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AGUA BENDITA.

RaMarSa

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La mañana en el pueblo de San Genaro siguió su curso bajo un frío polar que no solo calaba en los huesos, sino que parecía congelar los pensamientos. El bramido lejano de los motores anunció la partida de las Unidades Forenses, dejando tras de sí el eco metálico del portón del taller al cerrarse. Los murmullos de los curiosos se fueron extinguiendo a medida que las calles se vaciaban, devolviendo la zona a una soledad opresiva. Solo el felino negro permaneció allí, agazapado frente a la persiana clausurada, observando la nada con una fijeza sobrenatural.

​En la finca, el ambiente no era más liviano. Rodrigo intentaba aplacar la tensión acumulada refugiándose en el sol débil de la mañana, recostado en un sillón de lona mientras sostenía un vaso de jugo. A metros de él, Malevo descansaba sobre la tierra; no dormía: sus pupilas se adivinaban inquietas tras los párpados y sus orejas giraban como antenas ante la vibración más imperceptible.

​El sonido ruidoso del 3CV irrumpió en la entrada. Analía se apresuró a destrabar el portón de alambre justo a tiempo para ver el auto cruzar la entrada. Antes de que terminara de frenar, la cabeza de Esperanza emergió por la ventanilla con el semblante desencajado:

​—No lo tranqués... Cecilia y Gabriel vienen pisándonos los talones.

​Al descender, la pesadez en el aire era tan densa que se podía cortar. Analía, buscando un atisbo de normalidad, se dirigió a Antonio:

​—Disculpe el atrevimiento, Antonio... Corté unas naranjas del del árbol y preparé una jarra de jugo.

​—Le agradezco. La verdad es que un trago me vendría de diez —admitió él, ocultando tras una voz pausada la turbación que le había dejado el hallazgo del anillo.

​—Ya mismo se lo sirvo.

​Pero cuando Analía hizo el ademán de girarse, la mano de Esperanza la interceptó en el aire, sujetándola de la muñeca con una fuerza nacida de la angustia.

​—No hay tiempo para eso —la interrumpió Esperanza, mirándola directo a los ojos con la voz cortada—. Hay cosas terribles que debes saber que ocurrieron anoche.

Dos bocinazos secos irrumpieron de pronto, desarticulando la tirantez del ambiente. Tanto Esperanza como Analía giraron el rostro hacia el portón con un sobresalto que acabó en una risa ahogada al reconocer la trompa del Falcon avanzando por el patio.

​—Adentro, rápido —ordenó Antonio en tono bajo.

​Los cinco cruzaron el umbral y el sacerdote cerró con seguro la puerta tras de sí.

​—Dénme cinco minutos —pidió, mientras Analía comenzaba a distribuir los vasos de jugo con manos temblorosas.

​El cura se retiró un momento a la pieza y reapareció cargando un bidón de plástico opaco.

​—¿Eso es... agua bendita? —indagó Cecilia, sigilosa.

​—Así es, doña Cecilia.

​Con movimientos metódicos, Antonio tomó un frasco de vidrio grueso, desroscó la tapa y lo llenó hasta las tres cuartas partes.

​—Don Gabriel, acérquese —indicó el cura—. Necesito su ayuda. En cuanto le dé la señal, selle el frasco con toda la fuerza que tenga y devuélvamelo.

​—Entendido —asintió Gabriel, posicionándose junto a él.

​Antonio rodeó el cristal con ambas palmas. Inclinó la cabeza y comenzó a musitar un rezo en un arameo cerrado, un murmullo cavernoso que erizó la piel de los presentes. Le pasó el frasco a Gabriel, quien quedó firme sosteniendo el envase con la izquierda y la tapa metálica con la derecha, sin perderse un solo ademán del sacerdote.

​El cura hundió los dedos en el bolsillo y extrajo un pañuelo de tela arrugado. Al desplegarlo sobre la mesa de madera, quedó al descubierto el cilindro plástico que había tenido sometido a Rodrigo.

​—¿Qué... qué es esa porquería? —susurró Analía, retrocediendo un paso.

​Antonio no respondió; continuó su plegaria interna mientras se impregnaba las yemas de los dedos con el agua del bidón. Con extrema precaución, tomó el juguete e intercambió una mirada fija con Gabriel. El hombre asintió en silencio. Antonio dejó caer el objeto en el líquido santificado e, instantáneamente, Gabriel enroscó la tapa en un movimiento seco y perfecto.

​El sacerdote tomó el frasco sellado, agitándolo con vehemencia mientras sus oraciones subían de tono. Al posarlo en el centro de la mesa, el vidrio pareció vibrar: desde las entrañas del plástico emergió una voluta de humo negro y espeso que comenzó a enturbiar el agua, acompañada por un chirrido agudo, semejante al lamento ahogado de una criatura atrapada.

​—Eso es la entidad que mantenía cautivo a Rodrigo —sentenció el cura con la voz agitada.

​—¿Y no habría sido más seguro prenderle fuego? —interrogó Gabriel, observando la marea oscura agitarse tras el cristal.

​—El fuego solo destruye la cubierta —explicó Antonio sin quitarle la vista de encima—. Si el recipiente se rompe, la sombra busca un nuevo cuerpo donde anidar. El agua consagrada es lo único que la mantendrá encadenada.

