Lo del jersey de lana que se te engancha en el botón del piyama, ándale, así se queda la gente que no se despidió bien: en las cosas chiquitas de la mañana más que en las fotos. Me gustó que lo contaras así.
SISO CAN | Allá, que también es acá - Cuento
«¿No te habrá pasado eso que empieza en un sueño
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Pensamiento
Lo del jersey de lana que se te engancha en el botón del piyama, ándale, así se queda la gente que no se despidió bien: en las cosas chiquitas de la mañana más que en las fotos. Me gustó que lo contaras así.
Contenido de la publicación
«¿No te habrá pasado eso que empieza en un sueño
y vuelve en muchos sueños pero no es eso,
no es solamente un sueño?»
«Ahí, pero dónde, cómo». Julio Cortázar
¿Te pasó alguna vez con un abandono, con esa cesación brusca de la simetría, que no pudieras darlo por cumplido, que quedara como una herida abierta pero no en la carne —que se cura, carajo— sino en el tiempo mismo, una especie de pozo en la memoria que no es pozo sino escalón, un escalón falso que te hace tropezar justo cuando el día se pone más nítido, justo cuando el noticioso radial empieza a hablar de la cotización del euro y del dólar y de los incendios forestales?
No depende de la voluntad, ya lo sé, no es una recurrencia nostálgica ni un golpe de melancolía que se lava con un vaso de agua; es él, Mateo, que vuelve y no vuelve, porque nunca se fue del todo, nunca, y está ahí, sí, ahí pero dónde, cómo, fijo en esa imagen terminal que fue la única que dejó, como una pobre estampa sepia pegada al revés del espejo del baño. A diferencia de otros fantasmas de la amistad, de otras viejas muertes que se quedan en la foto, Mateo no tiene la delicadeza de ser un recuerdo completo, una opción cualquiera del tiempo, no lo veo ni jugando al truco en el café de la esquina ni saliendo conmigo del colegio, ni siquiera lo veo empacando las valijas aquella mañana que me dijo «me voy y no vuelvo»; no, él es solamente la butaca 14, fila B, del viejo cine Ateneo en Durazno, donde me senté a esperarlo aquella tarde, bajo esa luz oblicua que caía del proyector en la penumbra gastada del terciopelo.
¿Te acordás de ese olor dulzón del Ateneo, esa mezcla de naftalina, polvo y pororó viejos, un olor que ahora, mientras estoy en Montevideo, calentando el agua para el mate, se me pega a las muelas, se me desliza por la garganta como una babaza y ya no es un olor sino una certidumbre? Carajo, carajo, ¿cómo puede ser que después de doce años, después de esa larga cicatriz que es mi nueva vida, una vida de traductores y conferencias y papeles bien encuadernados, él siga ahí, no esperando sino siendo esa espera, en esa butaca que para mí es la única butaca posible?
La lógica, viejo, la sana, la implacable, te dice que el Ateneo cerró hace siete años, que lo ¿demolieron? para hacer un edificio de apartamentos de lujo que la butaca 14, fila F, es ahora escombros bajo un cimiento de hormigón armado, y que Mateo está a esta hora, si es que vive y anda por el mundo, en otro hemisferio, en otra vida y de otra manera, con su barba de cuatro días, sus anteojos de marco grueso y ese jersey de lana gris que siempre usaba para ir al cine, un jersey que ahora se me engancha en el botón del piyama mientras voy al lavabo, ahí pero dónde, cómo, pegado a la raíz de la lengua, mientras escupo el dentífrico y el mundo sigue girando a su ritmo estúpido y ordenado.
Cuando sueño con otros amigos, con Clara que se casó y se fue a Australia, o con el Tano que de verdad se murió de un síncope, el sueño cumple su tarea perfectamente: son imágenes que el sol deshilacha, que el agua de la ducha borra, y queda la melancolía, el recuerdo añejo, y después empieza la jornada sin ellos. Pero Mateo, no, con Mateo es otra cosa, es como si se despertara conmigo, o yo con él, con él que sigue ahí, en esa butaca de terciopelo gastado, y lo que yo creí un sueño no fue más que la visita a una zona contigua, a un territorio de al lado que no es el infierno ni el limbo ni la cuarta dimensión, sino una pieza anexa a la realidad donde él está, fijo en el momento de la partida, en el instante preciso en que el proyector se apagó y yo seguí esperándolo solo.
