Las bolsas eran demasiadas.
Muchísimas.
Kaede cargaba varias en cada mano, caminando con paso firme aunque se notaba que el peso comenzaba a pasarle factura. Ren llevaba otras tantas, con los brazos casi extendidos por la cantidad de paquetes que sostenía. Miyu, por su parte, arrastraba una bolsa grande detrás de sí, moviendo los pies con clara falta de ganas y con una expresión que mezclaba cansancio y una queja constante que no paraba de salir de su boca.
—Esto fue excesivo… totalmente excesivo… —murmuraba una y otra vez, frunciendo el ceño y mirando al frente con indignación—. ¡Es una locura! ¡Con la mitad de esto hubiera sido más que suficiente!
—Era necesario —respondió Kaede sin siquiera volverse a mirarla, concentrado en no dejar caer nada—. Cuando llegamos, se dio cuenta de que no tenía absolutamente nada de ropa adecuada para estar aquí. No podíamos dejarla así.
Ren soltó una risa divertida, ajustando mejor su carga.
—Bueno… hay que reconocer que ahora tiene más ropa nueva que los tres juntos. Creo que nos superó en número sin esfuerzo.
Lilia caminaba tranquilamente a su lado, con las manos vacías y la espalda recta, observando las bolsas como si fueran equipo táctico recién adquirido y revisando mentalmente que nada faltara o estuviera dañado. No parecía cansada, ni abrumada, ni nada por el estilo; solo avanzaba con esa serenidad suya de siempre.
—Es innecesario —comentó con voz neutra, mirando los paquetes—. Con una o dos prendas funcionales era más que suficiente para sobrevivir. Todo lo demás es solo adorno.
—¡No! —respondieron Kaede, Ren y Miyu al mismo tiempo, casi a gritos, como si hubieran ensayado la respuesta.
Se hizo un breve silencio.
Lilia giró ligeramente la cabeza hacia ellos, con esa expresión inmutable de siempre.
—Entiendo —dijo simplemente.
Pero era obvio que no entendía nada. Sin embargo, había aprendido que a veces era mejor dejar estar el tema y no seguir discutiendo cosas que, para ella, no tenían lógica alguna.
Miyu, mientras tanto, seguía refunfuñando por lo bajo, y sus quejas tomaron un tono diferente, más personal y dolido.
—Además… es injusto… —murmuró con voz quejumbrosa, mirando de reojo a Lilia—. ¡Todo lo que se prueba le queda perfecto! ¡Todo! Es que no es posible… ¡tiene mejores proporciones que yo! ¡Cómo puede ser eso!
Hizo una pausa dramática, soltando la bolsa un momento para cruzar los brazos y mirar al cielo con indignación.
—¡Llevo años diciendo que soy la más linda del grupo, la que tiene mejor cuerpo y la que se ve bien con cualquier cosa… y de repente llega ella, se prueba lo primero que encuentra, y parece que fue hecha a su medida! ¡Es como si la ropa la amara o algo así! ¡Es injusto! ¡Es una injusticia cósmica!
Ren y Kaede se miraron entre ellos, tratando de no reírse, porque sabían muy bien de qué hablaba.
Porque era verdad.
Habían pasado toda la tarde de tienda en tienda, probándose cosas, buscando tallas, viendo estilos… y cada vez que Lilia se ponía algo nuevo, pasaba lo mismo: le quedaba increíblemente bien. No importaba si era algo sencillo, algo elegante, algo deportivo o algo casual. Todo, absolutamente todo, se ajustaba a su figura perfectamente, resaltando su altura, sus curvas sutiles y esa presencia imponente que tenía sin siquiera intentarlo.
Y lo peor para Miyu no era solo eso… era la reacción de la gente.
Cada vez que salían del probador o pasaban por los pasillos, todos se quedaban mirándola. Hombres, mujeres, jóvenes, mayores… todos giraban la cabeza para verla pasar, impresionados por su belleza y su porte elegante y sereno. Muchos cuchicheaban, otros la miraban con admiración, y algunos incluso se detenían por completo para observarla.
Y para Miyu, que siempre había estado acostumbrada a ser el centro de atención, a ser la que todos miraban y decían lo linda que era… esto había sido demasiado para su orgullo y su ego.
