La solución llegó más rápido de lo que esperaban.
Y también… trajo un problema distinto.
Aiko apareció con varias prendas en brazos, dejándolas sobre la mesa.
—Esto debería servirte mejor —dijo—. Somos casi de la misma talla.
Lilia observó la ropa unos segundos, evaluándola como si fuera equipo.
Luego asintió.
Minutos después…
Lilia salió ya cambiada.
La ropa le quedaba.
Perfectamente.
Demasiado.
El conjunto deportivo se ajustaba a su cuerpo con precisión, marcando cada línea sin ningún tipo de intención… pero con un resultado imposible de ignorar.
Y aun así…
Lilia simplemente estaba de pie.
Tranquila.
Seria.
Como si nada fuera extraño.
—¿…Qué ocurre? —preguntó al notar el silencio.
Ren giró la cabeza de inmediato.
—Nada.
Miyu se cubrió la boca.
—Nada nada.
Kaede cerró los ojos un segundo.
—Todo mal…
Lilia bajó la mirada hacia su ropa.
Movió un brazo.
Luego el otro.
Giró ligeramente el torso.
—Es más flexible —comentó—. Pero sigue siendo inferior a mi armadura.
Miyu soltó una risa.
—¡No puedes ir con armadura por la calle!
Lilia la miró.
—¿Por qué no?
Ren intervino.
—Porque aquí la gente no pelea todo el tiempo.
—Eso reduce la probabilidad de supervivencia.
Kaede negó.
—No. Eso significa que no necesitas sobrevivir constantemente.
Lilia guardó silencio.
Esa idea…
no terminaba de encajar.
Miyu dio una palmada.
—Bueno, teoría después. Vamos a comprar ropa antes de que Aiko se arrepienta de prestarte eso.
Lilia asintió.
—Entendido.
El centro comercial era… demasiado.
Lilia lo notó desde el primer instante en que cruzaron las puertas automáticas. El aire cambió, la luz era cegadora, los sonidos se superponían y la gente fluía como marea viva. Sus ojos no paraban, registrando cada movimiento, calculando distancias, buscando cobertura. Todo en ese lugar gritaba caos organizado.
—Se siente… extraño —murmuró finalmente.
Miyu caminaba a su lado, casi rebosando energía, con una sonrisa brillante.
—¡Es normal! Es mucha información de golpe.
—No —la corrigió Lilia, firme—. No es normal. Es diferente. Ineficiente.
Ren soltó una risita seca, con las manos en los bolsillos, observándolo todo con calma analítica.
—Bueno… sí, para ti todo va a parecer raro. Estás acostumbrada a ver el mundo en términos de supervivencia.
Kaede iba un poco más adelante, mirando las vitrinas con su habitual tranquilidad. Habló sin girarse, con voz plana:
—Acostúmbrate. Esto es lo más “normal” que vas a encontrar en esta ciudad.
Lilia guardó silencio, pero su mirada seguía escaneando el perímetro.
—Demasiadas personas… demasiados puntos ciegos —susurró, casi para sí misma.
Ren se tapó la cara con una mano, exagerando un poco.
—Ahí vamos otra vez… Modo batalla activado.
Miyu se echó a reír, dándole un pequeño empujón a Lilia en el hombro.
—¡Relájate! Aquí lo más peligroso que te puede pasar es que se te vacíe la cartera.
Lilia parpadeó, no terminaba de comprender el concepto de "peligro" en ese contexto, pero decidió no cuestionarlo por ahora.
Kaede se detuvo en seco frente a un local.
—Aquí.
Entraron. El cambio fue abrupto: estantes, percheros, colores vibrantes y telas de todo tipo. Lilia se quedó plantada en medio del pasillo, analizando el entorno como si fuera un nuevo campo de batalla.
—¿…Todo esto es armadura? —preguntó con total seriedad.
Silencio absoluto.
Ren giró la cabeza lentamente, conteniendo la risa. Miyu se llevó ambas manos a la boca para no gritar, y Kaede cerró los ojos, tomando aire con paciencia infinita.
—No… —respondió Kaede, con calma—. Esto es ropa.
—No parece resistente. Ni funcional —sentenció Lilia.
—No está hecha para pelear.
—Entonces su utilidad es limitada.
—Su utilidad es… vivir. Vestirte. Sentirte bien.
Hubo una pequeña pausa. Lilia asintió despacio.
—Entiendo.
No entendía nada. Pero aceptaba la lógica ajena.
Kaede empezó a hojear algunas prendas, evaluando estilos.
