por encima de todo, atenta y alerta.

—El ejercicio ha terminado —dijo en voz baja y clara, sin perder ni un ápice de calma—. Lo que viene ahora no es práctica. Lo que se acerca es real.

Dio un paso hacia ellos, colocándose justo entre el camino de regreso y el sendero que seguían los humanos, y les habló con firmeza pero sin dureza:

—Thalion envió el aviso.... los exploradores novatos deben regresar....... El, tu padre y los demas se encargaran, Y antes de que digan algo sé lo que están pensando: correr, bloquearles el paso, enfrentarlos de frente. Pero escúchenme bien —los miró a los ojos uno por uno, para que cada palabra calara hondo—. Ellos fueron quienes se llevaron a los protegidos, están heridos, asustados y acorralados. Y un hombre acorralado no razona: golpea antes de pensar, dispara antes de ver. Si se les aparecen de repente con las armas en la mano, no les darán tiempo a hablar. Reaccionarán al miedo. Y eso es lo último que queremos.

Aina apretó el cuchillo con fuerza, frunciendo el ceño molesta, ella no estaba de acuerdo con no hacer nada.

—¿Entonces qué hacemos? quieres que esperemos?, que no hagamos nada. —preguntó con voz contenida—. Si los dejamos avanzar… llegarán a la zona de los protegidos. Podrían lastimarlos. llevarse a mas de ellos.-Elwing puso su mano sobre el hombre Aina al ver la mirada frío de la mujer frente a ellos, no estaban hablando con la madre de su amiga, no ella era la mano derecha de un anciano, por su parte Corin y Valens intercambiaron miradas incómodos.

Syrola sostuvo la mirada de su hija sin parpadear, firme como el tronco de un roble antiguo, y no se apartó ni un centímetro aunque la joven la desafiara con los ojos encendidos. Aquí no había lugar para dudas ni para enfados: hablaba con la autoridad de quien ha visto el precio de la imprudencia, y cada palabra pesaba como piedra.

—No he dicho que no hagan nada —respondió con voz baja pero tajante, sin ceder un ápice—. He dicho que no corran a morir ni a poner en peligro lo que hemos venido cuidando. ¿Creen que hacerles frente a pecho descubierto los detendrá? Llevan armas que disparan antes de que el aire se mueva. Y ustedes… —hizo una pausa breve, mirándolos con sinceridad— aún están aprendiendo. No les falta valor, les falta experiencia para ver el momento justo y la forma correcta.

Dio un paso más hacia Aina, y suavizó apenas el tono, sin perder la firmeza:

—Si van ahora, a la carga, lo único que lograrán es que se asusten y reaccionen con violencia. Y entonces sí, alguien saldrá herido. Quizás ustedes, quizás los protegidos… y no quiero sangre innecesaria en este bosque.

Aina apretó los dientes, sintiendo la mano de Elwing sobre su hombro y la verdad dura de aquellas palabras clavándosele en el pecho. Quería protestar, decir que podía, que era fuerte, pero la mirada de Syrola la contenía: no era desconfianza, era responsabilidad.

—Entonces… ¿qué hacemos? —preguntó Elwing en voz baja, buscando el equilibrio entre la prisa y la prudencia.

Syrola miró a cuatro, y señaló el camino por donde seguían los intrusos con un gesto preciso y decidido:

—Vigilarlos. Seguirlos sin ser vistos. Corin, Ve al noreste y busca a Thalian y compañía, informarles de la situacion, Elwing tu ve al Oeste, tus padres fueron en esa dirección e informales tambien.... Aina, Valens ustedes seguira a los invasores y serán mis ojos y oidos, me informaran de todo lo que hagan. Yo me adelantare e informare a los demas exploradores para que de alejen de la zona, No quiero mas muertes. . Su tarea no es enfrentarlos: es avisarme si cambian de rumbo, si se detienen, si hacen algo que no esperamos. Y cuando Thalion y los demás lleguen, ya tendremos todo listo para detenerlos y hacerlos pagar.

Hizo una pausa, y su mirada se posó de nuevo en Aina, comprensiva pero innegociable:

—La valentía no es solo ir de frente con el arma en la mano. A veces es esperar, observar y confiar. Y eso… eso es lo más difícil de todo. ¿Pueden hacerlo?- Aina respiró hondo, sintiendo cómo la rabia y la impaciencia se le mezclaban con la certeza de que su madre tenía razón, y apretó los puños un instante antes de asentir despacio, con los ojos brillantes pero la mandíbula firme.

—Podemos —respondió con voz clara y decidida, sin que se le quebrara el tono—. Los seguiremos. No nos dejarán ver, pero nosotros no perderemos detalle. Cada paso que den, cada palabra, lo sabrás. No te fallaremos Mama.

Valens, que había permanecido en silencio a su lado, asintió con la misma seriedad, y ajustó el cinturón de su arma con un movimiento seco y resuelto.

—Iremos pegados a sus huellas sin pisarlas —añadió con firmeza—. Seremos sombras detrás de ellos y no nos adelantaremos. Te avisaremos de todo, Señora Syrola. Puedes confiar en nosotros.

Syrola los miró uno a uno, y por un instante la dureza de su rostro se suavizó, aunque la urgencia no desapareció.

—Confío en eso —dijo con calma profunda—. Ahora… en movimiento. El tiempo no espera. Y ellos no se detendrán.

En un abrir y cerrar de ojos se separaron. Corin partió veloz hacia el noreste, y Elwing se internó entre los árboles hacia el oeste, deslizándose como una hoja llevada por el viento. Aina y Valens, en cambio, no corrieron: se fundieron con la espesura, bajos y silenciosos, recuperando el rastro de los intrusos con la vista y el oído afinados al máximo. Syrola los vio alejarse, y luego giró hacia su propio camino, adelantándose para tejer la red que los mantendría a todos a salvo. Ninguno perdió un segundo. Sabían que el peligro no esperaba… y que la prudencia era la única fuerza que podía detenerlo sin que el bosque se manchara de sangre.

El bosque pareció tragárselos al instante, como si nunca hubieran estado allí. Aina y Valens avanzaban pegados a la sombra de los árboles, con los pasos tan suaves que apenas rozaban la hojarasca, manteniéndose siempre a prudente distancia de los intrusos que caminaban delante, sin sospechar que ya no estaban solos.

Podían escuchar sus voces bajas y tensas, de vez en cuando alguna queja ahogada o una orden corta de Vince, y el sonido rítmico de la sangre empapando lentamente la venda de su brazo. Aina apretaba los labios en cada pausa, anotando mentalmente cada detalle: cuánto se detenían, hacia dónde miraban, la forma en que los dos hombres de atrás se encogían como si esperaran que el suelo mismo se los tragara. No eran guerreros. Eran solo tres personas arrastradas por la desesperación, y eso los hacía aún más impredecibles.

—Se están desviando levemente al sur —susurró Valens apenas al oído de ella, señalando con la mirada la curva que tomaban—. Hacia la zona de los claros abiertos, donde pastan los ciervos jóvenes. No van hacia el arroyo. Van directo a lo que no deben tocar.

Aina sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero se obligó a mantenerse firme. No podía correr, no podía gritar. Solo podía observar y avisar, tal como le habían ordenado.

—Lo veo —respondió en un hilo de voz—. Voy a avisar a Syrola. Tú quédate aquí y no los pierdas de vista ni un segundo.

Valens asintió de inmediato y se agazapó tras un arbusto denso, fundiéndose con el paisaje. Aina retrocedió unos pasos, buscando el lugar donde el bosque le daría cobertura, y alzó la mirada hacia las ramas altas. Tomó aire, dejando que la calma la envolviera, y con un gesto sencillo y antiguo llamó a los pájaros que vigilaban desde lo alto. Un momento después, un pájaro pequeño de plumaje pardo bajó revoloteando hasta posarse en su muñeca, escuchando en silencio el mensaje que le confió con palabras y con el corazón.

—Vuela rápido —le susurró acariciando suavemente su plumaje—. Dile a mi madre que van hacia el claro sur. Que se acercan a los protegidos. Que se apure.

El pájaro alzó el vuelo en cuanto terminó, perdiéndose entre las hojas en dirección contraria a los intrusos. Aina lo siguió con la mirada un instante, y luego volvió junto a Valens, oculta y alerta. Sabían que el aviso llegaría. Sabían que no estaban solos. Pero también sabían que cada paso que daban aquellos tres los acercaba más al límite… y que si cruzaban esa línea, ya no habría forma de detener todo lo que vendría después.


....

Thomas soltó un suspiro largo y profundo, de esos que le sacan al cuerpo la tensión acumulada durante horas, y se detuvo un instante en el linde del bosque. Los árboles se iban haciendo cada vez más espaciados, altos y separados entre sí, dejando paso a una tierra más abierta y clara, donde la luz del sol caía sin tropezar entre las ramas. Como siempre el aire se sentía distinto al salir: más ligero, sin el peso denso y antiguo que lo rodeaba cada vez que entraban al bosque.

Ben, que caminaba pegado a su pierna, también pareció relajarse; alzó el hocico y olfateó el viento con energía, moviendo la cola despacio, como si comprendiera que ya no estaban en terreno peligroso. Thomas pasó una mano por su propio pecho, sintiendo cómo el corazón se le asentaba poco a poco, y miró hacia atrás una última vez. Allí quedaba el bosque, hermoso, oscuro y frondoso, un mundo aparte que lo había acogido, asustado y también maravillado, y que ahora se alejaba a sus espaldas.

—Lo logramos, viejo amigo —murmuró, acariciando la cabeza del perro con una sonrisa cansada pero sincera—. Estamos fuera.

Ben dio un salto ligero, moviendo la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se sacudía de alegría, y le lamió la mano con entusiasmo como si supiera perfectamente lo que aquellas palabras significaban. Para él no había habido peligro ni sombras: solo sol entre las hojas, el olor a tierra húmeda y flores, y la sorpresa dulce de aquel pequeño amigo moteado que había salido a jugar con él. Había corrido, había reído a su manera, y por un rato había olvidado lo que era estar solo.

Thomas se rió bajito al verlo tan dichoso, y se limpió una lágrima que le había brotado sin darse cuenta —de alivio, de cansancio, de todo junto—. Se agachó un momento y lo abrazó despacio, sintiendo el calor peludo y el latido firme y tranquilo del perro contra su pecho.

—Sí, lo sé —le dijo al oído, con voz suave—. Fue un buen día. De los buenos. Y tenemos que recordarlo así, ¿de acuerdo? No todo lo que hay allá dentro es malo. Hay cosas hermosas...

Se puso de pie de nuevo y miró hacia adelante, al camino que se extendía libre y despejado ante ellos, bañado por la luz dorada de la tarde. Tomó su mochila, se ajustó el rifle al hombro y echó a andar, y Ben fue a su lado, trotando alegre, sin prisa pero sin detenerse nunca más. El bosque quedaba atrás, en silencio y guardando sus secretos, y ellos seguían adelante, con el corazón ligero y la paz de haber encontrado algo valioso justo donde otros solo veían peligro.

Thomas se detuvo al instante, con el pie aún suspendido en el aire, y se giró lentamente. La calma que los envolvía se quebró de golpe, sustituida por una tensión súbita y silenciosa. Ben no se movía: estaba rígido, con las orejas erguidas y fijas, el pelaje de la nuca apenas ligeramente erizado, y la cola quieta por primera vez en todo el día. No ladró, no gruñó, pero su mirada clavada en aquel punto vacío a la izquierda era tan fija y atenta que hizo que la piel de Thomas se le erizara.