—¡Es que no es justo! —siguió quejándose, arrastrando la bolsa otra vez—. ¡Hoy he visto más miradas dirigidas a ella que a mí en toda mi vida! ¡Yo soy la linda! ¡Yo soy la guapa! ¡Yo soy la que tiene estilo! ¡Y hoy parecía que yo era solo el paquete que llevaba las cosas! ¡Es una humillación!
—Ay, Miyu… —dijo Ren, sacudiendo la cabeza con una sonrisa divertida—. No es que seas menos linda, solo que ella tiene… algo especial. Es imponente.
—¡Eso es lo que digo! —exclamó ella—. ¡Tiene ventajas injustas! ¡Seguro que en el mundo de donde viene hasta el aire que respiran las hace hermosas! ¡Y yo aquí luchando para que me quede bien una falda…
Kaede soltó un suspiro, aunque se le escapaba una sonrisa.
—Ya está bien. Ambas son muy lindas, ¿contenta?
—¡No me conformo con "muy lindas"! —protestó ella—. ¡Yo quiero ser el número uno!
Pero se calló al ver que ya habían llegado al lugar.
El cansancio finalmente los había alcanzado a todos, y decidieron entrar en una cafetería pequeña y acogedora para descansar un poco antes de volver.
El ambiente allí era mucho más tranquilo que las calles llenas de gente y ruido. Se escuchaba música suave de fondo, un aroma dulce y agradable flotaba en el aire, y las personas que estaban dentro conversaban en voz baja, creando una atmósfera relajada y cómoda.
Se sentaron alrededor de una mesa amplia y dejaron todas las bolsas apiladas en una esquina, con un suspiro colectivo de alivio.
Miyu se dejó caer sobre la mesa, apoyando la cabeza sobre los brazos cruzados.
—No puedo más… —murmuró con voz apagada—. Se me rompió el ego, se me rompieron los brazos y se me rompieron las piernas… hoy ha sido un día traumático.
Ren se recostó hacia atrás en su silla, estirando las piernas debajo de la mesa.
—Admito que… fue más intenso de lo que esperaba. Pensé que solo sería comprar unas cuantas cosas y listo, pero nos hemos ido por las ramas.
—Porque ustedes dos no ayudaron en nada —acusó Kaede, mirándolos con fingida severidad—. Uno se dedicaba a reírse y el otro a elegir cosas todavía más caras y llamativas. ¡Yo fui el único que cargó con todo el trabajo real!
—¡Yo sí ayudé! —protestó Miyu sin levantar la cabeza de la mesa—. ¡Ayudé emocionalmente! ¡Sufrí mucho viendo cómo todo le quedaba mejor que a mí! ¡Eso cuenta, y mucho!
—Eso no cuenta como ayuda —respondió Kaede con calma.
—¡Claro que cuenta! ¡Es una forma de apoyo moral muy dolorosa y sacrificada!
Mientras ellos seguían discutiendo amistosamente, Lilia permanecía en silencio, sentada derecha en su silla, mirando a su alrededor con atención. Observaba todo con detenimiento: las luces suaves, las decoraciones, la forma en que la gente hablaba y se movía, la calma que reinaba en el lugar. Todo era tan distinto a lo que ella conocía… mucho más tranquilo, mucho más suave, mucho más… cálido.
Entonces, algo llamó su atención.
Justo frente a ella, sobre la mesa, el camarero acababa de dejar el plato que habían pedido para compartir.
Era un postre enorme, colorido y llamativo, decorado con mucho esmero. Tenía capas de bizcocho y crema, frutas frescas de todos los colores dispuestas con cuidado por encima, y pequeños trocitos brillantes y dorados que parecían destellar bajo la luz. Era una obra de arte dulce, diseñada para llamar la atención y abrir el apetito.
Lilia lo observó en silencio, con la mirada fija y seria, analizando cada detalle como si estuviera inspeccionando una pieza de equipo militar nuevo.
—¿Qué es esto? —preguntó finalmente con voz tranquila, sin apartar la vista del plato.
Los tres se quedaron en silencio un segundo, sorprendidos por la pregunta.
Luego Miyu levantó la cabeza lentamente de sus brazos y la miró con ojos entrecerrados por la curiosidad.
—¿…Nunca has visto un postre? —preguntó, casi sin creerlo.
—No —respondió Lilia con total naturalidad.
Se hizo un silencio breve.
