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Capítulo 19: donde el presente y el pasado se unen

DNavarrete
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La rutina de Lilia comenzó a cambiar poco a poco. Y, por primera vez en muchísimos años, era una rutina tranquila.

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La rutina de Lilia comenzó a cambiar poco a poco. Y, por primera vez en muchísimos años, era una rutina tranquila.

 

Cada tarde, en cuanto terminaban las clases, caminaba directamente hacia la biblioteca. Shiori ya ni siquiera necesitaba preguntarle si iba a ayudar; simplemente levantaba la vista al escuchar la puerta abrirse y saludaba con la misma calma de siempre.

 

—Buenas tardes.

 

—Buenas tardes, señorita Mizuno.

 

Tras ese breve saludo, ambas se ponían a trabajar. Lilia recibía los libros devueltos, los revisaba con extremo cuidado para asegurarse de que no tuvieran ningún rasguño o doblez, y luego recorría los pasillos de estanterías hasta dar con el lugar exacto donde debían volver.

 

Con el paso de los días, se aprendió la distribución completa de memoria: sabía dónde estaban las novelas, los libros de historia, las enciclopedias, las ciencias, la filosofía... e incluso aquellos rincones apartados donde casi nadie entraba.

 

Shiori la observaba a menudo desde el mostrador. Silenciosa, ordenada, meticulosa. Era una imagen curiosa: la misma chica capaz de arrancar una puerta con las manos desnudas, ahora acomodaba cada ejemplar con una delicadeza casi reverencial.

 

Aquella tarde, sostenía entre sus manos un grueso volumen de historia. Leyó el código del lomo, alzó la vista hacia los estantes y comenzó a caminar despacio. Mientras avanzaba entre las hileras de libros, algo en su memoria se despertó de golpe.

 

...

 

Los estantes cambiaron de forma. Se volvieron inmensamente altos. Las paredes de madera desaparecieron, sustituidas por enormes columnas de piedra blanca. Las luces eléctricas dieron paso a candelabros de cristal que bañaban todo con una luz cálida y dorada.

 

Había vuelto a la Biblioteca Real.

 

Era inmensa, mucho más grande que cualquier lugar que hubiera visto jamás. Miles y miles de libros descansaban en estanterías que parecían no tener fin. Lilia caminaba entre ellos, todavía con la armadura ligera que usaba cuando acompañaba a Haru. Era una de las pocas veces que había podido entrar allí... y todo gracias a él.

 

Unos pasos más adelante, Haru avanzaba con las manos detrás de la cabeza, mirando a su alrededor con esa sonrisa despreocupada que siempre lo caracterizaba.

 

—¿Te gustan los libros? —preguntó sin dejar de mirar los títulos.

 

Lilia tardó unos instantes en responder. Sus dedos rozaron suavemente el lomo de un ejemplar antiguo.

 

—Me gusta el conocimiento.

 

Haru giró apenas la cabeza hacia ella.

 

—Cuando era sirvienta del Imperio Oscuro... —continuó ella con voz serena, sin rastro de amargura, solo relatando un hecho—, nunca se me permitió leer. Mi propósito era convertirme en un arma viviente. Lo único que debía importarme era la guerra.

 

Sacó despacio el libro del estante y lo abrió con cuidado.

 

—Desde que era muy pequeña me educaron para eso: entrenar, obedecer, luchar. No había tiempo para nada más. Los únicos libros que podía consultar eran manuales militares: estrategia, tácticas, historia de campañas. Nunca tuve oportunidad de leer por curiosidad, por aprender... o simplemente porque quisiera hacerlo.

 

Haru escuchaba en silencio, sin interrumpirla. Luego se acercó a uno de los grandes ventanales y se volvió hacia ella, abriendo los brazos para señalar toda la sala.

 

—Entonces has llegado al lugar correcto. El emperador ya dio su permiso: puedes venir cuando quieras.

 

Lilia parpadeó, sorprendida.

 

—¿El emperador?

 

—Le expliqué que querías aprender —dijo él con una sonrisa tranquila—. Ahora puedes leer historia, literatura, medicina, astronomía... todo lo que desees.

