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El bien y el mal: ¿inventos humanos o algo más? Pregunta Sin responder

Cristofher

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Capítulo 7

El bien y el mal.

 

Creo que, de todo el ensayo, este ha sido el capítulo que se me ha hecho más difícil redactar.

Tengo muchas ideas flotando en mi mente, pero no sabía cómo plasmarlas de manera que se sintieran claras y honestas. No es que no tuviera nada que decir. Es que tenía demasiado. Y cada vez que intentaba ordenarlas, aparecía una nueva pregunta que desordenaba todo de nuevo.

Pero en mis infinitas charlas con esa persona que no tiene nombre —que no es más que mi propia conciencia cuestionándose cada aspecto posible y devolviéndome cada pregunta— he logrado darles forma a esas ideas. Y lo curioso es que no conseguí todas las respuestas. Al final, me he quedado con más preguntas que con respuestas.

Pero quizás ese sea el punto.

Quizás un capítulo sobre el bien y el mal no deba cerrarse con una respuesta definitiva, sino con una pregunta que valga la pena sostener.

Siempre me ha parecido curioso que juzguemos a la naturaleza utilizando categorías morales.

Un terremoto no es malo. Es el planeta funcionando. Un león no es cruel. Es un animal hambriento. Incluso entre los animales existen conductas que, si las observáramos en seres humanos, nos parecerían atroces: el canibalismo, el infanticidio, la competencia violenta por el territorio. Sin embargo, allí no hablamos realmente de maldad. Hablamos de causas, de instintos y de consecuencias.

La naturaleza no parece preguntarse si algo está bien o mal. Simplemente ocurre.

El bien y el mal no parecen encontrarse en las rocas, en los árboles ni en el movimiento de los planetas. Al menos, no de una manera que podamos observar. Parecen adquirir significado cuando surge una conciencia capaz de contemplar sus propios actos y juzgarlos

El ser humano puede anticipar el dolor ajeno. Puede sentir empatía. Puede experimentar culpa y remordimiento. Puede preguntarse no solamente qué hizo, sino si debió hacerlo.

Tal vez fue allí donde nació la moral.

No porque el universo nos entregara una lista de cosas buenas y malas, sino porque una conciencia capaz de sentir necesitó ponerle nombre a aquello que experimentaba.

Pero entonces aparece una pregunta inevitable:

¿El bien y el mal son realmente conceptos humanos o existen independientemente de nosotros?

Decir que la moral nace de nuestra conciencia no significa necesariamente afirmar que todo sea arbitrario.

Culturas separadas por miles de kilómetros y por siglos de historia han desarrollado sistemas morales diferentes. Sin embargo, muchas coinciden en determinadas ideas: proteger a los miembros de la comunidad, condenar el asesinato injustificado, establecer límites al engaño, proteger a los niños y rechazar determinadas formas de violencia.

Quizás esto no demuestre que exista una moral absoluta escrita en el universo. Pero tampoco parece demostrar que nuestra moral surja de la nada.

Somos seres sociales. Dependemos unos de otros. Sentimos dolor, miedo, placer, empatía y pérdida. Necesitamos cooperar para sobrevivir.

Tal vez la moral sea, al menos en parte, una consecuencia de esa condición.

Pero entonces surge una pregunta todavía más profunda:

¿Y si el bien y el mal estuvieran inscritos en el universo?

Si mañana desapareciera toda la humanidad, ¿seguirían existiendo el bien y el mal?

Si una estrella explotara y destruyera varios planetas, ¿esa explosión sería mala?

Si un planeta estuviera lleno de vida y un asteroide acabara con ella, ¿habría ocurrido una tragedia moral?

Nos cuesta responder porque, casi inmediatamente, buscamos un observador. Alguien que sufra.

Alguien que pueda decir: Esto estuvo mal.

Quizás el sufrimiento pueda existir sin moralidad, pero la moralidad necesita de una conciencia capaz de reconocer el sufrimiento.

Y si eso fuera cierto, entonces el bien y el mal no serían propiedades de la materia si no propiedades de la conciencia.

 

 

El problema de dios

 

Pero aquí aparece Dios.

Durante mucho tiempo se ha pensado que la moral necesita una autoridad superior. Si existe un Dios, entonces él puede establecer qué es bueno y qué es malo.

Pero esta idea abre una pregunta mucho más antigua de lo que parece:

¿Algo es bueno porque Dios lo ordena, o Dios lo ordena porque ya es bueno?

