historia de un amor.
Conocí a Marcela en la fiesta de casamiento de un amigo. Tenía una sonrisa perlada e hipnótica que parecía no borrarsele nunca de la boca. Durante la noche conversamos, bailamos y, al final de la fiesta, me ofrecí a llevarla hasta su casa.
Para mi sorpresa, aceptó sin dudarlo. Me tomó del brazo y, con esa misma sonrisa magnética, caminó conmigo hacia mi Renault 9 gris modelo 94. Le abrí la puerta del acompañante, esperé a que se acomodara, rodeé el auto y tomé el volante rumbo a su domicilio.
Al frenar frente a su puerta, rompió el silencio:
—Muchas gracias por traerme —dijo destrabando la puerta.
Ya tenía un pie apoyado en la vereda cuando junté el coraje que me quedaba:
—¡Marcela!
Se detuvo y volvió la mirada hacia mí.
—¿Aceptarías salir conmigo este sábado?
Apoyó nuevamente el pie dentro del auto y me observó en silencio durante diez segundos eternos, dibujando una pequeña mueca en los labios. Sin decir palabra, abrió la cartera, sacó un labial de color coral y garabateó su número de teléfono en el cristal del parabrisas.
—Si lográs aguantar hasta el viernes a las ocho de la noche sin llamarme —murmuró mirándome a los ojos—, salimos.
Semejante desafío me dejó fuera de juego. La respuesta debía ser un «sí» o un «no», sin vueltas. ¿Esperaba que la llamara antes para probar mi ansiedad, o me mandaría a pasear si quebrantaba la regla? Me tenía entre las cuerdas. Yo moría por salir con ella, así que agendé el número en el celular y acepté la apuesta. Cada noche me quedaba hipnotizado mirando su contacto, luchando contra la tentación de marcar. La cuenta regresiva era una tortura.
Por aquel entonces trabajaba como operador de control en una FM local. No sé si investigó sobre mi vida o si ya lo sabía, pero el miércoles por la tarde la telefonista de la radio me alcanzó un papelito:
«Vas bien, aguantá 48 hs más.»
Se me disparó el pulso. Le imprimí un beso al papel y me lo guardé en el bolsillo del pantalón como un amuleto. Solo quería que el tiempo volara.
El viernes, antes de terminar mi turno, la telefonista volvió con un nuevo mensaje:
«No me llames, te ganaste salir conmigo esta noche. Te espero a la hora en que tenías permitido marcar mi número.»
La tortura de la espera había pagado su recompensa: esa misma noche saldría con la mujer más fascinante que había conocido.
Pasé toda la tarde lavando el auto hasta dejarlo impecable y me vestí con lo mejor de mi placard. Manejé hasta su casa, estacioné junto a la vereda y toqué dos bocinazos cortos. Fiel a su estilo, se tomó su tiempo para salir y me hizo aguardar unos minutos; sin embargo, la demora pagó cada segundo: estaba sencillamente radiante, no encuentro otra palabra para definirla.
Bajé a abrirle la puerta, le tomé la mano suavemente y le besé los nudillos.
—¡Mirá qué caballero! —exclamó dibujando esa sonrisa perlada.
—Es el trato que se merece una princesa —le contesté mirándola a los ojos.
Fuimos a cenar a una parrilla y de ahí directo al cine Village. Durante la película, en el instante en que ejecutan a William Wallace, sus lágrimas rodando por las mejillas parecían pequeñas gotas de diamante sobre un rostro angelical. En la madrugada de aquel doce de agosto, sellé mi amor por primera vez en sus labios.
Un veinte de septiembre de 1997 sellamos nuestro destino en el altar, jurándonos amor eterno hasta que la muerte nos separara. Viajamos de luna de miel a las Cataratas del Iguazú y nos maravillamos explorando las cuevas de piedras preciosas.
Al regresar, invertimos cada uno de nuestros ahorros en una casita humilde. Le faltaban bastantes arreglos, pero era nuestro hogar. Con paciencia le hicimos reformas, pintamos cada pared y vestimos la habitación sobrante con una dedicación sagrada, soñando con el día en que llegara un hijo. Éramos inmensamente felices, hasta que el destino nos propinó su primer zarpazo: aquel cuarto que preparamos con tanta ilusión jamás escucharía el llanto de un bebé.
Intentamos seguir adelante y reconstruir la rutina, pero el brillo perlado de su sonrisa se fue extinguiendo poco a poco de sus labios. Sus ojos perdieron la chispa de felicidad al mirarme y sus besos dejaron de buscar mi boca. Al caer la noche, su cuerpo ya no buscaba el calor ni la protección del mío. Remé contra la corriente de mil formas para mantener encendida la llama de los primeros tiempos, pero sentía que se me escapaba de las manos, un poco más cada día.
Un día, sin un solo adiós, se fue y me dejó solo en la casa. Aquella voz desafinada que me llenaba el alma mientras cocinaba, ya no la escuchaba. La casa quedó sumida en una tristeza infinita y la cama se volvió un desierto helado.
Se fue, me dejó completamente solo, con el alma destrozada. Y desde entonces, cada domingo por la mañana, cumplo nuestra promesa de amor: depositando un beso sobre su lápida helada.