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Capítulo 6: La voz que aun permanece

DNavarrete
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La puerta se abrió con un leve sonido que, en ese momento, pareció más fuerte de lo que realmente era. Ninguno de ellos entró de inmediato. Durante un breve instante, todos permanecieron en el…

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La puerta se abrió con un leve sonido que, en ese momento, pareció más fuerte de lo que realmente era. Ninguno de ellos entró de inmediato. Durante un breve instante, todos permanecieron en el umbral, como si cruzar esa entrada significara aceptar algo que aún dolía demasiado para enfrentar.

 

Fue Kaede quien avanzó primero, sin decir nada, como si su cuerpo se moviera por inercia más que por decisión. Miyu la siguió de cerca, y Ren unos pasos detrás, manteniendo la mirada baja. Lilia entró al final junto a la profesora, en silencio, observando sin intervenir.

 

El interior de la casa seguía siendo el mismo. Todo estaba en su lugar, exactamente como siempre, pero el ambiente había cambiado por completo. El aire era pesado, denso, cargado de algo que no se veía, pero que se sentía en cada rincón. Era un hogar… pero en ese momento parecía un lugar detenido en el dolor.

 

En la sala estaban ellos.

 

La madre de Haru se encontraba sentada en el sofá, inclinada ligeramente hacia adelante, intentando contener el llanto con una mano sobre su rostro. Aun así, sus hombros temblaban de forma constante, traicionando cada esfuerzo que hacía por mantenerse firme. A su lado, su esposo la sostenía con cuidado, como si temiera que en cualquier momento se desmoronara por completo. No lloraba de la misma manera, pero su expresión era suficiente para entender que estaba haciendo un esfuerzo enorme por mantenerse en pie.

 

En el sillón, un poco más apartada, Aiko sujetaba una almohada contra su pecho con fuerza, escondiendo parcialmente su rostro en ella. No lloraba abiertamente, pero sus ojos enrojecidos y la tensión en su cuerpo dejaban claro que estaba luchando por no quebrarse frente a todos.

 

Miyu no pudo quedarse quieta.

 

Se acercó despacio, casi con cuidado, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper aún más ese frágil equilibrio.

 

—Aiko…

 

Su voz salió suave, apenas un susurro.

 

Aiko levantó la mirada al escucharla, y ese pequeño gesto fue suficiente para que todo lo que estaba conteniendo comenzara a ceder. Miyu no esperó más y la abrazó, rodeándola con los brazos, y Aiko respondió de inmediato, aferrándose a ella con fuerza, ocultando el rostro en su hombro mientras su respiración comenzaba a quebrarse.

 

—Lo siento… —murmuró con dificultad—. Lo siento tanto…

 

Miyu cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo su propia voz amenazaba con romperse.

 

—Yo también…

 

Ren se acercó en silencio y se agachó junto a ellas, apoyando una mano en el hombro de Aiko. No dijo nada, pero su presencia era firme, constante, como si quisiera dejar claro que no estaba sola.

 

Mientras tanto, Kaede se dirigió directamente hacia el sofá. No dudó ni un segundo. Cuando Yumi levantó la mirada y la vio frente a ella, ya no pudo contenerse más. Se levantó con rapidez y la abrazó con fuerza, como si en ese momento Kaede fuera lo único que le quedaba para sostenerse.

 

—Kaede… —su voz se quebró completamente—. Kaede…

 

Kaede respondió al abrazo de inmediato, aferrándose a ella con la misma intensidad. Las lágrimas volvieron a brotar sin control, pero esta vez no intentó detenerlas.

 

—Lo siento… —susurró—. Lo siento…

 

No había una razón clara para esas palabras, pero aun así ambas las repetían, porque en ese momento el dolor era compartido de una forma que no necesitaba explicación.

 

A un lado de la sala, la directora y la enfermera permanecían de pie, en silencio, sin intervenir. Sabían que ese momento no les pertenecía, que lo único que podían hacer era respetarlo.