Si algo es bueno únicamente porque Dios lo ordena, entonces el bien parece depender de su voluntad. En ese caso, si Dios hubiera ordenado otra cosa, ¿esa otra cosa se habría convertido automáticamente en buena?

Pero si Dios ordena algo porque reconoce que es bueno, entonces parece existir un estándar del bien que no depende de su voluntad.

Y entonces volvemos al principio:

¿de dónde viene realmente el bien?

Quizás el problema no sea solamente descubrir qué cosas son buenas o malas.

Quizás el problema sea descubrir dónde existe aquello que llamamos "bien".

¿Está en Dios?

¿Está en la naturaleza?

¿Está en la conciencia?

¿O es una categoría que nosotros mismos construimos para interpretar nuestra existencia?

 

El problema del dios bíblico.

 

Crecí escuchando que el mal entró en el mundo por el pecado de Adán y Eva.

Que nacíamos con una mancha.

Que el sufrimiento formaba parte de un plan que no podíamos comprender.

Que Dios permitía determinadas cosas por razones que solamente él conocía.

Durante mucho tiempo, esas explicaciones me dieron respuestas, pero con el tiempo dejaron de sostenerme.

No necesariamente porque todas carezcan de valor simbólico, sino porque dejaron de responder a la realidad que veía.

Cuando veo en algún programa a un niño hambriento, me cuesta pensar que aquello forme parte de un "plan divino".

Cuando veo una guerra, me cuesta aceptar que la muerte de personas inocentes sea simplemente parte de un bien mayor.

Y cuando veo sufrir a un animal que jamás tuvo la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, la explicación del pecado humano comienza a resultar todavía más difícil.

Entonces aparece una pregunta que considero mucho más incómoda:

¿Qué sucede con el mal que no es causado por una decisión humana?

Un asesino puede elegir matar, pero un terremoto no elige destruir una ciudad.

Un niño no elige nacer en medio de una guerra.

Un animal no elige morir lentamente de hambre.

Si todo esto forma parte de la creación de un Dios perfectamente bueno y todopoderoso, el problema deja de ser únicamente humano.

Se convierte en un problema teológico.

Y allí es donde la explicación del pecado original comienza a resultarme insuficiente.

Si el relato de Adán y Eva es entendido como un mito, entonces no podemos utilizarlo necesariamente como una explicación literal del origen de toda la maldad humana.

No existe, desde mi perspectiva, una culpa heredada que convierta al ser humano en culpable desde su nacimiento.

No nacemos con una esencia maligna.

Nacemos con la capacidad de hacer daño y también con la capacidad de hacer el bien.

La pregunta entonces deja de ser:

"¿Quién introdujo el mal en el mundo?"

Y se convierte en otra:

"¿Por qué existe la capacidad de producir sufrimiento?"

 

¿Cómo interpretar el bien y el mal en la naturaleza?

 

Aquí es donde mi pensamiento comienza a separarse de la concepción tradicional.

Si Dios está separado del universo, entonces podemos preguntarnos por qué Dios permite que exista el mal dentro de su creación.

Pero si Dios no está separado del universo...

Si Dios es la propia realidad.

Si Dios es la naturaleza misma... Entonces el problema cambia completamente.

Un terremoto ya no sería algo que Dios decidió permitir.

Sería simplemente parte de la naturaleza.

La muerte de una estrella tampoco sería una tragedia divina.

Sería parte del funcionamiento del cosmos.

El león que mata a su presa no estaría actuando contra Dios.

Estaría actuando dentro de Dios.

Y esto nos lleva a una conclusión incómoda:

Si Dios es la naturaleza, entonces la naturaleza no puede ser moralmente buena o mala en el sentido humano.

La naturaleza simplemente es.

Produce vida y produce muerte.

Crea y destruye.

Da nacimiento y consume.

Y nosotros somos una parte de esa misma naturaleza que, en algún momento de su evolución, adquirió la capacidad de preguntarse si aquello que hace está bien o está mal.

Tal vez el universo no sea moral.

Tal vez nosotros seamos quienes introducimos la moral dentro del universo al adquirir conciencia de nosotros mismos y de los demás.

Y entonces el bien y el mal no serían enemigos cósmicos luchando eternamente.

Serían conceptos nacidos dentro de una parte del universo que aprendió a sentir.

