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Capitulo 15: recuerdos de una vida diferente

DNavarrete
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Las clases terminaron finalmente.

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Las clases terminaron finalmente.

 

El sonido de la campana recorrió todo el edificio como una liberación, y poco a poco, las aulas se fueron vaciando. El ruido de conversaciones, risas, pasos apresurados y el murmullo de cientos de voces llenaron los pasillos y escaleras, convirtiendo el ambiente en una mezcla alegre y cansada de fin de jornada. Grupos de estudiantes se despedían en las puertas, hacían planes para el fin de semana o comentaban anécdotas del día con energía renovada.

 

Entre toda esa marea de gente, caminaban Lilia, Kaede, Miyu y Ren.

 

O mejor dicho... caminaban tres estudiantes agotados y una persona que parecía exactamente igual que cuando había cruzado la puerta de la escuela por la mañana.

Miyu arrastraba los pies, con la mochila colgando de un solo hombro y la cabeza gacha, como si cada paso le costara una tonelada de esfuerzo. Ren caminaba con las manos detrás de la cabeza, bostezando largamente y con los ojos entrecerrados. Kaede, aunque más descansada, frotaba suavemente su cuello, relajando la tensión acumulada.

 

Y a su lado, Lilia.

 

Erguida, elegante, con la espalda recta como una lanza, el paso firme y ligero, y el cabello rubio brillando bajo la luz del atardecer, sin un solo mechón fuera de lugar. Ni una gota de sudor, ni rastro de cansancio, ni siquiera un cambio en su expresión. Parecía que acababa de empezar el día, no de terminarlo.

 

—Sigo sin entender cómo puedes estar tan fresca —se quejó Miyu, deteniéndose un segundo para mirarla con una mezcla de incredulidad y envidia—. Tuvimos clases teóricas interminables, el almuerzo donde hiciste el espectáculo del siglo, más clases, educación física donde nos dejaste a todos atrás como si estuviéramos parados... y ahora caminas como si hubieras estado descansando todo el día. ¿Es que tu cuerpo no conoce el cansancio?

 

Lilia la miró con total calma, sin dejar de caminar.

 

—Porque te falta entrenamiento y resistencia física. Tu umbral de fatiga es demasiado bajo.

 

—¡AHÍ ESTÁ! —Miyu señaló al cielo dramáticamente—. ¡Lo volvió a decir! ¡Lo tengo grabado!

 

—¿Cuántas veces llevamos hoy? —preguntó Ren, estirándose y mirando al techo del pasillo.

 

—Perdí la cuenta después de la décima vez en educación física —respondió Kaede entre risas, caminando entre ambos—. Primero cuando corrimos, luego cuando saltamos, luego cuando lanzamos la pelota... creo que es su frase favorita.

 

Lilia los observó a los tres con seriedad, como si estuviera evaluando datos de un informe.

 

—Si aumentaran su capacidad pulmonar y su resistencia al esfuerzo, todas sus actividades diarias resultarían mucho más sencillas y eficientes. Incluso podrían ahorrar hasta un quince por ciento de energía.

 

—No todos somos una guerrera legendaria hecha de acero —protestó Miyu, cruzándose de brazos.

 

—Ni queremos serlo —añadió Ren rápidamente—. Yo prefiero ser un estudiante normal, cómodo y con tiempo libre.

 

—Habla por ti —dijo Miyu, mirando a Lilia con admiración—. Yo sí quiero ser así. Quiero ser fuerte, rápida, perfecta y que todos me miren asombrados. Pero quiero serlo sin entrenar. Quiero que me salga de fábrica.

 

—Eso no funciona así —respondió Lilia con total lógica.

 

—Lo sé, lo sé —suspiró Miyu, volviendo a caminar—. Déjame soñar un poco, al menos.

 

Kaede soltó una pequeña risa suave, disfrutando de esa dinámica que ya se había vuelto parte de ellos. Mientras salían al exterior, donde el aire fresco de la tarde los recibió, Akane apareció desde detrás de ellos, alcanzándolos con pasos rápidos y una sonrisa curiosa.

 

—¡Esperen! —los llamó—. Entonces...