Ren parpadeó un par de veces, mirándola con asombro.
—¿Nunca en tu vida? ¿En todos los años que tienes?
Lilia negó con la cabeza lentamente.
—Mi alimentación consistía básicamente en carne seca, pan duro y raciones de combate diseñadas para aportar energía rápida y resistir condiciones adversas. Nada de esto.
Miyu se quedó totalmente congelada, con la boca ligeramente abierta por la sorpresa.
Kaede frunció ligeramente el ceño, sintiendo una punzada de pena y ternura al mismo tiempo.
—¿Y… nada más nunca? ¿Ni siquiera algo dulce o diferente?
—En ocasiones especiales se servían alimentos distintos en el castillo o en los campamentos militares —respondió Lilia sin alterarse—. Pero eran platos preparados para dar fuerza, nutritivos y funcionales. Nunca vi nada que se pareciera remotamente a esto.
Volvió a mirar el postre con expresión analítica.
—No parece eficiente —concluyó—. Se ve frágil, lleva demasiados elementos distintos y dudo que aporte la energía necesaria para una jornada larga. Parece una pérdida de recursos.
Ren soltó una risa divertida y cálida.
—No, no es eficiente para nada —admitió—. Pero no se trata de eso.
—¡Claro que no! —exclamó Miyu, que parecía haber recuperado el ánimo de golpe—. ¡No se trata de eficiencia ni de energía, Lilia! ¡Se trata de sabor! ¡De disfrutar! ¡De sentir cosas ricas en la boca! ¡Es una de las mejores invenciones de la humanidad!
Lilia la miró fijamente, ladeando ligeramente la cabeza.
—¿Sabor? —repitió, como si fuera una palabra nueva para ella.
—¡Sí! —respondió Miyu con energía, empujando el plato hacia ella y poniéndole una cuchara en la mano—. ¡Toma! Prueba un poco y verás de qué te hablo.
Lilia dudó un segundo, mirando la cuchara como si fuera un arma desconocida que tenía que aprender a usar. La observó desde todos los ángulos, comprobó que estuviera limpia y segura, y luego miró de nuevo hacia el postre.
Tomó una pequeña porción, con movimientos precisos y cuidadosos, como si estuviera realizando una maniobra delicada. La acercó lentamente a su boca, sin quitarle la vista de encima, y finalmente la probó.
Cerró los labios y se quedó completamente inmóvil.
Kaede, Ren y Miyu la miraban con atención absoluta, conteniendo la respiración, esperando su reacción con mucha curiosidad y nerviosismo.
Pasaron unos segundos que parecieron eternos.
Lilia no habló.
No se movió.
Solo… procesaba.
Algo cambió en ella. Fue algo muy leve, casi imperceptible, pero todos lo vieron claramente.
La tensión en sus hombros se relajó.
Su mirada, que siempre era seria y dura, se suavizó ligeramente, volviéndose más cálida y brillante.
Y en la comisura de sus labios… apareció algo que ninguno de ellos había visto nunca antes.
Una pequeña curva.
Una sonrisa leve, muy leve, casi escondida… pero sincera y hermosa.
Miyu abrió los ojos como platos, llevándose las manos a la boca.
—¡¿Viste eso?! —susurró emocionada—. ¡Sonrió! ¡De verdad sonrió!
Ren sonrió con ternura, asintiendo lentamente.
—Sí… fue hermoso…
Kaede no dijo nada, pero sus ojos brillaron con satisfacción y calidez. Había valido la pena todo el esfuerzo, todas las bolsas cargadas y todas las quejas de Miyu solo por ver ese momento.
Lilia bajó lentamente la mirada hacia la cuchara que todavía sostenía, como si no terminara de creer lo que había sentido, y luego volvió a mirar el plato lleno de colores y dulzura.
—Es… agradable —dijo finalmente, con voz un poco más suave de lo habitual—. Muy agradable.
El silencio que siguió estuvo lleno de emoción contenida.
Miyu de repente soltó un grito ahogado de alegría y se llevó ambas manos a la cara.
—¡LO LOGRAMOS! ¡MISIÓN CUMPLIDA! —exclamó feliz—. ¡Conseguimos que le guste algo dulce! ¡Somos los mejores guías del mundo!
Ren rió alegremente.
—Primer paso completado con éxito —dijo—. Ya hemos empezado a civilizarla un poco.