Es verdad que lo vi en sueños, vi la pantalla apagada, vi el pasillo oscuro y mi propia mano crispada en el apoyabrazos de la butaca 14, fila F; pero al despertarme la imagen se deslíe, el cine se pierde, la película se vuelve ceniza, y solamente queda él, Mateo, no como una imagen sino como una certidumbre, la certidumbre de que sigue ahí, inútil y marchito, empequeñecido en la inmovilidad de esa espera que ya es suya. No ha sido necesario que volviera muchas veces; bastó la primera vez en Buenos Aires, hace tres años, para que yo supiera que no estaba en el cajón de los recuerdos, sino vivo de otra manera, vivo y esperando algo que no llega, algo que no le di.
Tantas veces he sabido, durmiendo, que él estaba vivo pero iba a quedarse quieto, iba a solidificarse en la espera, que ya no iba a levantarse de esa butaca porque la decepción lo había cosido al terciopelo. No hay nada de sobrenatural en esto, no es un fantasma, es un hombre, el hombre que fue mi mejor amigo y que me estaba esperando para el final de la película que habíamos decidido ver juntos, para ese café tardío donde íbamos a discutir la vida, los planes, la inevitable mudanza. Él no me busca; no, soy yo el que lo encuentra, soy yo el que, al borde de la ducha o abriendo la tostadora, salta el cerco de la razón y lo sabe ahí, inmóvil en el Ateneo clausurado.
Y entonces viene la parte que me exaspera y me humilla: ¿Por qué tiene que estar ahí? Si me abandonó, si ese abandono fue el cuchillo más nítido de la vigilia, ¿por qué está vivo ahí donde la lógica lo mató, donde mi propia decepción lo sepultó? ¿Por qué lo veo con el mismo traje de lana gris y los anteojos de marco grueso, la misma cara pálida y sin sol que dejó en aquella última cita sin palabras? Sé que esa butaca es su nicho, un nicho de terciopelo y olvido, y que si insisto en escribir esto, en pasar los dedos de las palabras por los agujeros de esta trama delgadísima, es por esperanza, es para luchar contra lo inapresable.
¿Ves? Esto es lo que sé. No es una hipótesis tempo-espacial, no son las n dimensiones, es simplemente que él tiene su territorio propio, gato en su mundo recortado y preciso, la butaca 14, fila F, y que yo, con mi vida de papeles bien encuadernados, soy el eslabón que lo enlaza, vaya a saber por qué, con esta zona a la que él ya no pertenece.
No voy a ir a buscarlo con mediums ni con hongos ni con metafísicas; me sé incapaz de ese salto, mi vida me encierra en lo que soy, al borde mismo pero. Solo puedo escribir, repetir el mantra estúpido de la certidumbre, ahí pero dónde, cómo, para que la alegría deslumbrada de saberlo vivo sea más fuerte que la tristeza de verlo tan mal, tan fijo, tan consumido por la inmovilidad de la butaca. Porque, Paco, o Mateo, o vos que me leés, con él me despierto y nada cambia salvo que he dejado de verlo; la alegría de saberlo dura, y está aquí mientras escribo, y no contradice la tristeza de haberlo visto una vez más tan atrapado, tan pegado al instante donde lo dejé.
¿Y si te ha pasado con alguno de tus muertos o de tus abandonos, no es acaso el mismo gato que se agarra un poco más a tus tobillos que los otros? No lo sé, no lo espero; simplemente tenía que decirlo, porque es la única manera de quebrar el cerco, de que la máquina sirva para algo más que escribir notas de prensa, de que mi mano crispada en el teclado no sea la misma mano crispada en el apoyabrazos de una butaca en un cine que ya no existe. Y esperar, esperar que alguna vez sea de otra manera, que Mateo no siga ahí, vivo y sufriendo, esperando que yo suba a decirle por qué no volví.
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