Reapareciste un jueves y no fue cualquiera, fue el primer jueves de verano. Te vi llegar con el pelo atado, me hiciste sacar tus tacones del asiento y tirarlos atrás: «Iremos lejos, donde no nos alcancen los semáforos», dijiste. Y no quise decir nada, solo me subí, pero mi propio aliento condensaba la pregunta de si dejaste una nota, si te están buscando qué excusa inventaste; tomé la mochila, la puse atrás y, al subirme, arrancaste. Encaramos la rambla de Malvín y luego nos fuimos hacia afuera por la ruta, entre tanta ciudad buscamos la nada.
Paramos frente a una estación de servicio, quizás la última del camino. Compramos un café espantoso de máquina en vaso de plástico y un alfajor para compartir en el capó del auto mientras sentimos el aire frío de la noche pegándonos en la cara. Te vi como reías con la boca llena, apoyada contra el chapa tibia del motor, y por un segundo amagás con la idea de seguir de largo, de no doblar en el retorno, de manejar hasta que se nos termine el tanque o la vida. Nos miramos en silencio en medio de esa penumbra alumbrada por luces pálidas, sabiendo los dos que en media hora tenemos que pegar la vuelta.
Para estirar los minutos me llevás a un camino cercano, donde se ve el resplandor de la ciudad y aparecen, ya sin timidez, las estrellas y llega un silencio acumulado huyendo de lo urbano. Nosotros dentro del auto quedamos a oscuras, solo iluminados por el resplandor fugaz de camiones hacia el olvido. Nos sentamos atrás, de espaldas a la ciudad, a tomar el poco café tibio que nos queda. Ahí, en el medio de la noche que no es de nadie, la distancia se desarma. Me apoyás la cabeza en el hombro y te quedas quieta, respirando hondo, como si estuvieras juntando el aire que te falta para aguantar la semana.
El espacio es prestado, el tiempo es robado, pero en la penumbra del auto inventamos una casa. Nos tocamos despacio, sin la prisa de la calle ni el miedo a las gentes, sabiendo que cada caricia tiene fecha de vencimiento. Te miro la sombra de las pestañas en los pómulos y me doy cuenta de que este encierro es el único lugar donde somos libres de verdad. Hasta que el reloj del tablero del auto o el primer camión que pasa por la ruta nos avise que ya aclara, nos saque del trance.
Luego del silencio ponés el auto en marcha, te miro a los ojos antes de arrancar: «¿Te acordás de cómo llegar?», me preguntás con la mano en el volante, queriendo saber si este refugio va a seguir existiendo. Mis ojos responden: «Ya me olvidé de la ruta», por no decirte que me sé de memoria cada kilómetro que me lleva a vos. Al volver por la ruta, la ciudad, que se había convertido en una diminuta estrella, volvía a ser el decadente ajedrez amorfo de siempre.
Primera versión oficial de la prosa.