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Capítulo 11: recuerdos pasados

DNavarrete
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Al cruzar las puertas del arcade, Lilia se detuvo por un instante, como si un muro invisible la hubiera detenido en seco.

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Al cruzar las puertas del arcade, Lilia se detuvo por un instante, como si un muro invisible la hubiera detenido en seco.

 

Y de repente, todo el mundo que conocía desapareció. Frente a ella se abría un universo completamente nuevo, desbordante, vibrante y vivo.

 

Luces de todos los colores imaginables parpadeaban, estallaban y se mezclaban en cada rincón: tonos azules eléctricos, rojos intensos, amarillos brillantes, verdes esmeraldas y matices dorados que se reflejaban en las superficies metálicas, en los cristales y en el suelo pulido, creando destellos que parecían bailar por sí mismos. Las pantallas gigantes colgadas en las paredes proyectaban imágenes en movimiento, historias que cambiaban a una velocidad vertiginosa, figuras que saltaban, corrían y brillaban con una energía casi mágica, demasiado rápida para seguirla con la vista, pero lo suficientemente intensa para quedarse grabada en la retina.

 

El sonido la envolvió al instante, como una ola cálida y potente. Escuchó melodías electrónicas alegres y rítmicas que se entrelazaban con los pitidos, zumbidos y campanillas de las máquinas, las risas claras y libres de la gente, gritos de emoción cuando alguien ganaba, voces hablando al mismo tiempo, el eco constante de motores y mecanismos funcionando sin parar. Era una sinfonía caótica, fuerte, incesante… y extrañamente hermosa.

 

Todo brillaba. Todo se movía. Todo respiraba vida.

 

Lilia permaneció inmóvil, con el cuerpo rígido por el hábito de años, observando cada detalle con la misma atención afilada y meticulosa con la que estudiaba un campo de batalla desconocido, evaluando peligros, distancias, movimientos. Pero esta vez, no buscaba amenazas. Su mirada recorría el lugar de un extremo a otro, absorbiendo cada matiz, cada luz, cada sonido, como si quisiera guardar todo ese instante para siempre.

 

Vio cómo los colores se fundían unos con otros, cómo las luces cambiaban sin cesar, cómo las personas celebraban pequeñas victorias sin importar nada más que el momento presente. Sintió la energía del lugar vibrar en el aire, en la piel, en el pecho: era una fuerza viva, alegre, desbordada, sin rastro de guerra, sin sombras de peligro, sin el peso de la responsabilidad que siempre había cargado sobre sus hombros.

 

Era caótico, ruidoso, desordenado… y, sin embargo, en medio de todo ese descontrol, Lilia sintió que algo dentro de ella se aflojaba, se abría. Sus pupilas se dilataron levemente, captando cada destello, y por primera vez en mucho tiempo, esa sensación extraña y cálida de familiaridad la invadió por completo.

 

No era que hubiera estado allí antes. Nunca había visto nada igual. Pero todo aquello… le recordó inevitablemente a otra noche.

 

Una noche que tenía grabada a fuego en su memoria.

 

El cielo estaba iluminado. Miles de destellos de colores explotaban uno tras otro sobre la capital del reino, cubriendo la oscuridad profunda con luces rojas, azules, verdes y doradas que se extendían por todo el firmamento, como si el mismo cielo estuviera celebrando algo que nadie más entendía.

 

Desde la azotea más alta del castillo real, Lilia observaba el espectáculo en completo silencio, con la respiración medida y el cuerpo rígido. Sus ropas cubrían vendas frescas que rodeaban sus brazos, su costado, su espalda; los combates recientes habían dejado heridas profundas, tanto en la piel como en el alma, y el dolor todavía era agudo al moverse. Aun así, permanecía de pie, con la espalda recta, la mirada fija en las luces y la mente alerta, como siempre.

 

Aquella había sido la primera vez que hablaba a solas con Haru después de haber dejado atrás al enemigo, de haber roto todo lo que conocía para unirse a su grupo, a su causa, a él.

 

En ese momento no entendía por qué él había insistido tanto en llevarla hasta allí, en subir hasta lo más alto del castillo bajo la lluvia ligera y fría de la noche. No comprendía qué sentido tenía observar explosiones efímeras en el cielo cuando al día siguiente volverían a marchar, volverían a pelear, volverían a arriesgar la vida en una guerra que parecía no tener fin.

 

A su lado, apoyado con los codos sobre la baranda de piedra fría, Haru contemplaba el espectáculo con una sonrisa tan amplia y llena de emoción que sus ojos brillaban con la misma intensidad que los fuegos artificiales que estallaban sobre ellos. Parecía completamente ajeno al cansancio, al dolor, a la guerra que los rodeaba.

 

—¿Qué te parece? —preguntó, sin apartar la vista del cielo, con la voz suave, casi en un susurro, como si temiera romper la magia del momento.

 

Lilia guardó silencio unos segundos, analizando todo con la lógica que siempre la había guiado.

 

—No tiene utilidad táctica —respondió, con la misma frialdad que usaba en el campo de batalla.

 

Haru soltó una pequeña risa, suave y alegre, que se mezcló con el eco lejano de los cohetes.

 

—Sabía que dirías eso —dijo, sin dejar de sonreír.

