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Capitulo 14: intento de adaptación

DNavarrete
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La campana que anunciaba el final de la primera clase resonó con fuerza por todo el edificio, rompiendo la concentración de todos.

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La campana que anunciaba el final de la primera clase resonó con fuerza por todo el edificio, rompiendo la concentración de todos.

 

Y durante unos pocos segundos...hubo paz. Un silencio breve y aliviado.

 

La profesora Shido terminó de guardar sus materiales en su maletín con calma, revisando que no se le olvidara nada. Los alumnos comenzaron a moverse: algunos estiraban los brazos hacia el techo deshaciéndose del cansancio, otros se agrupaban en pequeños círculos para comentar la lección o planear qué harían en el recreo.

 

Y al fondo, apartada de todo ese movimiento, Lilia simplemente cerró su cuaderno. Lo hizo con la misma precisión quirúrgica y orden impecable que había mantenido durante toda la hora. Sus notas estaban perfectas, sus movimientos medidos, y para ella, todo parecía haber transcurrido como un día normal en cualquier lugar del mundo.

 

Por un instante, todo parecía un descanso escolar habitual.

 

Parecía.

 

Porque al segundo siguiente, el aire cambió. Se llenó de energía contenida, de murmullos rápidos y de miradas que se cruzaron entre sí con una sola idea en mente.

 

—¡¡AHORA!! —gritó alguien desde en medio del salón.

 

—¡¡ES EL MOMENTO, PREGÚNTENLE!! —respondió otro.

 

—¡¡RÁPIDO ANTES DE QUE SE VAYA O LA PROFE REGRESE!!

 

—¡¡YO LLEGO PRIMERO!!—¡¡QUÍTATE, QUE YO ESTABA MÁS CERCA!!

 

—¡¡NO EMPUJEN, IDIOTAS, ¡¡NOS VAMOS A CAER TODOS!!

 

—¡¡USTEDES SON LOS QUE EMPUJAN!!

 

De repente, como si alguien hubiera dado la orden de carga, una estampida humana se lanzó directamente hacia la parte trasera del aula. El objetivo era único, claro y brillante: Lilia.

 

Ren, que estaba recostado en su silla estirando las piernas y pensando en lo tranquilo que sería el día ahora que ya había pasado lo peor, apenas alcanzó a girar la cabeza al escuchar el alboroto.

 

—¿Eh? ¿Qué pasa aho...?

 

Fue lo único que logró articular.

 

Porque una ola de cuerpos, brazos, mochilas y zapatos pasó literalmente por encima, por los lados y por delante de él.

 

No fue un empujón cualquiera. Fue una avalancha completa.

 

—¡¡AAAAAAAH, TENGAN CUIDADO!! —fue lo último que se escuchó de su voz antes de desaparecer bajo la masa de estudiantes.

 

Su silla salió disparada hacia un lado con un chirrido metálico desesperado. Su cuerpo fue arrastrado por la inercia del grupo, elevado unos centímetros del suelo por la presión de tanta gente junta, y lanzado con fuerza hacia la pared más cercana.

 

Un sonido sordo y profundo retumbó en el lugar.

 

Y un segundo después, Ren apareció pegado contra la pared del salón, plano, inmóvil, con los brazos y las piernas colgando como si fuera una decoración extra clavada al muro.

 

Sus lentes estaban torcidos hasta quedar casi al revés, colgando de una sola oreja. Su cabello, siempre peinado y ordenado, parecía haber pasado por un huracán. Y su dignidad... bueno, su dignidad había desaparecido en el momento exacto en que lo pisaron por tercera vez.

 

Miyu observó toda la trayectoria con la boca entreabierta.

 

Luego miró a Ren, estampado en la pared.

 

Luego volvió a mirarlo, detallando cada ángulo de su nueva postura.

 

Sacó una regla de plástico de su estuche, se acercó caminando tranquilamente y empezó a darle pequeños golpecitos en la cabeza, como si estuviera probando si era una estatua o una persona real.

 

—¿Sigues vivo por allá arriba? —preguntó con total seriedad.

 

Silencio absoluto.

 

—Ren...

 

—...

 

—Ren, contesta o te dejo ahí para siempre.

 

—...De pronto, una mano cayó pesadamente desde la pared, moviéndose apenas.