 

Lilia se quedó inmóvil, mirando aquel océano infinito de páginas y palabras. Era la primera vez en su vida que alguien le decía que podía aprender simplemente porque quería. Sin exámenes, sin órdenes, sin necesidad de que sirviera para algo en combate. Solo porque era libre de hacerlo.

 

Apretó suavemente el libro contra su pecho, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios: tan leve que casi pasaba desapercibida, pero llena de algo que nunca antes había sentido. Haru la vio y sonrió también.

 

—Sabía que te gustaría.

 

...

 

—Señorita Haruno.

 

La voz suave de Shiori la devolvió al presente. Lilia parpadeó, y ante sus ojos ya no estaban las columnas de piedra ni los candelabros: solo las estanterías de la escuela, más sencillas y pequeñas, pero igual de silenciosas.

 

Seguía sosteniendo el mismo libro entre las manos. Lo miró unos segundos y, sin darse cuenta, volvió a sonreír exactamente igual que aquel día.

 

—¿Ocurre algo? —preguntó la bibliotecaria con amabilidad.

 

Lilia negó suavemente.

 

—No. Solo estaba recordando... la primera vez que alguien me dijo que podía leer lo que quisiera.

 

Shiori no insistió. Solo asintió con discreción y volvió a su trabajo.

 

Lilia colocó el libro con sumo cuidado en su sitio, acariciando apenas el lomo antes de soltarlo. Y en ese momento comprendió algo que nunca se había detenido a pensar: Haru no solo la había salvado de la guerra. También le había regalado algo mucho más sencillo... y por eso mismo, mucho más valioso.

 

El derecho a descubrir el mundo... página por página.

 

La biblioteca permanecía sumida en su silencio habitual, solo roto por el sonido suave y rítmico de las páginas al pasar. Cerca de una de las ventanas, Lilia estaba sentada leyendo un grueso volumen de historia, tan absorta en lo que leía que ni siquiera notó cuando la puerta se abrió despacio.

 

Kaede entró con pasos tranquilos y silenciosos. Saludó con una leve inclinación de cabeza a Shiori, que estaba en el mostrador.

 

—Buenas tardes.

 

—Buenas tardes —respondió la bibliotecaria con una sonrisa discreta, sin dejar de ordenar unos papeles.

 

Kaede recorrió la sala con la mirada y no tardó en encontrarla. Lilia permanecía inmóvil, con la vista fija en el libro, como si nada más existiera a su alrededor. Kaede sonrió para sí misma y se acercó despacio hasta la mesa.

 

—Lilia.

 

La chica rubia levantó lentamente la cabeza. Al verla, sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, pero mucho más cálida y natural que las primeras que había mostrado al llegar.

 

—Kaede.

 

—Vine a buscarte —dijo ella con tono amable.

 

Lilia inclinó ligeramente la cabeza, un poco confundida.

 

—¿Ocurre algo?

 

—Algo sí —respondió Kaede soltando una risita suave, señalando el reloj de la pared—: Que si no venía a buscarte, te olvidarías de volver a casa otra vez.

 

Lilia miró el reloj y abrió un poco más los ojos: habían pasado casi dos horas desde que terminaron las clases. Cerró el libro de inmediato y se puso de pie con rapidez.

 

—Lo lamento mucho. Perdí por completo la noción del tiempo.

 

—Ya me lo imaginaba —dijo Kaede divertida—. Tu madre ya decía que seguro te habías quedado aquí leyendo.

 

Lilia bajó un poco la mirada, apenada.

 

—Pondré más atención la próxima vez.

 

Antes de salir, se acercó al mostrador con el libro todavía entre las manos.

 

—Señorita Mizuno...

 

—Dime —respondió Shiori levantando la vista.

 

—Todavía no he terminado de leerlo. ¿Me permitiría llevármelo a casa?

 

Shiori sonrió con amabilidad.

 

—Claro que sí.

 

Tomó el libro, anotó los datos en el registro de préstamos y se lo devolvió con cuidado.

 

—Solo recuerda devolverlo cuando lo termines.

 

—Así lo haré —respondió Lilia recibiéndolo con ambas manos—. Muchas gracias.

 

—Que tengan un buen camino a casa.