 

Lilia se quedó inmóvil, sin entender por qué le causaba gracia.

 

—No comprendo por qué las personas invierten tantos recursos, tanto tiempo y tanto esfuerzo en algo que desaparece en segundos —añadió, con seriedad—. Algo que no deja nada, que no protege, que no ayuda a ganar.

 

Haru levantó la vista justo cuando una explosión dorada inmensa iluminó todo el cielo, bañando sus rostros de luz cálida por unos instantes.

 

—Porque no todo tiene que durar para ser importante —respondió con calma, y sus palabras quedaron flotando en el aire, nuevas, extrañas y profundas para ella.

 

Lilia no respondió. No sabía qué decir. Nunca le habían enseñado eso. Nunca le habían hablado de cosas que valían la pena solo por existir, solo por sentirse.

 

Haru giró ligeramente la cabeza hacia ella, y sus ojos brillaban con una ternura que ella apenas empezaba a comprender.

 

—Cuando todo esto termine… —empezó a decir, y su voz cambió por completo: se volvió más suave, más sincera, más íntima, como si le estuviera confiando el secreto más valioso que tenía—. Te llevaré a mi mundo.

 

Lilia lo miró directamente por primera vez esa noche, sorprendida por la seriedad en sus palabras.

 

Haru sonreía ahora como un niño pequeño, recordando algo que amaba con todo su ser.

 

—Te mostraré la ciudad de noche —continuó, con la mirada brillante por la ilusión—. Las calles llenas de luces de todos los colores, que brillan incluso cuando ya ha oscurecido. Los edificios altos iluminados hasta lo más alto. Los carteles que parpadean y anuncian cosas, que brillan por todas partes como si cada uno fuera una pequeña estrella en la tierra.

 

Hizo una pausa, y su voz se llenó de calidez al imaginarlo.

 

—Verás gente caminando tranquila, sin correr, sin miedo, sin preocuparse por guerras ni monstruos ni heridas. Tiendas abiertas hasta tarde, con escaparates llenos de cosas bonitas. Lugares enteros hechos solo para divertirse, para jugar, para pasar el rato. Nadie tiene que estar alerta. Nadie tiene que luchar. Solo están ahí, viviendo.

 

Su sonrisa se hizo más amplia, más luminosa.

 

—Te vas a quedar mirando todo con los ojos muy abiertos —añadió con una pequeña risa—, como si hubieras llegado a otro planeta.

 

Lilia lo observó en silencio, intentando imaginar algo tan diferente a todo lo que conocía.

 

—¿Es tan distinto de aquí? —preguntó con voz baja.

 

—Muchísimo —aseguró él, con total convicción—. Todo está lleno de colores. De ruido alegre. De vida que no tiene prisa.

 

Guardó unos segundos de silencio, mirándola con una expresión llena de esperanza, de confianza, de algo que ella todavía no sabía nombrar.

 

—Creo que te gustaría —dijo, simplemente, como si fuera la verdad más segura que tenía.

 

Lilia desvió la mirada de nuevo hacia el cielo, hacia los fuegos artificiales que seguían estallando y desvaneciéndose. En ese momento no respondió. No entendía por qué Haru estaba tan seguro de eso. No comprendía por qué hablaba de ese futuro con tanta naturalidad, como si ambos fueran a sobrevivir sin ninguna duda, como si la guerra fuera solo algo que pasaría, no algo que podría acabar con todo.

 

Pero, por primera vez desde que había empezado a pelear, desde que había aprendido a desconfiar de todo y de todos… una pequeña parte de ella, muy adentro, quiso creerle. Quiso aferrarse a esa promesa, por efímera que pareciera.

 

—Cuando termine la guerra… —murmuró Haru, todavía mirando las luces—. Quiero enseñarte todo eso. Quiero que lo veas con tus propios ojos.

 

Lilia no contestó. Sin embargo, en ese instante, grabó aquellas palabras en lo más profundo de su memoria, guardándolas como un tesoro, como una promesa que valía la pena esperar.

 

—Lilia.

 

La voz suave de Kaede la devolvió de golpe al presente, rompiendo el recuerdo como si se rompiera un cristal.

 

Parpadeó una vez, y luego otra, para aclarar la visión.

 

Las luces parpadeantes del arcade reemplazaron los fuegos artificiales del cielo de aquella noche. El ruido alegre y constante de las máquinas sustituyó el eco lejano y tranquilo de la azotea del castillo. La luz cálida y artificial bañaba su rostro ahora, igual que entonces, pero ya no estaba él a su lado.

 

Por un instante, Lilia permaneció completamente quieta, con el corazón latiendo despacio y fuerte en su pecho, sintiendo una presión dulce y dolorosa a la vez, una mezcla de nostalgia, tristeza y una alegría extraña que le llenaba la garganta.

 

Haru nunca había podido llevarla a su mundo. Nunca pudo cumplir aquella promesa que le había hecho bajo las luces del cielo. La guerra no terminó como esperaban, y él se fue, dejando esa promesa pendiente flotando en el aire, igual que los fuegos artificiales que un día le mostró.

 

Pero ahora… ahora, de alguna manera que ella apenas podía comprender… estaba allí.