 

—Creo... creo que vi la luz al final del túnel... y no era muy bonita... —murmuró con voz apagada.

 

—Perfecto, entonces sigues vivo. Menos mal, ya me estaba preocupando por quién me iba a contar chismes —dijo ella guardándose la regla satisfecha.

 

Ren seguía boca abajo, o mejor dicho, pegado de espaldas contra la superficie blanca, deslizándose muy lentamente hacia el suelo.

 

—Fui derrotado... —susurró con desolación— ...por una horda de estudiantes de secundaria ansiosos por hablar... No esperaba morir de esta forma tan patética...

 

Miyu asintió con fingida compasión.

 

—Qué tragedia mundial, de verdad. Lloraría, pero me da mucha risa.

 

Mientras tanto, en el centro exacto de la tormenta humana, la situación era caótica al máximo.

 

Kaede intentaba desesperadamente mantener algo parecido al orden, poniéndose delante de Lilia y abriendo los brazos como un escudo humano.

 

—¡¡UNO POR UNO, POR FAVOR!! —gritaba sin que nadie la escuchara

 

—. ¡¡NO EMPUJEN O SE VAN A CAER ENCIMA DE ELLA!!

 

—¡¡TODOS TENDRÁN OPORTUNIDAD DE HABLAR, SE LOS PROMETO!!

 

—¡¡Y POR FAVOR, NO LE RESPIREN EN LA CARA, ¡¡QUE LA VAN A ASFIXIAR!!

 

Pero nadie hacía caso. La curiosidad y la emoción eran más fuertes que cualquier regla de convivencia. Todos estaban concentrados únicamente en Lilia, quien, en medio de aquel mar de cabezas, seguía de pie, erguida, tranquila y sin perder el equilibrio ni un milímetro, como una roca en medio de una tormenta.

 

Las preguntas llovían desde todas direcciones, mezclándose unas con otras en un ruido ensordecedor:

 

—¿De verdad vienes del extranjero? ¿De qué país? ¡Se te nota mucho!

 

—¿Hablas varios idiomas? ¿Cuáles? ¡Suenas muy educada!

 

—¿Tienes novio o alguien especial allá? ¡Seguro que sí!

 

—¿Qué tipo de comida te gusta más? ¿Comes de todo?

 

—¿Cuántos años tienes? ¿Naciste el mismo año que nosotros?

 

—¿Por qué eres tan alta y tan... así? ¡Eres perfecta!

 

—¿Tu cabello es natural? ¡Es de un color que nunca he visto!

 

—¿Tu familia es muy rica o importante? ¡Seguro que sí!

 

—¿Practicas algún deporte? ¿Eres modelo? ¿Actriz? ¿Influencer? ¡Tienes pinta de todo eso!

 

Lilia parpadeó una sola vez, procesando toda esa información al mismo ritmo que si le hubieran hecho una sola pregunta sencilla. Luego, con absoluta calma y seriedad, comenzó a responder una por una, contestando a lo que alcanzaba a escuchar:

 

—Vengo del extranjero, correcto.

 

—Sí, domino varios idiomas y dialectos.

 

—No tengo pareja ni vínculo afectivo establecido.

 

—La carne es aceptable como fuente de energía y nutrientes.

 

Por un segundo, todo el grupo se quedó en silencio, confundido.

 

—¿Aceptable? —repitió una chica frunciendo el ceño

 

—. ¿Qué significa "aceptable"? ¿Ni bien ni mal?

 

—¿Existe acaso alguna comida que sea superior a la carne? —preguntó otro, indignado.

 

—No he realizado una comparación exhaustiva y completa de todas las opciones disponibles —respondió ella con total lógica.

 

Los alumnos se miraron entre ellos, desconcertados.

 

—¿Qué clase de respuesta fue esa?

 

—No lo sé... pero sonó increíblemente seria y científica...—Es como si no comiera por gusto, sino por obligación... ¡es genial!

 

Otro chico levantó la mano por encima de las cabezas de los demás, gritando para que lo oyeran:

 

—¡Oye! ¿Tu familia es rica? ¿Tienen mucho dinero?

 

Lilia hizo una pausa breve, recordando las instrucciones precisas que le habían dado para estas situaciones: "Si te preguntan por dinero, no digas que eres una princesa de otro mundo ni que tienes riquezas infinitas, solo di que estás bien".