 

El sol comenzaba a ocultarse cuando salieron de la escuela, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y suaves. Caminaron despacio por la vereda; Lilia llevaba el libro abrazado contra el pecho, como si fuera algo muy valioso. Durante unos minutos ninguna habló, disfrutando de la calma de la tarde. Hasta que Kaede rompió el silencio.

 

—¿Puedo preguntarte algo?

 

—Claro que sí —respondió Lilia mirándola con atención.

 

Kaede miró al cielo un instante antes de hablar, con una sonrisa llena de nostalgia.

 

—Me gustaría saber... ¿cómo era Haru en tu mundo? Por lo que me has contado, siempre parecía tener la forma de sacar una sonrisa a cualquiera... incluso cuando acababan de escapar corriendo de un dragón o de algún problema enorme.

 

Lilia se quedó unos segundos en silencio, pensando con cuidado en cada palabra.

 

—Era así —empezó con voz suave—. Pero también era mucho más...

Miró hacia adelante, como si lo estuviera viendo caminar a su lado.

 

—Nadie sabía lo que pensaba realmente. Podía estar sonriendo y haciendo bromas un segundo... y al siguiente tomar una decisión que salvaba a todos sin dudarlo ni un instante. No le importaba el rango, ni el poder, ni las reglas. Trataba igual a un rey que a un sirviente.

 

Hizo una pausa, y su voz se llenó de un cariño inmenso.

 

—Y fue la primera persona que me miró... y no vio un arma. Vio a una chica.

 

Kaede la miró con ternura.

 

—Entonces se parecía mucho al Haru de aquí.

 

Lilia asintió muy despacio, y una pequeña lágrima se le escapó, brillando como una gota de luz en el atardecer.

 

—Sí. Él siempre fue... el mismo en cualquier lugar.

 

Kaede sonrió. Aquella respuesta la tranquilizó. Pero Lilia añadió inmediatamente:

 

—Aunque...

 

Su expresión permaneció completamente seria.

 

—Era bastante más problemático.

 

Kaede parpadeó.

 

—¿Eh?

 

—Muchas veces terminábamos metidos en situaciones absurdas únicamente porque él tenía una idea.

 

—...¿De verdad?

 

Lilia asintió con firmeza.

 

—Con mucha frecuencia.

 

—¿Qué clase de ideas?

 

—Generalmente comenzaban con...

 

Lilia cambió su tono de voz, imitando sorprendentemente bien la despreocupación de Haru:

 

—"Confíen en mí."

 

Kaede soltó una pequeña risa.

 

—Eso suena muchísimo a él.

 

—Y después seguía... —continuó Lilia con el mismo tono—: "¿Qué es lo peor que podría pasar?"

 

Kaede ya no pudo contenerse y estalló en risas.

 

—¡Sí, era él sin duda alguna!

 

Lilia volvió a su voz habitual, con total naturalidad:

 

—Y normalmente... ocurría exactamente lo peor.

 

...

Bosque Imperial.

 

—¡¡CORRAN!!

 

Cinco personas atravesaban la espesura a toda velocidad. Los árboles pasaban como una mancha borrosa a ambos lados. Detrás de ellos, un gigantesco dragón rugía con tanta fuerza que hacía temblar el suelo bajo sus pies.

 

—¡¡HARUUUUU!!

 

Lilia corría al frente. Y sobre uno de sus hombros, llevaba a Haru como si fuera un saco de patatas. Él pataleaba desesperadamente intentando bajarse.

 

—¡¡Bájame ya!!

 

—Negativo.

 

—¡¡Podemos derrotarlo entre todos!!

 

—Negativo.

 

—¡¡Solo necesitamos organizar una estrategia rápida!!

 

—La estrategia actual consiste en seguir vivos.

 

Otro rugido sacudió las copas de los árboles. Una llamarada inmensa pasó rozándolos, quemando las ramas a su paso. El mago del grupo casi tropieza con una raíz.

 

—¡¡TODO ESTO ES TU CULPA!!

 

Haru levantó una mano con calma, como si estuviera dando una explicación lógica.

 

—¡Solo quería comprobar si la leyenda era cierta!

 

—¡¡LA LEYENDA DECÍA QUE ERA EL DRAGÓN MÁS PODEROSO DEL CONTINENTE!!

 

—¡Precisamente por eso había que comprobarlo!