—¿Qué pasa, viejo amigo? —susurró con voz suave, bajando la mano hasta posarla sobre el cuello del perro, sintiendo cómo su corazón latía rápido pero firme bajo el pelaje—. ¿Qué ves?

Escaneó la zona con la mirada: pasto alto, unas matas bajas, tierra seca… nada. Ningún movimiento, ningún sonido. Y sin embargo Ben seguía allí, inmóvil como una estatua, mirando fijamente como si alguien estuviera de pie justo frente a ellos, invisible a sus ojos.

Thomas dio un paso pequeño hacia él, sin apartar la vista de aquel punto vacío, y apretó con más firmeza el asa de su mochila. No era miedo, era esa misma sensación de antes, la que le había recorrido al encontrarse con la cierva y su cría: la certeza de que el bosque —o algo que venía de él— no los había dejado ir del todo, o quería decirles una última cosa antes de soltarlos.

—¿Alguien está ahí? —preguntó, no con desafío, sino con respeto, elevando la voz lo justo para que pudieran oírlo sin parecer una amenaza—. No venimos a hacer daño. Ya nos vamos.

El viento sopló suave entonces, moviendo la hierba exactamente donde Ben miraba, como una respuesta ligera. Y por un instante Thomas tuvo la impresión —solo eso, una impresión— de que algo se alejaba despacio, sin prisa, silencioso y vigilante, justo en el mismo momento en que Ben salia disparado al interior del bosque.

El movimiento fue tan repentino que Thomas apenas tuvo tiempo de reaccionar. Ben salió disparado como una flecha de vuelta hacia la espesura, sin ladrar, sin mirar atrás, solo con la urgencia clara en cada zancada.

—¡Ben! —gritó Thomas, dando un paso tras él por instinto, con el corazón dándole un vuelco en el pecho—. ¡Vuelve! ¡Aquí!

Pero el perro no se detuvo. Se perdió entre las sombras de los primeros árboles en un parpadeo, dejando tras de sí solo el crujido breve de la hojarasca y el silencio que regresaba pesado y repentino. Thomas se quedó al borde del linde, con la mano extendida hacia el bosque, dividido entre el impulso de ir tras él y la certeza de que algo lo había llamado, algo que solo Ben podía oír.

Thomas no dudó ni un segundo. El pánico se mezcló con la determinación y le dio alas a los pies, cruzando el linde del bosque de un salto, adentrándose de nuevo entre los árboles con el corazón golpeándole violentamente contra las costillas. Sabía que Ben no huía por miedo ni por capricho: algo había pasado, algo grave que solo él había sentido, y no lo dejaría solo.

—¡Ben! ¡Estoy aquí, amigo! —gritó mientras corría, esquivando ramas y saltando raíces con movimientos rápidos y desesperados—. ¡Te sigo!

Seguía el rastro que el perro había dejado tras de sí: el pasto recién aplastado, las hojas aún moviéndose por el paso veloz. No le importaba que se adentraran más, ni que el camino de regreso se hiciera más largo. Si Ben había vuelto, era porque alguien o algo lo llamaba, y Thomas no iba a dejar que su compañero enfrentara lo que fuera solo.

Corrió con el rifle apretado en una mano, la otra apartando la maleza, y sus ojos escaneaban la espesura buscando la figura peluda que ya conocía tan bien. El aire olía igual que antes, pero ahora se sentía diferente: cargado de urgencia, como si el bosque mismo lo empujara a avanzar, a no detenerse.... entonces lo escucho, Un disparo se escucho en la distancia.
El sonido estalló en el silencio del bosque como un trueno seco y brutal, cortando de golpe su respiración y sus pasos. Thomas se detuvo en seco, con los pies clavados a la tierra, y el corazón se le heló en el pecho de golpe, dejándolo sordo por un instante salvo por el zumbido agudo que le llenaba los oídos.

—¡Maldicion!—susurró, apenas un soplo de voz no estaban solos, habian mas humanos en el bosque.

No pensó, no dudó. El miedo se transformó en fuego puro en sus venas y salió disparado hacia donde venía ese estruendo, corriendo más rápido que antes, con el rifle apretado con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon, y el aire entrándole y saliéndole con jadeos desesperados. Las ramas le azotaban el rostro, las raíces amenazaban con hacerlo tropezar, pero no sentía nada: solo corría, impulsado por el terror más absoluto que jamás había sentido, debia encontrar a su amigo antes de que los otros humanos lo encontraran, siguió corriendo, logrando ver a su amigo a la distancia moviendose ágilmente siguiendo la dirección de donde se escucho el disparo.

El alivio lo golpeó con tanta fuerza que casi le hizo tropezar y caer de rodillas. Ben estaba bien. Se movía veloz, ágil como nunca, sin detenerse, sin mostrar señal de haber sido alcanzado. Thomas soltó el aire que había estado reteniendo con un gemido ahogado, y aunque las piernas le temblaron un instante, no redujo la marcha. Ahora el miedo no era solo por su amigo: era por lo que les esperaba adelante, por esos humanos que habían disparado, por el peligro que acababa de despertar de golpe en medio del bosque.

—¡Ben, espera! —gritó, pero su voz se perdió entre las hojas; el perro seguía avanzando, guiado por ese instinto agudo y leal que lo empujaba hacia donde había sonado el disparo, hacia donde algo andaba mal—. ¡No vayas solo!

Thomas apretó el paso hasta dolerle cada músculo, con el rifle ya listo en las manos, el seguro quitado y el corazón latiéndole a un ritmo salvaje y desbocado. Sabía que Ben no huía del peligro: corría hacia él. Y eso significaba que allá adelante, alguien estaba en problemas.

Aina se apoyo contra un arbol mientras recostaba a Valens a su lado y le sostenía el abdomen con desesperación intentando detener la sangre que salia de su herida de bala mientras un nuevo disparo golpeaba el árbol donde se escondian, los habian descubiertos, fueron descuidado, no sabía cuando fue que los descubrieron pero todo paso en cuestión de segundos, ese hombre herido de un momento a otro se habia girado y de la nada disparo en su dirección, solo un disparo le basto para darle a Valens en el abdomen.

El aire se le escapó de los pulmones en un sollozo ahogado, y el tronco del árbol tembló con violencia justo encima de ellas, astillando la corteza donde la bala había impactado. Aina ni siquiera se inmutó; toda su atención, toda su fuerza, se concentraba en la mano que apretaba con desesperación el abdomen de Valens, sintiendo cómo la sangre se le escurría entre los dedos a pesar de toda la presión que ejercía.

—No te vayas… por favor no te vayas —susurró entre lágrimas que le caían calientes y rápidas sobre las mejillas, inclinándose sobre él para protegerlo con su propio cuerpo si era necesario—. Mírame, Valens. Quédate conmigo. Ya vienen ayuda, ya vienen…

Valens estaba pálido, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada y superficial, como si cada inhalación le costara un esfuerzo inmenso. Apretó la mano de ella débilmente, y sus ojos se cerraron un instante antes de volver a abrirlos con dificultad.

—Aina… —susurró con voz quebrada y apenas audible—. Corre… tú… escapa…

—¡No! —le cortó ella con firmeza, ahogando un gemido—. No te voy a dejar. No digas eso. Estamos juntos aquí.

Otro estallido resonó, y esta vez la bala pasó tan cerca que le rozó el hombro, haciéndola estremecer. Escuchó la risa amarga y furiosa de Vince desde el claro, y su voz alzándose, ronca y amenazante:

-Jajajaja que pasa pequeña Ninfa?... No puedes usar tus brisas?...- Aina cerro sus ojos con fuerza mientras intentaba sentir el viento a su alrededor, pero la sangre de Valens que se escapaba entre sus dedos no la dejaba, su mente era un caos y no podia sentir su magia... no sabia que hacer.

Aina apretó los dientes y miró hacia el borde de su refugio, con el corazón latiéndole con violencia entre el miedo y la rabia. Sabía que no podían quedarse allí indefensos, que en cualquier momento aquel hombre podría acercarse más, o disparar de nuevo con mejor puntería. Pero tampoco podía mover a Valens sin empeorar su herida. Estaban atrapados, con la espalda contra el árbol y la vida de su compañero deslizándose entre sus manos.

—No te van a tocar —le dijo a Valens, bajando la voz hasta convertirla en una promesa feroz, mientras buscaba con la otra mano el cuchillo que llevaba al cinto—. No dejaremos que se acerquen. No mientras yo respire.

Valens sonrio un poco entre el dolor y asintió tomando también su cuchillo pero ambos palidecieron cuando escucharon un fuerte berrido a sus espaldas, pudieron sentir el miedo y desesperación en el berrido, Aina se asomo tan solo unos segundos y pudo ver a un pequeño cervatillo siendo tomado por los compañeros de ese Hombre antes de esconder de nuevo por un disparo.

El sonido desgarrador del cervatillo le atravesó el pecho como una flecha, y por un instante Aina se olvidó incluso de respirar. Vio las manos rudas y temblorosas de aquellos dos hombres aferrar al pequeño, que se retorcía y gemía de terror, y la visión le quemó los ojos más dolorosa que cualquier herida propia. Aquel mismo animalito que había jugado inocente y confiado en el claro, que había mirado a Ben sin miedo… ahora era un rehén.

—¡Suéltenlo! —gritó con toda su fuerza, sin poder contenerse, y la voz le salió quebrada por la rabia y la indignación—. ¡No les ha hecho nada! ¡Es solo un crío!

Otro disparo golpeó la corteza a centímetros de su cabeza, obligándola a encogerse de nuevo tras el árbol, pero el miedo ahora se mezclaba con una furia helada que le recorría cada vena. Escuchó la risa fría de Vince y luego su voz, cortante y triunfal:

—¿Lo ven, par de idiota? ¡Tenemos moneda de cambio! —grito y se giro para ver a sus dos compañeros.- Llevenselo... los disparo debieron alertar a los demas.

Los dos hombres dudaron un instante, pálidos y con las manos temblorosas, pero el tono de Vince no admitía réplica. Agarraron al cervatillo con brusquedad, y el pequeño soltó otro berrido desgarrador que hizo que Aina apretara los dientes hasta dolerle. Se lo llevaron a rastras, sin importarles que tropezara o que sus patitas se arrastraran por la tierra, y desaparecieron tras la maleza siguiendo las órdenes de su líder.

Vince se quedó solo un momento más en el claro, con el arma aún levantada y la mirada oscura y desesperada escaneando los árboles.

-Que haras pequeña Ninfa?... Nos seguirás y dejaras morir a tu compañero o lo salvaras y dejaras que nos vallamos.

La voz de Vince cayó como una sentencia pesada y cruel, colgándola entre dos fuegos que le quemaban por igual. Aina se quedó inmóvil tras el grueso tronco, con el corazón desgarrándosele en el pecho, y apretó los labios hasta que el sabor a hierro le llenó la boca. No era justo. No debía ser ella quien tuviera que elegir entre la vida de quien amaba y la inocencia de una criatura indefensa.

Respiró hondo, llenando los pulmones con el aire que olía a sangre y pólvora, y alzó la voz, clara y temblorosa pero firme, sin dejarse vencer por la angustia:

–No, Yo... No—dijo, y las palabras le salieron con la fuerza de quien jura por algo sagrado—. No voy a dejar que Valens muera… y tampoco voy a dejar que se lleven a ese pequeño. No te daré el gusto de creer que ganaste tú.