Kaede exhaló suavemente, sintiéndose tranquilo y feliz.
—Bienvenida al mundo real, Lilia —murmuró con cariño—. Aquí las cosas no siempre tienen que ser eficientes. A veces solo tienen que hacernos felices.
Lilia volvió a mirar el postre, y esta vez sus ojos brillaban con una curiosidad y un interés totalmente nuevos. Levantó la vista hacia ellos, y dijo con total seriedad, como si estuviera dando una orden importante:
—Quiero más.
Miyu sonrió de inmediato, una sonrisa grande y brillante, olvidándose por completo de sus celos, de su ego herido y de sus quejas anteriores.
—¡Esa es la actitud! —exclamó, tomando ella misma la cuchara—. ¡Déjame a mí! Te voy a servir la mejor porción de todas, verás. ¡Vas a querer comer esto todos los días de ahora en adelante!
El problema no fue que Lilia probara el primer postre.
Ni el segundo.
El problema real… fue que simplemente no se detuvo.
—Este también se ve interesante —dijo señalando otro plato que pasaba por allí cerca.
—Y aquel de ahí parece tener una textura distinta —agregó al instante, sin dar tiempo a respirar.
—Ese de colores brillantes no lo conozco —señaló con el dedo—. Quiero probarlo.
Las órdenes que iba dando eran simples, directas, claras y constantes. No sonaban como peticiones, sino más bien como instrucciones tácticas que había que cumplir sin demora. Y lo más sorprendente de todo: lo hacía con la misma calma absoluta, la misma seriedad y el mismo ritmo pausado de siempre, como si estuviera inspeccionando armas o revisando suministros militares, no como si estuviera devorando dulces sin parar.
Miyu ya no sabía si reírse a carcajadas o empezar a preocuparse de verdad. Miraba la mesa, que poco a poco se iba llenando de platos vacíos, cucharas usadas y restos mínimos de crema o salsa dulce, y sentía que estaba presenciando algo histórico y aterrador a la vez.
—¿Cuántos van ya…? —murmuró para sí misma, contando con los dedos y perdiéndose a mitad de camino.
Ren hizo un conteo rápido recorriendo la mesa con la mirada y negó con la cabeza, asombrado.
—Perdí la cuenta en el sexto, y desde entonces han traído al menos otros cinco o seis… ya ni sé —respondió con una mezcla de diversión e incredulidad.
Kaede se pasó una mano por la frente, suspirando largamente y sintiendo que la situación se les estaba yendo totalmente de las manos.
—Esto se salió de control hace rato… —admitió—. Creo que cometimos un error muy grave al dejarle probar el primero. Fue como activar un mecanismo que no tiene freno.
La escena era impagable. Alrededor de ellas, la gente de la cafetería las miraba de reojo, sorprendida al ver cómo aquella chica de aspecto elegante y sereno, con una presencia tan imponente, iba terminando postre tras postre sin mostrar ni un solo signo de cansancio, empacho o dolor. Y lo hacía sin prisas, sin exageraciones, sin hacer ruidos extraños ni mancharse… simplemente comía, analizaba el sabor, decidía si le gustaba o no, y pedía el siguiente con total naturalidad.
—¿Segura de que no te vas a enfermar o te va a doler algo? —preguntó Ren por décima vez, mirándola con preocupación genuina—. Ya es mucha azúcar, mucha grasa y mucha comida en muy poco tiempo… cualquiera en tu lugar ya estaría tirado en el suelo gimiendo.
—No —respondió Lilia con voz firme y tranquila, sin dejar de comer ni por un segundo.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —insistió él—. ¡Es imposible que no te pase nada!
—Mi organismo está diseñado para soportar cargas físicas y nutricionales muy superiores a estas —explicó ella con total seriedad, como si estuviera leyendo un manual técnico—. En este momento no presenta ninguna señal de saturación ni rechazo. Todo está funcionando con normalidad.
Miyu la miró fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Eso no responde absolutamente nada… —se quejó—. ¡Suenas como una máquina, no como una persona que acaba de comer un ejército de dulces!
Pero sus protestas no sirvieron de nada.