 

Todos se giraron hacia ella, deteniéndose cerca de la entrada principal, donde el sol empezaba a teñir el cielo de tonos dorados y anaranjados.

 

—¿Qué te pareció? —preguntó Akane, dirigiéndose directamente a Lilia—. ¿Qué te pareció tu primer día de clases aquí?

 

La pregunta era sencilla, amable y normal. Pero para Lilia, fue algo mucho más complejo.

 

Por un momento, la chica rubia guardó silencio. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en el horizonte, procesando, analizando y repasando mentalmente cada segundo de las últimas ocho horas.

 

Para los demás, había sido un día lleno de sucesos, emociones, risas, sorpresas y un poco de caos. Pero ella veía las cosas de otra manera.

 

Repasó las presentaciones, las miradas de todos, las explicaciones en el pizarrón, las preguntas constantes, los pasillos llenos de gente caminando sin prisa, el almuerzo donde probó todo sin riesgo, la educación física que para ella fue solo un calentamiento suave, las conversaciones sin sentido y las risas por cosas pequeñas.

 

Todo aquello que para los demás era "la normalidad".

 

Finalmente, después de unos segundos que se sintieron largos, Lilia respondió con voz tranquila y clara.

 

—Fue tranquilo.

 

Hubo un breve silencio entre todos.

 

—¿...Tranquilo? —repitió Miyu, parpadeando confundida—. ¿Solo eso? ¿Tranquilo?

 

—Sí —afirmó ella con seguridad.

 

—¿No fue aburrido? ¿No fue extraño? ¿No fue agotador? —insistió Ren—. Porque para nosotros verte comer todo el menú fue estresante, ¿sabes?

 

—No. Fue tranquilo —repitió Lilia, sin cambiar su postura.

 

Miyu abrió la boca para protestar, para decirle que había sido todo menos tranquilo, que había sido un día lleno de cosas locas, pero se detuvo a mitad de camino.

 

Porque al mirar el rostro de Lilia, comprendió algo profundo.

 

Ella realmente lo decía en serio.

 

No estaba minimizando lo que había pasado.

 

No estaba siendo indiferente ni distante.

 

Para ella, esa palabra era una valoración muy positiva. De las más altas que podía dar.

 

Lilia levantó ligeramente la mirada hacia el cielo despejado de la tarde, donde las nubes pasaban lentas y suaves. Sus ojos violetas se suavizaron, perdiéndose en la inmensidad azul.

 

—Fue... muy tranquilo —repitió, y esta vez su voz sonó más suave, casi como un susurro—. No hubo combates.

 

Los demás guardaron silencio, sintiendo el cambio de aire.

 

—No hubo heridos.

 

—No hubo ataques ni emboscadas.

 

—No hubo alarmas ni órdenes urgentes.

 

Sus ojos se perdieron por unos segundos en algún recuerdo lejano, muy lejano, de otros tiempos, otros lugares, donde el mundo era gris y peligroso.

 

—La última vez que tuve un día parecido... fue hace muchos años. Demasiados.

 

Miyu, Ren y Kaede la escucharon atentamente, en silencio, sin atreverse a interrumpir.

 

—Haru y los demás me obligaron a acompañarlos a una aldea humana, lejos de las fronteras —continuó ella, bajando la mirada hacia sus propias manos, como si pudiera ver el pasado en ellas—. Dijeron que pasaba algo raro conmigo, que siempre estaba lista para pelear, que nunca descansaba de verdad.

 

—¿Obligaron? —preguntó Ren, sonriendo levemente al imaginar la escena.

 

—Sí. Fueron muy insistentes. Dijeron que si no iba, me atarían y me llevarían a la fuerza.

 

—Suena exactamente a algo que Haru haría —murmuró Kaede, con una sonrisa nostálgica.

 

Lilia asintió lentamente.

 

—Dijeron que necesitaba conocer cómo vivían las personas normales. Que tenía que entender que no todo en la vida era guerra o deber. Y entonces... me quitaron la armadura.

 

Los tres se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos.

 

—¿Qué? —susurró Miyu.

 

—Me hicieron usar ropa sencilla, como la de una aldeana cualquiera. Sin protecciones, sin espada, sin nada. Solo tela.