—Esto, esto y aquello podrían funcionar…
Miyu se sumó al instante, llena de ilusión.
—¡Sí! Algo más suave, algo que te haga ver como una chica normal… ¡Vas a estar preciosa!
Ren se quedó atrás, cruzado de brazos.
—Yo solo intervengo si hay que tomar decisiones lógicas… o si se ponen muy cursis.
De pronto, Kaede se detuvo. El silencio la invadió.
—…Espera un momento.
Miyu la miró.
—¿Qué pasa?
Kaede se giró lentamente hacia Lilia, luego miró la ropa, y volvió a mirar a Lilia.
—No tenemos tus medidas.
Silencio.
Miyu abrió los ojos como platos.
—…¡Es verdad! ¡Se nos olvidó lo básico!
Ren arqueó una ceja.
—Obviamente. Ella no usa tallas de este mundo.
Lilia inclinó la cabeza, confundida.
—¿Medidas?
—Sí —dijo Kaede, suspirando—. Necesitamos saber qué número eres para que te quede bien.
—No lo sé.
—Claro que no…
Miyu se cruzó de brazos, poniéndose su cara más decidida.
—Bueno, solución fácil y rápida. —Señaló los probadores—. Hay que medirla.
—Voy yo —dijo Kaede, asumiendo la responsabilidad con total naturalidad.
—Entendido —respondió Lilia, como si fuera a recibir un briefing de misión.
Minutos después…
Lilia y Kaede estaban dentro del vestidor.
Mientras tanto, afuera…
Ren y Miyu esperaban, sentados, en silencio.
Durante exactamente diez segundos.
—¿Cuánto crees que tarde? —preguntó Miyu, moviendo la pierna sin parar, impaciente.
—No lo sé —respondió Ren—. Es la primera vez que mide a alguien que viene de otro mundo…
Miyu soltó una risa nerviosa.
—Eso suena tan absurdo que ya ni me sorprende…
Desde dentro se escuchaban movimientos. La voz de Kaede, seca y profesional como siempre.
—Quédate quieta. —Levanta el brazo.—No, no es un entrenamiento militar, solo relájate.
Silencio.
Luego…
—…¿En serio?
Ren levantó una ceja. Miyu se inclinó hacia adelante, curiosa.
—¿Qué pasa ahí dentro? ¿Error de cálculo?
Hubo una pausa. Una pausa que pesó.
Y entonces Kaede dijo el número, con total objetividad.
—Noventa y ocho…
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
—¿¡NOVENTA Y OCHO!? —explotó Miyu levantándose de un salto como si la hubieran electrocutado—. ¡¿NOVENTA Y OCHO QUÉ?! ¡¿METROS?!
Toda la tienda se giró a mirarla.
—¡NO PUEDE SER! —se llevó ambas manos a la cabeza, dando un paso atrás, escandalizada—. ¡ESTO ES TRAMPA! ¡ES SUCIO JUEGO!
Ren se quedó mirándola, boquiabierto.
—¿…Trampa? ¿De qué hablas?
—¡Sí, trampa! —señaló furiosa hacia la puerta del vestidor— ¡Eso no entra dentro de las leyes de la naturaleza! ¡Eso debería ser ilegal!
—Miyu, no existen leyes para eso…
—¡Pues deberían! —gritaba ella, totalmente fuera de sí— ¡Yo estaba orgullosa! ¡Yo tenía MIS MEDIDAS! ¡Mi equilibrio perfecto y armonioso! ¡Y ahora esto?!
Ren ya no pudo aguantar y se dobló de risa.
—Sigues teniendo un cuerpo increíble, en serio…
—¡NO ES LO MISMO! —se señaló a sí misma con indignación— ¡Esto ya no es competencia justa! ¡Es una masacre! ¡Es una invasión alienígena!
Desde dentro, Kaede suspiró, cansada.
—Miyu, baja la voz… todo el mundo te mira.
—¡QUE MIREN! —respondió ella con el pecho inflado— ¡ESTO ES UN ATAQUE DIRECTO A MI AUTOESTIMA! ¡ES UN CRIMEN DE GUERRA CONTRA MIS RODILLAS!
Silencio absoluto dentro del cubículo.
Y entonces, la voz calmada, seria e inocente de Lilia rompió el silencio:
—¿Eso es un problema táctico? ¿Afecta mi movilidad?
Ren se agarró del banco para no caerse al suelo de la risa.
—Sí… sí lo es, Lilia. Es un problema estratégico de alto nivel…
—¿En qué aspecto perjudica? —preguntó ella, genuinamente confundida.