 

—Mi situación económica actual es estable y suficiente para mis necesidades —respondió tal cual le habían enseñado.

 

—¿Eso significa que SÍ son ricos? —insistió el chico.

 

—Probablemente —dijo ella encogiéndose de hombros.

 

—¡¡¿PROBABLEMENTE?!! ¡¡LO DICE COMO SI FUERA UN DATO SIN IMPORTANCIA!!

 

Las preguntas seguían llegando sin parar, y Lilia respondía a todas con la misma sinceridad absoluta, o al menos, con la versión de la verdad que todos habían construido para ella.

 

—¿Por qué viniste justo a esta ciudad y no a otra?

 

—Por asuntos familiares y reubicación estratégica... es decir, familiar.

 

—¿Extrañas tu país y tu hogar de allá?

 

Esa pregunta fue sencilla, casi automática.

 

—Sí —respondió al instante, sin dudar, con una voz que bajó apenas de tono, cargada de algo que nadie allí pudo identificar.

 

Fue una respuesta tan natural, tan sentida y tan real que incluso Kaede, que estaba a su lado, la escuchó y se estremeció un poco. Por un instante, supo que Lilia no estaba hablando del país inventado que figuraba en los papeles. No estaba hablando de casas ni de ciudades.

 

Estaba hablando de su mundo.

 

De las personas que tuvo que dejar atrás.

 

Y sobre todo, de Haru.

 

Pero el momento pasó rápido, demasiado rápido, porque otra voz se alzó por encima de todas las demás, llena de emoción:

 

—¡¡ESPERA, UNA COSA MÁS!! ¡¡¿ES VERDAD QUE ERES PRIMA DE HARU HARUNO?!!

 

Lilia asintió con firmeza, recuperando su compostura habitual.

 

—Sí. Tenemos el mismo apellido y fuimos criados juntos.

 

—¡¡¿EN SERIO?!! —gritaron varios a la vez—. ¡¡¿Y ERA TAN TRANQUILO, SERIO Y BUENA PERSONA COMO TODOS DECÍAN?!!

 

Lilia la miró fijamente al que preguntaba y respondió sin rodeos, con la verdad más pura que existía sobre ese tema:

 

—No.

 

Silencio.

 

Un silencio tan grande que se escuchó un lápiz caer al otro lado del salón.

 

—¿Cómo... cómo que no? —balbuceó el chico, confundido—. ¿No era tranquilo?

 

—No —repitió ella—. Haru era una persona que atraía problemas, conflictos y situaciones peligrosas con una frecuencia alarmante y casi matemática.

 

Kaede tuvo que taparse la boca con ambas manos para ahogar una carcajada gigante.

 

Miyu, que estaba cerca de la pared, casi se cae al suelo de la risa al escuchar eso.

 

Incluso Ren, todavía pegado en el muro y medio aturdido, levantó una mano débilmente haciendo el gesto de pulgar hacia arriba.

 

—Correcto... muy correcto... —murmuró desde su posición—. Era una amenaza constante para la paz pública...

 

—¡REN, SIGUES PEGADO EN EL MURO! —le gritó Miyu.

 

—Estoy participando socialmente desde aquí, déjame...

 

Las preguntas seguían acumulándose, la multitud crecía más y más, y el volumen de las voces aumentaba cada vez más, hasta el punto de que parecía que el techo iba a venirse abajo.

 

Hasta que, de repente, una sombra oscura y alargada apareció detrás del grupo.

 

Una sombra que irradiaba una sensación aterradora.

 

Una presencia helada que hizo que cada uno de los alumnos sintiera un escalofrío recorrerles la espalda desde la nuca hasta los talones.

 

Poco a poco, muy lentamente, como si tuvieran miedo de lo que iban a ver, todos comenzaron a girarse.

 

Y ahí estaba ella.

 

Shido-sensei.

 

De pie, cruzada de brazos, mirando a todos con una sonrisa.

 

Y eso era precisamente lo aterrador.

 

Porque todo el mundo sabía que cuando Shido sonreía así, con esa calma tan dulce y esos ojos tan fijos... alguien iba a sufrir mucho.

 

—Qué bonito espectáculo —dijo ella con voz suave, pero que resonó en todo el salón como un trueno.