 

En la entrada del comedor, Lilia se mantenía inmóvil. Su postura era recta, firme, como si aún llevara el peso de una armadura invisible. Observaba todo con atención, sin comprender completamente lo que estaba ocurriendo, pero siendo consciente de que era algo importante, algo que no debía interrumpir.

 

El tiempo pasó sin que nadie pudiera medirlo realmente. Las voces eran bajas, los movimientos lentos, y cada segundo parecía extenderse más de lo normal.

 

Finalmente, fue el padre de Haru quien levantó la mirada. Sus ojos recorrieron la sala con calma, deteniéndose en cada uno de los presentes hasta que se fijaron en Lilia. La observó durante unos segundos, intentando entender quién era, qué hacía allí, y por qué su presencia parecía tener un peso distinto.

 

—¿Quién es ella…?

 

La pregunta rompió el silencio, pero no de forma brusca, sino como algo inevitable.

 

La profesora Shindo dio un paso al frente.

 

—Su nombre es Lilia… —dijo con suavidad—. Viene del lugar donde estuvo Haru.

 

Las palabras quedaron flotando en el aire.

 

—Ella fue quien nos contó lo que ocurrió… y quien trajo esto.

 

Lilia avanzó un paso, sin vacilar. Sus manos se movieron hacia el aire frente a ella, y por un instante desaparecieron como si atravesaran algo invisible. Cuando volvieron, sostenían varios sobres.

 

Muchos.

 

Más de los que cualquiera habría esperado.

 

Los extendió hacia el padre.

 

—Esto… es de Haru.

 

El hombre los recibió con manos temblorosas, y en ese momento, sin que nadie lo dijera en voz alta, todos comprendieron lo mismo.

 

Haru no había regresado.

 

Pero había dejado algo de sí.

 

El sonido del papel fue lo primero que rompió el silencio.

 

Aiko se había acercado a la mesa casi sin darse cuenta, como si algo en su interior la hubiera empujado hacia allí en el momento en que vio los sobres. Sus manos se movieron con una mezcla de ansiedad y cuidado, y antes de que alguien dijera algo, ya había tomado uno.

 

Se detuvo.

 

Lo miró.

 

Y no hubo duda.

 

—…Es su letra… —murmuró.

 

No lo dijo con sorpresa.

 

Lo dijo con certeza.

 

Sus dedos recorrieron el nombre escrito en el sobre, como si necesitara confirmarlo a través del tacto. No hacía falta. Lo conocía demasiado bien.

 

—Es para mí…

 

Su voz se volvió más baja.

 

Más íntima.

 

El padre, aún con varios sobres en las manos, levantó la mirada hacia Lilia.

 

Había una pregunta ahí.

 

No dicha.

 

Pero presente.

 

—Haru me pidió que se las entregara —respondió Lilia antes de que él hablara—. Dijo que era importante.

 

No añadió nada más.

 

No hacía falta.

 

Eso bastó.

 

El padre asintió lentamente.

 

Y entonces…

 

abrió una.

 

El sonido del papel al desplegarse fue suave, pero en ese momento pareció llenar toda la habitación.

 

Aiko hizo lo mismo.

 

Kaede se acercó un poco más.

 

Miyu y Ren también.

 

Nadie se sentó.

 

Nadie se acomodó.

 

Todos permanecían de pie, como si el simple acto de leer esas palabras exigiera una postura distinta, más atenta, más presente.

 

El padre comenzó a leer en voz alta.

 

“Hola.

 

Si estás leyendo esto, entonces significa que sí logré escribir algo decente sin que me interrumpieran… lo cual ya es un logro en este mundo.”

 

Un pequeño silencio se instaló.

 

Y, por primera vez…

 

una leve sonrisa apareció entre las lágrimas.

 

“Primero que nada, estoy bien.

 

Bueno… dentro de lo posible.

 

No estoy muerto. Todavía.”