Porque en ese momento, Lilia tomó el último postre que quedaba sobre la mesa, uno de tamaño considerable y aspecto bastante pesado. Lo observó durante unos segundos, analizando sus colores, su forma y su olor con atención. Tomó la cuchara, probó una pequeña porción para evaluar el sabor… y sin dudarlo, se lo terminó por completo en cuestión de minutos, limpiando hasta el último rastro del plato con una precisión casi quirúrgica.
Dejó la cuchara sobre la mesa con suavidad, se limpió la comisura de los labios con una servilleta y asintió levemente, satisfecha.
—Me gustó —dijo simplemente.
Hizo una pequeña pausa, mirando hacia el mostrador donde había visto más opciones antes, y añadió con total determinación:
—Quiero volver aquí. Pronto. Y probar el resto.
Miyu levantó ambas manos en el aire, derrotada pero feliz.
—¡Claro que vamos a volver! ¡Y traeremos carretas enteras si hace falta! —exclamó entre risas—. ¡Nunca había visto a alguien disfrutar tanto de comer dulce!
Ren soltó una carcajada, apoyándose contra el respaldo de su silla.
—Definitivamente esto se ha convertido en nuestro lugar favorito a partir de hoy —aseguró—. Aunque creo que vamos a tener que ahorrar bastante…
Kaede suspiró nuevamente, aunque esta vez había una sonrisa resignada en su rostro.
—La próxima vez ponemos un límite estricto —dijo con fingida severidad—. No podemos seguir financiando esto así como así…
Pero nadie le hizo el menor caso. Todos sabían muy bien que, si Lilia quería volver, volverían, y si ella quería comer, dejarían que comiera. No había mucho más que hacer.
Sin embargo, el problema real, el que realmente puso a prueba la cordura de Miyu, llegó poco después.
Cuando la chica se inclinó hacia adelante sobre la mesa, mirando a Lilia con una sospecha cada vez más grande y una envidia que le estaba carcomiendo por dentro.
—Esto no es normal… —murmuró entre dientes, analizándola de arriba abajo con ojos críticos.
Lilia la miró con calma, ladeando levemente la cabeza.
—¿Qué cosa no es normal? —preguntó sin entender a qué se refería.
Miyu no respondió con palabras. Simplemente extendió un dedo índice y, sin previo aviso, sin pedir permiso y sin importarle si estaba bien o mal, presionó suavemente el vientre de Lilia, justo por encima de su cintura.
Se hizo un silencio absoluto en la mesa.
Uno.
Dos.
Tres segundos pasaron.
Y… nada.
Absolutamente nada pasó.
No hubo hinchazón.
No hubo dureza.
No hubo ni el más mínimo rastro de abultamiento o de acumulación.
Todo estaba igual de plano, igual de firme y igual de suave que antes de empezar a comer.
Miyu parpadeó varias veces, incrédula. Retiró el dedo un instante, miró su propia mano como si estuviera fallando, y volvió a presionar con un poco más de fuerza.
—¡Pero qué…! —exclamó, totalmente confundida—. ¿Dónde está todo? ¡Dime dónde escondiste todo lo que comiste! ¡Tiene que haber algo ahí! ¡Es imposible que no tengas nada!
Ren se giró hacia un lado, aguantando the risa con todas sus fuerzas para no estallar en carcajadas allí mismo. Kaede simplemente cerró los ojos y negó suavemente con la cabeza, sabiendo muy bien lo que se le venía encima a la pobre Miyu.
—Miyu… trata de controlarte —dijo Kaede con voz tranquila, aunque divertida.
Pero ya era demasiado tarde.
Miyu estaba totalmente concentrada en su investigación, olvidándose de todo lo demás. Empezó a tocar, a presionar y a revisar por todos lados, cada vez más asombrada y más indignada.
—¡Esto no es posible en el mundo real! —decía mientras pasaba la mano por el abdomen liso y firme de la otra chica— ¡Comiste como diez postres enormes, llenos de crema, azúcar, harina y todo lo que engorda! ¡Deberías parecer un globo a estas alturas!
—Once —corrigió Ren desde el fondo, sin poder contenerse.
—¡PEOR! ¡ONCE! —repitió ella horrorizada— ¡Y no tienes absolutamente nada! ¡Ni un poquito de barriga, ni siquiera la piel más suave! ¡Es una estafa biológica!
Lilia observaba la mano de Miyu moviéndose sobre su ropa con curiosidad, sin molestarse ni apartarla, simplemente analizando la situación como siempre hacía. Luego levantó la vista y miró directamente a los ojos de la chica, sin entender nada.