 

El silencio duró apenas un segundo ante de que estallara.

 

—¡¡JAJAJAJAJA!! —Miyu se dobló de la risa, sosteniéndose el estómago—. ¡No puedo imaginarlo! ¡Tú, vestida de aldeana sencilla, sin armadura ni armas! ¡Debe haber sido la cosa más extraña del mundo!

 

—Yo tampoco logro visualizarlo —admitió Ren, sacudiendo el cabeza divertido—. Es como quitarle el mar al océano.

 

—¿Y qué pasó? —preguntó Kaede, curiosa, acercándose un poco más—. ¿Cómo te sentiste?

 

Lilia reflexionó unos segundos, buscando la palabra exacta.

 

—Me sentí... extraña.

 

—¿Extraña?

 

—Muy extraña. Incómoda. Desprotegida.

 

Volvió a mirarse las manos, rozando su propia muñeca con la otra mano, como si estuviera buscando el peso de algo que ya no estaba ahí.

 

—Era la primera vez en años que caminaba sin armadura. Desde que empecé a entrenar, siempre llevaba algo puesto, siempre estaba lista. Ese día... sentía el aire fresco en la piel, sentía el sol, sentía el pasto... pero también sentía que faltaba algo.

 

—¿Tan raro fue? —preguntó Akane con suavidad.

 

—Sentía que había olvidado algo importante —explicó ella con total sinceridad—. Era como cuando... —se detuvo, buscando una comparación— ...como cuando sales de casa y llegas a la esquina y piensas: "¿Olvidé cerrar la puerta?". Esa sensación constante de alerta, de falta de seguridad.

 

—¡Ah, ya sé! —intervino Ren—. ¡Es como cuando sales sin el teléfono móvil! Te sientes desnudo.

 

—¿Qué es un teléfono móvil? —preguntó Lilia confundida.

 

—Olvídalo, es una cosa de aquí. Ya te lo explicaré otro día.

 

Miyu seguía riéndose, secándose una lágrima de risa.

 

—¿Y qué hizo Haru? ¿Se quedó callado? Porque si fue así, no lo conozco.

 

Por primera vez desde que empezó a hablar, una pequeña, muy pequeña pero real sonrisa apareció en el rostro de Lilia. Fue leve, casi imperceptible, pero iluminó sus ojos de una forma distinta.

 

—Se pasó todo el día burlándose de mí. Me llamaba "dama del pueblo", me decía que caminaba como si estuviera pisando minas, que miraba a los panaderos como si fueran espías enemigos... No paró ni un segundo.

 

—¡Eso sí suena exactamente a Haru! —exclamaron los tres al mismo tiempo, riéndose.

 

La sonrisa de Lilia permaneció unos segundos más, guardando ese recuerdo como algo precioso, algo que ni la guerra ni el tiempo pudieron borrar.

 

Luego, levantó la vista y observó la calle llena de estudiantes que regresaban a casa tranquilos, los árboles mecidos por el viento, el cielo tranquilo y lleno de luz suave.

 

—Sí —dijo ella, suavemente—. Fue un día muy parecido a hoy.

 

Guardó silencio un instante, disfrutando de esa paz que para ella era un tesoro inmenso.

 

—Fue... un día muy tranquilo.

 

Y por la forma en que lo dijo, con esa mezcla de nostalgia y felicidad, todos entendieron perfectamente que, para alguien como ella, que había vivido siempre al filo del peligro... no existía mejor elogio, ni mayor felicidad, que esa palabra.

 

La puerta de entrada se abrió suavemente.

 

—Ya llegué —anunció Lilia con su tono habitual, claro y sereno.

 

Entró con pasos tranquilos, se agachó y dejó sus zapatos perfectamente alineados en el lugar exacto que le habían indicado, tal como se le había enseñado: ordenado, limpio, sin errores. Era una rutina que había aprendido rápido, como todo lo que se le explicaba.

 

Y apenas dio dos pasos hacia el interior...

 

—¡¡LILIAAAAAA!!

 

Una figura pequeña, rápida y llena de energía apareció a toda velocidad desde el pasillo, como una tormenta en forma de persona.