Escuchó una risa seca y amarga del otro lado, y luego los pasos de Vince alejándose también, dejándola con la decisión en las manos y el tiempo corriendo como agua entre los dedos.

Aina se giró de inmediato hacia Valens, arrodillándose a su lado con los ojos llenos de lágrimas que no podía detener. Él la miraba con dificultad, pero al verla dudar, apretó su mano con una fuerza que apenas tenía.

—Ve… —susurró apenas, con los labios pálidos y una sonrisa débil pero serena—. Yo aguanto. No soy tan débil como para rendirme ahora…

—No —repitió ella con voz quebrada pero tajante, apretando con ambas manos la tela que intentaba detener el flujo de sangre—. No te dejaré. No puedo irme sabiendo que te desangras aquí solo.

Las lágrimas le caían sin freno ya, calientes y rápidas sobre las mejillas, mientras miraba el rostro pálido de Valens y sentía cómo su mano se le iba enfriando entre las suyas. Sabía que tenía razón, que el tiempo corría y que los llevaban lejos, pero el miedo a volver y encontrarlo inmóvil era más grande que cualquier otra cosa. El era su amigo, uno de sus mejores amigo no podia dejarlo allí.

—No —repitió ella con voz quebrada pero tajante, apretando con ambas manos la tela que intentaba detener el flujo de sangre—. No te dejaré. No puedo irme sabiendo que te desangras aquí solo.

Las lágrimas le caían sin freno ya, calientes y rápidas sobre las mejillas, mientras miraba el rostro pálido de Valens y sentía cómo su mano se le iba enfriando entre las suyas. Sabía que tenía razón, que el tiempo corría y que los llevaban lejos, pero el miedo a volver y encontrarlo inmóvil era más grande que cualquier otra cosa. El era su amigo, uno de sus mejores amigo no podia dejarlo allí.

-Aina que... O por Gaia... Valens... Que paso?- Aina se giro y vio su padre, correr hacia ellos mirando a su hija preocupado al ver toda la sangre.

—¡Papá! —gritó ella con voz quebrada, y en ese grito se le rompió por fin todo el control que había estado sosteniendo—. ¡Llegaste!

Aelar se arrodilló de un solo movimiento junto a ellos, dejando caer su espada al suelo sin importarle nada más que el muchacho pálido y ensangrentado. Sus ojos recorrieron la herida, la mano de su hija apretada contra ella, y el rostro demacrado de Valens, y su expresión se endureció de golpe, aunque su voz se mantuvo firme y serena para no asustarlos.

—Tranquila —le dijo, poniendo una mano grande y cálida sobre la de ella para aliviarle la presión sin dejar de detener el sangrado—. Ya estoy aquí. No estás sola.

Sacó rápidamente un vendaje limpio y hierbas de su morral, trabajando con manos expertas y veloces mientras hablaba con calma:

—La herida es grave, pero no mortal si actuamos ahora. Lo llevaremos al refugio, lo curaremos. Respira, hija. Lo has hecho bien. Muy bien.

Aina se llevó una mano a la boca ahogando un sollozo de alivio, y lo miró con los ojos llenos de lágrimas y gratitud:

—Se llevan al cervatillo… —alcanzó a decir señalando con la mano temblorosa hacia el sendero—. Los humanos… lo tienen como rehén. Y me dijeron que tenía que elegir…- Thalion y Eryn llegaron aparecieron de entre la espesura escuchando lo ultimo.

Thalion se detuvo en seco al ver la escena: la sangre sobre la hierba, Valens pálido y tendido, las lágrimas en los ojos de Aina, y el rostro serio y concentrado de Aelar vendando la herida. En un instante comprendió todo, y su mandíbula se tensó con fuerza, pero no hubo pánico en su voz, solo determinación fría y rápida.

—¿Se llevan a uno de los protegidos? —preguntó con voz corta y tajante, sin perder tiempo en rodeos.

Aina asintió con la garganta cerrada, y Eryn se acercó de inmediato, arrodillándose junto a Aelar para ayudarlo con Valens, mientras escuchaba con atención.

—Sí… —respondió ella—. El que nos disparo, el que los lidera, lo tomó como rehén. Dijo que era su moneda de cambio. Van hacia la salida del bosque. Y me dieron a elegir… entre Valens y el pequeño.

Thalion apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon, y una sombra de rabia profunda le cruzó el rostro, pero la contuvo al instante.

—Esa no era una elección tuya —dijo con firmeza, mirándola a los ojos—. Era una trampa sucia y cruel. Y no caíste en ella. Hiciste lo correcto. Estamos aquí. Y no dejaremos que se salgan con la suya.

Se giró hacia Eryn y Aelar, repartiendo las órdenes con precisión:

—Aelar, llévalo al refugio lo más rápido posible. No te detengas por nada. Eryn, ve con ellos y ayúdalo. Necesitará que ambos lo cuiden.- Eryn se incorporó al instante y nego.

-No... Yo soy la mejor opción para seguirlos...-Thalion la miró fijamente un instante, con la mano aún suspendida en el aire tras dar la orden, y no se apartó ni un milímetro. Sabía que Eryn tenía razón —nadie conocía los senderos, las costumbres del bosque y la forma de moverse sin ser vista mejor que ella—, pero también sabía lo que se jugaban allí, y enviarla sola era arriesgarla demasiado.

—Eryn —dijo con voz baja pero firme, sin ceder de inmediato—. Tu lugar ahora mismo…

—Mi lugar es donde se necesita más —lo cortó ella con serenidad, sin bajar la mirada, con esa calma que la hacía tan firme—. Lo mejor es que los tres lleven a Valens devuelta... Aelar puede curarlo sin mi ayuda, necesitaran de alguien que lo proteja ahora que esta anocheciendo y esas cosas salen a cazar,y tu eres el mejor para eso... además la chica, no nos sera de ayuda en estos momento, puedo verlo en sus ojos esta asustada y no puede usar su magia, lo mejor para ella es regresar con ustedes...-Aelar quiso intervenir, hablar por su hija pero volvió sus ojos hacia Valens, a su estado moribundo y prefirió callar, No quería que terminara igual.

Thalion se quedó callado un momento, sopesando cada palabra, y su mirada pasó de Eryn a Aina, y luego de vuelta a ella. No era una decisión fácil, pero la lógica estaba de su lado, y la seguridad de todos pesaba más que cualquier impulso.

—Entiendo lo que dices —respondió despacio, con voz grave—. Y tienes razón en gran parte: la noche cae rápido, y el bosque cambia cuando se apaga la luz. Aelar necesita protección mientras lo lleva, y sí… soy el más indicado para eso.

Se volvió hacia Aina, y al verla allí, con los ojos aún húmedos y las manos temblando levemente, suavizó el tono sin perder firmeza.

—Pero no la enviaremos de vuelta como si fuera un estorbo —dijo, mirándola a ella directamente—. Ha sido valiente, ha resistido más de lo que muchos hubieran hecho. Y no es que no pueda usar su magia ahora… es que el dolor y el miedo le han nublado el camino. Eso pasa. Se le pasa.- Aina quiso decir algo, defemderse, decir que quería seguir y hacer pagar a los invasores pero Eryn tenía razon estaba asustada y habia perdido la capacidad de hacer magia de nuevo, no sería de ayuda en ese estado por eso solo guardo silencio y apretó sus puños.

Por su parte Thalion se giró de nuevo hacia Eryn, poniéndole una mano sobre el hombro con respeto y confianza y quiso decir algo pero un nuevo disparos a la distancia lo detuvo.

El estallido resonó seco y agudo a lo lejos, entre los árboles, cortando el aire de golpe y dejando a todos helados. Aina dio un respingo, y el corazón se le detuvo un instante antes de dispararse a toda velocidad en el pecho. Thalion se giró bruscamente hacia la dirección del sonido, la mano cerrándose con fuerza sobre el pomo de su espada, y el rostro se le endureció como piedra. No hubo grito, ni berrido, ni voz… solo ese estruendo que se repitió una vez más, más débil pero inconfundible.

—¡No! —se le escapó a Aina en un susurro desgarrado, dando un paso hacia el sendero por donde se habían marchado, con las manos temblando a los costados.- Se están alejando...

Eryn asintió y desapareció entre la maleza como una sombra, veloz y silenciosa. Thalion se giró de inmediato hacia los demás, y su voz fue una orden tajante, sin tiempo para dudas:

—En marcha. Ahora mismo. Aelar, Aina, carguen a Valens. No nos detenemos hasta llegar a una zona segura.... Yo los cubrirá.

Aina lo miró con los ojos llenos de lágrimas y rabia contenida, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas. Quería correr, querer gritar, querer hacerles pagar… pero sabía que Eryn tenía razón. En ese estado, con el corazón roto y la magia bloqueada por el miedo y la angustia, solo sería un peso. Y eso era lo que menos quería ser por eso solo le dedico un asentimiento y acato lo orden ayudando a su padre a cargar a Valens.

....

El aire se le escapó de golpe de los pulmones y Thomas cayó de rodillas junto a ella, olvidándose por completo del rifle que se le deslizó de las manos y cayó sobre la hierba con un golpe sordo. No sentía el suelo contra sus rodillas, ni el frío que empezaba a bajar con la tarde. Solo veía a la cierva allí, luchando por mantenerse de pie, temblando entera, con los ojos grandes y oscuros llenos de dolor y de algo más: desesperación.

—¡Dios mío… no… —susurró con voz quebrada, arrastrándose un poco más cerca sin hacer movimientos bruscos, con las manos levantadas despacio para que no se asustara—. Tranquila… estoy aquí. No te haré daño. Lo sé… lo sé.

Ben se había sentado a su lado, inmóvil y con las orejas bajas, sin hacer el menor ruido. Conocía a aquella madre, había jugado con su cría, y ahora comprendía también. Emitió un quejido suave y profundo, y bajó la cabeza como si el dolor de ella fuera también el suyo.

La cierva lo miró, y por un instante dejó de luchar por levantarse. Se quedó quieta, respirando con dificultad, el costado subiendo y bajando con espasmos dolorosos. Y en aquella mirada antigua y sabia que Thomas recordaba tan bien, no había rabia contra él, ni miedo. Solo una súplica tan clara como si le hubiera hablado con palabras: Mi hijo. Devuélvemelo.

—Ya lo entiendo —dijo Thomas con los ojos llenos de lágrimas, acercándose con infinita delicadeza y poniéndole una mano sobre el cuello con suavidad—. Por eso Ben corrió. Por eso sentiste que algo le pasaba. Se lo llevaron, ¿verdad? Esos hombres… se llevaron a tu pequeño. Y viniste a protegerlo… y te dispararon.

La cierva soltó un berrido bajo y lastimero, y apoyó el hocico en su hombro, débil pero segura, como si supiera que él era la única esperanza que le quedaba. Thomas apretó los dientes con fuerza y sintió cómo la rabia le quemaba por dentro, caliente y justa, pero no la dejó cegarlo. La cubrió con su propio cuerpo del viento que empezaba a refrescar, y le habló con voz suave:

—Yo... No te dejaré.- Miro a Ben y tomo una respiración profunda.- Y no dejaré a tu cría. Te lo prometo. Lo traeré de vuelta. Cueste lo que cueste.

Se acomodó a su lado, buscando detener la hemorragia con la misma prontitud con que había visto hacerlo a los guardianes del bosque, y miró hacia el sendero por donde se habían marchado los intrusos. Ben se puso de pie a su lado, vigilante y listo. Thomas miro en todas las direcciones y tomo una respiración profunda.

