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Una realidad, un sueño.

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Pensamiento

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mirasol43

El cuaderno con las esquinas dobladas y las manchas de agua lo vi clarito, pe. Se nota que ese cuaderno ya aguantó harto.

El cuaderno con las esquinas dobladas y las manchas de agua lo vi clarito, pe. Se nota que ese cuaderno ya aguantó harto.

Contenido de la publicación

Quiero salir de aquí. Ir a otra realidad por un segundo y verme cumpliendo esos sueños que tanto anhelo. Correr por los aeropuertos, esperando mi vuelo. Ahogarme en un lago mientras veo mi oxígeno convirtiéndose en unas burbujas. Estar en ese cumpleaños que tanto deseo mientras canto aquella melodía que me hace recordar mi vida. Mi familia abrazándome, feliz de saber que pude cumplir mis metas. Mi madre descansando en su cama, siendo su último pensamiento el vernos felices sin problemas económicos. Quiero salir de aquí. Quiero escapar, mejorar y dejar de soñar. Dicen que soñar no cuesta nada, pero para mí hasta el soñar cuesta. Me cuesta imaginar ese futuro tan imposible. Nada es imposible. Quiero hacerles saber a todos que esa pequeña niña soñadora y escritora de libros pequeños logró ser alguien tan grande en un mundo tan pequeño. Quiero correr sin escuchar voces que me griten que antes tengo que pagar. Anhelo desayunar junto a mi familia sin que mencionen las deudas pendientes.

A veces despierto con la sensación de que ya debería estar haciendo algo, como si el mundo esperara de mí una solución que todavía no puedo darle. Miro mis manos y me parecen demasiado pequeñas para sostener tantas preocupaciones. Soy menor de edad. No puedo firmar contratos, no puedo conseguir un trabajo estable, no puedo tomar decisiones que cambien la vida de mi familia. Puedo escribir, imaginar, aprender y prometerme que algún día lo lograré, pero ninguna de esas cosas llena el plato de comida que queda vacío sobre la mesa. Quisiera ayudar. Quisiera salir a buscar cualquier empleo, cargar cajas, limpiar casas, vender mis libros pequeños en una esquina o hacer algo que demostrara que no estoy cruzada de brazos, pero la edad se convierte en una puerta cerrada.

Cada vez que intento acercarme a una oportunidad, alguien me recuerda que todavía soy una niña, como si serlo hiciera menos real el hambre que siento o las deudas que escucho mencionar en voz baja. Entonces me quedo aquí, sentada con mis ideas amontonadas en la cabeza, sintiendo que tengo un talento que nadie puede ver. Quiero gritarle al mundo que puedo hacerlo. Que tengo historias guardadas, melodías que me atraviesan, palabras capaces de convertir una vida triste en algo hermoso. Quiero decirles que no soy solamente una niña que sueña despierta, que dentro de mí existe algo que todavía no he podido demostrar. Quiero que alguien me dé una oportunidad antes de que la necesidad termine apagando todo lo que llevo dentro, pero hasta que ese día llegue, tengo que soportar el hambre.

El estómago se me retuerce mientras finjo que no pasa nada. Digo que no tengo apetito para que mi familia pueda comer un poco más, aunque todos sabemos que casi no hay nada que repartir. A veces mi madre se lleva la mano al abdomen y trata de sonreír. Otras veces se acuesta temprano, no porque tenga sueño, sino porque dormir es la única manera de no pensar en la comida. Lo peor es vernos tomando agua para engañar al hambre. El vaso pasa de una mano a otra y cada trago parece una mentira que repetimos para sobrevivir. Tomamos agua y esperamos que el cuerpo se convenza de que está lleno. Tomamos agua mientras imaginamos un desayuno verdadero, uno en el que nadie tenga que preguntar cuánto queda, cuánto debemos o qué haremos mañana. Observo a mi familia y siento una impotencia que me quema por dentro. Los amo tanto que quisiera arrancarme los sueños del pecho y convertirlos en dinero. Quisiera que mis palabras pagaran las cuentas, que mis canciones compraran comida, que mis historias pudieran darle descanso a mi madre, pero por ahora solo puedo escribir sobre la desesperación, guardar cada lágrima entre las páginas y seguir esperando el momento en que el mundo finalmente escuche mi voz.