 

Ren soltó una pequeña exhalación por la nariz.

 

—Sí… ese es él…

 

“Este lugar es extraño.

 

Muy extraño.

 

Todo funciona diferente, la gente habla raro, la comida es increíble (Miyu, te habrías vuelto loca aquí, en serio), y hay cosas que simplemente no deberían existir… pero existen igual.”

 

Miyu bajó la mirada, apretando los labios.

 

—Oye…

 

Pero no terminó la frase.

 

“El primer día fue horrible.

 

No entendía nada.

 

Pensé que iba a morir como tres veces.

 

De hecho, creo que casi muero una cuarta, pero no estoy contando esa porque fue culpa mía.”

 

El padre dejó escapar una pequeña exhalación que, por un segundo, sonó más a risa que a otra cosa.

 

“Entrenar aquí no es como en los animes.

 

No hay montajes épicos.

 

No hay música.

 

Solo dolor.

 

Mucho dolor.

 

Mis compañeros me dejaron en el suelo más veces de las que puedo contar. Literalmente. Perdí la cuenta.”

 

Ren negó con la cabeza.

 

—Eso sí me lo creo completamente…

 

“Hay uno que es gigante.

 

No sé si es humano o qué.

 

Me lanzó contra una pared en el tercer día.

 

Creo que todavía me duele.”

 

Aiko, que había comenzado a leer su propia carta en silencio, dejó escapar una risa entrecortada mientras las lágrimas seguían cayendo.

 

—Es un idiota… —murmuró.

 

Pero no dejó de leer.

 

Otra carta fue abierta.

 

Miyu tomó una.

 

Ren otra.

 

Incluso Kaede, con manos temblorosas, sostuvo una hoja entre sus dedos.

 

Las voces comenzaron a mezclarse suavemente en la habitación.

 

No como ruido.

 

Sino como ecos de una misma presencia.

 

“Hoy monté un dragón.

 

No voluntariamente.

 

Y definitivamente no de forma elegante.

 

La criatura se molestó por algo que no entendí y me lanzó por los aires. Por un segundo pensé que ya estaba muerto. Literalmente vi mi vida pasar frente a mis ojos.”

 

Miyu dejó escapar una risa ahogada.

 

—Eso sí lo imagino…

 

“Si alguna vez digo que quiero volver a hacer eso… por favor deténganme.”

 

Otra hoja.

 

Otra historia.

 

“Mi grupo no está mal.

 

Son raros.

 

Todos.

 

Pero supongo que yo también lo soy aquí.

 

Hay una chica que siempre me mira como si quisiera matarme. No estoy seguro si es personal o su forma de ser.”

 

Ren levantó la mirada lentamente.

 

—…Eso suena importante…

 

Pero nadie respondió.

 

“También hay uno que no habla mucho.

 

Y otro que habla demasiado.

 

Es un caos.

 

Pero… funcionan.”

 

Kaede cerró los ojos por un segundo.

 

Porque podía imaginarlo.

 

Podía verlo ahí.

 

Hablando.

 

Moviéndose.

 

Siendo él.

 

Cometí errores.

 

Varios.

 

Más de los que debería.

 

Pero… no me dejaron solo.

 

Y eso… creo que es lo importante.”

 

El ambiente en la sala había cambiado.

 

El dolor seguía ahí.

 

No se había ido.

 

Pero ahora…

 

tenía algo más.

 

Recuerdo.

 

Presencia.

 

Vida.

 

Porque cada palabra que leían…

 

no era una despedida.

 

Era Haru…

 

contando su historia.

 

Aiko sostuvo la hoja con ambas manos, respiró hondo una sola vez como si eso fuera suficiente para sostenerse, y comenzó a leer sin detenerse, sin apartar la mirada, dejando que cada palabra siguiera a la anterior como si la voz de su hermano estuviera fluyendo directamente a través del papel.

