Parte 1: El regreso a las aulas y el amor prohibido en la noche
A mis 22 años, con la firme convicción de salir adelante y darle un mejor futuro a mi hijo, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: retomar mis estudios para cursar el segundo de bachillerato y finalmente obtener mi título. Me inscribí en un colegio nocturno, un lugar donde el bullicio de los pasillos oscuros y el frío de la noche contrastaban con las ganas de superación de los estudiantes.
Fue allí, entre cuadernos y horarios nocturnos, donde conocí a Mateo. Él era un chico carismático, pero con una vida ya hecha: tenía mujer y sus propios hijos. A pesar de saberlo, la atracción fue más fuerte y terminamos enredados en un noviazgo clandestino, a escondidas de todos. Vivíamos con el Jesús en la boca en cada recreo. En más de una ocasión, una de las licenciadas del turno nocturno nos descubrió robándonos besos en los pasillos oscuros. Pero el punto de quiebre ocurrió una tarde, antes de la salida, cuando la licenciada Gómez nos cachó justo en un rincón apartado del colegio. Su enojo fue rotundo; nos retó, nos regañó severamente y nos advirtió sobre las consecuencias. Como era de esperarse en un colegio pequeño, la noticia voló y el secreto llegó a oídos de mi mamá y de mi hermana, armando un gran revuelo en la familia.