 

Estaba rodeada de luces brillantes que parpadeaban sin cesar, de colores vivos que se mezclaban por todas partes, de ruido alegre, de gente que vivía sin miedo, de vida que no tenía prisa.

 

Exactamente tal como él lo había descrito aquella noche, palabra por palabra, detalle por detalle.

 

Lilia alzó ligeramente la mirada, recorriendo todo el lugar una vez más, sintiendo cómo cada luz, cada sonido, cada rincón le hablaba de él, de lo que quería para ella, de lo que querían ser juntos.

 

Sus labios se curvaron apenas, muy suavemente, en una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero llena de todo lo que sentía: gratitud, recuerdo, amor, y la certeza de que él estaba allí con ella, en cada destello.

 

—Tenías razón… —murmuró en voz tan baja que solo ella pudo escucharse, con la voz un poco temblorosa por la emoción—. Era hermoso. Y me gusta.

 

Y dio un paso al frente, lento, decidido, internándose por primera vez en aquel mundo brillante, aquel lugar que Haru siempre quiso mostrarle, aquel lugar que, al fin, ambos podían compartir.

 

Antes de que Lilia pudiera seguir absorbiendo cada detalle del lugar, sintió dos manos apoyarse con fuerza, casi con entusiasmo desmedido, sobre sus hombros.

 

Miyu apareció de un salto detrás de ella, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara, los ojos brillantes y rebosando una energía que parecía no tener fin —la misma energía que, en otras circunstancias, Lilia habría clasificado como «riesgo alto de caos inminente».

 

—¡Nada de quedarte parada como si estuvieras inspeccionando una fortaleza enemiga! —declaró con voz fuerte y alegre, sacudiéndola suavemente por los hombros—. ¡Esto recién comienza, Lilia! ¡Todavía queda muchísimo por ver, por jugar y por ganar… aunque seas tú quien gane, claro!

 

Y sin darle ni un segundo para protestar, ni siquiera para parpadear, comenzó a empujarla hacia el interior del arcade, abriéndose paso entre la gente como si fuera una pequeña tormenta.

 

Lilia avanzó unos pasos, todavía con la mente intentando procesar todo lo que la rodeaba. A su alrededor, luces de todos los colores parpadeaban sin cesar, formando remolinos de luz que se reflejaban en el suelo y en las paredes. Sonidos electrónicos, melodías alegres, pitidos y campanillas llenaban el aire, mezclándose con risas, gritos de emoción, aplausos y voces que celebraban o se quejaban con igual entusiasmo. Había niños corriendo, jóvenes compitiendo, familias disfrutando… personas de todas las edades, todas ocupadas solo en divertirse.

 

Era un caos absoluto. Un desorden total, ruidoso, brillante, impredecible.

 

Pero por primera vez en su vida, Lilia no sintió la necesidad de evaluar cada movimiento como una amenaza, ni de calcular distancias ni rutas de escape. Aquel caos no era peligroso. Era… alegre. Y eso hizo que su pecho se sintiera ligero, como si una armadura invisible se estuviera aflojando poco a poco.

 

Las primeras partidas fueron, para decirlo suavemente… desastrosas.

 

Miyu y Ren decidieron empezar con carreras de coches —«lo más fácil del mundo», le habían dicho—. Luego pasaron a juegos de peleas, donde supuestamente ella tendría ventaja. Después a juegos de disparos, pensando que su precisión de guerrera brillaría.

 

Pero el resultado fue siempre el mismo: Lilia perdía. Y perdía mucho.

 

—¡Ja, ja, ja! —celebró Miyu dando saltitos cuando volvió a ganar una carrera, mientras en la pantalla el coche de Lilia seguía chocando contra las barreras una y otra vez—. ¡No me lo puedo creer! ¡La gran guerrera invencible, la que ha derrotado ejércitos enteros, derrotada por una simple curva en U! ¡Esto es histórico!

 

—Debes aceptar tu derrota con dignidad y honor, Lilia —añadió Ren, inflando el pecho con tanto orgullo que parecía que iba a explotar, cruzándose de brazos y mirándola con una sonrisa triunfal—. Al fin y al cabo, no todos tienen el talento natural para estas cosas. Nosotros somos expertos, ¿sabes?

 

Lilia observó la pantalla en silencio, analizando el recorrido, los movimientos del coche y los controles como si estuviera estudiando un mapa de batalla.

 

—Entiendo. Mis movimientos carecen de fluidez. Y los controles responden de forma distinta a lo que esperaba.

 

—¿Te rendirás ya? —preguntó Miyu, acercándose con una sonrisa desafiante, casi malvada—. ¿Aceptas que somos mejores?

 

Lilia negó con la cabeza, muy seria, y volvió a agarrar el volante con ambas manos, con la determinación de siempre brillando en sus ojos.

 

—Negativo. Necesito otra partida.

 

Y luego otra.

 

Y otra más.

 

Y otra, hasta que Miyu y Ren empezaron a cansarse solo de verla.

 

Al principio, sus movimientos seguían siendo torpes, mecánicos, demasiado rígidos. No entendía bien las reglas ocultas, ni la lógica de algunos botones, ni por qué ciertas combinaciones daban ventaja. Pero Lilia hacía lo que siempre había hecho en su vida, lo que la había convertido en la mejor estratega de su reino: observaba cada detalle, analizaba cada movimiento, aprendía de cada error, detectaba patrones en la forma de jugar de sus compañeros, estudiaba sus fallos y corregía los propios con una precisión quirúrgica.