La raíz del mal no está en el cielo,

 

Si el mal no es una sustancia ni una entidad que habita dentro de nosotros, entonces tenemos que buscar su origen en otro lugar.

He pensado mucho en esto.

Cuando observamos a personas que han cometido actos terribles, muchas veces encontramos detrás historias de abuso, abandono, violencia, humillación o ausencia de afecto.

No siempre.

Y precisamente por eso hay que tener cuidado.

Porque no todas las personas que sufren se convierten en agresores. Hay personas que atraviesan experiencias terribles y, aun así, desarrollan una enorme capacidad para sentir empatía.

Pero eso tampoco significa que el entorno sea irrelevante.

La infancia importa.

La educación importa.

La familia importa.

La violencia que una persona presencia importa.

Las condiciones sociales importan.

Todo aquello que moldea nuestra conciencia puede influir también en la manera en que utilizamos nuestra capacidad de hacer daño.

Comprender esto no significa justificar.

Una persona puede tener razones que ayuden a explicar quién llegó a ser y, aun así, ser responsable de sus decisiones.

Comprender no es absolver.

Explicar no es perdonar.

Pero si realmente queremos evitar que el mal se repita, necesitamos comprenderlo.

No basta con castigar.

Si una persona se convierte en agresora después de haber crecido rodeada de violencia, castigarla puede ser necesario para proteger a otros, pero no responde por sí solo a la pregunta de cómo evitar que el mismo proceso vuelva a producirse.

Si queremos comprender el mal, quizás no debamos mirar únicamente al cielo.

Debemos mirar también a la cuna, a la escuela, a la calle y al hogar.

Porque el mal puede comenzar a gestarse mucho antes de que aparezca el acto que finalmente condenamos.

Y esto no elimina la responsabilidad individual.

Cada persona debe responder por sus actos.

Pero una sociedad que solamente castiga y nunca intenta comprender está condenada a encontrarse nuevamente con el mismo problema.

¿Somos buenos o malos?

 

Esto me lleva a una pregunta todavía más personal:

¿Qué hace que una persona sea buena o mala?

Conozco personas que considero buenas y que han hecho cosas malas.

Y también he visto personas capaces de hacer cosas buenas, aunque tengan comportamientos que considero cuestionables.

Incluso yo mismo soy un ejemplo.

No me considero una mala persona. Pero eso no significa que nunca haya actuado con mala voluntad.

A veces he hecho cosas reprochables conscientemente y otras veces he actuado mal sin siquiera darme cuenta.

Entonces, ¿eso me convierte en una persona mala?

Quizás la pregunta esté mal planteada.

Tal vez no somos seres completamente buenos ni completamente malos, tal vez somos seres con la capacidad de hacer ambas cosas.

La bondad y la maldad no serían dos sustancias que habitan dentro de nosotros, serían posibilidades.

Tenemos la capacidad de ayudar y de destruir.

 De amar y de odiar.

De proteger y de hacer daño.

De sentir compasión y de ignorar el sufrimiento de otro.

La diferencia está en lo que hacemos con esas posibilidades.

Y por eso una persona puede ser responsable de un acto terrible sin que necesariamente tengamos que convertirla en una esencia: "el malo".

Podemos condenar una acción sin convertir a la persona en una criatura esencialmente maligna.

Podemos reconocer la responsabilidad sin negar las circunstancias.

Podemos comprender las causas sin eliminar las consecuencias.

 

Consecuencias, no esencias.

 

Una vez escuché una frase que se quedó conmigo.

"No existen decisiones buenas o malas; existen consecuencias."

No sé si estoy completamente de acuerdo con ella, pero creo que contiene una idea interesante.

Una acción que desde afuera parece dañina puede tener, para quien la realiza, una finalidad completamente distinta.

Alguien puede someterse voluntariamente a un procedimiento doloroso porque busca transformar su cuerpo.

Una persona puede soportar un dolor presente porque espera obtener algo que considera mejor en el futuro.

Una guerra puede ser presentada como justicia por quien la inicia y como una atrocidad por quien la sufre.

El mismo acontecimiento puede ser interpretado de maneras completamente diferentes dependiendo de quién lo observe.

Pero esto tampoco significa que todo dé igual.

Porque existen consecuencias reales.

El sufrimiento de una persona no desaparece simplemente porque otra considere justa la acción que lo produjo.

Por eso el juicio moral necesita algo más que una intención.

Necesita contexto.

Necesita considerar las consecuencias.