 

Silencio absoluto. Nadie se atrevía ni a respirar.

 

—Parece que todos están muy, muy interesados en la nueva estudiante... tanto que se han olvidado de que están en un aula, ¿verdad?

 

Nadie respondió.

 

—Y también parece... —la sonrisa se hizo un poco más grande, más brillante y más peligrosa— ...que la están acorralando, empujando y hostigando durante el tiempo de descanso. ¿Es así como tratan a sus compañeros?

 

Nadie se movió. Ni un milímetro.

 

—P-Profesora... —se atrevió a decir uno en voz muy bajita—. N-Nosotros solo... solo queríamos conocerla un poco...

 

—¿Los cuarenta al mismo tiempo? ¿Empujando y gritando? —inclinó la cabeza hacia un lado—. ¿Y si ella no quería hablar? ¿Se lo preguntaron?

 

La presión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Miyu miró la escena y negó con la cabeza.

 

—Ya están muertos. Que en paz descansen.

 

Ren asintió lentamente desde el suelo, donde finalmente había caído desde la pared.

 

—Confirmo... sentencia de muerte segura...

 

Un segundo después, el hechizo se rompió.

 

—¡¡RETIRADA INMEDIATA!! —gritó alguien.

 

—¡¡SÁLVENSE QUIEN PUEDA!!

 

—¡¡SHIDO-SENSEI ESTÁ EN MODO ASESINA!!

 

—¡¡CORRAN, CORRAN, ¡¡CORRAN!!

 

En cuestión de segundos, la masa humana se deshizo como por arte de magia. Todos desaparecieron corriendo, volviendo a sus pupitres, a las ventanas, al pasillo, a cualquier lugar que estuviera lejos de la mirada de la profesora.

 

El salón recuperó una paz casi milagrosa, dejando solo el polvo levantado y el eco de los pasos.

 

Shido se ajustó las gafas con elegancia y recorrió el salón con la mirada.

 

—Mucho mejor. Así me gusta, en silencio y en orden.

 

Luego giró hacia Lilia, que seguía de pie en el mismo lugar, impecable, sin una sola arruga en la ropa ni un pelo fuera de sitio.

 

—¿Te encuentras bien, Lilia? ¿Te lastimaron o te molestaron?

 

Lilia asintió con tranquilidad absoluta.

 

—Sí, me encuentro bien. Gracias por preguntar.

 

—¿Estás segura? —insistió la profesora, acercándose un poco—. Se pusieron muy agresivos y no te dejaban espacio.

 

—Estaban solo curiosos y muy llenos de energía —respondió ella con total naturalidad—. No representaban ninguna amenaza física ni riesgo para mi integridad.

 

Shido suspiró largamente, negando con la cabeza con una mezcla de ternura y asombro.

 

—Eres demasiado buena para este lugar... demasiado buena.

 

Y diciendo eso, se marchó por la puerta con la misma elegancia con la que había llegado.

 

En cuanto la profesora desapareció, todo el salón entero soltó el aire contenido al mismo tiempo, como si fueran un solo organismo gigante que había estado aguantando la respiración durante siglos.

 

Por fin.

 

Por fin, volvió el silencio real.

 

Lilia observó a todos alrededor, evaluando el daño colateral.

 

Luego miró hacia el rincón donde estaba Ren.

 

Él seguía tirado boca abajo cerca de la pared, con las piernas estiradas y los brazos abiertos en forma de cruz, disfrutando del frío del suelo.

 

—Ren —lo llamó ella con suavidad.

 

—¿Sí...? —respondió él sin moverse.

 

—Creo que ya puedes levantarte. El peligro ha pasado.

 

—Lo estoy considerando seriamente... pero todavía no es el momento.

 

—Han pasado cinco minutos desde que cayeron todos encima.

 

—Necesito... necesito más tiempo de recuperación... mi orgullo está roto en mil pedazos...

 

Miyu volvió a acercarse y le dio otro golpecito en la cabeza con la regla, esta vez con más fuerza.

 

—Patético. Te dejaron como una hoja de papel.

 

—Déjame sufrir en paz, mujer... —se quejó él enterrando la cara en el suelo—. Al menos Lilia no se rompió... solo yo...