Ben cuidala... yo los seguiré... apenas llegue alguien por ella me alcanzas....- Ben alzó la cabeza de golpe, con el pelaje de la nuca erizado y un gruñido bajo y grave que vibró en su pecho, como si supiera perfectamente lo que esas palabras significaban. Giró la vista hacia la espesura, luego hacia la cierva herida, y de vuelta a Thomas, y asintió con firmeza solemne, entendiendo la gravedad de la promesa que le hacía. Se sentó pegado al cuerpo de la cierva, interponiéndose entre ella y la oscuridad que empezaba a trepar por los árboles, y posó una mirada feroz y leal hacia el sendero, dispuesto a defenderla con todo lo que era.

—Ese es mi buen muchacho —susurró Thomas, acariciándole la cabeza una última vez con dedos temblorosos pero decididos—. No la dejes ni un instante. Y si algo se acerca… no tengas miedo de avisar. Yo vendré corriendo. Lo prometo.

La cierva lo miró con ojos que brillaban en la penumbra, y movió apenas la cabeza, rozándole la mano con el hocico en un gesto de confianza absoluta. Thomas se levantó, apretó el rifle con ambas manos y echó a andar hacia el sendero, rápido y silencioso, siguiendo las huellas y el rastro de sangre que los intrusos habían dejado a su paso. Sabía que el tiempo corría en su contra: la noche caía, los wendigos despertaban, y el cervatillo estaba en manos de hombres que no dudarían en hacer cualquier cosa para escapar.

Thomas apretó su rifle mientras corria dándole una rápida mirada al cielo, el sol se estaba escondiendo, las sombras se iban apoderando del bosque y con ella los sonidos hacia su alrededor se hacían mas fuertes, el movimiento se hacia presente,

El corazón le golpeaba contra las costillas con la fuerza de un puño cerrado, pero no redujo la marcha ni un instante. Sabía que no podía dividirse en dos, que su lugar ahora mismo era perseguir a quienes se llevaban al cervatillo, y esa certeza le pesaba más que cualquier carga.

Mientras corría, escuchaba tras de sí cómo el bosque se despertaba con algo más que viento: crujidos de ramas que nadie rompe con cuidado, el deslizarse de algo que no camina sino que se arrastra, y a lo lejos, un aullido agudo y desgarrador que helaba la sangre en las venas. Los wendigos iban directo hacia donde estaba la cierva y Ben. Olían la sangre, y la oscuridad los guiaba.

—Por favor… —rogó entre dientes, sin saber si hablaba con el cielo, con el bosque o con los guardianes que vivían allí—.

Apretó el rifle con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon, y la rabia se mezclaba con el miedo en el pecho. No podía volver. Si regresaba ahora, todo habría sido en vano: el pequeño quedaría en manos de Vince y los suyos, y la cierva y Ben seguirían expuestos. Tenía que confiar. Confiar en que los guardianes del bosque vigilan llegaría antes de que fuera demasiado tarde.

—Aguanta, viejo amigo —susurró al viento que le azotaba el rostro—. Sé fuerte. Yo hago mi parte, tú la tuya.

Y siguió corriendo, con el alma dividida en dos, empujado por la urgencia de alcanzar a los intrusos y el terror silencioso de lo que podría estar ocurriendo a sus espaldas. El sol se hundía ya por completo, tiñendo de rojo las copas de los árboles como si la tierra misma estuviera sangrando, y las sombras se alargaban devorando el camino. No había tiempo. Solo quedaba correr… y esperar.

...

Ben se mantuvo rígido, con el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse, y sus orejas giraban hacia cada crujido, cada susurro entre las hojas, cada respiración que no era la suya. Pero no se alejaba ni un centímetro. Se había acurrucado lo más pegado que podía a la cierva, ofreciéndole su calor y su presencia, y cada vez que ella gemía débilmente o se estremecía de dolor, él le lamía suavemente la frente o el hocico, como diciendo: No estás sola. Aquí estoy.

La sangre seguía empapando la hierba oscura a su alrededor, lenta pero implacable, y el olor se hacía más denso, más pesado con cada minuto que caía. Ben lo sabía. Podía sentir cómo algo se acercaba, algo frío y hambriento, algo que no era viento ni animal ni humano. El pelaje de su espalda se erizó por completo, y un gruñido grave y constante empezó a vibrar en su garganta, bajo pero ininterrumpido, una advertencia clara para cualquier cosa que se atreviera a cruzar aquel límite.

La cierva abrió los ojos de nuevo, pesados y vidriosos, y lo miró. Él le devolvió la mirada, firme y leal, y bajó la cabeza un instante para apoyarla contra la suya, sin dejar de escuchar el bosque que se cerraba a su alrededor. No podía detener la sangre. No podía hacer nada más que estar ahí, vigilando, esperando, con el corazón latiéndole desbocado y los ojos fijos en la oscuridad que se movía entre los árboles.

—No te la llevaras —parecía decir su postura, su mirada, cada músculo listo para saltar—. Tendrán que pasar por encima de mí. Y no me rindo. No mientras respire.

Los wendigos no retrocedieron. Se fueron acercando despacio, en silencio, como sombras que se arrastran por la tierra, y sus ojos brillantes se clavaron en él con una voracidad fría y antigua. Sabían que era solo uno, que era pequeño frente a ellos, y eso los hacía aún más crueles.

Ben no se encogió. Se plantó más firme, las patas hundidas en la hierba, el pecho erguido, y mostró los colmillos con ferocidad, emitiendo un rugido que no sonaba como el de un perro, sino como el de un guardián que no tiene intención de rendirse.

—¡Vengan! —les desafiaba su mirada—. ¡A ver si se atreven!

El más cercano dio otro paso, y luego otro, sin prisa, saboreando el momento. Ben saltó hacia él, ladrando y mordiendo el aire, pero la criatura solo apartó la cabeza con un movimiento lento y despectivo, y luego empujó con un brazo largo y huesudo, haciéndolo tropezar hacia atrás. Ben recuperó el equilibrio al instante, pero ahora su respiración era más rápida, y sabía que no podía ganar por la fuerza. No importaba. No iba a huir.

Giró la cabeza un instante hacia la cierva, que lo miraba con ojos llenos de miedo y gratitud, y le dedicó una mirada tan tierna como firme: No temas. No te dejaré.

Volvió a encarar a las criaturas, y esta vez no saltó ni ladró. Se mantuvo inmóvil, un muro vivo entre ellas y la que protegía, dispuesto a luchar hasta el último aliento. Si caía, caería defendiéndola. Y eso era más de lo que cualquier cosa en aquel bosque oscuro había tenido en mucho tiempo: lealtad pura, sin condiciones, sin miedo.

Los wendigos se acercaron un poco más, y el aire se volvió helado a su alrededor. Ben apretó los dientes, clavó las garras en la tierra y esperó. No había sonido de ayuda aún. Nadie llegaba. Pero él no se movería. No mientras su corazón siguiera latiendo.

Seis sombras se abalanzaron al unísono, rompiendo la calma tensa del claro con un alarido gutural y aterrador. Ben no tuvo tiempo de pensar, solo de reaccionar: se lanzó hacia adelante, interponiéndose en el camino más directo, ladrando con furia desesperada y mordiendo la primera extremidad que se le acercó. La criatura aulló y retrocedió un instante, pero las demás lo rodearon, empujando, arañando, con garras largas y frías que le rasgaron el pelaje y la piel.

Ben sintió el dolor agudo en el costado, pero no soltó un gemido. Se giró de golpe, enfrentándolos a todos, siempre retrocediendo paso a paso, sin dejar que se acercaran ni un centímetro más a la cierva, que temblaba detrás de él, débil y acorralada. La sangre empezó a manchar su propio pelaje, caliente y rápida, pero sus ojos no se apartaron de ellos, fijos, brillantes, llenos de una valentía que no debería caber en un cuerpo tan pequeño.

—¡No! —les gruñía, mordiendo el aire cada vez que alguien se atrevía a acercarse—. ¡No pasarán! ¡Ella está bajo mi protección!

Una garra le golpeó el flanco con fuerza y lo hizo tambalearse; cayó de rodillas un instante, y las sombras se abalanzaron más rápido, seguras de sí mismas. Pero Ben se levantó de un salto, más lento ahora, cojeando levemente, pero con los dientes aún descubiertos y el pecho lleno de fuego. Se colocó justo delante de la cierva, pegado a ella, de modo que para llegar a la madre tendrían que pasar por encima de él, y allí se quedó, inmóvil como una roca, respirando con dificultad, sangrando, pero sin bajar la cabeza.

La cierva le lamió suavemente la oreja, con ternura y dolor, y él le rozó el hocico con el suyo, sin apartar la vista de sus enemigos.

—Estoy bien —parecía decirle—. No te dejaré.

Las criaturas se detuvieron un instante, confundidas por aquella resistencia absurda, imposible, de algo que debería haber huido hace mucho. Y en ese silencio breve, Ben escuchó algo: fue un silbido corto y acto siguiente las raíz de los árboles se alzaron a su alrededor protegiéndolos mientras una una voz femenina se escuchaba.

El aire se transformó de golpe. Las raíces gruesas y retorcidas se alzaron de la tierra como muros vivos, formando una barrera impenetrable que encerró a Ben y a la cierva en su interior, y la voz sonó fría, tajante y terrible, como si el bosque mismo hubiera hablado.

—Largo… o mueran.

Eryn aterrizó entre ellos, ligera y firme como una hoja empujada por la tormenta, con la capa aún desplegada y los ojos encendidos de una ira serena y antigua. Se plantó justo donde Ben había resistido solo, ocupando su lugar, y alzó la mano derecha: las lianas y ramas bajas se tensaron a su alrededor, listas para golpear.

Los wendigos retrocedieron, confundidos y siseando, mostrando dientes amarillentos, pero no se fueron del todo. El más grande dio un paso adelante, desafiante, y Eryn no esperó: chasqueó los dedos y una rama se abatió con fuerza sobre el suelo y se abalanzo contra la criaturas, atravesánle el pecho, el wendigos gruño con fuerza e intento acercarse pero los ojos de Eryn emitieron un pequeño brillo y espinas salieron de la raíz al mismo tiempo que seguia creciendo y se enroscaba en su cuello apretándolo.

La criatura soltó un alarido ronco y ahogado, las garras raspando la corteza de la rama que la atravesaba, pero Eryn no apartó la mirada ni un instante. Sus ojos brillaron con una luz suave y terrible a la vez, y las raíces se tensaron más, afilándose en puntas de madera dura que se clavaron en la carne pálida y demacrada.

—Te lo advertí —dijo ella, con voz baja pero cargada de autoridad, sin rastro de crueldad pero sin piedad—. Este bosque no es coto de caza para los tuyos. Aquí no se desgarra ni se devora impunemente.

El wendigo forcejeó, retorciéndose con una fuerza espantosa, pero las lianas lo sujetaron como cadenas de hierro, apretando más cada vez que intentaba avanzar. La sangre oscura manchaba la corteza, y el olor a podredumbre se extendió por el claro, pero Eryn no retrocedió. Al contrario, dio un paso adelante, y la magia fluyó más fuerte, haciendo que las espinas se hundieran aún más profundo.

—Los demás tuvieron la sabiduría de huir —continuó, señalando con la mirada las sombras que ya se habían perdido entre los árboles—. Tú elegiste desafiarme. Y ahora pagarás el precio.

La criatura fue perdiendo fuerza poco a poco; sus movimientos se hicieron lentos, desesperados, y el brillo hambriento de sus ojos se apagó hasta dejar solo vacío y terror. Cuando finalmente dejó de luchar, las raíces la soltaron despacio, dejando que el cuerpo cayera sin vida sobre la hierba, y luego se retiraron a la tierra como si nunca hubieran salido de ella.