 

Antes de que Lilia pudiera siquiera parpadear o evaluar la situación, la hermana mayor de Haru ya estaba colgada de su cuello, abrazándola con tanta fuerza que casi le corta la respiración, moviéndola de un lado a otro con entusiasmo.

 

—¡Cuéntamelo todo! ¡Todo, todo, todo! ¡No te saltes ni el más mínimo detalle! —exigió ella, separándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos, con las manos apoyadas en los hombros de la chica rubia.

 

Lilia parpadeó una vez, procesando la orden.

 

—¿Todo?

 

—¡Sí, todo! —afirmó la chica con los ojos brillantes—. ¡Quiero saber cómo fue tu primer día de escuela! ¡Las clases, los profesores, cómo te trataron, qué te enseñaron, qué hicieron en los recreos! ¡Y sobre todo, las reacciones! ¡Quiero saber cuántos se quedaron con la boca abierta al verte entrar! ¡Las declaraciones de amor, los corazones rotos, los chismes que ya deben estar corriendo por todo el instituto!

 

Lilia la miró con total seriedad, sin entender nada de lo que estaba pidiendo en su mayoría.

 

—No comprendo la mayoría de los términos que acabas de usar.

 

—¡¿Cómo que no?! —la hermana se llevó ambas manos a la cabeza, desesperada—. ¡Por ejemplo: ¿cuántos chicos se enamoraron perdidamente de ti hoy? ¡Seguro que todos!

 

—¿Qué es "enamorarse"? —preguntó Lilia con curiosidad genuina.

 

—¡Ay, Dios mío! —se quejó la chica, ignorando la pregunta—. ¡Está bien, entonces otra cosa: ¿cuántas chicas te miraron con admiración y envidia? ¡Seguro que todas!

 

—¿...?

 

—¡Y más importante aún! ¿Cuántos quedaron traumatizados o mudos de la impresión al verte? ¡Eso seguro que pasó!

 

—¿...?

 

La hermana de Haru se dejó caer un poco hacia atrás, fingiendo desmayo.

 

—¡No puedo creer que hayas vuelto a casa después de un día histórico y no tengas nada importante que contarme de inmediato! ¡Eres una desesperante!

 

Y sin darle oportunidad de escapar ni de quitarse la mochila, la tomó firmemente de la muñeca y empezó a arrastrarla por el pasillo.

 

—¡Ven conmigo ya mismo!

 

—¿A dónde vamos? —preguntó Lilia, caminando detrás de ella sin oponer resistencia, ligera como una pluma.

 

—¡A la sala! ¡Necesito el informe completo, detallado y con anécdotas incluidas! ¡No te dejaré en paz hasta saberlo todo!

 

Desde la cocina, donde el olor a comida recién hecha llenaba la casa, se escuchó una risa suave y cálida.

 

—No la atormentes demasiado, por favor —dijo la madre de Haru, asomando la cabeza un momento con una sonrisa tierna—. Acaba de llegar y seguro que está cansada.

 

—¡No la estoy atormentando, mamá! —se defendió la chica sin soltar a Lilia—. ¡Estoy realizando una investigación de vital importancia para la comunidad!

 

—Eso es exactamente lo que significa atormentar, cariño —respondió la mujer con tranquilidad, volviendo a sus ollas.

 

—¡Detalles, Lilia! ¡Dame detalles! —insistió la hermana, sin escuchar razones.

 

Mientras era arrastrada, Lilia observaba todo a su alrededor con esa calma y atención que la caracterizaban.

 

Aquella casa seguía siendo un lugar extraño para ella.

 

Ruidosa.

 

Llena de movimientos constantes.

 

Caótica a veces.

 

Donde las conversaciones aparecían de la nada, donde se reían sin motivo aparente, donde el tiempo parecía correr a otro ritmo.

 

Y, sin embargo...

 

cada día que pasaba, cada día que pasaba allí, comiendo con ellos, hablando con ellos, durmiendo bajo su techo... todo eso le resultaba un poco más familiar, un poco más suyo, un poco más cálido.

 

Cuando llegaron a la sala de estar, Lilia frenó en seco.