 

El timbre del recreo sonó por todo el edificio, anunciando el descanso más largo de la mañana. Los alumnos comenzaron a salir en grupos, charlando y riendo, dirigiéndose en su mayoría hacia la cafetería principal, que ya empezaba a llenarse de movimiento y olor a comida recién hecha.

 

—Vamos —dijo Kaede con una sonrisa, ajustándose su mochila—. Lilia, te prometimos que te enseñaríamos los mejores lugares, y la cafetería es parada obligatoria. Tienes que probar lo que hacen aquí, es famoso en toda la zona.

 

—Sí, sí —añadió Miyu caminando a su lado—. Dicen que sus pasteles y sándwiches son lo mejor del mundo. Y como eres nueva, tienes que marcar diferencia pidiendo lo más rico.

 

Lilia asintió con calma, caminando entre ambas con esa elegancia suya que hacía que todo el mundo se girara a verlas al pasar. Pero entonces, se detuvo y giró la cabeza hacia atrás.

 

Ahí estaba Ren.Todavía estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared del pasillo, con la espalda doblada, los lentes caídos casi en la punta de la nariz y una expresión de sufrimiento que parecía sacada de una película dramática. No se había movido ni un centímetro desde que lo "arrollaron" en el salón.

 

—Ren —lo llamó Lilia con su tono serio y monótono—. Debemos irnos.

 

El chico levantó una mano débilmente, haciendo un gesto de negación.

 

—No puedo... —susurró con voz rota—. Mis piernas... ya no responden... mi cuerpo ha dejado de pertenecerme... estoy incapacitado para la locomoción... soy un hombre herido en combate...

 

—No estás herido, te pisotearon un poco, nada más —le corrigió Miyu sin piedad, pasando por encima de él con cuidado de no tocarlo—. Deja de hacer el ridículo y levántate.

 

—¡¿Un poco?! —se indignó él, intentando incorporarse, pero volviendo a caer pesadamente—. ¡Fui atropellado por una estampida completa! ¡Fui aplastado, arrastrado y lanzado contra una pared! ¡Soy una víctima de la sociedad! ¡Estoy al borde de la muerte!

 

Kaede negó con la cabeza, riéndose.

 

—Vaya hombre estás hecho... ¿Acaso no se supone que eres el chico fuerte y valiente?

 

—¡Soy un chico fuerte, pero no un tanque de guerra! —gritó Ren, señalando a Lilia—. ¡Ella es la que es de acero, yo soy de carne y hueso!

 

Lilia no dijo nada. Simplemente se inclinó hacia él, estiró la mano, y con una agilidad impresionante, lo agarró firmemente del cuello de su camisa, justo donde empieza el hombro.

 

—¡Oye! ¡Espera! ¡¿Qué haces?! —alcanzó a decir él, con los ojos muy abiertos.

 

Y entonces, sin el menor esfuerzo, sin cambiar de expresión, sin siquiera perder el paso, Lilia lo levantó del suelo y comenzó a caminar arrastrándolo detrás de ella.

 

Literalmente.

 

Ren colgaba en el aire, sostenido únicamente por la tela de su camisa, que milagrosamente no se rasgaba. Sus pies se deslizaban por el piso del pasillo, chocando contra las juntas de las baldosas, mientras él agitaba las manos y pataleaba en el vacío como un muñeco de trapo.

 

—¡¡BAJAME!! ¡¡ME ESTÁS ESTRANGULANDO!! —gritaba Ren, con la voz entrecortada por la presión en el cuello—. ¡¡TE ESTOY DICIENDO QUE NO PUEDO CAMINAR!! ¡¡SOY UN DISCAPACITADO TEMPORAL!!

 

—Te estoy transportando —respondió Lilia con total naturalidad, mirando al frente como si estuviera llevando una maleta o una mochila—. Es más rápido.

 

—¡¡NO ES MÁS RÁPIDO, ES HUMILLANTE!! —se quejaba él, pasando por delante de otros alumnos que se quedaban mirando la escena con la boca abierta—. ¡¡MIRAN, MIRAN COMO ME LLEVA!! ¡¡DIGANLE ALGO!!

 

Miyu caminaba al lado, metiendo las manos en los bolsillos y mirándolo con burla.

 

—Deja de quejarte, Ren. ¿Acaso no eres un hombre? Aguanta un poco.