—No comprendo cuál es el problema —dijo con total seriedad—. Todo lo que ingerí se está procesando correctamente y distribuyendo como energía. No queda residuo innecesario acumulado. Es un funcionamiento óptimo.
—¡El problema es que no tienes nada! —exclamó Miyu alzando la voz, llevándose las manos a la cabeza— ¡Nada de nada! ¡Es injusto! ¡Es muy injusto!
—¿Debería tener algo ahí? —preguntó Lilia con genuina confusión.
—¡SÍ! ¡Claro que deberías tener! —gritó Miyu señalándose a sí misma— ¡Mira esto!
Se levantó un poco la ropa y mostró su propio abdomen, que, aunque delgado y bonito, tenía una pequeña capa suave y natural, el resultado de comer normalmente y de ser humana.
—¡Yo como la mitad de lo que tú comes y ya se me nota al día siguiente! ¡Y tú te devoras el menú entero de dulces y sigues igual de plana y perfecta que siempre! ¡Es una maldad! ¡Es una injusticia cósmica!
—No —respondió Lilia con calma—. Es simplemente eficiencia biológica. Nada más.
Se hizo un silencio breve y cargado de frustración por parte de Miyu. Ella retiró lentamente su mano del cuerpo de la otra chica y se quedó mirando su propio abdomen, sintiendo que la vida le estaba jugando una mala pasada.
—…Esto es totalmente injusto —repitió en voz baja, dolida en su orgullo y en su amor propio—. De verdad, la vida es muy injusta…
Ren soltó finalmente la risa que había estado conteniendo y se echó hacia atrás riéndose a gusto.
—Completamente de acuerdo contigo —dijo entre risas—. Es de lo más injusto que existe.
Kaede se levantó de la silla, recogiendo algunas bolsas que tenían cerca.
—Ya vámonos antes de que empieces a compararte con todo el mundo y termines llorando de la rabia —sugirió con una sonrisa—. Tenemos que seguir caminando.
Salieron de la cafetería poco a poco, volviendo a sentir el aire fresco de la calle golpearles el rostro. El ruido de la ciudad los recibió de nuevo: el movimiento de la gente, los coches pasando, las voces, las risas y el constante bullicio de la vida urbana.
Caminaban sin prisa, disfrutando de la tarde, con las bolsas llenas de ropa en las manos y el recuerdo de la comida todavía presente. El día avanzaba con una normalidad que para cualquiera hubiera sido algo cotidiano y simple… pero para Lilia seguía siendo algo extraño, nuevo y sorprendente a cada paso que daba.
Miyu caminaba a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido, todavía refunfuñando por lo mismo.
—De verdad… —murmuró mirándola de reojo—. Me gustaría tener tu metabolismo. Me cambiaría por ti sin pensarlo dos segundos. Sería la mujer más feliz del mundo.
Lilia giró levemente la cabeza hacia ella y la miró con seriedad.
—Puedo entrenarte para conseguirlo —dijo de pronto, como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
Miyu levantó la cabeza de golpe, con los ojos brillando de esperanza y curiosidad.
—¿…En serio? ¿Harías eso por mí?
—Sí —respondió Lilia sin dudar—. Es posible modificar el rendimiento del cuerpo mediante hábitos constantes y ejercicio adecuado. Solo requiere dedicación. Pero… requerirá disciplina extrema.
Ren soltó una risa baja, sabiendo muy bien a dónde iba a parar todo esto. Kaede también ya se imaginaba lo que vendría a continuación y negó suavemente con la cabeza.
—Define exactamente qué quieres decir con «extrema»… —pidió Ren, adelantándose un poco.
Lilia respondió al instante, sin pensarlo ni un segundo más, recitando la lista como si fuera un reglamento militar.
—Entrenamiento físico intensivo de cuatro horas diarias, mínimo. Ejercicios de fuerza, resistencia y velocidad combinados. Restricción alimenticia estricta y controlada según las necesidades calóricas exactas del cuerpo. Rutinas de combate adaptadas para mantener el tono muscular y acelerar el metabolismo. Horarios de sueño rigurosos y descansos programados.
Se hizo un silencio total tras escuchar todo eso.