 

Algo llamó inmediatamente toda su atención.

 

Sobre uno de los muebles bajos, cerca de la ventana, había una fotografía en un marco sencillo.

 

Era la foto de Haru.

 

Alrededor de ella, había flores frescas y coloridas que perfumaban el aire, una pequeña lámpara encendida con luz suave, y algunos objetos pequeños que parecían colocados allí con mucho cuidado, con mucho amor.

 

Lilia se quedó inmóvil en el sitio.

 

Sus ojos no se apartaron de esa imagen ni un segundo.

 

No había visto algo así antes.

 

Nunca.

 

La hermana de Haru notó enseguida hacia dónde se dirigía toda su atención. Su expresión alegre y entusiasta se suavizó al instante, perdiendo toda la energía para llenarse de una ternura profunda y nostálgica.

 

Se acercó lentamente hasta quedar a su lado.

 

—Ah... esto... es para él —dijo en voz baja.

 

Lilia asintió levemente, sin dejar de mirar la foto.

 

—Lo imaginé. Se ve feliz.

 

Guardó silencio unos segundos, analizando la disposición de las cosas.

 

—¿Es algún tipo de monumento conmemorativo? ¿Un punto estratégico de recuerdo?

 

—Más o menos... sí, se puede decir así —respondió la joven con una sonrisa triste y dulce—. Es una forma que tenemos aquí, en este mundo, de saludar a quienes ya no están con nosotros físicamente.

 

Lilia volvió a clavar la mirada en la fotografía.

 

En la imagen, Haru aparecía sonriendo.

 

Esa sonrisa suya, relajada, un poco burlona, tranquila... exactamente igual que siempre.

 

Era tan real que parecía que, en cualquier momento, iba a abrir la boca para decir alguna tontería, alguna broma o alguna frase que solo él entendía.

 

—¿Saludar? —preguntó Lilia con suavidad.

 

—Sí. Hablar con ellos. Decirles cómo nos fue, qué hicimos, que los recordamos.

 

La hermana de Haru se sentó en el suelo, frente a ese pequeño altar improvisado. Juntó las manos frente a su pecho e inclinó ligeramente la cabeza, cerrando los ojos un momento.

 

—Algo así. Es como si estuvieran ahí, escuchando.

 

Lilia observó atentamente cada movimiento, cada gesto, cada detalle.

 

Lo miraba como si estuviera aprendiendo una nueva técnica, una tradición antigua, algo importante que debía guardar con cuidado.

 

Después de unos segundos, la hermana abrió un ojo y miró a Lilia, que seguía de pie, muy seria y atenta.

 

—Ahora te toca a ti.

 

—¿A mí? —preguntó ella, sorprendida.

 

—Sí. Ven.

 

—Pero... no conozco el procedimiento exacto. No me han enseñado las reglas ni los pasos correctos. No quiero cometer un error.

 

—No hay reglas estrictas —le aseguró la chica, golpeando el suelo a su lado invitándola a sentarse—. Solo salúdalo. Dile lo que quieras. Lo que sientas.

 

Lilia permaneció inmóvil unos momentos, dudando solo una fracción de segundo.

 

Luego caminó despacio, se sentó frente a la fotografía, imitó el gesto que acababa de ver: juntó las manos tal como le habían mostrado, inclinó ligeramente la cabeza y cerró los ojos un instante.

 

Y guardó silencio.

 

En su mundo, en la vida que ella había llevado siempre, no existía algo parecido a esto.

 

Los muertos eran recordados con respeto.

 

Eran honrados con hechos, con honor, con lealtad.

 

Eran llorados en silencio y en la soledad.

 

Pero nunca... nunca se les "saludaba" como si estuvieran al otro lado de la puerta. Nunca se les contaba cómo había ido el día.

 

Aun así...

 

Algo en su interior le dijo que eso estaba bien. Que eso era lo que él hubiera querido.

 

Abrió los ojos y miró directamente a la fotografía, a esos ojos que la miraban desde el papel con tanta calma.

 

—Buenas tardes, Haru —dijo con voz clara, tranquila y sincera.

 

La habitación quedó en un silencio absoluto.