 

—¡¡SÍ SOY UN HOMBRE, PERO NO UN PAQUETE DE ENVÍO!! —bramó él, balanceándose de un lado a otro—. ¡¡ESTO ES ABUSO DE PODER!! ¡¡VIOLACIÓN DE DERECHOS HUMANOS!!

 

Kaede, que iba del otro lado, se reía tapándose la boca, disfrutando cada segundo.

 

—Pues qué suerte tienes, te llevan en "coche privado". Yo tuve que caminar con mis propias piernas, qué injusticia.

 

—¡¡NO ES UN COCHE, ES UNA EJECUCIÓN LENTA!!

 

Y así, con Lilia caminando erguida y elegante, y Ren arrastrándose detrás colgado del cuello como una maleta con ruedas, llegaron hasta la entrada de la cafetería.

 

El lugar estaba lleno de gente, ruido, charlas y el olor delicioso de la comida. Pero en el momento exacto en que Lilia cruzó el umbral, todo cambió.

 

Su altura, que superaba claramente a la mayoría de los chicos de la escuela, hacía que destacara sobre todas las cabezas como una torre. Su cabello dorado brillaba bajo las luces del techo, y su presencia imponente hizo que, por inercia, todos se apartaran a su paso. Se abrió un camino automáticamente. Nadie se acercó, nadie se atrevió a decir nada, todos simplemente la miraban pasar con asombro y respeto... o miedo.

 

Lilia soltó a Ren de golpe, dejándolo caer sentado en el suelo cerca de una mesa, donde él se quedó frotándose el cuello y tosiendo dramáticamente.

 

—Casi... casi me matas... —respiró hondo él, recuperando aire—. Voy a poner una denuncia por transporte indebido...

 

Lilia no le prestó atención. Sus ojos se habían fijado en la gran pizarra detrás del mostrador, donde estaban escritos con tiza todos los nombres de los platos, postres y bebidas disponibles.

 

Se acercó más, inclinándose un poco hacia adelante para leer mejor, frunciendo levemente el ceño.

 

Estaba confundida.

 

Miraba los nombres: Sándwich de pollo, Ensalada César, Pastel de manzana, Jugo natural, Empanada de carne, Pasta con salsa...

 

Leía cada palabra, entendía lo que decían, pero no lograba asociar ningún nombre con lo que realmente era. Para ella, "Ensalada César" sonaba como un nombre de operación militar, "Pastel de manzana" parecía un código de misión, y todo lo demás eran términos extraños que no aparecían en ningún manual de supervivencia.

 

Se quedó ahí parada, inmóvil, con la mirada fija en el menú, procesando la información sin entender nada.

 

Kaede se acercó a su lado y le tocó el brazo suavemente.

 

—¿Pasa algo, Lilia? ¿No sabes qué pedir?

 

Ella asintió lentamente, sin apartar la vista de la pizarra.

 

—He analizado la lista de opciones. No reconozco ninguno de los términos. No sé qué características tienen, cuál es su valor nutricional, ni si son aptos para el consumo.

 

Miyu soltó una carcajada y se apoyó en el mostrador.

 

—¡Ay, pobre! No es un examen, es comida. Solo tienes que elegir lo que te suene rico.

 

—No dispongo de información suficiente para determinar qué es "rico" —respondió Lilia muy seria—. Necesito datos.

 

Ren, que todavía estaba en el suelo recostado contra la pata de la mesa, levantó la mano desde abajo.

 

—Yo te recomiendo el sándwich de jamón y queso —dijo con voz cansada—. Es seguro, básico, tiene proteínas y grasas. No falla.

 

—Yo te digo que pidas la empanada de carne —intervino Miyu, ignorándolo—. Es lo mejor de aquí, tiene mucha fuerza y sabor. Ideal para alguien como tú.

 

—No le hagas caso —dijo Kaede sonriendo—. Lo mejor es el pastel de frutas y un jugo natural. Es dulce, fresco y te va a encantar.

 

Lilia giró la cabeza mirando a uno, luego al otro, luego a Kaede. Todos le estaban diciendo cosas distintas, cada uno asegurando que lo suyo era lo mejor.