Miyu la miró fijamente, con los ojos cada vez más abiertos y la cara palideciendo poco a poco a medida que entendía la magnitud de lo que le estaban proponiendo.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres segundos largos.
—…Paso —dijo finalmente, levantando las manos en señal de rendición y poniendo cara de horror absoluto—. Gracias, pero paso totalmente. Prefiero tener mi barriguita y vivir feliz y tranquila, gracias. ¡No quiero morir de agotamiento ni nada parecido!
Ren soltó una carcajada sonora y Kaede no pudo evitar sonreír también.
—Duraste muy poco en tu entusiasmo, ¿eh? —se burló Ren divertido.
—¡Porque eso no es vida! ¡Es tortura militar! —se defendió Miyu indignada—. ¡Prefiero seguir siendo injustamente tratada por la naturaleza antes que someterme a eso!
Siguieron caminando entre risas y bromas, distrayéndose mutuamente y hablando de mil cosas diferentes para olvidar el tema. Y por eso… ninguno de ellos notó al principio que algo había cambiado.
Ninguno se dio cuenta de que Lilia ya no caminaba junto a ellos.
Se había detenido en seco justo frente a un escaparate grande y luminoso.
Sus ojos estaban fijos al frente, muy abiertos y atentos, clavados en lo que había al otro lado del cristal. No parpadeaba, ni se movía, ni emitía sonido alguno… simplemente estaba allí parada, inmóvil como una estatua.
Kaede fue el primero en darse cuenta de su ausencia y se detuvo enseguida, girándose hacia atrás.
—¿Lilia? ¿Pasa algo?
No hubo respuesta inmediata. Ella seguía mirando fijamente hacia el interior, totalmente absorta en lo que veía.
Kaede se acercó hasta quedar a su lado y miró en la misma dirección que ella para ver qué era lo que le había llamado tanto la atención. Y apenas vio el interior, lo entendió perfectamente.
Se trataba de una tienda de arcade.
Un lugar enorme, lleno de luces de colores que parpadeaban sin parar, máquinas de todo tipo alineadas por todas partes, pantallas gigantes que mostraban juegos llamativos y personajes coloridos, y un ruido constante y alegre de sonidos electrónicos, música y voces que salía de allí hacia la calle. Había movimiento por todos lados: gente jugando, gente corriendo de una máquina a otra, gente gritando de emoción o celebrando victorias. Era un lugar caótico, ruidoso, brillante y totalmente lleno de vida.
—¿Te llamó la atención todo esto? —preguntó Kaede suavemente, observándola con curiosidad.
Lilia negó suavemente con la cabeza, sin apartar la vista del interior ni por un segundo.
—No exactamente —respondió con voz baja y pensativa—. Ya sabía qué era este lugar.
Hubo una pausa breve. Los tres se acercaron hasta quedar cerca de ella, esperando a que continuara.
—Haru me habló de este sitio hace tiempo —explicó ella, y su voz adquirió un tono más suave y cálido al mencionar aquel nombre—. Me describió exactamente cómo era y qué se hacía aquí.
El silencio se instaló entre ellos unos instantes, lleno de respeto y cariño por aquella persona que ya no estaba pero que seguía presente en sus recuerdos.
—Dijo que era… —continuó Lilia, recordando con precisión cada palabra que él le había dicho— «un lugar donde puedes perder el tiempo sin culpa». Me dijo que aquí no hay obligaciones, ni deberes, ni reglas estrictas. Solo te diviertes y ya. Que es uno de los mejores inventos de la humanidad.
—También dijo que era increíblemente entretenido —añadió ella en voz baja, como si estuviera repitiendo palabra por palabra lo que había escuchado tiempo atrás, grabado a fuego en su memoria.
Sus ojos permanecían fijos en el interior del local, brillando con una mezcla extraña de curiosidad contenida y nostalgia silenciosa. No parpadeaba, ni se movía, ni apartaba la mirada ni un milímetro; estaba completamente hipnotizada por ese mundo de luces y sonidos que se extendía ante ella.
—Lo reconocí al instante apenas lo vi —continuó con suavidad—. Me lo describió con tanto detalle y tanta pasión que no podía equivocarme. Dijo que aquí la gente venía solo para disfrutar, para reír y para olvidarse de todo lo demás un rato. Que era un refugio pequeño y luminoso donde nadie te pedía nada, ni te exigía nada, ni te juzgaba por nada.