Eryn se quedó inmóvil un momento, respirando hondo, recuperando el control sobre sí misma. La luz en sus ojos se desvaneció, y volvió a girarse hacia donde estaban Ben y la cierva. La dureza se desvaneció de su rostro al instante, reemplazada por una ternura profunda y respetuosa. Se acercó despacio, arrodillándose a su altura, y extendió una mano con delicadeza.

—Ya se fue —les susurró—. Ninguno volverá esta noche. Lo aseguro.

Ben la miró, con el cuerpo aún temblando de agotamiento y dolor, y dio un paso torpe hacia ella, lamiéndole suavemente la mano. Eryn lo acarició con cuidado, evitando las heridas, y sus ojos se llenaron de lágrimas de admiración.

—Eres extraordinario —le dijo bajito—. Nadie te pidió que te quedaras. Nadie te obligó a luchar. Y sin embargo lo hiciste. Solo. Contra todos.

Se giró hacia la cierva, que la observaba con ojos grandes y asustados pero tranquilos ahora, y le habló con la misma suavidad:

—Tu hijo está vivo. Y lo recuperaremos. Te lo prometo como guardiana de este bosque. Pero primero… dejad que cuide de vosotros.

Eryn se arrodillo frente a ambos mantiendose alerta utilizando las ramas como escudo y aun que escuchaba pasos acercarse se mantuvo en calma sabían a quien pertenecían.

-Haldir... tu y hijo hagan guardia... Saffana cura al cachorro... Yo me encargó de ella.- las manos se Eryn brillaron mientras pasaba por el abdomen de la cierva.

Las sombras que se acercaban ya no eran amenaza: eran respuestas. Haldir apareció entre los árboles, alto y silencioso, con su hijo a su lado, ambos con las manos en el cinto pero sin sacar las armas, y asintió con firmeza:

—Como ordenas, Eryn. Nadie se acerca.

Se colocaron en los extremos del claro, vigilantes y firmes, convertidos en los ojos del bosque. Detrás de ellos llegó Saffana, ágil y serena, y se arrodilló de inmediato junto a Ben, que la miró con confianza aunque apenas podía mantenerse de pie.

—Tranquilo, pequeño —le susurró ella, sacando ungüentos y vendas—. Aquí nadie te hará daño. Deja que te cuide.

Mientras tanto, las manos de Eryn brillaban con una luz cálida y suave, posándose despacio sobre el costado herido de la cierva. La cierva tembló apenas, no de miedo sino de la sorpresa de sentir cómo el calor suave reemplazaba el dolor agudo, cómo la carne se cerraba poco a poco bajo el toque que no forzaba ni apresuraba, solo sanaba.

—Descansa —le dijo Eryn con voz baja y firme—. La sangre se detiene. La herida cierra. Y la fuerza vuelve. No de golpe, sino despacio, como debe ser.

La cierva cerró los ojos, dejándose llevar por aquella calma que creía perdida para siempre, y apoyó la cabeza en el suelo, confiada por primera vez desde que todo empezó. Eryn no apartó las manos, manteniendo la luz fluyendo hasta que la respiración de la madre se volvió lenta y profunda, hasta que el terror se desvaneció de su mirada.

A su lado, Saffana terminaba de curar las heridas a Ben, que ya podía apoyar todo el peso en las patas, y le acarició la cabeza con respeto inmenso:

—Está fuerte —dijo, mirando a Eryn—. Mucho más de lo que parece. Solo necesita descanso y alimento.

Eryn asintió, retirando las manos y dejando que la luz se desvaneciera suavemente:

—Lo ha dado todo. Y el bosque no olvida a quienes lo defienden.

Se giró hacia Haldir y su hijo:

—La noche avanza —les dijo—. Vigilen los caminos. Y si alguien se acerca… avisen antes de actuar. Necesitamos saber si los intrusos dejan rastro o si vuelven.

Luego volvió hacia Ben y la cierva, sonriendo con ternura:

—Ahora descansad. Nadie os moverá de aquí. Y cuando amanezca… iremos a buscar a vuestro pequeño. Juntos.

Ben probo su pierna y movió su cola feliz al no sentir frotándose contra Saffana como agradecimiento, por su parte Elwing miraba toda la interacción tenso, reconocía al cachorro y si el estaba allí significaba que su compañero humano tambien, Eryn al notar la mirada de Elwing en Ben le dio una mirada seria y nego con la cabeza suavemente indicándole que debia callar.

Elwing apretó los labios y bajó la mirada de inmediato, comprendiendo el mensaje sin necesidad de palabras. Asintió apenas, con un gesto rápido y contenido, y se apartó un paso hacia la sombra de los árboles, manteniéndose alerta pero en silencio. Sabía quién era ese perro, sabía que su humano no estaba lejos… pero también entendía lo que Eryn le decía: no ahora, no aquí, no asustes a nadie.

Ben, ajeno a todo aquello, se frotaba contra Saffana con entera confianza, moviendo la cola con alegría sincera, probando una y otra vez la pierna que antes le dolía, sorprendido de que el peso ya no fuera dolor. La cierva lo observaba con ojos tiernos y tranquilos, y de vez en cuando le pasaba la lengua por el lomo, como devolviéndole el cuidado que él le había dado pero se detuvo cuando a la distancia un nuevo disparo se escucho, Luego otro hasta quedar en completo silencio. Ben al escuchar el primer disparo levantó sus oreja hacia el sonido para el segundo en que se escucho el segundo disparo salir disparado en su dirección.

El sonido estalló a lo lejos, seco y brutal, y rompió la calma recién recuperada del claro. Ben se detuvo en seco, las orejas erguidas y fijas, el cuerpo entero tensándose como si el sonido mismo lo hubiera golpeado. No dudó ni un instante: salió disparado hacia la espesura, veloz como una flecha, sin mirar atrás, sin escuchar las voces que lo llamaban.

—¡Ey, espera! —gritó Eryn, poniéndose de pie de un salto—. ¡No vayas solo!

Pero ya era tarde: el perro había desaparecido entre las sombras, dejando tras de sí solo el crujido apresurado de las ramas y la hierba. La cierva soltó un gemido inquieto e intentó levantarse, tambaleándose, dispuesta a seguirlo, pero Eryn se acercó de inmediato y la sujetó con suavidad pero firmeza.

—No —le dijo con voz urgente y tierna a la vez—. Quédate. Tu herida aún no está cerrada del todo. Yo iré. Lo traeré de vuelta. Y averiguaré qué ha pasado.

Se giró hacia los demás, con la mirada clara y decidida:

—Saffana, quédate con ella. No la dejes sola. Haldir, mantén la guardia aquí. Elwing, ven conmigo. Necesito que me digas si reconoces algo o a alguien.

Sin perder un segundo, se lanzó tras el rastro que Ben había dejado, moviéndose ágil y silenciosa entre los árboles, con Elwing pisándole los talones. El disparo… otra vez. Y Ben corría directo hacia él, sin saber lo que encontraría. El corazón de Eryn latía con fuerza, pero no de miedo: de determinación. No dejaría que el pequeño valiente se enfrentara a esto solo.

—Mantente cerca —le dijo a Elwing mientras corrían—. Y si vemos algo… no te lances. Observa. Y avisa.

Avanzaban rápido, siguiendo el rastro de huellas frescas y el instinto que los empujaba hacia donde el peligro crecía. Allá adelante, el silencio había vuelto, pero ahora pesaba más que antes. Y nadie sabía qué se encontrarían cuando llegaran.

....

Thomas se dejo caer contra un árbol, cubriéndose mientras se sujetaba el brazo con fuerza, el bastardo le habia dado cerro los ojos y se rio sintiendo la sangre escurrirse entre sus dedos, los habia detenido, logro darle a uno de los sujetos en la pierna pero al hacerlo, el lider, quien los guía logro darle en el brazo, estaba seguro que había sido silencioso pero el lo había encontrando en segundo, lo mas probable es que ese hombre sabia que los seguia, pero solo espero a que el se moviera para atacar, era listo debía aceptarlo y eso lo hacia peligro.

Tomo una respiración profunda y solo su herida intentando ignorar el dolor, era dificil pero con cuidado tomo su rifle de nuevo y lo recargo, escuchando los gritos del hombre a su espalda y en eso lo noto, los arbustos a su su alrededor se estaban moviendo, se maldijo y miro su herida, los gritos del hombre y el olor a sangre de ambos habian atraído a los wendigos.

El dolor le quemaba el brazo como fuego vivo, pero Thomas apretó los dientes y mantuvo la respiración contenida, escuchando cada crujido que venía de la espesura. No era viento. No eran pájaros. Algo se arrastraba entre las sombras, lento y hambriento, atraído por el olor metálico de la sangre que empapaba su manga y la hierba a sus pies.

—Maldición… —susurró entre dientes, recargando el rifle con manos que le temblaban, no de miedo, sino de la urgencia desesperada—. No ahora… no ahora.

Desde el sendero, la voz de Vince resonó burlona y fría:
—¿Te rindes ya, acechador? ¡Sal y te ahorro sufrir más!

Thomas no respondió. Apoyó la espalda contra la corteza rugosa del árbol, forzando a su brazo herido a sostenerse, y alzó el arma con la mano buena. Sabía que Vince no se acercaría; lo dejaría a merced de lo que saliera de la oscuridad. Y lo que se acercaba no era humano.

Los arbustos a su derecha se abrieron con un sonido seco. Una figura pálida y demacrada asomó entre las hojas, con ojos que brillaban con luz propia, fría y voraz. Luego otra a su izquierda. Y otra más detrás. Lo rodeaban, despacio, saboreando el momento.

—Vengan —murmuró Thomas, fijando la mirada en el primero que se atrevía a dar un paso—. Les mostraré de qué estoy hecho.

Pero eran demasiados. Y él estaba herido, solo, con el brazo izquierdo inútil y la sangre perdiéndose sin parar. El primero se abalanzó con un alarido gutural; Thomas disparó y la criatura retrocedió, aullando, pero las demás avanzaron más rápido, cerrando el cerco, tenía tres balas no podia desperdiciarlas pero se le acababan las opciones por eso apuntó al que tenia mas cerca y sopesó sus opciones; Si se quedaba y enfrentaba a los wendigos morirían, podía llevarse algunos pero tarde o temprano lo superarían y todo seria en vano, los otras humanos lo usarían como distracción y escaparían, la otra opción era enfrentarse a los otros humanos apoyándose en que los wendigos tambien los atacarían a ellos, seria una batalla a tres bando y claramente el tenia las de perder.

-Maldicion...- Thomás apreto su rifle con fuerza y vio a los wendigos acercarse lentamente y con una respiración profunda se empujo del árbol y giro sobre los talones levantando el rifle apuntando a Vince que aun en la oscuridad pudo verlo, por eso sonrio mientras levantaba su arma pero antes de poder disparar Thomás se le adelantado y presiono el gatillo, la sonrió se le borro cuando la bala rozo su muslo izquierdo.

El estallido cortó el aire antes de que Vince pudiera apretar el gatillo. La bala pasó silbando, rozándole la pierna con una quemadura repentina y aguda, y la sonrisa burlona se le desvaneció golpe, sustituida por una mueca de dolor y sorpresa. Dio un paso torpe hacia atrás, apretándose el muslo con ambas manos, y el arma se le tambaleó en el aire antes de que lograra mantenerla firme.