 

—Entiendo —dijo ella finalmente, asintiendo como si hubiera llegado a una conclusión brillante—. Las recomendaciones son variadas y todas afirman ser la opción superior. Por lo tanto, la solución lógica es evaluar todas las opciones para determinar cuál es la mejor.

 

Los tres se quedaron mirándola.

 

—¿Evaluar todas...? —empezó a decir Ren.

 

Lilia se giró hacia la chica que atendía detrás del mostrador, la miró fijamente con esos ojos violetas que intimidaban a cualquiera, y señaló la lista completa con un dedo.

 

—Por favor. Quiero todo lo que está escrito ahí.

 

Silencio.

 

La chica de la cafetería parpadeó.

 

Miyu abrió la boca.

 

Kaede se tapó la cara con las manos.

 

Ren, desde el suelo, abrió los ojos tanto que parecían salírsele.

 

—¿T-todo? —tartamudeó la empleada—. ¿Señorita... eso es... es para un grupo grande?

 

—No —respondió Lilia con total calma—. Es para mí.

 

—¡¡LILIA, NO!! —gritaron los tres al mismo tiempo.

 

Pero ya era tarde. Lilia ya había asentido, esperando que trajeran todo, mientras pensaba que, al menos así, sabría de una vez por todas cuál era la mejor comida de la escuela.

 

La empleada, todavía con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, empezó a sacar bandejas, y más bandejas, y más bandejas. Sándwiches, empanadas, pasteles, ensaladas, jugos, postres, panes, todo lo que había en la lista fue saliendo poco a poco y acomodándose sobre la mesa grande que habían ocupado.

 

Al final, la mesa quedó cubierta por completo. Había comida por todos lados, apilada, ordenada, llena de platos y vasos, formando una montaña impresionante que parecía suficiente para alimentar a todo un equipo deportivo.

 

—Aquí tiene... —dijo la chica, casi sin voz, retrocediendo un paso—. ¿Segura que... que es todo para usted?

 

—Sí, gracias —respondió Lilia con una sonrisa educada, tomando asiento frente a todo aquel banquete.

 

Miyu, Kaede y Ren —que finalmente se había levantado del suelo y estaba sentado en una esquina, todavía frotándose el cuello— se miraron entre ellos con una sonrisa resignada y cómplice.

 

—Lo sabía —murmuró Ren, apoyando la cabeza en su mano—. Lo sabía desde el momento en que dijo "todo".

 

—Es el mismo espectáculo cuando salimos a comprar ropa y después pasamos a una tienda a comer, ¿verdad? —dijo Kaede riéndose bajito—. Cuando probó todo lo que le gustó y terminó comiéndoselo todo.

 

—Exacto —asintió Miyu, cruzándose de brazos y recostándose en la silla—. Y en la cafetería del centro comercial. Y en el puesto de comida rápida. Chicos, esto es rutina para nosotros, pero miren a los demás... no tienen ni idea de lo que está por pasar.

 

Y tenían razón.

 

En ese momento, en toda la cafetería se respiraba una curiosidad inmensa. Todos habían visto la cantidad absurda de comida que le habían servido. Cuchicheaban, señalaban, se preguntaban si acaso la chica nueva tenía un equipo entero escondido detrás de la mesa, o si era alguna especie de reto o competencia.

 

Lilia no prestaba atención a nada de eso.

 

Se sentó derecha, con la elegancia de siempre, miró el primer plato, lo analizó un segundo, se lo llevó a la boca y empezó a comer.

 

Y ahí comenzó el espectáculo.

 

No comía con ansia, ni con desesperación, ni de forma desordenada. Comía con la misma precisión, calma y eficiencia que hacía todo lo demás.

 

Un bocado, masticar, tragar. Siguiente plato.

 

Un sorbo, analizar sabor, registrar información. Siguiente.

 

Movimientos fluidos, continuos, sin pausas, sin desperdiciar ni un segundo.

 

La velocidad era impresionante.

 

Lo que una persona normal tardaría veinte minutos en comer, ella lo resolvía en menos de dos.

 

La montaña de comida fue disminuyendo, capa por capa, plato por plato, desapareciendo ante los ojos de todos como si se evaporara.

 

Y fue entonces cuando ocurrió.

 

Primero fue un grupo de chicos que dejaron de masticar.

 

Luego una chica que tenía la cuchara a medio camino de la boca y se quedó inmóvil.

