¿Qué pasa cuando te enamorás de quien nunca debiste hacerlo? Voy a intentar contártelo en este relato.
Soy Diego, tengo veintiocho años, mi propio estudio de psicología en Puerto Madero y escucho cientos de historias al mes. A veces me pregunto cómo una persona puede tener la mente tan frágil como para necesitar ir a una sesión solo porque el jefe lo miró distinto o no quiso aumentarle mil mangos el sueldo. Mucha gente tiene mente de cristal.
Mi trabajo es escucharlos y orientarlos, para eso me pagan. Aunque para mí la lógica es bastante básica: si no te bancás a tu jefe o no te pagan lo que pretendés, la solución es renunciar, no venir a llorarle a un terapeuta.
Sin embargo, toda mi soberbia se cayó a pedazos ese dieciocho de noviembre. Por el intercomunicador, Patricia me anunció la llegada del turno de las cuatro. Le pedí que lo hiciera pasar. A los pocos segundos, tres golpes secos retumbaron en la madera de la puerta.
—¡Adelante! —anuncié sin levantar la vista de mis papeles.
La puerta giró suavemente sobre sus bisagras.
—Permiso... —dijo una voz. Era el tono más dulce y delicado que había oído jamás.
Tragué saliva y, disimulando el impacto que me produjo verla cruzar el umbral, le respondí:
—Adelante. Cierre la puerta y tome asiento, por favor.
Entró, cerró la puerta a sus espaldas y caminó hacia mí.
Ahí estaba. Una mujer de cuarenta y dos años, radiante, aunque algo mayor que yo. Tenía el cabello castaño oscuro, la piel trigueña y unos ojos verdes impactantes. Llevaba un vestido rojo de diseñador que moldeaba su figura a la perfección y unos zapatos negros de taco aguja que, sin saber demasiado de calzado, me arriesgaría a jurar que eran de charol puro. Un collar de perlas enmarcaba su cuello, llevaba un reloj de oro en la muñeca y, en su anular izquierdo, destellaba un pequeño diamante.
Me puse de pie, tomé la planilla de turnos y caminé hacia ella con la mano extendida.
—Buenas tardes. Usted debe ser Paula Fernández —pronuncié tras repasar su nombre en el papel.
—Buenas tardes. Sí, doctor Ceballos —respondió al estrechar mi mano. En ese instante, el aroma de su perfume Chanel invadió el espacio y terminó de cautivar mis sentidos.
—Tome asiento o recuéstese en el diván, por favor —le sugerí señalando el mueble.
—Muchas gracias —dijo con elegancia mientras se recostaba.
Acerqué mi asiento, tomé el cuaderno y la lapicera, crucé las piernas y di inicio a la consulta.
Me ubiqué de perfil al diván, buscando una distancia táctica para no perder el eje ante su presencia. Aun así, por el rabillo del ojo la observaba: la mirada verde clavada en el cielorraso y los dedos entrelazados sobre el vestido, moviendo los pulgares de forma incesante por los nervios. Crucé la pierna, acomodé la libreta sobre las rodillas y, sosteniendo la lapicera en el aire, solté la primera pregunta:
—¿Por dónde le gustaría empezar? —imposté el tono intentando que no se filtrara el temblor de mi propia voz.
Se instaló un silencio espeso, de esos en los que el paciente sopesa qué parte de su armadura dejar caer.
—Mmm... La verdad, doctor, no sé bien por dónde arrancar. Últimamente me siento profundamente sola.
— ¿Cuáles son las razones que... cof, cof. Disculpe. Le decía, ¿qué causas cree que la hacen sentir de esa manera? —imposté la voz y calmé la carraspera con un trago corto del vaso de agua.
Abrió su corazón: me explicó que sus hijos ya habían volado del piso familiar, que su marido vivía metido en el trabajo hasta altas horas de la noche y que la monotonía la estaba devorando. Sentía que su vida era una jaula de oro de la que no sabía cómo escapar.
Yo intentaba hacer mi trabajo y analizar sus palabras, pero el tono de su voz y la ráfaga de su perfume paralizaron mi razonamiento. Sus frases se transformaban en un eco difuso. Logré anotar en la libreta apenas un cuarto de lo que dijo. No lograba entender la situación: nunca en mi carrera me había sentido tan desarmado.
Pasó media hora hasta que terminó su relato. Para ese momento, mi cerebro era una laguna mental por completo.
30" - 29" - 28" -27 - 26"... 01" - 00".
Sentí el roce de su ropa al levantarse despacio del diván. Noté su mirada fija sobre mí.
—¿Doctor? ¿Me escuchó? ¡Doctor! —alzó la voz sacudiéndome de mi trance.
—Ah, discúlpeme... sí. Estaba repasando mis notas —mentí torpemente tratando de disimular la distracción.
Le sugerí algunas pautas básicas: buscar actividades recreativas, hacer deporte, anotarse en un gimnasio o volcar sus pensamientos en la escritura para romper el encierro mental. Y así dimos por concluida la consulta.
Esa noche no pegué un ojo. Su recuerdo me dio vueltas en la cabeza todo el tiempo, con la única certeza de que la tendría de vuelta en mi consultorio la semana siguiente.