 

Poco a poco, su desempeño comenzó a cambiar. Ya no chocaba tanto. Empezó a anticipar los giros. A usar los botones correctos en el momento exacto.

 

Primero logró empatar una partida. Miyu y Ren se miraron entre ellos, confundidos.

 

Después quedó a un solo segundo de la victoria. «¡Fue suerte!», gritaron ambos al unísono.

 

Y finalmente… todo cambió.

 

En la pantalla grande, las letras se iluminaron con fuerza: PRIMER LUGAR: LILIA.

 

Silencio absoluto.

 

Miyu y Ren se quedaron inmóviles, con las manos todavía en los controles, la boca abierta y los ojos muy abiertos, como si acabaran de ver aparecer un dragón frente a ellos.

 

—…Eso no cuenta —murmuró Miyu, rompiendo el silencio con voz indignada—. ¡Hubo un fallo en la máquina! ¡O se movió sola!

 

—Sí, eso es… ¡defectuosa! —apoyó Ren, asintiendo con mucha energía—. ¡No vale, no vale!

 

—Sí cuenta —intervino Kaede, que estaba detrás de ellos apoyada en una máquina, y que ya no podía contener la risa, soltando una carcajada que llamó la atención de los que pasaban por allí—. Lo he visto todo paso a paso, y ha sido totalmente legal. Más que legal, ha sido aterrador.

 

—Fue suerte. Pura suerte —insistió Ren, cruzándose de brazos y mirando la pantalla con desconfianza.

 

—Negativo —dijo Lilia con total calma, soltando el volante y mirándolos con esa seriedad absoluta que tenía siempre—. Simplemente estudié sus movimientos, identifiqué sus patrones de reacción y anticipé cada uno de sus movimientos. No hubo suerte. Solo estrategia.

 

Miyu la señaló con el dedo índice, acusadora, aunque todavía tenía los ojos muy abiertos por la impresión.

 

—¡Eso es trampa! ¡Esto se supone que es para divertirse, no para hacer una guerra táctica contra nosotros!

 

—No existe la trampa cuando el enemigo repite el mismo patrón de ataque tres veces seguidas —respondió Lilia, como si estuviera recitando un manual militar.

 

Kaede estalló en una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

 

Ren se llevó ambas manos a la cabeza, mirando al techo con desesperación.

 

—¡Nos estudió… nos analizó como si fuéramos jefes de misión de máxima dificultad! —se quejó, girándose hacia Miyu—. ¡Dijiste que era algo fácil y divertido!

 

—¡Y lo era hasta que ella empezó a tratarnos como si fuéramos un ejército invasor! —respondió Miyu, igual de dramática.

 

Lilia inclinó ligeramente la cabeza, confundida.

 

—¿No era el objetivo ganar?

 

Aquello solo hizo que Kaede riera todavía más fuerte, casi sin aire, mientras Ren y Miyu se miraban entre sí con expresión de «¿qué hemos hecho?».

 

Durante el resto de la tarde, Miyu y Ren se empeñaron en recuperar su orgullo perdido. Probaron con máquinas de destreza, de memoria, de ritmo, de todo lo que se les ocurrió. Y fracasaron una y otra vez. Cada vez que jugaban contra ella, Lilia observaba, aprendía y superaba todo lo que hacían. Al final, ya ni siquiera intentaban ganar: solo intentaban que no fuera tan aplastante la derrota.

 

Pero la humillación definitiva —y el momento más legendario de toda la tarde— llegó mucho más tarde.

 

En una de las esquinas más concurridas del arcade había una máquina enorme, brillante y muy popular: el reto de fuerza. Consistía en un gran saco de boxeo digital, colgado de una estructura metálica, que medía con precisión milimétrica la potencia del golpe y mostraba un puntaje final en una pantalla gigante. Alrededor siempre había gente, animando o apostando, y varios chicos jóvenes, fuertes y musculosos, se turnaban para demostrar su fuerza, golpeando con todas sus fuerzas y sacando números altos que arrancaban aplausos y silbidos de admiración.

 

Miyu se detuvo frente a la máquina, leyó las instrucciones y de pronto le brillaron los ojos con una malicia absoluta. Se giró hacia Lilia con una sonrisa enorme, de esas que siempre significaban problemas para alguien —y esta vez no serían ellos.

 

—Lilia, tienes que probar esto. Es obligatorio.

 

Lilia observó la máquina con atención, evaluando su estructura y funcionamiento.

 

—¿El objetivo es golpear el saco con la mayor fuerza posible?

 

—¡Exactamente! —respondió Miyu, muy contenta—. Y cuanto más fuerte pegues, más puntos sacas. ¿Verdad, Ren?

 

—¡Exacto! —apoyó Ren, entendiendo de inmediato el plan y sonriendo también—. Es muy sencillo. Seguro que te sale genial… o eso esperamos.

 

—Entendido. Objetivo claro —dijo Lilia con voz seria.

 

Se quitó la chaqueta con total naturalidad, con movimientos precisos y elegantes, y se la entregó a Kaede, que la tomó con una sonrisa curiosa.