 

—Hoy fue mi primer día de clases en esta escuela, tal como querías.

 

Hizo una pequeña pausa, organizando sus pensamientos como si estuviera redactando un informe oficial.

 

—Fue tranquilo.

 

La hermana de Haru sonrió con ternura al escuchar esa palabra, sabiendo lo mucho que significaba viniendo de ella.

 

Desde la cocina, la madre también escuchaba en silencio, deteniendo lo que hacía para no perderse ni una palabra.

 

—Conocí nuevas materias y formas de enseñar. Son distintas a las de mi mundo, pero interesantes.

 

—Los estudiantes hicieron muchas preguntas. Muchas. No entendí la mayoría, pero respondí lo que pude.

 

—Y Miyu sigue diciendo cosas extrañas, sin sentido lógico. Sigue igual que siempre.

 

Desde la cocina se escuchó una pequeña risa ahogada.

 

Lilia continuó observando la imagen, suavizando cada vez más su tono de voz.

 

—También... utilicé el asiento que era tuyo. El que dejaste vacío. Me senté allí, tal como me pidieron.

 

Por primera vez, su voz se volvió un poco más suave, más cálida, cargada de una emoción que pocas veces dejaba ver.

 

—Creo que lo estoy haciendo bien. Estoy aprendiendo las reglas de aquí. Me estoy adaptando.

 

La hermana de Haru sintió que sus ojos se humedecían ligeramente, brillando con lágrimas contenidas.

 

Porque al escucharla, no parecía que Lilia estuviera hablando con una fotografía inerte, con un recuerdo.

 

Parecía que realmente estuviera dándole un informe detallado a alguien que simplemente se había retrasado en llegar a casa, a alguien que estaba ahí mismo, escuchando todo con atención.

 

Después de unos segundos más de silencio, Lilia volvió a inclinar la cabeza, como dando por finalizada su comunicación.

 

—Gracias por enseñarme este mundo, Haru. Gracias por todo.

 

Se levantó lentamente del suelo, con la elegancia que la caracterizaba, y se giró hacia el comedor, donde la cena ya empezaba a oler delicioso.

 

Mientras caminaba, no lo notó.

 

No vio cómo la hermana se secaba una lágrima con la manga.

 

No vio cómo la madre la miraba desde la puerta de la cocina con una mezcla de amor y gratitud inmensa.

 

Pero la familia Haruno sí lo notó.

 

Por primera vez desde que Lilia había llegado a ese mundo, perdida, confundida y con el corazón lleno de cicatrices...

 

Algo cambió en el aire de esa casa.

 

Algo encajó perfectamente.

 

Y por primera vez, con total certeza, todos supieron que:

 

Aquella casa, esa familia, realmente parecía tener una hermana menor más.

 

La casa quedó finalmente en silencio.

 

La cena había terminado hacía un rato. Habían recogido todo, charlando tranquilamente, y poco a poco las luces se fueron apagando hasta quedar solo la luz tenue de los pasillos. Lilia se despidió con su educación habitual y se dirigió a la habitación que le habían asignado, ese espacio pequeño, cálido y propio que ya empezaba a sentir como suyo.

 

Se cambió de ropa, se arregló el cabello y caminó despacio hacia la cama, donde, apoyado contra la almohada, descansaba un pequeño gato de peluche. Era suave, de pelaje oscuro y ojos grandes de botón, un regalo que le habían dado al llegar y que siempre dejaba allí, ordenado y limpio.

 

En cuanto Lilia estuvo lo suficientemente cerca, a solo unos pasos, algo ocurrió.

 

Una luz muy tenue, de un tono violeta pálido y suave, comenzó a recorrer las costuras del peluche. Era la magia de ella, que emanaba de su cuerpo sin que ella tuviera que hacer nada, que impregnaba el aire y, al tocar el juguete, lo activó.

 

De repente, el pequeño gato de tela se movió.