 

 

Por las noches me imagino encontrando un cuaderno debajo de la almohada. Las hojas están dobladas en las esquinas y algunas tienen manchas de agua, porque más de una vez he escrito mientras lloraba. Lo abro con cuidado, como si dentro guardara algo frágil. Tal vez lo único que todavía puedo proteger es esa pequeña parte de mí que se niega a rendirse.

En la primera página hay una historia sobre una niña que vivía en una casa demasiado pequeña para todos sus sueños. La niña quiere viajar, conocer aeropuertos, correr con una maleta en la mano y subir a un avión sin mirar atrás. Quiere nadar en un lago de Italia, hundirse hasta que el mundo se vuelva silencioso y ver cómo el oxígeno escapa de sus pulmones convertido en burbujas. Quiere volver a la superficie antes de quedarse sin aire, porque incluso en sus fantasías sabe que todavía le falta mucho por vivir. Leo unas líneas y me pregunto si esa niña soy yo.

Suena más valiente. Ella no tiene miedo de imaginar. Ella cree que algún día estará en el cumpleaños que, en el pasado, no se pudo hacer realidad, en aquel cumpleaños que tanto desea, cantando aquella melodía que le recuerda quién es, mientras su familia la abraza y celebra que finalmente pudo cumplir sus metas. En su historia, su madre descansa en una habitación limpia con una cama grande y limpia, sin preocuparse por las deudas, y su último pensamiento no está lleno de cuentas pendientes, sino de felicidad.

Cierro los ojos.

Por un segundo, casi puedo verlo. Después, en medio de la madrugada, me logré ver despertando gracias a que escuché un ruido en la cocina y la realidad regresó. Mi madre se levanta y lo primero que hace es ir a la cocina en busca de huevos para cocerlos, aunque sabe que no encontrará nada. Tal vez lo hace por costumbre. Tal vez necesita comprobar que el hambre no se llevó también la esperanza. Desde mi cuarto escucho cómo mueve algunos platos y cómo mi hermano pregunta si queda algo para almorzar por la tarde. Nadie responde de inmediato.

Aprieto el cuaderno y consigo apretar ese maldito coraje.

Quiero levantarme y decirles que yo me encargaré de todo. Que mañana encontraré un trabajo, aunque sea vendiéndome, limpiando casas o vendiendo mis libros pequeños en una esquina. Quiero prometer que conseguiré dinero, que compraré comida y que pagaré cada deuda hasta que nadie vuelva a mencionarla en voz baja, pero la promesa se queda atrapada en mi garganta. Soy menor de edad. Mis manos pueden escribir páginas enteras, pero no pueden firmar un contrato. Pueden crear mundos, aunque todavía no logran cambiar el mundo en el que vivimos.

Entonces escribo. Escribo sobre una familia que toma agua para engañar al estómago. Escribo sobre una madre que sonríe mientras se lleva la mano al abdomen. Escribo sobre una niña que se siente inútil porque sus sueños no bastan para llenar un plato vacío. Escribo hasta que las palabras dejan de parecer pensamientos y comienzan a convertirse en algo que puedo sostener. Quizás nadie lea esta historia. Quizás nunca llegue la oportunidad que tanto espero, pero mientras la última página siga en blanco, todavía existe una posibilidad. Y por ahora, eso tendrá que bastarme.

Thoughts

  • nachin5

    Lo de los huevos, uf.

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  • Maximina

    El vaso que pasa de mano en mano en esa mesa, verá ve. Ahí se ve que en esa casa se reparten hasta lo que no hay, y eso también es familia.

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  • mirasol43

    El cuaderno con las esquinas dobladas y las manchas de agua lo vi clarito, pe. Se nota que ese cuaderno ya aguantó harto.

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  • Ovid

    Bienvenida a Seavien, y gracias por subir esto como primer texto. La niña que escribía libros pequeños sigue escribiendo, y a mí me parece lo más firme de todo lo que contaste: la página en blanco del final queda abierta. Aquí hay grupos de escritura donde ese cuaderno va a encontrar lectores, cuando quieras compartir más.

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