 

Poco a poco, como si fuera una infección silenciosa, el silencio se fue extendiendo por todo el recinto.

 

Tenedores que se detuvieron en el aire.

 

Vasos que se quedaron a medio levantar.

 

Conversaciones que se cortaron de golpe, a mitad de frase.

 

En cuestión de segundos, se hizo un silencio sepulcral.

 

Absoluto.

 

Total.

Cientos de personas, estudiantes, profesores, empleados... todos habían dejado de comer, de hablar, de moverse.

 

Todos tenían la vista clavada en esa mesa, en esa chica alta, hermosa y perfecta, que estaba devorando un banquete para diez personas... como si nada.

 

Como si estuviera tomando un vaso de agua.

 

Como si fuera lo más normal del mundo.

 

Como si en realidad no estuviera comiendo más que el resto de la escuela junta.

 

Se escuchaba solo el sonido suave de sus movimientos y el ruido de los cubiertos.

 

Miyu, Kaede y Ren miraban a su alrededor, disfrutando de las caras de asombro, incredulidad y puro terror que tenían todos los presentes.

 

—Miren ese de allá —susurró Miyu señalando a un chico que tenía los ojos tan abiertos que parecían salírsele—, creo que se le olvidó respirar hace dos minutos.

 

—Y la señora de la limpieza —añadió Ren conteniendo la risa—, está con la escoba en el aire, congelada como una estatua.

 

—Para nosotros es costumbre —dijo Kaede—, pero para ellos... esto debe ser como ver una película de ciencia ficción.

 

Lilia seguía en lo suyo.

 

Ya solo quedaban los últimos platos.

 

Terminó el último sándwich, bebió el último trago de jugo, limpió su boca con la servilleta con delicadeza y dejó los cubiertos perfectamente ordenados sobre la mesa vacía.

 

Todo había desaparecido. No quedaba ni una miga.

 

Se quedó sentada un momento, con la mirada fija al frente, procesando datos.

 

Luego giró la cabeza hacia ellos, totalmente tranquila, con la misma expresión seria de siempre, como si acabara de comer una simple manzana.

 

—Análisis finalizado —anunció con voz clara, que resonó mucho en medio de aquel silencio gigante—. El sándwich aporta buena energía, la empanada tiene sabor intenso y alto valor calórico, y el pastel de frutas es agradable al paladar, aunque menos nutritivo.

 

Hizo una pausa, evaluando mentalmente.

 

—Conclusión: todas las opciones son válidas y recomendables.

 

Miyu se dejó caer sobre la mesa, riéndose sin poder contenerse.

 

—¡Claro que son válidas, si te las comiste todas!

 

Ren negó con la cabeza, mirando a toda la cafetería que seguía paralizada.

 

—Bueno... ahora ya saben por qué es tan alta y tan fuerte. Come como un regimiento.

 

Kaede sonrió, mirando a Lilia con ternura.

 

—Y ella tan tranquila, como si no hubiera dejado a toda la escuela muda...

 

Lilia se levantó de la mesa, acomodándose la chaqueta del uniforme, impecable, sin una sola mancha, con la misma elegancia con la que había llegado.

 

Miró a los lados, notando por fin el silencio y las miradas fijas de todos.

 

Inclinó apenas la cabeza, confundida.

 

—¿Ha ocurrido algo inusual? ¿Por qué todos han detenido su alimentación?

 

Ren se puso de pie, le pasó un brazo por encima del hombro —aunque tuvo que estirarse mucho para llegar— y le sonrió.

 

—Nada, Lilia. Nada inusual. Solo que... les has dado una lección de nutrición y resistencia.

 

—Entendido —respondió ella, asintiendo satisfecha—. Me alegra haber sido útil.

 

Y así, bajo la mirada atónita y enmudecida de todo el establecimiento, el grupo salió de la cafetería.

 

Detrás de ellos, el murmullo no tardó en volver, pero ahora era mucho más fuerte, mucho más rápido y lleno de una sola frase que todos repetían:

 

"¿Viste lo que comió? ¿Viste lo que comió? ¡Esa chica no es humana!"

 

Y mientras caminaban de regreso a las aulas, Miyu solo podía pensar una cosa:Y esto es solo el primer día... no tenemos ni idea de lo que nos espera mañana.

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