 

No fue un movimiento mecánico ni rígido. Se estiró, levantó la cabeza, bostezó y saltó ágilmente sobre el colchón, como si en lugar de relleno de algodón tuviera huesos, músculos y vida propia. Pero esa vida no era suya. Era prestada. Era Lilia quien, con su inmenso poder, le había dado esa capacidad de moverse, de actuar y de comportarse como una mascota real. Y solo funcionaba si ella estaba cerca. Si ella se iba lejos, el peluche volvía a ser solo tela y algodón, inmóvil y silencioso.

 

Lilia sonrió muy levemente, una sonrisa pequeña pero genuina, mientras se sentaba en el borde de la cama y se metía bajo las mantas. Levantó apenas la mano y, con un simple gesto de sus dedos, usó su magia para guiarlo.

 

El peluche flotó unos centímetros en el aire, sostenido y movido únicamente por esa energía violeta. Ella lo hizo girar suavemente, lo hizo saltar de un lado a otro, lo hizo caminar por su brazo como si fuera un animalito curioso y, finalmente, lo atrajo hacia su pecho. Allí, la magia lo mantenía suavemente pegado, abrazado, vivo y cálido, mientras emitía un ronroneo suave que ella misma había programado en él.

 

—Eres muy suave... —susurró ella, acariciando su lomo con la yema de los dedos, mientras su poder mantenía al pequeño ser activo y despierto solo para ella—. Eres como yo... no naciste así, fuiste hecho para serlo.

 

Para ella, ese peluche era algo muy especial. Era la prueba de que su magia no solo servía para destruir o para pelear, sino que también podía crear, podía dar vida, podía cuidar.

 

Poco a poco, la calma de la habitación, la oscuridad y el calorcito de la manta empezaron a pesar en sus párpados. Mientras seguía moviendo al gato con suavidad, haciéndolo dar vueltas lentas sobre su mano antes de dejarlo descansar, sus pensamientos empezaron a viajar hacia atrás, hacia lugares lejanos, hacia tiempos que ya no volverían pero que vivían grabados a fuego en su memoria.

 

Mientras sus ojos se cerraban, la imagen de ese día volvió a su mente con una claridad perfecta.

 

Hace muchos años, en un mundo distante, duro y lleno de peligros...

 

Ella estaba de pie, con la espalda recta, vigilando cada movimiento, lista para reaccionar ante cualquier amenaza. Como siempre. Pero esa vez, algo estaba mal. Se sentía... desprotegida.

 

Bajó la vista y vio su ropa.

 

No había placas de metal cubriendo su pecho.

 

No había guantes reforzados protegiendo sus manos.

 

No había espada colgada a su cinturón.

 

Solo llevaba una túnica sencilla, de tela ligera, de colores claros, ropa que usaba la gente común, la que no tenía que pelear por su vida cada día.

 

Y a su alrededor, el grupo que conocía mejor que a nadie, las únicas personas que podían permitirse el lujo de arrastrarla así, fuera de su zona de seguridad, fuera de todo lo que conocía.

 

—¡Vamos, Lilia! ¡Camina más rápido, que no mordemos! —le gritó una voz alegre y burlona.

 

Allí estaba Haru.

 

Caminaba delante de todos, con las manos detrás de la cabeza, relajado, esa sonrisa suya que siempre le ponía de mal humor y a la vez le daba una seguridad absoluta. Se giró hacia ella, con esa mirada que parecía verlo todo.

 

—Te ves extraña sin armadura, ¿lo sabías? Pareces una persona normal por fin.

 

—No soy una persona normal —respondió ella con seriedad, apretando los puños con fuerza, sintiendo el aire frío en su piel desnuda—. Soy una guerrera. Estoy incompleta así. Siento que me falta el brazo o una pierna.

 

—Te falta acostumbrarte a vivir —le corrigió él, guiñándole un ojo—. Hoy no hay monstruos, hoy no hay misiones. Hoy solo vamos a caminar.

 

A su lado, caminaba Miel.

 

Era la maga del grupo. Una chica de cabellos largos y claros, vestida con túnicas llenas de símbolos y bolsillos donde guardaba polvos, pergaminos y piedras extrañas. Siempre tenía una sonrisa dulce y una expresión tranquila, pero Lilia sabía mejor que nadie que bajo esa apariencia amable se escondía un poder capaz de cambiar el curso de una batalla entera.