 

“Aiko, si estás leyendo esto entonces probablemente estés tratando de no llorar mientras haces esa cara seria que siempre pones cuando algo te duele, así que voy a decirlo de inmediato: no funciona, nunca funcionó, y yo siempre me daba cuenta, aunque tú creyeras que no. Probablemente estés enojada también, contigo misma, conmigo, con todo, porque no puedes hacer nada para cambiar esto, y sí, tienes razón en estarlo, yo también lo estaría. Pero antes de que sigas pensando en eso quiero que escuches bien lo que te voy a decir, porque esto sí es importante.

 

Gracias.

 

Gracias por todo lo que hiciste por mí incluso cuando decías que no querías hacerlo, incluso cuando me tratabas como si fuera una molestia constante, porque los dos sabemos que la mayoría de las veces lo era. Gracias por cubrirme cuando rompí esa ventana y traté de culpar al perro, sí, sé que fuiste tú la que limpió todo antes de que papá lo viera, y también sé que nunca dijiste nada porque pensaste que yo iba a meterme en más problemas de los que ya tenía. Gracias por ayudarme con las tareas cuando no entendía nada, aunque después me reclamaras como si te debiera algo, y aunque siempre fingieras que lo hacías obligada, sé que no era así.

 

Siempre estuviste ahí.

 

Incluso cuando no querías.

 

Incluso cuando estabas enojada conmigo.

 

Y sé que muchas veces no fui un buen hermano, que hacía lo que quería sin pensar, que me metía en problemas y que terminabas involucrada sin pedirlo, pero aun así te quedabas, y eso… eso es algo que recién entendí cuando llegué aquí.

 

Este mundo es extraño, todo es distinto, las reglas, la gente, la forma en que viven, pero hay algo que aprendí rápido, y es que las personas que se quedan cuando todo se complica son las que realmente importan, y tú siempre fuiste una de esas personas para mí.

 

No sé si voy a poder volver, de hecho si estás leyendo esto probablemente ya sabes que no, así que no voy a mentirte ni intentar suavizarlo, pero tampoco quiero que te quedes atrapada en eso. No quiero que tu vida se detenga por mí, no quiero que te quedes pensando en lo que pudo haber sido o en lo que no alcanzamos a hacer, porque eso no cambia nada y solo te va a hacer daño.

 

Quiero que sigas.

 

Que sigas siendo como eres.

 

Que te enojes cuando algo no te guste.

 

Que digas lo que piensas aunque no sea lo correcto.

 

Que vivas.

 

Porque si hay algo que entendí aquí es que lo normal, lo simple, lo cotidiano… es lo que más valor tiene.

 

No las batallas.

 

No este mundo.

 

No ser un héroe.

 

Sino cosas como sentarse a comer, discutir por tonteras, estar en la misma casa sin hacer nada importante.

 

Eso es lo que más extraño.

 

Y si en algún momento piensas en mí, no quiero que recuerdes cómo terminé, quiero que recuerdes esas cosas, los momentos simples, las peleas tontas, las veces que te hice enojar y después actué como si nada, porque eso era yo, y eso es lo que quiero que te quede.

 

Y… hay algo más.

 

Perdón.

 

Perdón por no poder despedirme como corresponde.

 

Sé que no te gusta dejar las cosas así, inconclusas, pero esta vez no tuve opción.

 

Aun así, si hay algo que quiero que sepas, es que nunca estuve solo.

 

Y en gran parte es gracias a ti.

 

Gracias por ser mi hermana, incluso cuando yo no supe ser el mejor hermano para ti.

 

De verdad… gracias.”

 

Aiko no bajó la carta de inmediato.

 

Sus manos la sostenían con fuerza contra su pecho, como si soltarla significara perder algo más que papel. Su respiración era irregular, entrecortada, y aunque intentaba mantenerse firme, las lágrimas seguían cayendo sin que pudiera detenerlas. No hacía ningún esfuerzo por esconderlas, ya no, porque después de leer cada palabra entendía que no tenía sentido hacerlo.