 

Alrededor, varios de los presentes empezaron a mirarla con interés. Vieron a una joven de apariencia delicada, elegante, de brazos delgados y figura refinada, con una postura recta y serena que destacaba entre el resto. Y más de uno soltó una risita entre dientes, con esa actitud condescendiente de quien piensa que «esa chica no va a mover ni un milímetro el saco».

 

Un grupo de cuatro o cinco chicos jóvenes, de camisetas ajustadas que marcaban sus músculos, se pusieron delante, cruzándose de brazos y mirándola con diversión.

 

—Mira, mira, ahora le toca a la señorita —dijo uno de ellos, alto y de hombros anchos, con una sonrisa burlona—. Seguro que saca… ¿un diez? ¿O quizás un veinte? ¡Cuidado no te hagas daño, eh!

 

Los otros rieron, asintiendo.

 

—Si quieres, te enseñamos nosotros cómo se hace —añadió otro, guiñando un ojo—. Aquí hace falta fuerza de verdad.

 

Lilia ni siquiera los miró. No les prestó más atención que a un par de moscas que pasaran volando. Se colocó frente a la máquina, separó los pies al ancho de los hombros, flexionó levemente las rodillas y adoptó una postura simple, equilibrada y perfecta: la misma que había usado mil veces en el campo de batalla, la que le permitía canalizar toda su fuerza, todo su peso y toda su técnica en un solo punto.

 

Respiró hondo una vez.

 

Soltó el aire lentamente.

 

Y lanzó el puñetazo.

 

No hubo gritos, ni movimientos exagerados, ni alzar el brazo antes de tiempo. Fue un movimiento corto, rápido, preciso… y absolutamente brutal.

 

El impacto retumbó por todo el salón.

 

El saco salió disparado hacia atrás con tanta fuerza que pareció volar, golpeando la estructura metálica con un sonido metálico fuerte y agudo que hizo que la máquina entera vibrara y se sacudiera con violencia.

 

La pantalla parpadeó en rojo, azul, blanco, todos los colores a la vez, como si no pudiera procesar lo que acababa de ocurrir. Los números subieron a una velocidad absurda, pasando de cero a cifras altísimas en décimas de segundo, hasta que se detuvieron de golpe, iluminando todo el rincón con letras gigantes y doradas:

 

9999. PUNTUACIÓN MÁXIMA. PERFECT.

 

Durante un segundo entero, nadie dijo nada. Nadie se movió. Se escuchaba solo el zumbido eléctrico de la máquina y el eco del golpe todavía resonando en el aire.

 

Luego, la máquina soltó una fanfarria triunfal, fuerte y alegre, acompañada de luces que parpadeaban sin parar, celebrando ese resultado que nunca antes había visto.

 

Miyu abrió la boca tanto que casi se le cae la mandíbula. Ren se quedó petrificado, con los ojos tan abiertos que parecían salírsele de las órbitas. Kaede bajó lentamente la vista hacia el resultado, luego miró a Lilia, luego volvió a mirar la pantalla y soltó una risa incrédula, mezcla de asombro y diversión.

 

—Claro… por supuesto. ¿Cómo iba a ser de otra forma? —murmuró, sacudiendo la cabeza.

 

Y alrededor… el cambio fue espectacular.

 

Esos chicos que segundos antes se burlaban, ahora miraban la pantalla, luego miraban a Lilia, luego volvían a mirar la pantalla, con expresiones de absoluto desconcierto, confusión y algo que parecía miedo respetuoso.

 

Uno de ellos, el que más había hablado, miró su propio puntaje —que rondaba los 3.200, un resultado muy bueno para cualquier persona normal—, luego miró el 9999 brillante, luego miró los brazos delgados de Lilia… y simplemente se giró, agarró sus cosas y se alejó en silencio, con el orgullo completamente destruido, sin decir ni una palabra. Otro hizo lo mismo, negando con la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

 

Pero el más atrevido del grupo —o quizás el que tenía menos sentido común— dio un paso al frente, con la cara roja, los ojos brillantes y una sonrisa que mezclaba admiración absoluta y algo más. Se acercó a Lilia, se pasó una mano por el pelo y dijo con voz temblorosa pero entusiasta:

 

—¡Eso… eso fue increíble! Nunca he visto nada igual. Oye… oye, ¿te gustaría… ir a tomar algo? Conmigo. Qué sé yo, cenar, o lo que tú quieras. Me encantaría conocerte mejor. De verdad.

 

Miyu se tapó la boca para no gritar de la emoción por lo que iba a pasar. Ren se inclinó hacia delante, atento. Kaede simplemente suspiró, sabiendo exactamente cómo iba a terminar todo.

 

Lilia se giró lentamente hacia él, lo miró de arriba abajo con esa mirada seria, impasible y analítica que tenía siempre, y respondió con una voz firme, clara y totalmente marcial, sin rastro de duda ni emoción:

 

—Negativo. No dispongo de tiempo libre para actividades recreativas ni para establecer vínculos personales. Mi misión actual es disfrutar de este lugar con mis compañeros. Queda rechazada su propuesta.