 

La arquera, sin dejar de correr, gritó furiosa:

 

—¡¿Y SE TE OCURRIÓ QUE ERA BUENA IDEA DESPERTARLO?!

 

—¡Tenía curiosidad!

 

—¡¡LA CURIOSIDAD NOS VA A MATAR A TODOS!!

 

Lilia seguía corriendo sin disminuir la velocidad ni un ápice. Haru continuaba intentando soltarse.

 

—¡¡Déjame bajar y verás como lo soluciono!!

 

—No.

 

—¡¡Confía en mí, te lo prometo!!

 

—No.

 

Otro rugido. Una roca enorme estalló en mil pedazos justo detrás de ellos. El sacerdote jadeaba sin aliento.

 

—¡¡Nunca más vuelvo a aceptar uno de tus planes!!

 

Haru sonrió con total naturalidad, como si no estuvieran huyendo de una bestia que podía devorarlos de un bocado.

 

—Vamos... al menos ahora tenemos una anécdota increíble que contar.

 

Todo el grupo gritó al mismo tiempo, agotado y asustado:

 

—¡¡¡NO QUERÍAMOS UNA ANÉCDOTA!!!

 

Lilia dio un salto largo para esquivar un tronco caído, y sin perder el equilibrio ni la calma, respondió:

 

—La próxima vez que diga "será divertido"... —miró fijamente a Haru— ...lo dejaré inconsciente antes de que termine la frase.

 

Haru se quedó unos segundos en silencio. Luego sonrió más ampliamente.

 

—Me parece una reacción un poco exagerada.

 

Todos gritaron de nuevo al unísono mientras otra columna de fuego pasaba muy cerca:

 

—¡¡¡PARA NADA LO ES!!!

...

 

Kaede terminó riéndose tanto que tuvo que detenerse un momento, apoyándose en una pared para recuperar el aire. Se secó una lágrima que se le había escapado de tanto reír.

 

—Jajaja... no puedo creerlo... es exactamente el mismo tipo de locura en la que Haru también nos habría metido aquí mismo.

 

Lilia asintió con una pequeña sonrisa tranquila.

 

—Por eso te dije que era la misma persona.

 

Apretó suavemente el libro contra su pecho.

 

—Solo que... en mi mundo... nosotros éramos quienes siempre teníamos que sacarlo de los problemas que él mismo provocaba.

 

Kaede sonrió con una mezcla de ternura y nostalgia. Aquello confirmaba algo que llevaba tiempo sospechando: no importaba el mundo, ni el lugar, ni las circunstancias... Haru siempre encontraba la forma de hacer reír a quienes lo rodeaban... incluso cuando los obligaba a salir corriendo de un dragón.

 

Las dos continuaron caminando tranquilamente hasta salir del edificio principal. El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y violáceos, mientras el sol descendía poco a poco detrás de las colinas.

 

Al cruzar la puerta principal de la escuela, dos figuras ya las esperaban apoyadas junto a la reja.

 

—¡Por fin! —exclamó Miyu cruzándose de brazos, aunque con una sonrisa—. Ya pensábamos que tendríamos que entrar a buscarte otra vez.

 

Ren levantó una mano en forma de saludo y consultó su reloj.

 

—Tardaron exactamente una hora y cuarenta y tres minutos. Lo calculé bastante bien, ¿no creen?

 

Kaede sonrió con resignación.

 

—¿Nos estaban esperando todo este tiempo?

 

—Claro —respondió Miyu señalando a Lilia—. Si ella entra a la biblioteca... —hizo una pausa dramática— ...todos sabemos que no va a salir sola. Ni siquiera se da cuenta de que pasa el tiempo.

 

Ren acomodó sus gafas con calma.

 

—Ya forma parte de nuestra rutina habitual.

 

Lilia inclinó ligeramente la cabeza, un poco apenada.

 

—Lo lamento.

 

—No te disculpes —se apresuró a decir Miyu riendo—. Simplemente aprendimos a calcular los tiempos.

 

—Es más eficiente venir a buscarla que esperar a que ella recuerde la hora por sí sola —añadió Kaede con ternura.

 

Lilia bajó un poco la mirada, pero asintió.

 

—Trabajaré en eso.

 

—Lo sabemos —dijeron los tres al mismo tiempo.

