—Me estoy poniendo viejo —le digo a mi amigo, mientras revuelvo entre las tantas cosas que tengo guardadas.
Había venido a pedirme unas bolsitas.
—Por aquí tenía, esperá que ya voy a encontrar… Estoy como los viejos, ¿has visto? Guardando porquerías.
Él se quedó mirando lo que yo hacía y me dijo, así nomás, como quien habla del tiempo:
—No es guardar porquerías. Para mí no es que uno se pone viejo. Es que, capaz, con los años va entendiendo el valor de lo que tiene.
Encontré las bolsitas, se las di, me agradeció y se fue. Pero eso que dijo quedó dando vueltas. Hay palabras que uno escucha mientras anda haciendo otra cosa y recién después, cuando se queda solo, le empiezan a sonar por dentro.
Esa tarde me pasó eso.
Me quedé pensando en cuántas cosas habré tirado porque era más fácil tirarlas que buscarles un lugar. Porque guardar también lleva su trabajo. Hay que limpiar, acomodar, juntar una cosa con otra, cuidar que no se estropee. Hay que prestarles un poco de atención.
Miré lo que había quedado sobre la mesa. Un montón de cosas que, hacía un rato, para mí eran porquerías. Y sin embargo mi amigo había venido porque necesitaba algo de todo eso.
No sé cómo habrá sido que, pensando en esas cosas, me acordé de mi mamá.
Yo tengo a mi madre viva. Y sabe Dios cuánto la quiero. Pero sabe también las veces que hemos discutido. Pensamos distinto en tantas cosas que, a veces, basta que uno abra la boca para que el otro ya esté por contestar.
Y yo he sido porfiado con ella. Para qué voy a hacerme el que no. Hasta he cambiado lo que venía diciendo con tal de llevarle la contra. Ella empezaba a hablar y yo ya estaba buscando por dónde demostrarle que se equivocaba.
—No es así, mamá. Vos no entendés.
Cuántas veces le habré dicho eso.
Esa tarde me pregunté si yo la entendía a ella.
Si alguna vez me había detenido a pensar de dónde venía esa manera suya de ser. Qué cosas le habían pasado. Qué había tenido que aguantar. Qué miedo habría detrás de algunas de sus recomendaciones, esas que a mí me cansaban porque las había escuchado mil veces.
Yo conocía sus costumbres, sus enojos, hasta podía adivinar lo que iba a decirme. Pero ¿cuánto sabía de ella?
De ella antes de mí. Antes de tener que estar pendiente de si yo había comido, de si me faltaba algo, de si había vuelto.
¿Alguna vez le pregunté qué le gustaba hacer de chica? ¿Qué quería ser cuando fuera grande? ¿Si había algún lugar que siempre hubiera querido conocer?
¿Le pregunté si quería ser madre o si, en aquellos años, ni siquiera se le ocurrió que podía elegir otra cosa?
¿Qué sueños tenía? ¿Cuáles dejó para después? ¿Y cuántas veces habrá dicho «más adelante», hasta que se le fueron pasando los años?
¿Quién la consolaba cuando tenía miedo? ¿Con quién hablaba de esas cosas que a los hijos no se nos cuentan para no preocuparnos? ¿Cuántas veces la habré visto callada y habré supuesto que estaba enojada, sin acercarme a preguntar qué le pasaba?
¿Todavía tendrá ganas de hacer algo que yo ni sé?
Me fui haciendo esas preguntas y me dio tristeza darme cuenta de que no conocía las respuestas.
Porque yo estuve. Siempre estuve cerca. Compartimos la mesa, los problemas, los días buenos y los otros. Pero esa confianza de creer que uno ya conoce al otro también lo vuelve medio descuidado.
A veces ella me estaba contando algo y yo la interrumpía porque ya sabía la historia. Ahora pienso: capaz que ella también sabía que ya me la había contado. Capaz que le gustaba volver ahí un ratito, a ese recuerdo, y quería que yo la acompañara.
¿Cuántas veces la habré dejado con la palabra en la boca?
Y los abrazos…
Yo la busqué tantas veces cuando necesitaba que me sostuviera. Pero ¿cuántas veces la habré abrazado para que descansara ella? Sin apuro, sin pedirle nada. Un abrazo de esos en los que uno puede aflojar un poquito porque hay alguien que lo está sujetando.
¿La felicité por sus cosas? ¿Me alegré con ella por algo que a mí me parecía chico, pero que a ella le había costado? ¿Alguna vez le dije «sentate, mamá, ya hago yo», antes de que tuviera que pedírmelo?
¿O me pasé la vida esperando que fuera la madre que yo quería, sin darle mucho lugar a la mujer que era?
Eso me quedó doliendo.
Y me dieron ganas de verla.
No para explicarle todo esto de golpe. Me conozco: capaz que hasta para pedirle perdón terminaba hablando yo más de la cuenta. Quería ir, sentarme cerca y preguntarle cómo estaba. Pero preguntárselo bien. Con tiempo para escuchar lo que viniera después del «bien, hijo».
No se me iba a ir lo porfiado en una tarde, ni íbamos a ponernos de acuerdo en todo. Pero podía empezar por escucharla sin estar preparando la respuesta. Podía dejar de corregirle cada recuerdo, cada opinión, cada manera de hacer las cosas.
Había pasado tantos años a su lado. Quería conocerla un poco más.
Ahora que escribo esto pienso otra vez que debo estar poniéndome viejo. Mirá vos, venir a emocionarme por una conversación sobre unas bolsitas.
Pero me acuerdo de mi amigo, de cómo me lo dijo mientras yo seguía buscando:
—Capaz que con los años uno va entendiendo el valor de lo que tiene.
Y yo la tengo a ella.
Todavía puedo llegar y escuchar que me dice «¿has comido?», aunque yo ya esté grande. Todavía puedo preguntarle por aquella chica que fue, por lo que le gustaba, por lo que le hubiera gustado. Todavía puedo quedarme un rato más cuando me levanto para irme.
Tantas veces le pedí que me entendiera.
Hoy quisiera sentarme a su lado, tomarle la mano y decirle:
—Contame de vos, mamá.
Y quedarme a escuchar.
Que sepa, mientras puedo decírselo, que estoy contento de ser su hijo. Que entre tantas discusiones nunca fue eso lo que estuvo en duda.
Y que alguna vez, al mirarme ahí sentado, cerquita suyo, sienta la misma tranquilidad que tantas veces me dio a mí: la de saber que tiene con quién contar.