 

—Idiota… —murmuró con la voz rota—. Siempre… siempre supiste…

 

Una pequeña risa escapó entre el llanto, débil, cansada, como si incluso ese gesto le costara.

 

—Siempre supiste lo que iba a hacer…

 

Apretó más la carta.

 

—Y aun así… lo hiciste igual…

 

No había enojo real en sus palabras.

 

Solo dolor.

 

Y algo más.

 

Orgullo.

 

Porque lo entendía.

 

No le gustaba.

 

Le dolía.

 

Pero lo entendía.

 

Miyu no la soltó en ningún momento, manteniéndola cerca, mientras Ren permanecía a su lado, en silencio, respetando ese momento sin interrumpirlo.

 

El padre sostuvo la hoja con ambas manos, respiró hondo una sola vez, como si intentara afirmarse antes de continuar, y comenzó a leer sin detenerse, dejando que cada palabra fluyera con naturalidad, sin pausas innecesarias, como si la voz de su hijo estuviera presente en ese mismo lugar.

 

“Papá, mamá, si están leyendo esto entonces primero quiero que sepan que estoy bien, de verdad, o al menos tan bien como alguien puede estar en un lugar donde casi muere varias veces al día, así que sí, sigo vivo, por ahora, así que no se preocupen demasiado desde el inicio porque sé que es lo primero que van a pensar. Cuando llegué aquí todo fue confuso, no entendía nada, aparecí de la nada y ya me estaban diciendo que era un ‘héroe’, todavía no tengo claro cómo funciona eso pero supongo que alguien decidió que yo era la mejor opción, lo cual sigue pareciéndome una mala idea incluso ahora. Lo primero importante que me dijeron fue que tenía una opción, podía intentar volver a casa o podía quedarme, así de simple, y sí, antes de que digan nada, sé perfectamente lo que esperaban que eligiera, yo también lo pensé, muchas veces, quería volver, quería verlos, quería volver a sentarme en la casa, comer tranquilo, escuchar a Aiko quejarse de cualquier cosa y fingir que me molesta, todo eso lo pensé más veces de las que puedo contar.

 

Pero había gente aquí.

 

Gente normal.

 

No soldados, no héroes, no personas especiales, solo gente viviendo su vida como nosotros, con miedo, con problemas, intentando seguir adelante, y cuando vi eso, cuando vi cómo estaban las cosas, simplemente no pude darme la vuelta y fingir que no pasaba nada, no después de entenderlo, no después de verlos así. No todos los gobernantes eran malos, de hecho algunos eran bastante buenos, se preocupaban de verdad por su gente, intentaban hacer lo correcto incluso cuando no era fácil, claro que también había nobles idiotas que creían que podían hacer lo que quisieran solo porque tenían poder, y sí, más de una vez tuve que encargarme de esos, no de la forma elegante que les gustaría escuchar, pero funcionó, así que no se preocupen demasiado por los detalles.

 

No fue una decisión rápida.

 

Ni fácil.

 

Me tomó tiempo aceptarlo.

 

Pero al final decidí quedarme.

 

Y no me arrepiento.

 

Fue difícil, mucho más de lo que pensé que sería, hubo días en los que no quería levantarme, días en los que pensé que no iba a poder seguir, días en los que lo único que quería era volver a casa y olvidarme de todo esto, pero también hubo momentos que hicieron que todo valiera la pena, ver a las personas sonreír después de ayudarlas, ver cómo alguien que estaba a punto de rendirse volvía a levantarse, ver que, aunque fuera poco a poco, las cosas podían mejorar, eso… eso hacía que todo tuviera sentido.

 

Y aun así, no dejé de querer volver.

 

No dejé de pensar en ustedes.

 

No dejé de intentar encontrar una forma.