—¡Maldito! —rugió, con la voz quebrada por la rabia y el susto—. ¡Mi pierna!

Pero Thomas no se detuvo a celebrar. Aprovechó ese instante de confusión y salió disparado hacia adelante, entre ambos grupos, sabiendo que aquel era el único hueco que tendría. Los wendigos, confundidos por el movimiento repentino y el olor fresco de sangre nueva que emanaba de Vince, dudaron un instante, y esa fracción de segundo fue suficiente, Utilizó la culata de su rifle para golpear a Wendigo que intento morderlo..

—¡Disparen! —gritó Vince a sus compañeros, recuperándose lo suficiente para señalar con el arma temblorosa; uno aun se sostenia la pierna herida mientras el otro mantenia quieto al cervatillo—. ¡No dejen que se acerque!- el que estaba herido miro a Vince asustado y apretó sus dientes por el dolor pero aun asi tomo su rifle mientras su compañero terminaba de atar las piernas del cervatillo y habia lo mismo.

Los dos hombres dispararon al azar entre las sombras, sin apuntar bien, y las balas golpearon troncos, ramas y wendigos, pero no a él. Thomas se agachó, esquivó un arbusto y siguió avanzando, con el brazo izquierdo ardiendo y el corazón golpeándole como un martillo contra las costillas. Sabía que era una jugada desesperada, que estaba metiéndose entre el fuego y la oscuridad, pero también sabia que quedarse quieto era una sentencia de muerte segura.

El castaño se escondió detras de un árbol cubriéndose de las balas mientras tomaban una respiración profunda mirando como los wendigos a su alrededor caia bajo las balas de los hombres asustados, ya la oscuridad dominaba el bosque y se veía muy poco pero aun asi lograban darle a algunos de esos seres, los otros por su parte tomaron algo de distancia al ver a sus iguales caidos.

Thomas recargo su rifle de nuevo mientras se giraba sobre si mismo y esquivaba a Wendigo que intento atacarlo dandole una patada en su espalda mientras pasaba a su lado, haciendo que Vince disparaba haciendo donde habia caído, El joven aprovechó para moverse en dirección contraria y apuntar; intento encontrar a al líder del grupo pero el disparaba mientras se cubria con un árbol, no tenia un tiro limpio, y no podía gastar balas, solo le quedaban dos, por eso se movió un poco y apuntó a los dos hombres y se detuvo; No podía dispararles, aun que no le gustara le servían mas vivos que muertos, estaban protegiendo al cervatillo y manteniendo al margen a los wendigos, debia aprovechar eso e ir por el lider.

Su dedo acarició el gatillo, pero no apretó. No aún. Desde la sombra del roble, vio cómo Vince maldecía y se arrastraba medio agachado, la pierna izquierda arrastrándose pesada tras él, la sangre oscura empapando la tela y goteando sobre la hojarasca. Era el único que mantenía la cabeza fría entre los tres; si caía él, todo se desmoronaría.

—¡Cierren filas! —bramó Vince, con la cara desencajada por el dolor pero la voz cortante como un látigo—. ¡No dejen que se dispersen! ¡Si nos separamos, nos devoran!

Sus compañeros apenas escuchaban, temblorosos y con los ojos desorbitados apuntando a todas partes a la vez. Uno sollozaba en silencio; el otro apretaba el rifle con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos, sin saber si apuntar a las sombras que se acercaban o al hombre que los acechaba desde la oscuridad. El cervatillo, amarrado en el suelo entre ellos, soltaba quejidos débiles y asustados, y cada gemido era como un clavo en el pecho de Thomas.

Los wendigos, por su parte, habían dejado de dudar. El olor a sangre —la de Vince, la de Thomas, la de las criaturas caídas— los había vuelto más audaces. Se arrastraban ahora más cerca, con movimientos torpes pero implacables, siseando y mostrando dientes amarillentos y afilados. Ya no eran solo sombras: Thomas veía sus cuerpos demacrados, sus manos largas y huesudas, y supo que en cualquier momento la contención se rompería por completo.

Respiró hondo, contando cada latido. Dos balas. Una para Vince… y la otra, si era necesario, para algo más.

Salió de su escondite no de frente, sino por el flanco, moviéndose tan rápido que apenas hizo ruido. Disparó al aire, justo encima de las cabezas de los intrusos, y el estruendo hizo que los dos hombres se agacharan de golpe, cegados por el pánico. Ese instante fue suyo.

—¡Aquí! —gritó, con voz potente y clara, señalando hacia la derecha—. ¡Vienen por ese lado! ¡Defiendan al cervatillo si quieren salir vivos!

La confusión estalló. Los dos hombres giraron las armas hacia donde él señalaba, disparando ciegamente contra las sombras que se acercaban, olvidándose de todo lo demás. Y Vince, furioso y herido, se giró también… dejando su espalda descubierta un segundo.

Thomas no lo dudó. Salió corriendo entre la lluvia de ramas rotas y tierra levantada por las balas, directo hacia el líder. No disparó; no quería atraer a más criaturas ni dejarlo sin oportunidad de hablar. Llegó justo cuando Vince se daba la vuelta para apuntarle, y con un golpe seco de la culata le hizo soltar el arma antes de que pudiera tocar el gatillo.

El rifle cayó entre la hierba. Vince retrocedió, tropezó con sus propias piernas y cayó de espaldas, mirando hacia arriba con los ojos desorbitados, viendo a Thomas erguido sobre él, el arma apuntando directamente a su pecho.

—Ya terminó —dijo Thomas, con voz firme y temblorosa a la vez, el brazo ardiendo y la respiración entrecortada—. Llama a los tuyos. Diles que suelten al animal. Ahora.

Desde la oscuridad, los wendigos emitieron un coro de siseos, deteniéndose apenas a unos pasos del grupo, esperando solo la señal para abalanzarse sobre todos ellos. Y a lo lejos, entre los árboles, un ladrido claro y conocido cortó el aire: Ben venía.

En ese momento Thomas se distrajo y miro preocupado en la dirección del ladrido dandole la oportunidad a Vince de barrerlo con el pie haciendolo caer mientras soltaba su rifle, el rifle se le escapó de las manos y cayó lejos, entre la hojarasca, con un sonido que le pareció estruendoso. Thomas rodó por el suelo, sintiendo el golpe rasgarle la herida del brazo y el fuego recorrérselo entero, y antes de que pudiera incorporarse, Vince ya estaba encima de él: rodilla clavada en su pecho, una mano apretándole el cuello con fuerza brutal, y la otra lo golpeaba con fuerza el rostro.

—Estúpido… —escupió Vince, con la cara desencajada, los dientes apretados y los ojos inyectados en rabia y dolor—. ¿Crees que podías humillarme? ¿Crees que ganaste?

Vince abrió su mano y lanzo un arañazo al rostro de Thomas dejando las cuatro marcas sangrantes mientras el intentaba defenderse golpeando el pecho del hombre o intentando llegar a su rostro pero el era mas fuerte, y su brazo herido no le ayudaba, ignoro el dolor lo mejor que pudo y asi pudo notar la herida en el muslo de Vince, era su única oportunida.

El dolor le nublaba la vista, la sangre caliente le corría por la mejilla y la presión en el cuello le impedía respirar bien, pero Thomas aferró aquella última oportunidad como si fuera la vida misma. Con la mano sana, buscó a tientas, deslizando los dedos entre la tela rasgada y la piel empapada en sudor y sangre, hasta que sus dedos rozaron la herida abierta en el muslo de Vince.

Sin dudarlo ni un instante, hundió los dedos en la llaga.

Vince soltó un alarido desgarrador, agudo y animal, y su peso entero tembló encima de él. La mano que le apretaba el cuello se aflojó por un instante, la rodilla perdió fuerza sobre su pecho, y el hombre se echó hacia atrás, retorciéndose de dolor.

—¡MALDITO! —bramó, con los ojos desorbitados de furia—. ¡TE VOY A MATAR!

Pero aquel instante de debilidad fue todo lo que Thomas necesitaba. Lo empujó con todas sus fuerzas, haciéndolo caer de lado, y rodó por la tierra hasta ponerse de pie, tambaleándose, con la respiración entrecortada y el rostro ardiendo por los arañazos. No tenía el rifle. solo tenia su cuchillo y lo que el bosque le daba.

Miró a su alrededor: los dos compañeros de Vince permanecían inmóviles, confundidos, sin saber a quién disparar, mientras los wendigos empezaban a avanzar de nuevo, lentos y hambrientos, aprovechando que nadie los vigilaba. Y el cervatillo… seguía allí, atado, temblando en el suelo.

Vince se arrastró hasta incorporarse, cojeando, la pierna herida doblada bajo él, y recogió su propio rifle del suelo con mano temblorosa. Apuntó a Thomas, con la mano temblorosa pero el dedo ya en el gatillo.

—Debiste morir sin luchar imbecil—escupió, con voz ronca y llena de veneno—. A vas a morir devorado por esas cosas, suelta el cuchillo.

En ese momento, algo surgió de la espesura como una flecha oscura: Ben se lanzó contra la pierna buena de Vince antes de que pudiera apretar el gatillo, mordiendo con toda su fuerza, arrancándole un grito nuevo de dolor y haciendo que el arma se disparara al cielo. El estruendo retumbó entre los árboles.

—¡BEN! —gritó Thomas, y corrió hacia ellos mientras Vince intentaba patear al perro para apartarlo.

No había tiempo. No había balas. Solo quedaba la fuerza bruta y la desesperación. Thomas se abalanzó sobre Vince, apartándolo de su perro, y cayeron juntos al suelo, rodando entre la hojarasca, golpeándose, arañándose, sin importarles el dolor ni la sangre. Y mientras luchaban, vio cómo las sombras se acercaban más y más… y cómo los dos hombres jóvenes, asustados hasta lo más hondo, soltaron el rifle y se quedaron mirando, sin atreverse a intervenir, con los ojos fijos en las criaturas que ya casi estaban sobre ellos.

—¡Suéltenlo! —gritó Thomas, con la voz rota, luchando por mantener a Vince bajo él—. ¡Corran! ¡Suelten al cervatillo y corran!

Ben corrió hacia Thomas con ladrando con fuerza al mismo tiempo que Vince le daba un puñetazo en el rostro a su amigo y lo giraba para quedar sobre el, golpeándolo una y otra vez, El pastor alemán gruño molesto listo para atacar pero tuvo que saltara hacia atras evitando el tacle de un wendigo que se interpuso en el camino, en ese momento ladro con fuerzas, asustado viendo como esas cosas rodeaban lentamente a Thomas y Vince, giro su cabeza y miro hacia su espalda, al cervatillo, su nuevo amigo y vio que también lo estaban rodeando a el y a esos sujetos.

Ben se detuvo en seco, con los dientes aún descubiertos y el pecho subiendo y bajando a toda prisa. No podía llegar a Thomas: las sombras los separaban ya, formando un círculo oscuro que se cerraba paso a paso. Y cuando giró la cabeza, el miedo le heló la sangre: también alrededor del cervatillo y de los dos muchachos asustados se estrechaba el cerco. Nadie escapaba.

El ladrido que soltó no fue de amenaza ahora: fue un grito desgarrador, dividido entre el impulso de correr hacia su humano y el deber de proteger a aquel pequeño que le había confiado la mirada.

Thomas, con el sabor de la sangre en la boca y la cabeza doliéndole a cada golpe, vio la mirada del perro —indecisa, angustiada— y supo lo que tenía que hacer. Clavó la mirada en Vince, encima de él, ciego de furia, y con un esfuerzo desesperado sacó el cuchillo que llevaba oculto en el cinto. La hoja brilló un instante con la luz menguante.