Veinticinco de noviembre. El día fijado para la segunda consulta de Paula. A las seis de la tarde en punto le pregunté por el intercomunicador a Patricia si había alguien en recepción. Me confirmó que la sala estaba vacía. Le di el día libre y le dije que yo me ocuparía de cerrar el estudio. Asumí, con un dejo de desilusión, que me había plantado.
Estaba juntando mis cosas para irme cuando, al cruzar el umbral del consultorio, la vi avanzar apresurada por el pasillo.
—¡Buenas tardes! Por favor, discúlpame, doctor Ceballos —se excusó al llegar a mi posición—. Si ya estaba por retirarse lo pasamos para la semana que viene. Me demoré más de la cuenta con unos trámites.
—Buenas tardes, señora Paula. No se haga drama, simplemente pensé que se le había complicado. Adelante, pase.
En esa sesión se desnudó emocionalmente: me habló del distanciamiento con su marido, de la casi nula intimidad en la pareja y de los regresos de él a altas horas de la madrugada. Estaba convencida de que le era infiel.
—¿Descubrió mensajes comprometedores, manchas en la ropa o algún indicio concreto? —indagué.
—No, nada de eso —murmuró.
—¿Alguien le comentó que lo vio con otra persona? ¿Le mostraron fotos infraganti?
—Tampoco.
—Entonces es una mera sospecha, una percepción suya.
—Sí —asintió cabizbaja.
—Deberían considerar la terapia de pareja —le sugerí con frialdad profesional—. Puedo recomendarles a un colega excelente si están dispuestos.
—Se lo agradezco, doctor, pero no creo que mi marido acepte venir a un consultorio.
Así dimos por terminada la segunda consulta. La idea de un divorcio me rondó la mente durante toda la semana, alimentando mis propios deseos. Sin embargo, al recordar su mirada y el temblor de su voz, entendí la amarga verdad: ella seguía enamorada de su esposo. Mi deber era ayudarla a salvar su matrimonio, aunque eso significara dar un paso al costado.
Tercera consulta, dos de diciembre. Mi corazón latía a mil por la expectativa de verla, pero a la vez sentía un nudo en el pecho sabiendo la decisión que debía tomar.
La escuché con atención por última vez. Me explicó que estaba aplicando mis sugerencias para despejar la cabeza, pero que ninguna actividad lograba devolverle la paz. Aquellas palabras sonaron en mi mente casi como una provocación; sin embargo, no podía cruzar un límite del que después me fuera a arrepentir.
—Debería evaluar seriamente tomar distancia de este entorno y buscar un aire nuevo fuera de su cotidianidad. Quizás un viaje a solas le sirva para encontrar respuestas sobre su matrimonio —le recomendé impostando firmeza.
—Muchas gracias, doctor. Nos vemos la semana que viene —dijo poniéndose de pie.
El aire me faltó de golpe y el pulso se me disparó. Era el momento. Tenía que ponerle punto final a esto.
—Mire, señora Paula... Precisamente sobre eso quería hablarle. Esta va a ser nuestra última sesión. Lamentablemente debo derivarla; me resulta imposible mantener la distancia profesional cuando hay sentimientos cruzados. Le pido disculpas.
—No se preocupe —respondió con una calma inquietante—. Entiendo perfectamente por lo que está pasando.
La escolté en silencio hasta la salida.
—Adiós, señora Paula. Espero de corazón que logre resolver las cosas con su marido.
En lugar de retirarse, se inclinó hacia mí y me dejó un beso cálido en la mejilla, rozando peligrosamente la comisura de mi labio.
—Adiós, doctor Ceballos. Y gracias por todo.
Nueve de diciembre. Unos golpecitos en la puerta interrumpieron mi silencio.
—¡Adelante! —contesté elevando el tono.
—Doctor, ya son las seis. ¿Puedo retirarme? —consultó Patricia asomándose.
—Sí, por supuesto, Patricia. Que tenga buena noche.
—Gracias, doctor. Hasta mañana —dio un paso atrás y, bajando la voz al mínimo, añadió—: Hay alguien esperándolo afuera.
Revisé la planilla del día: no figuraba ninguna cita más.
—Dígale que pase, gracias.
Me puse de pie y me apoyé contra el borde del escritorio. Fue entonces cuando la vi entrar. Paula cerró la puerta a sus espaldas y caminó directamente hacia mí.
—Nuestra última sesión fue la semana pasada —marqué buscando impostar frialdad.
Se detuvo a milímetros de mi cuerpo, rodeó mi cuello con sus brazos y me susurró muy cerca del oído:
—No vine a una consulta.
Era el instante con el que había fantaseado cada noche, el que mi cabeza ya daba por perdido.
Tras el encuentro, se vistió en silencio, abrió su cartera y extrajo un cheque firmado por una cifra astronómica.
—Quiero que sepa que analicé detenidamente su consejo de tomar distancia de mi vida. Tomé una decisión. Esta es la última vez que nos vamos a ver.
Me rozó los labios con un beso final y la vi marchar por el pasillo sin poder articular palabra.
Meses después me enteré de que aquella tarde desapareció por completo: jamás regresó a su casa con su familia.
Siempre me jacté de que mis pacientes tenían una mente de cristal. Nunca imaginé que una mujer sería capaz de quebrar la mía hasta el punto de necesitar sentarme frente a otro profesional.