 

Los cuatro comenzaron a caminar juntos por la vereda. La conversación fluía con total naturalidad: hablaron de las clases, del examen que Ren tenía la semana siguiente, de cómo el Club de Atletismo no dejaba de insistirle para que se uniera, y de que el Club de Economía Doméstica había comprado una sartén nueva "por si acaso".

 

—Todavía creen que volveré —comentó Lilia con total seriedad.

 

—No —respondieron los tres a la vez.

 

Ella los miró confundida.

 

—Simplemente están preparados para cualquier emergencia —aclaró Miyu.

 

Lilia guardó silencio unos instantes, asimilándolo.

 

—Es una medida razonable.

 

Miyu soltó una carcajada.

 

—¡Lo dijo completamente en serio! ¡Me encanta!

 

Continuaron caminando entre risas, hasta que de repente Miyu dio un pequeño salto.

 

—¡Ah, casi se me olvida lo más importante!

 

Metió rápidamente la mano en su mochila y sacó un pequeño sobre blanco.

 

—Miren esto.

 

Kaede y Ren se acercaron con curiosidad. Miyu abrió el sobre con cuidado y sacó cuatro boletos brillantes, levantándolos con orgullo.

 

—¡Entradas!

 

Ren arqueó una ceja.

 

—¿Entradas para qué?

 

—¿No escucharon las noticias? —preguntó ella con los ojos brillantes—. Este fin de semana inauguran el nuevo parque de diversiones de la ciudad. ¡Mi papá consiguió cuatro entradas antes de que se agotaran!

 

Kaede abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿En serio? ¡Qué emoción!

 

—¡Sí! —Miyu los miró uno por uno—. Y como somos cuatro... quiero que vayamos juntos. Será genial.

 

Ren tomó una de las entradas para observarla mejor.

 

—He leído que tiene la montaña rusa más grande de toda la región.

 

—¡Y una casa del terror enorme! —añadió Miyu casi saltando de entusiasmo.

 

Kaede sonrió con calidez.

 

—Suena muy divertido.

 

En ese momento, los tres dirigieron la mirada hacia Lilia. Ella sostenía el boleto que Miyu le había entregado, observándolo con mucha atención, como si intentara descifrar qué significaba realmente. Finalmente levantó la vista.

 

—Tengo una pregunta.

 

—Dime —dijo Miyu.

 

—¿Qué es exactamente un parque de diversiones?

 

Hubo un breve silencio antes de que Miyu sonriera todavía más amplia.

 

—¡Es justo lo que esperaba que preguntaras!

 

Ren guardó su entrada en el bolsillo y le explicó con calma:

 

—Es un lugar construido únicamente para que la gente se divierta. Su único propósito es entretener. Hay juegos mecánicos, espectáculos, comida especial, atracciones de todo tipo... y muchas cosas más.

 

Lilia permaneció pensativa unos segundos, procesando aquella idea tan extraña para ella.

 

—Entonces... nunca he estado en uno.

 

—Entonces esta será tu primera vez —dijo Kaede con dulzura.

 

Lilia sostuvo la entrada con mucho cuidado, como si fuera algo valioso, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

 

—Será... una experiencia completamente nueva.

 

—¡Perfecto! —exclamó Miyu levantando el puño—. ¡Entonces está decidido! Este fin de semana iremos todos juntos al parque.

 

Ren sonrió, aunque con un tono un poco irónico.

 

—Tengo el presentimiento de que será un día muy tranquilo y sin sobresaltos...

 

Kaede y Miyu lo miraron al mismo tiempo, y luego dirigieron la vista hacia Lilia, que seguía observando su boleto con curiosidad inocente. Las dos soltaron un suspiro al unísono.

 

—No te lo crees ni tú mismo —dijo Kaede.

 

Ren soltó una risa resignada.

 

—No... es verdad. Pero conociéndonos... probablemente será un día que recordaremos durante mucho tiempo.

 

Lilia guardó cuidadosamente la entrada dentro del libro que llevaba entre las manos, usándola como marcapáginas. Sin saberlo, acababa de reservar un lugar para un recuerdo completamente nuevo: uno que, por primera vez en su vida, no tendría nada que ver con la guerra, las órdenes o el deber, sino con la simple alegría de compartir un día con sus amigos.

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