Él era un hombre que, una noche cualquiera, a una dama conoció.
Bastó un solo instante para que aquellos ojos, sin pedir permiso, su corazón le robó.
Sin conocer siquiera su nombre, toda la noche con ella bailó.
Memorizó su perfume, su risa, la forma en que el mundo parecía detenerse cuando estaba a su lado.
Y cuando llegó el amanecer, tuvieron que despedirse, sin imaginar que aquella noche, en silencio, el destino sus vidas había entrelazado.
Él volvió una y otra vez a aquel lugar donde la conoció.
Buscó entre la gente aquellos ojos que, sin saberlo, su vida habían cambiado.
Pasaron los meses.
Después los años.
Cambiaron las estaciones, las calles y hasta la ciudad.
Pero hubo un recuerdo que el tiempo jamás consiguió borrar:
el de aquella mujer que, en una sola noche, su corazón logró conquistar.
Hasta que un día, cinco años después, el destino volvió a jugar.
Entre cientos de rostros, aquellos ojos que tanto había buscado volvieron a encontrarlo.
Se quedó inmóvil.
Era ella.
La mujer que nunca dejó de habitar sus pensamientos.
La desconocida que, durante cinco años, había vivido en un rincón de su memoria como un sueño que se negaba a desaparecer.
Con una sonrisa temblándole en el alma, se acercó.
Ella lo miró...
Y al instante lo reconoció.
Sonriendo, le tendió la mano y, sin miedo, pronunció su nombre.
Él sonrió.
Tomó su mano con suavidad y, en lugar de responder, se inclinó despacio para besar su mejilla.
Después acercó los labios a su oído y le susurró:
—Te parecés tanto a una oración...
Hizo una pequeña pausa.
Como si durante cinco años hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Y entonces, casi en un susurro, terminó:
—...que desde aquella noche, hace cinco años, no he dejado de hablar con Dios.