 

El chico se quedó con la boca abierta, pestañeando sin entender muy bien qué acababa de pasar, mientras sus amigos, desde lejos, empezaban a reírse bajito. Él dio un paso atrás, un poco confundido, y finalmente se marchó también, murmurando algo como «espera… ¿misión? ¿vínculos?».

 

Lilia volvió a mirar la pantalla, señaló los números y preguntó con total naturalidad:

 

—¿Es un buen resultado?

 

Miyu giró hacia ella con dramatismo exagerado, poniéndose las manos en las mejillas.

 

—¡¿Que si es bueno?! ¡Acabas de destruir la dignidad de media sala, el orgullo de todos estos chicos y probablemente la máquina entera! ¡Eso no es bueno, es una leyenda!

 

Ren asintió lentamente, mirando la máquina que todavía vibraba levemente.

 

—Y la nuestra ya venía bastante dañada desde las carreras, así que ya no tenemos nada que salvar —añadió con tono trágico.

 

Lilia miró de nuevo el puntaje, luego el saco que todavía se balanceaba suavemente, y comentó con total calma:

 

—La estructura de soporte era inestable

 

Miyu y Ren caminaban unos pasos por delante del grupo, arrastrando los pies como si llevaran encima el peso de todo el universo. Ambos avanzaban con los hombros completamente caídos, las cabezas bajas y expresiones tan sombrías, tristes y derrotadas que cualquiera pensaría que acababan de perder una guerra, que les habían robado todas sus pertenencias o que les habían prohibido comer dulces para siempre. Eran, sin duda, la imagen perfecta de dos guerreros caídos en desgracia, que acababan de sufrir una humillación histórica y no sabían muy bien cómo recuperarse de ella.

 

—Necesitamos un plan. Y lo necesitamos ya —murmuró Ren con voz grave, casi trágica, mientras se pasaba una mano por el pelo como si estuviera estresadísimo—. Esto no puede quedar así. No puedo vivir con esto.

 

—No, amigo mío… no basta con un simple plan —corrigió Miyu, cruzándose de brazos y mirando al techo con ojos entrecerrados, como si estuviera trazando mapas mentales complejos—. Necesitamos una estrategia completa, con fases, evaluación de riesgos, tácticas alternativas y plan de contingencia. Esto es una cuestión de honor. De orgullo nacional. De nuestra reputación como expertos indiscutibles de este lugar.

 

Ren asintió con mucha seriedad.

 

—Podríamos practicar en secreto, todas las noches, hasta perfeccionar cada juego. Nadie nos vería.

 

—Podríamos estudiar guías, tutoriales, todo lo que exista —añadió Miyu—. Investigar cada truco, cada atajo, cada fallo de las máquinas.

 

—Podríamos analizar los patrones de respuesta de cada aparato, medir los tiempos, calcular las probabilidades…

 

Miyu se detuvo en seco, se giró hacia él y entrecerró los ojos con una sonrisa peligrosa y muy malvada.

 

—Podríamos sabotearla.

 

Ren la miró con los ojos muy abiertos, sorprendido.

 

—¿¡Miyu!? Eso ya sería demasiado. ¡Eso es deshonroso! ¡Y además nos echarían del sitio para siempre!

 

—Sí… tienes razón —admitió ella, volviendo a su actitud sombría—. Además, seguro que ella descubriría el sabotaje en dos segundos y lo convertiría en algo todavía peor para nosotros.

 

Caminaron unos pasos más en silencio, hundidos en su desgracia.

 

—Pero lo consideraré como último recurso —murmuró Miyu en voz baja, como si fuera una promesa secreta.

 

Detrás de ellos, Kaede y Lilia los observaban caminar, discutiendo cosas que parecían muy serias, con total tranquilidad.

 

Lilia miró a los dos con expresión calmada, sin entender muy bien qué pasaba, y se giró hacia Kaede.

 

—¿Hice algo incorrecto? ¿Infringí alguna norma no escrita de este lugar?

 

Kaede giró la cabeza hacia ella y le sonrió con mucha suavidad, una sonrisa dulce y comprensiva.

 

—Para nada, Lilia. Hiciste todo perfecto. Demasiado perfecto, de hecho.

 

—Entonces… ¿por qué parecen tan afectados? ¿Tan decaídos? ¿He causado algún daño en su estado emocional?

 

Kaede soltó una pequeña risa, mirando de reojo a los dos amigos que seguían hablando de tácticas imposibles.

 

—Porque estaban totalmente convencidos de que eran los mejores, los reyes indiscutibles de este lugar. Se creían expertos invencibles, que sabían todo sobre cada máquina, cada truco, cada juego.

 

Hizo una pausa y miró a Lilia con cariño.

 

—Y tú llegaste, sin saber nada, y destruiste esa ilusión en una sola tarde. Les demostraste que se puede aprender, mejorar y ganar… y eso a su orgullo no le ha sentado nada bien.

 

Lilia procesó la información unos segundos, asintiendo lentamente con la cabeza.

 

—Entiendo. Fue un impacto en su autoimagen.

 

Guardó silencio un momento, con expresión ligeramente apenada.

 

—No era mi intención causarles malestar. Solo quería jugar.

 

—Lo sé. Y ellos también lo saben. Solo necesitan un rato para superarlo —respondió Kaede, dándole una palmadita suave en el hombro—. Ya se les pasará, verás.