Se hizo un pequeño silencio, cargado de sentimientos y recuerdos que solo ella podía ver.
Kaede la miró con ternura, comprendiendo perfectamente lo que pasaba por su mente y su corazón. Dio un paso hacia ella y le preguntó con voz tranquila y amable:
—¿Quieres entrar, Lilia? Nadie te va a obligar ni a presionar, pero si tienes ganas… podemos ir.
Lilia dudó. Fue solo un instante mínimo, apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente para que ellos se dieran cuenta de la verdad. Sus ojos se movieron rápidamente de un lado a otro del local, recorriendo cada máquina, cada luz y cada persona que se divertía dentro, y se notaba a leguas que tenía unas ganas enormes de cruzar esa puerta… pero que algo se lo impedía.
—No es necesario —respondió finalmente, bajando levemente la mirada y volviendo a adoptar esa postura seria y estoica de siempre, tratando de ocultar lo que realmente sentía—. Solo era curiosidad. No tengo obligación ni motivo para entrar.
Miyu soltó una pequeña risa traviesa y la miró con una sonrisa de oreja a oreja, sabiendo exactamente lo que pasaba.
—¡Claro que sí lo es! —le contradijo alegremente—. Es súper necesario. De hecho, diría que es una emergencia absoluta.
Ren también sonrió, asintiendo con la cabeza y acercándose un poco más.
—Completamente necesario —coincidió con seriedad fingida—. Es una experiencia vital que todo ser humano debe vivir al menos una vez en la vida. Sería un crimen que te la perdieras.
Lilia volvió a levantar la vista hacia la entrada de la tienda, frunciendo levemente el ceño y tratando de mantener su postura firme.
—No—
No logró terminar ni una sola palabra más.
Porque de repente, sintió cómo unas manos pequeñas y ágiles se aferraban con fuerza a su brazo derecho, y otras manos firmes y cálidas tomaban el izquierdo al mismo tiempo.
—¡Vamos, vamos, vamos! —exclamó Miyu tirando de ella con energía, empezando a caminar hacia la puerta sin dejarla tiempo para reaccionar.
—Esto cuenta oficialmente como parte de tu entrenamiento de vida —añadió Ren divertido, empujándola suavemente hacia adelante—. Tienes que aprobar esta lección sí o sí.
—¡Es una experiencia de vida obligatoria! —gritó Miyu entusiasmada—. ¡Y yo soy tu profesora oficial de diversión!
—Pero yo no he aceptado participar en nada de esto… —protestó Lilia, aunque su voz sonaba más confundida que molesta, y ni siquiera intentó soltarse ni resistirse en serio.
—Demasiado tarde para echarse atrás —respondió Kaede tranquilamente, cerrando la marcha y caminando detrás de ellas con una sonrisa divertida—. Una vez que Miyu decide algo, no hay vuelta atrás. Así que más te vale disfrutar del viaje.
Y así fue como sucedió todo.
Sin que nadie le pidiera permiso.
Sin ninguna planificación previa ni reglas establecidas.
Sin saber muy bien qué iba a encontrar o qué iba a sentir.
Lilia fue literalmente arrastrada hacia ese lugar lleno de luces, ruidos y colores, hacia algo totalmente nuevo, desconocido y emocionante para ella.
Era un lugar que conocía de oídas, que había imaginado muchas veces escuchando las historias de Haru, que había descrito en su mente con todo lujo de detalles… pero que nunca había tenido la oportunidad ni el valor de vivir por sí misma.
Y, de repente, estaba allí. Entrando de la mano de sus amigos, sintiendo el ruido y la energía del lugar golpeándola de lleno, con una mezcla de miedo, emoción y felicidad que nunca antes había experimentado.
Era como todo lo demás en ese mundo nuevo para ella.
Como su vida entera ahora mismo.
Algo que no conocía, que no entendía del todo, que a veces le parecía caótico o ilógico… pero que estaba aprendiendo a vivir, paso a paso, acompañada de personas que la querían y que se aseguraban de que no se perdiera ni un solo momento importante.
Y mientras cruzaba el umbral de la puerta, con el ruido llenándole los oídos y las luces deslumbrándole la vista, Lilia sintió algo cálido y suave expandirse por su pecho.
«Haru tenía razón», pensó para sí misma.
«De verdad… este lugar es maravilloso».