Necesita considerar la conciencia de quien actúa.

Y necesita considerar también a quien recibe las consecuencias.

Tal vez por eso no exista una lista sencilla y eterna de acciones buenas y malas.

Tal vez la moral sea una evaluación constante de nuestras acciones frente a la realidad que producimos.

 

 

¿Y si el bien y el mal no existen dentro de nosotros?

 

Después de recorrer todo esto, regreso a la pregunta inicial.

¿Existe realmente el bien?

¿Existe realmente el mal?

¿O existen solamente acontecimientos, acciones, intenciones y consecuencias que una conciencia interpreta moralmente?

No tengo una respuesta definitiva.

Pero cada vez me resulta más difícil imaginar el mal como una fuerza independiente, flotando en algún lugar del universo.

No veo el mal en un terremoto.

No lo veo en una estrella que explota.

No lo veo en un animal que mata para alimentarse.

Lo veo cuando una conciencia capaz de comprender el sufrimiento decide producirlo deliberadamente. Y quizás ahí esté la diferencia.

La naturaleza puede destruir.

Pero nosotros podemos saber que estamos destruyendo.

La naturaleza puede matar.

Pero nosotros podemos preguntarnos si debemos hacerlo.

La naturaleza puede producir sufrimiento.

Pero nosotros podemos intentar evitarlo.

Tal vez esa sea nuestra particular responsabilidad como seres conscientes.

No somos responsables de que exista el universo.

Pero sí podemos ser responsables de lo que hacemos dentro de él.

 

Una pregunta para cerrar.

 

Si el bien y el mal no están escritos en las estrellas, sino que aparecen cuando una conciencia comienza a valorar sus propias acciones...

Entonces quizá también debamos preguntarnos de dónde viene nuestra idea de Dios.

Porque cada sociedad ha construido imágenes de lo divino utilizando los mismos materiales con los que construye su propia moral: sus miedos, sus esperanzas, sus valores y su necesidad de encontrar sentido.

Quizás no solamente nosotros buscamos a Dios.

Quizás también construimos a Dios a nuestra imagen.

Un Dios que castiga cuando creemos que el castigo es necesario.

Un Dios que perdona cuando aprendemos a valorar el perdón.

Un Dios que ordena cuando necesitamos autoridad.

Un Dios que juzga cuando necesitamos explicar la justicia.

Y si nuestra concepción del bien y del mal cambia con nosotros, ¿no podría cambiar también nuestra concepción de lo sagrado?

Quizás los dioses no mueren solamente cuando dejamos de creer en ellos.

Quizás también mueren y renacen cada vez que cambia nuestra manera de entender el mundo.

Y si eso es así, entonces la pregunta ya no es solamente qué es Dios.

La pregunta es:

 

¿Cuánto de Dios pertenece al universo y cuánto de Dios pertenece a nosotros?

 

Y esa pregunta nos lleva al siguiente capítulo.

Ahora te pregunto ¿es Dios creador del bien y el mal o somos nosotros los que le damos esa categoría moral?

Proximo capitulo: el dios que muere y el dios que renace.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmento de la conversación con alguien sin nombre.

 

 

—Yo pienso que el bien y el mal nacen desde nuestra conciencia. En la naturaleza no existen. El león mata para comer, no es malo.

 

—¿Pero que nosotros lo construyamos significa que sea completamente subjetivo?

 

—No. No es arbitrario. Está influido por nuestra capacidad de sufrir, de empatizar y de convivir.

Respuestas

  • Una_voz

    Voy a juzgar tu texto para ver si se queda o se va del grupo de Poesía de la luz. Responde esta pregunta: El bien y el mal es una alucinación humana, o es algo trascentente que el humano no alucina sino que es parte de la existencia?

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  • LordMonroe

    Eutifrón, el diálogo de Platón, gira entero sobre tu pregunta de si algo es bueno porque Dios lo ordena. Y Agustín llegó a lo del mal como falta de bien, que es donde tú aterrizas por tu propio camino.

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  • Ovid

    Lo del león que mata y no actúa contra Dios sino dentro de Dios es la frase que más me costó soltar. Si Dios es la naturaleza, ya no queda nadie a quien pedirle cuentas por el terremoto, y me quedo con ganas de leer qué le contesta a eso alguien sin nombre.

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Creo que, de todo el ensayo, este ha sido el capítulo que se me ha hecho más difícil redactar.

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