Miyu cruzó los brazos con fuerza, haciendo un puchero gigante, con los ojos casi llorosos de la frustración.
—¡PERJUDICA EN TODO! ¡EN LA GRAVEDAD! ¡EN EL EQUILIBRIO DEL UNIVERSO! ¡EN LO QUE YO CREÍA VERDAD!
—Especifica. Dame datos concretos.
—¡NO QUIERO ESPECIFICAR! ¡ES DEMASIADO DOLOROSO!
Kaede volvió a hablar, intentando poner orden.
—Cálmate. Solo son números. Son centímetros, nada más.
—¡NO SON “SOLO NÚMEROS”! —le cortó Miyu— ¡SON DEMASIADOS NÚMEROS! ¡ES UNA LISTA DE LA COMPRA INTERMINABLE! ¡ES UN ABUSO DE CONFIANZA DE LA BIOLOGÍA!
Ren se limpió una lágrima de risa con la manga.
—Nunca pensé que vería el día en que alguien perdiera ante una espada dimensional…
Miyu lo fulminó con la mirada.
—¡Tú cállate y acompáñame en el duelo!
Dentro del vestidor, Kaede siguió anotando con total normalidad, ignorando el drama.
—Bien… continuemos. Cintura…
Se detuvo en seco.
—…Caderas…
Otra pausa. Más larga.
—…Dios mío. Esto también es ridículo. Es absurdo. Es injusto.
—¿¡OTRO NÚMERO VERGONZOSO?! —preguntó Ren, intentando no reírse más.
—No lo voy a decir en voz alta —respondió Kaede—. Si lo digo, Miyu se desmaya y tenemos que llamar a una ambulancia.
—¡DILO! —gritó Miyu poniendo las manos en la puerta— ¡YA ESTOY HERIDA DE MUERTE, TERMINA EL TRABAJO Y MÁTAME DE UNA VEZ!
Kaede la ignoró por completo.
—Listo. Ya tengo todo.
Unos segundos después…
La cortina se abrió con suavidad.
Salió Lilia.
Tranquila. Seria, imperturbable, como si nada estuviera pasando.
Miyu la miró, de arriba abajo, largo.
Muy largo.
Analizó cada centímetro, comparó, calculó… y su alma salió disparada unos segundos.
Lentamente, giró la cabeza hacia Kaede con cara de zombie.
—Necesito irme a casa… y replantear mi existencia.
—No tenemos tiempo para eso.
—¡NECESITO UN MOMENTO DE DUELO! ¡NECESITO LLORAR!
Ren volvió a reír, apoyándose en la pared.
Y Lilia…simplemente parpadeó, observando el caos a su alrededor. Sin entender absolutamente nada. Sabiendo que había hecho algo importante, pero sin tener ni idea de qué era.
Kaede y Ren se dispersaron entre los percheros con una misión clara: encontrar ropa “normal”.
Lo cual, considerando a quién estaban vistiendo, ya era un problema en sí mismo.
—Algo simple… —murmuraba Kaede mientras revisaba etiquetas—. Nada que llame demasiado la atención…
—Buena suerte con eso —respondió Ren desde el otro lado, levantando una prenda y mirándola con duda—. Creo que eso ya no depende de la ropa.
Kaede no respondió. Porque sabía que tenía razón.
A unos metros de ellos…
Lilia esperaba de pie inmóvil como si estuviera en formación de espera. Sus ojos recorrían la tienda, pero su cuerpo no se movía un centímetro.
En un rincón cercano…
Miyu estaba sentada en el banco con los brazos cruzados la mirada perdida en el vacío un aura oscura y depresiva la envolvía por completo.
—Esto… no tiene sentido… —murmuraba para sí misma, con voz ronca—. Todo mi esfuerzo… dieta… ejercicio… ¿para qué…?
Se miró sus propias manos.
—Tenía equilibrio… armonía… proporción divina…
Bajó la cabeza lentamente.
—Era perfecta…
Silencio.
—Y ahora…—Ya no queda nada… solo cenizas…
Ren la miró de reojo.
—Sigue en modo depresión…
Kaede suspiró.
—Déjala… ya se le pasará…
Pero no. No se le estaba pasando. De hecho, estaba empeorando.
Lilia observó la escena unos segundos. Analizó la situación, decidió intervenir por lógica y caminó hacia ella. Se detuvo justo enfrente.
—No comprendo.
Miyu levantó la mirada muy despacio, como un zombi.
—¿…Qué cosa…?
—Por qué te afecta tanto.
Silencio.