—¡Ben! —gritó, con la voz rota pero tajante, señalando hacia donde estaba el cervatillo—.¡con el!

El perro dudó apenas un segundo, con las orejas hacia atrás y la cola tensa, y luego entendió. No podía salvar a todos… pero podía salvar a los que no podían defenderse. Soltó un último gemido y salió disparado hacia el otro lado, rompiendo la distancia justo cuando un wendigo se abalanzaba sobre el pequeño. Le mordió la pata con toda su fuerza, haciéndolo retroceder aullando, y se colocó entre el cervatillo y la oscuridad, de pie, temblando, pero sin moverse ni un paso atrás.

Vince soltó una risa seca y amarga, y le asestó otro golpe en el costado.- Eres un idiota... en serio vale la pena arreglar tu insignificante vida por unos estupidos animales?... crees que ellos harán lo mismo por ti?... miralos...- Vince señalo a Ben que con mucho esfuerzo intentaba proteger al ciervo.- se protegen entre ellos... nosotros no les importamos...- Volvió a golpearlo escuchando ahora los gritos de sus compañeros, ellos ya habian caido bajo la embestida de esos seres.- Lo he perdido todo... pero no importa, estoy listo para morir. en cambio tu —susurró, con los labios manchados de sangre—. perderas a ese perro, Ese maldito ciervo … y tu miserable vida.

Thomas escupió sangre al suelo y apretó el cuchillo con la mano que le quedaba libre y apuñalo la pierna de Vince.

El cuchillo se hundió con firmeza en la carne ya herida, y Vince soltó un alarido tan agudo que pareció rasgar la misma oscuridad. Su peso entero se desplomó de golpe sobre Thomas, la mano que lo golpeaba cayó inerte a su lado, y el aliento se le escapó entre jadeos rotos y maldiciones ahogadas.

—¡Maldito seas…! —siseó, con el rostro desencajado, apretando los dientes para no desmayarse—. ¡Te vas a pudrir aquí…!

Thomas lo empujó con todas sus fuerzas, haciéndolo rodar a un lado, y se incorporó tambaleante, con la mano manchada de sangre y el cuchillo aún temblando entre los dedos. Dolía todo: la cabeza, el brazo, las costillas… pero se obligó a mantenerse de pie, porque sabía que la pelea no terminaba con Vince.

Miró a su alrededor y el corazón se le encogió. Los gritos de los compañeros de Vince se habían apagado, tragados por el silencio hambriento del bosque. Las sombras se habían cerrado sobre ellos, y ahora todos aquellos ojos brillantes y feroces se volvían hacia lo que quedaba: él, Vince desplomado en el suelo, y más allá, Ben.

El perro respiraba con dificultad, el pelaje oscuro empapado en sangre y sudor, pero no se movía. Se mantenía firme, cubriendo con su propio cuerpo al cervatillo, que temblaba acurrucado contra el suelo. Cuando las criaturas dieron un paso más, Ben no retrocedió: ladró, débil pero claro, y mostró los dientes de nuevo, dispuesto a luchar hasta el último aliento.

—¡Basta! —gritó Thomas, y su voz resonó, ronca pero firme, elevándose por encima de los siseos—. ¡No se acerquen!

Dio un paso hacia el círculo, cuchillo en mano, interponiéndose entre las sombras y los dos que quedaban a su cargo. No podía vencerlos a todos. Lo sabía. Pero tampoco podía dejarlos caer.

Vince, a sus espaldas, se arrastró por la tierra, aferrándose la pierna con la cara descompuesta por el dolor, y soltó una risa seca y temblorosa.
—Mira… —susurró—. Ya no te sirven de nada. Ni ellos a ti. Morirán igual.

Thomas no le volvió la vista. No tenía tiempo para odio ni para respuestas. Sus ojos estaban fijos en las formas que se movían entre la oscuridad, buscando el hueco, el momento para abalanzarse. Y entonces, lo vio: Ben tambaleó una pata, y un wendigo aprovechó ese instante de debilidad para lanzarse hacia el cervatillo.

—¡NO!

Thomas corrió, pero sabía que no llegaba a tiempo. Sin embargo, el golpe no cayó sobre el pequeño. Ben se lanzó hacia adelante, recibiendo el impacto en su propio costado, y ambos rodaron por la tierra, el perro mordiendo y luchando a pesar de todo.

Thomas sintió como si le arrancaran algo del pecho.
—¡BEN! —gritó, y fue a lanzarse en su ayuda cuando algo nuevo sucedió: el suelo mismo pareció vibrar, y una voz que no era la suya, ni la de nadie que conociera, llenó el claro entero, profunda y antigua como las raíces más viejas del bosque.

—ALTO.- las raíces salieron del suelo atravesando el pecho, brazos o piernas de los wendigos cerca del cervatillos, mientras fuertes corrientes aire golpearon a Los que estaban cerca de Ben y Thomas, cortandolos mientras los enviaba lejos.

Thomas apretó a Ben contra su pecho y miro a la espesura del bosque donde se escuchaba los pasos y sintió su corazón detenerse; de entre los arbusto salio una Ninfa, de vestido verde oscuro con detalles que asemejaban a las hojas de un roble, su mirada era fría y emitía un brillo casi imperceptible mientras las raíces y el viento, se movia a su alrededor atacando a los wendigos, protegiendo a los tres.

Syrola camino con calma hacia el pequeño ciervo mientras el viento y las raíz se movían a su alrededor limpiando el camino, miro a su alrededor; a los wendigos que devoraban a esos bastardos y los quienes intentaban huir de sus ataques, los miro con asco y desprecio, Miro a Vince con molestia y furia mientras el viento se movia con fuerzas contra el causando corte en su cuerpo, tambien miro a Ben y a Thomas al primero con admiración y al segundo no le presto mucha atencion en vez de eso centro su atencion en el cervatillo.

Caminó hacia él a paso lento, calmado, como si el tiempo mismo se hubiera ajustado a su ritmo. Las raíces que aún sobresalían de la tierra se apartaban suavemente a su paso, y el viento, antes violento, ahora la rodeaba como un manto suave, acariciando el borde de su vestido. Se arrodilló junto al pequeño, sin prisa, sin gestos bruscos, y extendió una mano que brillaba con una luz tenue y cálida, como la savia que recorre las venas de los árboles.

—Ya pasó… —susurró, y su voz sonó como el agua que corre entre piedras antiguas—. Ya estás a salvo. Nadie te hará daño aquí.

El cervatillo, que temblaba aun de pies a cabeza, alzó la cabeza despacio, y en sus ojos grandes y asustados se reflejó la luz de ella. La magia brotó de sus dedos: recorrió sus patitas atadas, cerró las heridas que le habían causado las cuerdas, y calmó el temblor que le sacudía el cuerpo. El pequeño soltó un gemido suave, y se puso de pie de manera abrupta empujando a Syrola mientras corria hacia Ben y Thomas.

El pequeño se alzó de un salto, ágil y ligero como si el miedo se le hubiera desvanecido por completo, y empujó suavemente a Syrola con el hombro sin detenerse. Corrió directo hacia ellos, con las patitas apenas tocando la tierra, y en un instante se encontró junto a Ben y Thomas, el peligro había pasado, dos de los intrusos habian muertos y el principal responsable lo tenían bajo control, los wendigos habian huido ante el despliegue de poder de la elemental.

Frotó su hocico suavemente contra el pecho de Thomas primero, luego contra el lomo del perro, emitiendo unos gorjeos bajos y alegres, como si les diera las gracias. Ben, aunque apenas podía mantenerse de pie, movió la cola con una alegría débil pero sincera, y le lamió la frente con cariño, como diciendo: ya todo está bien, pequeño. Thomas lo rodeó con un brazo, sintiendo el calorcito del cuerpecito tembloroso contra su costado, y acarició su cabeza suavemente, con los ojos brillantes de emoción contenida.

—Estás a salvo… —susurró, con la voz quebrada—. Estás a salvo.

Syrola párpados confundida desde el suelo y miro por donde se habia ido el cervatillo, el estaba junto al humano y el cachorro, los miro en silencio sin entender al chico herido, todo lo que habia escuchando sobre los humanos lo habia visto en los invasores, pero el era diferente,  y ver al pequeño cervatillo mirando en direcciones y ellos como si los estuviera cuidando, la enternecia, por eso se puso pie manera calmada limpiando su vestido mientras miraba a Thomas por primera vez con atencion, y su corazón se estrujó, dejo lo lado sus prejuicios, todo lo que su esposo le había dicho sobre los humanos, todo lo que las reglas decian y escuchó a su  maestro, Escucho lo que intentaba enseñarle a los joven, Lo que quería que su hija aprendiera, escucho al bosque y si sobre todo vio el actuar del pequeño cervatillo, y lo que vio le partio el corazón.

se enderezó, alisando su vestido con cuidado, sin apartar la vista de él ni un instante. Lo miró de verdad ahora: no como a un enemigo, no como a un intruso, sino como a un hombre joven, con el rostro surcado de arañazos, el brazo manchado de sangre seca, y los ojos aún brillantes de ternura mientras acariciaba la cabeza del pequeño que se refugiaba en su pecho, aun con todas esas heridas seguia cuidado de su compañero.

Su corazón se estrujó con fuerza, como si algo suave y cálido se apretara contra él por dentro. Ese muchacho, con la juventud aún en el rostro pero ya marcado por el dolor… tenía la edad de su hija. La misma mirada clara, la misma terquedad noble de quien se niega a soltar lo que cree justo. Y estaba allí, solo, sin nadie que lo guiara, sin nadie que lo esperara, luchando con todo lo que tenía por quienes apenas conocía.

—Podría ser Aina —susurró, casi sin darse cuenta, y la voz se le quebró suavemente—. Podría ser ella la que estuviera sola, herida, defendiendo lo que ama…

Se le llenaron los ojos de lágrimas, no de tristeza, sino de algo más grande: comprensión. Todo lo que había creído tan firme, tan seguro, se volvía pequeño y mezquino comparado con la valentía que tenía ante sus ojos. Dio un paso más hacia él, despacio, como quien se acerca a algo frágil y precioso.

El cervatillo la miró y la encaró de golpe, con las orejas erguidas y los ojos grandes y oscuros fijos en ella, alerta y firme como si de verdad se tratara de un enemigo. Dio un paso pequeño pero decidido delante de Thomas y de Ben, bloqueando el camino entre ellos y ella, con el pecho inflado y la mirada desafiante. No olvidaba tan rápido: la había visto aparecer con raíces y vientos furiosos, Sabian lo que sus protectores les hacian a los humanos… pero ellos eran sus amigos, y él los protegeria.

Syrola se detuvo en seco, con la mano aún extendida, y una sonrisa tierna y un poco triste le curvó los labios. No se acercó más. No quiso imponerse.

—Lo sé, pequeño —susurró con suavidad, bajando la mano despacio para mostrar que no llevaba nada, que no venía a hacer daño—. Tienes razón en desconfiar. Tienes razón en cuidarlos. Ellos te protegieron cuando nadie más lo hacía… y ahora tú los proteges a ellos. Es justo.

Se quedó quieta, a distancia, con las palmas vueltas hacia él, lenta y tranquila, sin hacer ningún gesto brusco.

—No vengo a quitarte nada —continuó, con voz suave y clara—. Solo quiero… quiero devolverles un poco de todo lo que ellos han dado.

