Última vez
Un hombre aguarda a que muy pronto su amante apague y prenda tres veces consecutivas la luz del balcón como señal convenida para el derroche de placer en ausencia del esposo.
Pero el tiempo pasa y la señal no se da en el lapso previsto.
“Esperar es un arte”, dice, cuando su perseverancia toca el límite de la paciencia, ese punto sutil que doblega a los débiles. Él es fuerte. A pesar de la frustración, se aferra a la fugacidad de los recortes de sombras que juegan en la sala: algunas se acercan al interruptor eléctrico y otras forman naufragios de globos en el cortinaje del ventanal que da a la calle, donde bien pudiera estar la mujer escondida observándolo empequeñecerse.
“Quizá ella quiera recrearse en mi ansiedad, avivar el erotismo de su perfidia, encrucijarme”, piensa.
Pero, el tiempo sigue pasando, la gente y la esperanza.
De repente, una mano deja en tinieblas la habitación.
¿Sería la misma que acariciará lo que él anhela?
Crece la angustia de nuestro hombre abriéndose paso entre ensoñaciones y razonamientos de resignación, mientras el frío de la oscuridad se le mete en el alma.
Confundido y tosigoso, la ansiedad de su mirada mide el dolor desde una esquina a la otra y a las siguientes que lo traen al punto inicial de su desamparo. Paso a paso le da lentamente una vuelta a la primera manzana. Paso a paso le da dos vueltas a la segunda manzana. ¡Y se las come, sin saborearlas siquiera!
Entonces decide caminar hacia cualquier lugar de la noche, en la noche, solo, desolado.
La luna que lo mira sabe que el pobre enamorado nunca más esperará que una luz se apague y se encienda ante sus ojos desesperados.