 

Siguieron caminando entre las luces y el ruido, disfrutando del ambiente, hasta que de repente Lilia se detuvo en seco.

 

Kaede dio un par de pasos más antes de darse cuenta de que ya no estaba a su lado. Se giró, confundida.

 

—¿Lilia? ¿Pasa algo?

 

Ella no respondió de inmediato. Su atención, esa atención aguda y total que tenía siempre, estaba completamente centrada en una máquina de garra que había a un lado, llena de peluches de todos los colores, formas y tamaños.

 

Dentro, entre tantos animales, muñecos y figuras, había uno que destacaba de inmediato para ella.

 

Un pequeño gato negro.

 

Redondo, suave, de orejas pequeñas y cola corta. Y con unos ojos enormes, brillantes, con pestañas exageradamente largas y una expresión en la cara que… que era inconfundible.

 

Lilia lo observaba fijamente, inmóvil, con esa mirada que parecía grabar cada detalle en su memoria.

 

Kaede se acercó un poco, siguiendo su mirada.

 

—¿Qué pasa? ¿Te gusta ese?

 

Miyu y Ren también se detuvieron al escuchar la pregunta, olvidando por un momento su tragedia personal, y se acercaron curiosos.

 

Lilia señaló el interior de la máquina con el dedo índice, sin apartar la vista del peluche ni un segundo.

 

—Se parece a Haru.

 

Hubo un segundo de silencio absoluto. Un segundo en el que todos procesaron esas palabras.

 

Y luego… Miyu fue la primera en soltar una carcajada tan fuerte y repentina que casi se cae al suelo.

 

—¡¿Qué?! ¡¡Jajajaja!!

 

Ren la siguió inmediatamente, riéndose a carcajadas y dándose palmadas en la rodilla.

 

—¡Es verdad! ¡Es verdad, Dios mío! ¡Tienes toda la razón!

 

Kaede se llevó una mano a la boca, intentando con todas sus fuerzas contener la risa y mantener la compostura, pero le fue imposible.

 

Porque era cierto. Absolutamente cierto.

 

El pequeño gato negro tenía esa expresión traviesa, relajada y un poco descarada que tenía él siempre. La forma en que inclinaba la cabeza, la sonrisa dibujada en la tela, esos ojos que parecían mirarte con picardía… era exactamente esa cara que Haru ponía a menudo: la cara que parecía decir: “No sé exactamente qué está pasando aquí, ni qué estoy haciendo, pero seguro que de alguna forma me voy a meter en problemas… y seguro me va a salir bien”.

 

Era idéntico.

 

Miyu se secó una lágrima que le había salido de tanta risa, apoyándose en el hombro de Ren.

 

—¡No puedo creerlo! ¡Lo miré hace un momento y no me di cuenta, pero tienes toda la razón! ¡Es su doble de peluche!

 

Ren asintió entre risas, mirando el muñeco con nuevos ojos.

 

—Es increíblemente parecido. Hasta tiene ese aire de que no se toma nada en serio. Es Haru en versión pequeña, negra y de tela.

 

Kaede observó el peluche unos segundos más, sacudiendo la cabeza con una sonrisa divertida y cariñosa.

 

—Ahora que lo dices… sí. Definitivamente sí. Tiene su misma esencia.

 

Lilia continuó mirando fijamente al pequeño gato, allí detrás del cristal, entre tantos otros muñecos. Su expresión seguía siendo seria, tranquila, casi impasible… pero su voz, cuando habló, sonó un poco más suave, más baja, cargada de algo que nadie más que ella podía entender del todo.

 

—Quiero ese.

 

La risa de los demás se detuvo al instante. Había algo en sus palabras que decía que no era solo un capricho. Que ese peluche, ese pequeño gato negro que se parecía a él, significaba mucho más que un simple juguete.

 

Miyu sonrió de inmediato, con una sonrisa cálida y decidida, y se puso delante de la máquina.

 

—¡Entonces tenemos una nueva misión oficial! ¡Y esta es la más importante de todas!

 

Ren se remangó la camisa teatralmente, inflando el pecho y recuperando parte de su orgullo perdido.

 

—Déjenlo totalmente en manos de los expertos. Nosotros nos encargamos. Verás que lo sacamos a la primera. Somos profesionales.

 

Cinco intentos después…

 

El gato negro seguía exactamente en el mismo lugar. En la posición original. Sin haberse movido ni un milímetro.

 

Miyu golpeó suavemente el cristal con el puño cerrado, mirando la máquina con indignación absoluta.

 

—¡Esto está arreglado! ¡Seguro que lo hacen a propósito! ¡La garra se abre solo cuando está arriba! ¡Es una estafa legalizada!

 

Ren apretó los dientes, mirando el mecanismo con frustración.

 

—No es que esté arreglado… es que la garra no tiene fuerza suficiente. Es débil. Una completa vergüenza de máquina. ¡Deberían prohibirlas!

 

Kaede negó con la cabeza, apoyada en el marco, con una sonrisa divertida.

 

—O simplemente ustedes son terribles en esto. Lo siento, chicos, pero es la verdad.

 

Miyu se giró hacia ella con la boca abierta, totalmente ofendida.

 

—¡¡Oye!! ¡Nosotros somos los mejores! ¡Solo… solo que esta máquina está maldita! ¡Es culpa de la máquina, no nuestra!