 

Miel se acercó a ella y le dio unas palmaditas suaves en el hombro.

 

—Relájate, Lilia. Si algo pasa, te protegeremos nosotros por una vez. ¿No es divertido el cambio?

 

—No. Es ineficaz —respondió ella, aunque no se apartó de su tacto—. Sin mi equipo, mi capacidad de defensa baja un setenta por ciento.

 

—¡Pero tu capacidad de comer pasteles aumenta al cien por cien! —intervino otra voz.

 

Saltando entre las piedras y los arbustos, apareció Kira.

 

La chica-gato.

 

Con orejas de felino que se movían constantemente escuchando todo, una cola larga que se agitaba según su estado de ánimo y ojos grandes y brillantes que veían incluso en la oscuridad. Era rápida, ágil, sigilosa y siempre tenía hambre. Lilia la consideraba casi tan peligrosa como ella misma, aunque de una forma muy distinta.

 

Kira se acercó corriendo y le dio un empujón amistoso con el hombro.

 

—¡Deja de poner esa cara de "voy a matar a todo lo que se mueva"! —le dijo riéndose—. Hoy somos turistas, ¿recuerdas? ¡Vamos a ver el pueblo, a oler las flores y a comer cosas ricas!

 

—No entiendo el propósito de esta misión —insistió Lilia, mirando a todos con desconfianza—. Estamos lejos de la base, lejos de las fronteras, lejos de cualquier enemigo conocido. Es un riesgo innecesario.

 

Haru se detuvo en seco, se giró y la miró fijamente. No con severidad, sino con esa calma que siempre lograba callarla.

 

—El propósito es que aprendas a ser tú, Lilia. No la guerrera. No la soldado. Solo tú.

 

Ella abrió la boca para protestar, para decirle que ella era la guerrera, que no había nada más, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.

 

Miel asintió.

 

—Haru tiene razón. Tienes que saber que hay más cosas en el mundo que peleas y órdenes. También existe la paz. Y mereces conocerla.

 

—Aunque sea solo por un día —añadió Kira, saltando sobre una valla baja—. ¡Y si no te gusta, al menos te habrás divertido viéndonos divertirnos!

 

Lilia miró a su alrededor.

 

Vio a Haru caminando alegre, adelantándose hacia el pueblo que se veía a lo lejos, con sus casas de colores y el humo de las chimeneas.

 

Vio a Miel recogiendo una flor silvestre y oliéndola con deleite.

 

Vio a Kira persiguiendo una mariposa que pasaba por ahí.

 

Y por primera vez en muchísimo tiempo, aflojó la tensión de sus hombros.

 

Sintió el sol calentando su rostro sin el metal de su casco.

 

Sintió el viento pasar libremente entre sus dedos.

 

Y aunque seguía sintiéndose desnuda, extraña e insegura... por primera vez entendió que, por ese día, no tenía que proteger a nadie.

 

Porque ellos la estaban protegiendo a ella.

 

—Está bien —murmuró, caminando detrás de ellos—. Pero si nos atacan, seré yo quien salve la situación.

 

Haru se giró y le sonrió, esa sonrisa que ella guardaba como un tesoro.

 

—Trato hecho.

 

El recuerdo se desvaneció lentamente, como niebla que se aleja con el viento.

 

Lilia suspiró suavemente en la oscuridad de su habitación actual, en esta casa tranquila, en este mundo nuevo. Mantuvo su mano levantada un poco más, envolviendo al peluche en su energía violeta, asegurándose de que estuviera cómodo y cálido sobre su pecho, vivo solo gracias a ella.

 

En su mente, todavía estaban las caras de ellos: Haru, Miel, Kira... todos juntos, caminando hacia la luz.

 

—Gracias por enseñarme... —susurró con la voz ya arrastrada por el sueño profundo— ...que también puedo dar vida, y ser solo yo.

 

Y con esa última imagen grabada en su corazón, Lilia cerró los ojos completamente y se quedó dormida. En cuanto su conciencia se apagó un poco más, su magia se calmó, y el pequeño gato de peluche se quedó quieto, inmóvil, convertido de nuevo en un simple objeto... esperando a que ella despertara para volver a vivir.

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