El cervatillo miró a su espalda, desorientado, buscando con la mirada la mano firme que lo sostenía, la voz que lo calmaba… pero Thomas ya no estaba de pie. Su cuerpo, agotado por el dolor, la pérdida de sangre y la tensión de horas interminables, se rindió de golpe y se desplomó suavemente sobre la hierba, con los ojos cerrados y la respiración lenta y débil.

Giró entonces hacia Ben, buscando apoyo, pero el perro solo movió la cola muy despacio, con los ojos entrecerrados y la cabeza recostada sobre el muslo de Thomas, sin fuerzas ya para levantarse. Estaba allí, presente, pero no podía ayudarlo.

El pequeño se quedó solo, de pie entre ambos, temblando ahora no de miedo, sino de incertidumbre. Dio un paso hacia Thomas, luego hacia Ben, y volvió la mirada hacia Syrola, con los ojos llenos de una confusión tierna y desamparada. No sabía qué hacer. Sus protectores habían caído, y él seguía siendo solo un crío.

Syrola sintió como si le apretaran el pecho. Se levantó despacio, sin hacer movimientos bruscos, y habló con una voz tan suave que parecía el roce de las hojas entre sí.

—Lo sé… —susurró, acercándose muy poco a poco—. Están cansados. Han dado todo lo que tenían. No les pasará nada, te lo prometo.

El cervatillo la observó, las patitas firmes pero sin saber si debía quedarse o huir. Syrola se arrodilló de nuevo, a la misma altura que él, y extendió una mano que brillaba con una luz tenue y tibia, sin acercarla demasiado, solo para que la viera.

—No te pido que confíes en mí todavía —dijo con dulzura—. Solo te pido que me dejes cuidarlos, igual que tú los has cuidado. Ellos merecen descansar. Merecen que alguien los cuide por una vez.

El pequeño miró la mano, luego el rostro sereno de ella, y después volvió la vista a Thomas, que yacía inmóvil en el suelo. Dio un paso inseguro hacia su amigo, frotó suavemente el hocico contra su mano caída, y al no recibir respuesta, soltó un quejido bajito y triste.

Finalmente, alzó la vista hacia Syrola, y en sus ojos grandes y oscuros la desconfianza seguía allí, pero ahora también había algo más: una súplica.

—¿Me dejas? —repitió ella, muy suave—. Por ellos.

El cervatillo dudó un instante eterno… y entonces bajó la cabeza despacio, asintiendo casi imperceptiblemente. No se apartó de ellos, pero tampoco se interpuso más.

Syrola suspiró, con los ojos emitiendo un brillo casi imperceptible paso la mano por la frente de Thomas, lo miro con atencion sus ideales aun se debatían en su interior, estaba rompiendo las reglas de madre Gaia, si era descubierta las consecuencia serian graves pero aun asi no le importaba, su corazón le decia que estaba haciendo lo correcto.

Una sonrisa suave y melancólica le curvó los labios al recordar aquellas palabras. Una vida por otra. Eso era lo que le había enseñado a su hija, sin imaginar que sería ella quien ahora tendría que cumplirlo. Dejó que la luz cálida y dorada fluyera libremente de sus manos: recorrió la frente de Thomas, cerró los cortes del rostro, alivió la quemadura del brazo y detuvo el rastro de sangre que lo había estado debilitando. Al mismo tiempo, con la otra mano, acarició el pelaje de Ben, y la magia descendió suavemente sobre él, cerrando las heridas del costado y devolviéndole la calma al cuerpo cansado.

—Debo suponer que fuiste tú quien mordió a mi pequeña… —repitió, mirando al perro con una ternura profunda y divertida a la vez—. Eres muy especial, ¿sabes? No dejó que le curara las marcas que le dejaste… creo que quiere conservarlas como recuerdo de su encuentro.

La cola de Ben se movió con un poco más de fuerza al escuchar su voz, y abrió los ojos lentamente, brillantes y agradecidos, aunque aún le pesaba el sueño de la recuperación.

Syrola acarició suavemente la cabeza del perro, luego la del cervatillo, y por último posó una mano ligera sobre el pecho de Thomas, sintiendo cómo su respiración se volvía más profunda y tranquila, cómo el color regresaba poco a poco a sus mejillas.

—Que nadie se entere —susurró al bosque, casi para sí misma—. Que esto quede entre nosotros. Las reglas dicen que debo alejarlo… pero el corazón dice que debo cuidarlo. Y hoy el corazón ha sabido ver más claro.

Se sentó en la tierra junto a ellos, dispuesta a esperar, a vigilar, a protegerlos mientras descansaban. El cervatillo, ahora tranquilo, se acurrucó entre Ben y Thomas, y el perro apoyó la cabeza sobre el pequeño, ambos durmiendo al fin en paz, bajo la mirada protectora de la ninfa que había aprendido a ver más allá de lo que le habían enseñado.

—Lord Varis tendrá razón —murmuró con una sonrisa suave—. El mundo es más grande de lo que creemos. Y hay bondad donde menos la esperamos...- Syrola se mantuvo en silencio por unos segundos antes de que su rostro tomara una expresión mas seria y fria.

El aire pareció enfriarse de golpe. La dulzura se desvaneció de su rostro, sustituida por una seriedad gélida y firme. Sin girarse del todo, preguntó con voz baja y tajante:

—¿Terminaron?

Desde las sombras emergieron Eryn y Elwing, ambos con la ropa manchada, las manos teñidas de rojo oscuro que ya se secaba. No había rastro de Vince. Eryn asintió despacio, con la mirada fija en el suelo, y dejó caer a sus pies los harapos ensangrentados que llevaba en las manos. Elwing, en silencio absoluto, depositó tres mochilas sobre la hierba: las pertenencias de los hombres que habían venido a destruir.

Syrola los miró de reojo, sin moverse del sitio donde seguía velando el sueño de Thomas, Ben y el pequeño. No había triunfo en su rostro, ni alivio: solo la pesadez de quien ha tenido que hacer lo que nadie desea.

—Se llevaron lo que merecían —dijo Eryn, con voz contenida—. El bosque se encargó del resto. No quedará rastro que manche la tierra.

Elwing bajó la vista hacia los tres que descansaban bajo la mano de Syrola, y luego hacia la mochila más cercana, donde asomaba el borde de un cuchillo y la culata de un arma.

—¿Y ellos? —preguntó apenas, en un susurro—. ¿Los dejamos?.- contuvo la respiración mirando al chico y al cachorro, no quería matarlos, no se lo merecian.

Syrola apartó la mirada de las mochilas y la volvió hacia ellos, firme y clara.

—Ellos no vinieron a tomar —respondió con calma pero sin vacilación—. Vinieron a dar. Y el bosque no paga bondad con abandono.

Eryn la observó un instante, comprendiendo sin necesidad de más palabras. Asintió de nuevo, más suavemente esta vez.

—¿Qué haremos con lo que trajeron? —señaló las mochilas con un gesto de desprecio—. ¿Lo destruimos?

Syrola miró las armas, la comida, todo aquello que representaba un mundo distante y peligroso. Luego miró a Thomas, tranquilo al fin, y al cervatillo que dormía acurrucado contra él.

—No —dijo despacio—. Dejenlo cerca de el... puede que esas no nos sirvan, pero estoy segura que a el si.- Elwing asintio y se hizo un silencio profundo, roto solo por la respiración de los que dormían. ambos miró a la ninfa con respeto, y también con una chispa de comprensión: algo había cambiado en ella. Algo que no volvería a ser igual.

—Es el momento de volver… —susurró Syrola, pasando la mano con infinita suavidad por la cabeza del pequeño—. Eh… pequeño, vamos… tu madre te espera.

El cervatillo se levantó despacio, aún somnoliento y desorientado. Sacudió las patitas para quitarse la tierra de encima, parpadeó varias veces ante la luz que empezaba a dorar las copas de los árboles, y enseguida volvió la mirada hacia Thomas y Ben, que seguían profundamente dormidos. Dio un pasito inseguro hacia ellos, deteniéndose justo al lado de la mano de Thomas, y empujó suavemente la palma con el hocico, como queriendo despertarlo, como queriendo que viniera con él.

Syrola sonrió con una mezcla de dulzura y melancolía, y se acercó para acompañarlo, sin apresurarlo.

—Lo sé —le dijo bajito—. Quieres que vengan contigo. Pero ellos necesitan descansar, recuperarse… y tú también necesitas volver a casa. Tu madre te ha buscado sin descanso. Ha estado herida, preocupada… y ahora que sabe que estás bien, te espera con el corazón lleno de alegría.

El pequeño la miró, luego volvió la vista a Ben, que movió la cola apenas en sueños, y finalmente a Thomas, con una mirada tierna y agradecida. Se inclinó una última vez, frotando suavemente el hocico contra la mejilla del joven, despacio, como si le dejara un beso de despedida y de gratitud.

—Volverán a verse —Mintio Syrola, con voz firme pero suave, intento sonar convincente. —. El bosque no olvida a quienes lo cuidan. Y ellos han demostrado que son amigos.- Miro a su compañera y asintió.- Vamos si alguien pregunta tu y Eryn fueron quienes realizaron el rescate, nadie puede saber que ocurrió aqui...- ambos asintieron en silencio y Eryn miro a Thomas por unos segundos aun en la oscuridad podia verlo claramente, el era diferente, ahora entendía un poco el interés de su maestro, la ninfa suspiro y miro al cielo la luna estaba en su punto mas alto buscando guía.

El cervatillo alzó las orejas, y en ese instante un gemido suave y lejano llegó desde entre los árboles. Reconoció ese sonido al instante: era ella. Alzó la cabeza, con los ojos brillantes de emoción, y soltó un gorjeo claro y alegre en respuesta.

Miró a Syrola, y esta vez no dudó. Dio un paso hacia ella, luego otro, y juntos empezaron a caminar despacio, alejándose del claro. Pero antes de perderse entre la espesura, el pequeño se detuvo y miró atrás una ultima vez: Thomas seguía durmiendo, tranquilo y a salvo, y Ben a su lado.

Solo entonces, con el último adiós guardado en la mirada, giró y se fue tras la voz de su madre, corriendo ligero entre las sombras, sin saber que la promesa que acababa de escuchar llevaba un pequeño y doloroso secreto.

Syrola lo siguió con la vista hasta que su silueta desapareció por completo entre los troncos, y solo entonces dejó caer los hombros, como si le hubieran quitado un peso inmenso de encima. Sus ojos se humedecieron, no de tristeza solamente, sino de la certeza amarga de haber tenido que mentir para proteger lo que aún no entendía bien.

—Volverán a verse —repitió muy bajito, solo para sí misma, como intentando convencerse—. Algún día… quizás.

Eryn se acercó a su lado, con la expresión seria pero sin reproche alguno en la mirada.
—Entendido —dijo en voz baja—. Nosotras rescatamos al cervatillo. Nosotras detuvimos a los intrusos. Aquí no pasó nada más.

—Exacto —asintió Syrola, enderezándose y recuperando la firmeza—. Lo que duerma o despierte, lo que recuerde o crea recordar… será cosa suya. No lo mezclen con nuestras vidas. No lo busquen, no lo mencionen ante nadie. Que pueda irse tranquilo cuando despierte.

Elwing asintió, y ambos se dispusieron a seguirla, pero Eryn se detuvo un instante más, mirando hacia el claro donde Thomas yacía inmóvil bajo la luz de la luna.

—Es diferente.

Continuara....

Disculpen y hay errores tuve muchos problemas para subir el capitulo debido a lo extenso.

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