 

Si había una manera de regresar, pensaba encontrarla, aunque tomara tiempo, aunque fuera difícil, porque quería volver, de verdad quería hacerlo, así que no crean que simplemente los olvidé o que dejé de intentarlo, nunca pasó eso, ni un solo día.

 

Quería verlos otra vez.

 

Quería volver a lo normal.

 

A lo simple.

 

A lo que ahora entiendo que es lo más importante.

 

Así que no se preocupen demasiado por mí, en serio, estoy haciendo todo lo que puedo, como siempre lo he hecho, y si hay una forma de volver, voy a encontrarla, así que confíen en mí un poco más, como siempre lo han hecho, porque eso es lo que me ha permitido seguir adelante hasta ahora.”

 

El padre no bajó la carta de inmediato, aunque ya había terminado de leerla. Sus manos seguían sosteniendo el papel con firmeza, pero el temblor en sus dedos ya no podía ocultarse. No era un temblor fuerte, ni incontrolable, sino uno contenido, como si incluso ahora estuviera intentando mantenerse en pie por todos los demás.

 

La madre se había acercado un poco más, apoyando una mano sobre su brazo, no para detenerlo, sino para sostenerse ella también. Sus lágrimas no se habían detenido en ningún momento, pero ahora había algo distinto en su mirada. No era solo dolor. Era… comprensión. No completa, no perfecta, pero suficiente para entender que su hijo no había desaparecido sin sentido.

 

Había elegido.

 

Y eso… dolía de una forma distinta.

 

—Siempre fue así… —murmuró ella, con la voz quebrada, pero suave, como si hablara más para sí misma que para los demás—. Siempre… viendo por otros antes que por él…

 

El padre dejó escapar una leve exhalación, cerrando los ojos por un segundo antes de finalmente bajar la carta. No la soltó. Solo la sostuvo más cerca de su pecho.

 

—Sí… —respondió en voz baja—. No cambió…

 

Hubo un breve silencio después de eso, uno que no era vacío, sino lleno de todo lo que acababan de escuchar. Ren bajó la mirada, apoyando los codos sobre sus piernas mientras entrelazaba las manos, como si necesitara hacer algo con ellas para no pensar demasiado. Miyu seguía abrazando a Aiko, pero ahora su expresión era distinta, más tranquila dentro del dolor, como si escuchar a Haru de esa forma le hubiera dado algo que no esperaba.

 

Kaede no se había movido.

 

Sus ojos estaban fijos en la carta que aún sostenía el padre, pero en su mente las palabras seguían repitiéndose, una y otra vez. No pudo evitar imaginarlo en ese otro mundo, hablando así, escribiendo sin pensar demasiado, siendo él mismo incluso en un lugar completamente distinto.

 

Y eso…

 

dolía más de lo que esperaba.

 

Lilia permanecía en el mismo lugar, de pie, observando la escena en silencio. Su postura no había cambiado, pero su mirada se detenía en cada uno de ellos, analizando, registrando, intentando comprender algo que no podía definir con precisión. No era tristeza como la conocía. No era miedo. No era pérdida en el sentido funcional que había aprendido.

 

Era… algo más.

 

Algo que no tenía nombre en su mundo.

 

El padre volvió a mirar las cartas que aún tenía en la mano, como si recién en ese momento recordara que no era solo una. Había varias más, cada una con un destinatario distinto, cada una con un fragmento de la vida que su hijo había vivido lejos de ellos.

 

—Aún hay más… —dijo en voz baja.

 

No era una pregunta.

 

Ni una afirmación fuerte.

 

Era simplemente un hecho.

 

La madre asintió lentamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano antes de tomar una de las cartas restantes con cuidado, como si temiera romperla.

 

—Entonces… —murmuró—. Leamos…

 

No hacía falta decir más.

 

Porque, aunque doliera…

 

nadie quería detenerse ahora.

 

Porque mientras esas palabras existieran…

 

Haru seguía ahí.

 

De alguna forma.

 

Con ellos.

 

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