​El alarido sordo atrapado bajo el vidrio terminó de extinguirse, dejando un zumbido agudo en los oídos de todos. El líquido transparente había quedado teñido de un tinte violáceo y ceniciento, donde la bruma negra se arremolinaba despacio, buscando en vano un poro por donde escapar.

​El impacto en la habitación fue demoledor.

​Analía soltó un jadeo ahogado y se aferró al borde de la mesa, con la cara despojada de todo color. Miró a Antonio como si el sacerdote mismo acabara de transformarse en un desconocido temible.

​—Dígame que eso no puede salir de ahí... —suplicó en un hilo de voz—. Por lo que más quiera, Antonio, dígame que esa porquería no va a saltar.

​—Está sellado, hija —respondió Antonio, aunque su propia frente brillaba por una gota de sudor frío—. Mientras el cristal no se quiebre, no tiene fuerza.

​Doña Cecilia se acurrucó contra su esposo, apretando entre los dedos el rosario que llevaba en el bolsillo.

​—Esto supera cualquier cosa que hayamos visto en San Genaro —susurró la mujer, con los labios trémulos—. Dios nos ampare...

​Gabriel examinó el frasco de cerca, inclinando la cabeza. El misterio comenzaba a tomar la forma de una conspiración mucho más oscura de la que imaginaban.

​—Alguien sembró este veneno en la casa —sentenció Gabriel, clavando la vista en el cura—. Quien le entregó esto a Rodrigo no quería asustar a la familia... quería destruirla desde adentro.

​Esperanza cruzó la habitación a pasos lentos. Miró la bruma atrapada y luego encaró al grupo. La conmoción por la muerte de los ancianos y el sargento parecía haber encontrado su explicación más aterradora en ese recipiente.

​—Antonio tiene razón —dijo Esperanza, y el frío en su voz hizo estremecer a todos—. La grabación no mentía. La cacería ya empezó, y esto que está acá adentro... solo era el primer peón.

​La palabra «cacería» quedó flotando en el aire como una amenaza física. Analía, ajena a la marea de tragedias que había sacudido al pueblo en las últimas horas, dio un paso al frente clavando los ojos en Esperanza:

​—¿De qué cacería hablás? ¿Qué fue lo que pasó?

​Esperanza abrió la boca para explicarlo, pero Antonio intervino antes de que soltara una palabra. Apoyó dos dedos con firmeza sobre la muñeca de la mujer y le negó con la mirada, asumiendo la responsabilidad del golpe.

​—Escuchame con atención, Analía —comenzó el sacerdote, midiendo cada palabra como si llevara un peso insoportable—. Lo que voy a decirte es terrible, pero no podemos seguir ocultándolo. Anoche hallaron el cuerpo del sargento López en la comisaría. Y hace apenas un par de horas... la hija de Blanca y Jorge los encontró a los dos sin vida dentro de su casa.

​Un escalofrío recorrió la espalda de Analía; el aire de la cocina pareció enrarecerse de golpe.

​—Y lo más oscuro de todo esto —prosiguió Antonio, fijando la vista en el frasco teñido sobre la mesa— es que me temo que llegamos con el tiempo justo para evitar que Rodrigo fuera otra víctima de esta lista. En cuanto a quién le entregó este cilindro... tengo una sospecha clara, pero necesito que tu hijo me lo confirme cara a cara.

El impacto de las palabras de Antonio cayó sobre el comedor como un golpe seco. Analía retrocedió hasta que la espalda le chocó contra la pared. Se tapó la boca con ambas manos para ahogar un grito de espanto, mientras las lágrimas pugnaban por salir.

​—Blanca... Jorge... —articuló a duras penas, en un hilo de voz inaudible—. Dios mío, ¿qué clase de monstruo está haciendo esto?

​Esperanza bajó la cabeza, apretándose las manos con angustia. Sabía perfectamente que las muertes no eran casualidad; cada una encajaba como una pieza macabra en el rompecabezas que acababan de descubrir.

​De pronto, Analía reaccionó. Un destello de furia y pánico infantil le encendió los ojos. Avanzó dos pasos hacia Antonio y lo agarro de la solapa con desesperación.

​—¡¿Quién fue, Antonio?! —exigió fuera de sí, sacudiéndolo apenas—. ¡Dígame quién le dió esa maldición a mi hijo! ¡Dígame quién intentó matarlo!

​Gabriel intervino de inmediato, poniendo una mano firme sobre el hombro de Analía para calmarla, pero sus ojos clavados en el sacerdote transmitían la misma exigencia mortal.

​—Antonio —habló Gabriel, con una voz rasposa que sonó como un aviso de tormenta—. Si usted sabe quién le entregó el cilindro a Rodrigo, hable ahora. Ya hay tres cajones en camino al cementerio. No estamos para guardar secretos ni proteger a nadie.

​El cura liberó con delicadeza la tela de su vestidura de los dedos de Analía. Inhaló profundo, sintiendo el peso desgarrador de la confesión que se avecinaba.

​—Nunca dije que yo sabía, Gabriel —repuso Antonio, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Dije creer saber quién fue. Pero necesito que sea Rodrigo quien me diga si esa persona se lo dio en sus propias manos.

De lo contrario solo estaría inventando sospechosos.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    Órale con Antonio, que cree saber quién fue pero no lo suelta hasta oírlo de boca de Rodrigo. Yo digo que está cuidando a alguien de su propia iglesia, más que pura prudencia de cura.

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