 

Lilia observó la máquina en silencio unos segundos.

 

Sus ojos recorrían cada detalle: el ángulo de la garra, la forma en que se cerraba, la fuerza que ejercía, la posición exacta del peluche entre los demás, el peso, el equilibrio, hasta la forma en que se movía el brazo mecánico. Analizaba todo con la misma precisión con la que planificaba una estrategia militar, calculando cada variable posible.

 

Luego extendió la mano hacia ellos, pidiendo el control.

 

—Déjenme intentarlo.

 

Miyu y Ren intercambiaron miradas rápidas, esa mirada que decía “ya estamos perdidos, seguro que lo saca y nos humilla otra vez”, pero se apartaron a un lado.

 

—Adelante —dijo Miyu, con un suspiro de derrota anticipada—. Haz lo que quieras. Total, ya nada nos sorprende.

 

Lilia introdujo la moneda en la ranura con calma.

 

Puso las manos en los controles. Movió la garra izquierda, derecha, adelante, atrás… con una precisión milimétrica, sin hacer movimientos bruscos, calculando cada centímetro. Se detuvo justo encima del gato negro.

 

Esperó un segundo.

 

Calculó el momento exacto.

 

Presionó el botón rojo con firmeza.

 

La garra descendió veloz y recta.

 

Se cerró exactamente en el punto correcto: justo en el centro del cuerpo del peluche, agarrando también parte de la espalda, asegurando el agarre perfecto, el equilibrio ideal.

 

Y, ante la mirada atónita, boquiabierta e increíble de todos, levantó al gato negro sin ninguna dificultad, sin que se moviera, sin que se resbalara, con una seguridad absoluta. Lo llevó hasta el borde y lo soltó.

 

El peluche cayó por la ranura de premios con un sonido seco y claro:

 

Clonc.

 

Silencio total. Nadie se movía. Nadie hablaba.

 

Lilia se agachó lentamente, introdujo la mano por la apertura y recogió el peluche con mucho cuidado, como si fuera algo frágil, algo muy valioso. Lo observó unos segundos, acariciando suavemente la tela con la punta de los dedos.

 

Y luego lo sostuvo contra su pecho, abrazándolo con suavidad, muy pegado a ella.

 

Por primera vez en todo el día, su mirada se suavizó apenas. Se volvió cálida, tranquila, llena de algo que siempre llevaba dentro pero que pocas veces dejaba ver.

 

—Sí —murmuró solo eso, con voz bajita, satisfecha.

 

Miyu se llevó las manos a la cabeza, mirando al techo con desesperación y resignación.

 

—¡No puede ser! ¡Nos derrotó incluso en esto! ¡En lo único que nos faltaba! ¡Ya no tenemos nada sagrado!

 

Ren dejó caer los hombros definitivamente, mirando a Lilia y al peluche con una mezcla de asombro y rendición total.

 

—Ya no sé qué pensar. Ya no sé qué es capaz de hacer y qué no. Creo que es mejor no competir nunca más con ella.

 

Kaede sonrió con ternura, mirando cómo Lilia abrazaba aquel pequeño muñeco.

 

—Creo que simplemente es demasiado competente para este mundo —dijo en voz baja—. Y además… quería ese. Y cuando Lilia quiere algo, lo consigue. Siempre.

 

Lilia acarició suavemente la cabeza redonda del pequeño gato negro, pasando los dedos por sus orejas y sus grandes ojos brillantes. Lo miró en silencio, sosteniéndolo con ambas manos frente a ella, como si estuviera hablando con él, como si estuviera viendo a otra persona allí.

 

Y, por un instante, en sus ojos apareció una ternura silenciosa, profunda, imposible de ocultar para nadie que la mirara bien. Una ternura mezclada con nostalgia, con cariño, con recuerdos lejanos y con esa promesa que siempre llevaba en el corazón.

 

Era la primera vez desde que había llegado a ese mundo, a ese lugar lleno de luces y ruido, que tenía entre sus manos algo pequeño, sencillo, suave… algo que era solo suyo, que ella había querido y había conseguido. Algo que le recordaba a él. Algo que, de alguna forma, le hacía sentir que él estaba ahí con ella.

 

—Se parece mucho a Haru —murmuró otra vez, casi como un susurro, solo para sí misma, abrazando el peluche de nuevo contra su pecho.

 

Esta vez nadie se rió.

 

Nadie hizo chistes. Nadie comentó nada gracioso.

 

Miyu sonrió con calidez, con los ojos brillantes de comprensión.

 

Ren asintió en silencio, con una sonrisa suave y respetuosa.

 

Kaede observó a Lilia caminar un poco más adelante, abrazando aquel peluche con delicadeza, protegiéndolo como si fuera un tesoro, y comprendió algo muy claro y hermoso:

 

Aunque Haru ya no estaba allí físicamente, aunque nunca pudo cumplir su promesa de llevarla a ver todo esto… seguía acompañándola.

 

En las luces brillantes. En el ruido alegre. En cada sonrisa que ella empezaba a permitirse. Y ahora, también, en un pequeño gato negro de peluche que ella llevaba abrazado, con la certeza de que, de una forma u otra, él siempre estaría a su lado.

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