Error. Error crítico.
Ren se quedó congelado. Kaede dejó caer la ropa que tenía en la mano. Ambos sabían que acababa de pisar una mina.
—¿…Perdón…? —dijo Miyu, con una voz que sonaba demasiado baja para ser buena señal.
Lilia continuó, totalmente seria y objetiva:
—El tamaño que mencionaron no tiene utilidad en combate.
Ren se llevó ambas manos a la cara.
—No… Lilia, cállate ya…
—En mi caso —continuó ella impasible—, representa una desventaja. Limita el movimiento y afecta el equilibrio al saltar. Es un lastre.
Kaede cerró los ojos con fuerza.
—…Por el amor de todo lo sagrado, no sigas hablando…
—Por lo tanto —concluyó Lilia—, no entiendo por qué lo consideras algo deseable o relevante.
Silencio absoluto.
Miyu no parpadeó. No respiró. Su cuerpo entero se tensó hasta el límite.
Y entonces…
—…¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ?
El grito fue tal que las perchas vibraron.
—¿ACABAS DE LLAMAR A ESTO… UN LASTRE?
Ren dio un paso atrás instintivamente.
—¡SE VIENE! ¡AGACHEN LA CABEZA!
Miyu se levantó como un resorte. Sus ojos brillaban con furia pura.
—¡¡¡TE VOY A HACER TRAGAR TUS PALABRAS ESPADA INÚTIL!!!
Se lanzó en el aire con todas sus fuerzas.Lilia, reaccionando por instinto de combate, intentó esquivar o bloquear… pero Miyu era un tornado de ira.
¡PUM!
Chocaron se enredaron y perdieron el equilibrio.
Y ambas terminaron rodando por el suelo de la tienda entre un revoltijo de brazos, piernas y cabellos.
—¡¡¡NO SABES NADA!!! —gritaba Miyu dándole golpes pequeños pero furiosos en el hombro y el brazo—. ¡¡¡ESTO ES ARTE!!! ¡¡¡ES CULTURA!!! ¡¡¡ES LO QUE HACE QUE EL MUNDO GIRE!!!
—¡No es eficiente! —respondía Lilia con calma, intentando sujetarla sin hacerle daño, pero siendo arrastrada por el caos.
—¡¡¡NO TODO ES EFICIENCIA, ROBOTA INSENSIBLE!!!
—exageras— responde Lilia
—¡¡¡MIS MEDIDAS ERAN PERFECTAS Y TÚ LAS HAS MANCHADO!!!
Ren y Kaede corrieron hacia ellas, horrorizados.
—¡¡¡PARAD!!! ¡¡¡ESTÁN EN MEDIO DE LA TIENDA!!! —gritaba Kaede intentando agarrar a Miyu de la cintura para tirar de ella.
—¡¡¡CHICAS, POR FAVOR!!! ¡¡¡TODOS NOS ESTÁN MIRANDO!!! —añadía Ren, tirando de Lilia del brazo opuesto.
Era como intentar separar dos imanes opuestos. Miyu se aferraba como una lapa y Lilia simplemente no se movía, pero el desorden era total.
Finalmente, lograron separarlas a la fuerza.
Miyu quedó sentada en el suelo, despeinada, con la ropa arrugada y los ojos llenos de lágrimas de rabia. Lilia quedó de pie, ajustándose la postura, intacta, mirando a Miyu con curiosidad científica.
Miyu la señaló temblando.
—…Tú… tú no tienes corazón… eres una máquina… una cruel y fría máquina…
Lilia parpadeó.—
Entiendo. Es importante para ti. Entonces es relevante. Lo tomaré en cuenta.
Miyu se quedó muda. La furia se le escapó de golpe y quedó con cara de "¿qué acaba de pasar?".
—…Eh…?
—Lo anotaré en mi registro.
Ren se dobló de risa apoyado en un perchero.
—Jajaja… yo voto por que sigue perdiendo…
Miyu lo fulminó con la mirada.
—¡TÚ CÁLLATE O TE INCLUYO EN LA GUERRA!
Kaede se pasó una mano por la cara, agotada.
—Definitivamente necesitamos pagar e irnos ya… antes de que nos echen de todo el centro comercial.
Lilia volvió a su posición de firmes.
—Entendido. Misión cumplida.
Miyu se dejó caer de espaldas al suelo, mirando al techo.
—Esto no ha terminado… —murmuró—. Me voy a comprar tacones… y seré más alta que tú… verás…
Pero incluso ella sabía… que esa batalla, lamentablemente, ya estaba perdida.