Ese que no para de buscar pelea. A veces lo peor es tener una razon y no poder bajarla, usarla para todo.
Raging Bull (Toro salvaje) — El hombre que podía soportar todos los golpes menos los que se daba a sí mismo
Raging Bull no me parece una película sobre boxeo. El boxeo es el escenario, el lenguaje que conoce Jake LaMotta y probablemente el único lugar donde entiende perfectamente cómo comportarse. Pero…
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Ese que no para de buscar pelea. A veces lo peor es tener una razon y no poder bajarla, usarla para todo.
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Raging Bull no me parece una película sobre boxeo. El boxeo es el escenario, el lenguaje que conoce Jake LaMotta y probablemente el único lugar donde entiende perfectamente cómo comportarse. Pero Scorsese está contando algo bastante más oscuro: la historia de un hombre capaz de soportar una cantidad absurda de golpes arriba del ring, pero completamente incapaz de manejar aquello que le pasa cuando baja de él.
Jake vive permanentemente preparado para pelear.
El problema es que para él no parece existir demasiada diferencia entre un rival, su hermano, su esposa o él mismo. Todo puede convertirse en una amenaza. Una mirada, una frase, alguien acercándose demasiado a Vickie. Siempre encuentra algo contra lo que reaccionar.
Y Robert De Niro consigue que esa violencia se sienta incluso cuando Jake está quieto. Hay algo pesado en él, una tensión constante. Parece un tipo esperando que alguien haga algo que confirme aquello que ya sospechaba.
Porque Jake es profundamente inseguro.
Y eso me parece fundamental. Su violencia no nace solamente de sentirse superior. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Jake necesita controlar todo porque tiene terror de no ser suficiente.
Lo vemos especialmente con Vickie.
Cuando la conoce, queda fascinado. Pero una vez que consigue estar con ella, el amor rápidamente empieza a mezclarse con posesión. Jake no puede aceptar que otros hombres la miren, que ella hable con alguien o incluso que exista una posibilidad imaginaria de que pueda desear a otra persona.
Y la palabra importante es imaginaria. Porque muchas veces no necesita pruebas, le alcanza con sospechar. Entonces pregunta, insiste, acusa y vuelve a preguntar. Hasta conseguir transformar cualquier situación en aquello que temía.
Hay algo bastante terrible en esa lógica: Jake necesita saber la verdad, pero solamente está dispuesto a aceptar la verdad que coincide con sus celos.
Vickie puede decirle que no pasó nada y no importa. Joey puede explicarle que está imaginando cosas y tampoco importa. Jake ya decidió qué ocurrió.
Y eventualmente destruye aquello que intentaba proteger.
Eso también hace que la relación con Joey sea tan importante. Joey no es solamente su hermano ni su mánager. Durante buena parte de la película parece ser la única persona capaz de entrar realmente en el mundo de Jake. Lo acompaña, intenta manejarlo, soporta sus obsesiones y muchas veces intenta salvarlo de sí mismo.
Pero ni siquiera ese vínculo sobrevive.
La escena en la que Jake empieza a interrogarlo sobre Vickie es insoportable justamente porque vemos cómo funciona su cabeza. Joey intenta esquivar la conversación, después se enoja, después intenta hacerlo entrar en razón.
No sirve. Jake necesita escuchar algo y cuando no lo escucha, prácticamente lo inventa.
Ahí está para mí la tragedia del personaje. No pierde a las personas porque ellas lo traicionen. Las empuja afuera porque está convencido de que tarde o temprano van a hacerlo.
Y mientras todo eso ocurre, arriba del ring Jake funciona.
Ahí sí entiende las reglas.
Hay otro hombre enfrente.
Quiere lastimarlo.
Jake quiere lastimarlo a él.
Por fin el mundo tiene sentido.
Por eso Scorsese filma las peleas de una manera tan extraordinaria. No intenta mostrar el boxeo como si estuviéramos sentados entre el público. Mete la cámara dentro del ring y transforma cada combate en algo subjetivo, casi psicológico.
El humo.
Los flashes.
El sonido de los golpes.
La respiración.
La sangre.
La cámara moviéndose alrededor de los cuerpos.
El ring deja de parecer un espacio deportivo y empieza a sentirse como la cabeza de Jake LaMotta.
Y el blanco y negro hace todavía más particular todo eso. Scorsese podría haber filmado una película deportiva mucho más convencional. En cambio, Raging Bull parece un recuerdo enfermo, algo que estamos viendo desde una distancia extraña.
Incluso la violencia tiene una contradicción interesante. Jake recibe golpes porque puede soportarlos, hay algo de orgullo en eso. Como si dejar que otro hombre lo golpee y seguir parado demostrara algo sobre quién es. Y ninguna pelea representa mejor eso que la última contra Sugar Ray Robinson.
Jake recibe una paliza brutal, la pelea se detiene... Perdió. Pero entonces le dice a Robinson:
“You never got me down, Ray.”
Nunca consiguió tirarlo. Y para Jake eso parece significar algo.
Puede perder el combate.
Puede terminar cubierto de sangre.
Puede destruir su cuerpo.
Pero sigue de pie.
El problema es que fuera del ring sí termina cayéndose. Y nadie necesita golpearlo, el hace todo el trabajo.
Su matrimonio se destruye. La relación con Joey se rompe. Su carrera termina. Engorda, abre un club y se convierte prácticamente en una caricatura del campeón que alguna vez fue.
Y acá aparece una de las decisiones más impresionantes de De Niro. No solamente aumenta muchísimo de peso para interpretar al Jake retirado. Cambia completamente su presencia. El movimiento, la respiración, la manera de hablar.
Ya no queda aquel cuerpo construido para recibir golpes. Pero el hombre que estaba adentro sigue siendo el mismo, eso es lo triste. Porque Jake consiguió aquello que tantos boxeadores persiguen.
Fue campeón.
Tuvo fama.
Tuvo dinero.
Tuvo una mujer que amaba.
Tuvo un hermano que estaba siempre a su lado.
Y fue perdiendo prácticamente todo sin que existiera un gran enemigo responsable. El rival más difícil de Jake LaMotta nunca estuvo del otro lado del ring. Siempre fue él, la escena de la cárcel lleva esa idea al límite.
Jake está solo.
Golpea la pared.
Después la golpea otra vez.
Y otra.
Hasta lastimarse las manos.
Es probablemente la imagen más sencilla de toda la película y, al mismo tiempo, una de las que mejor resumen al personaje.
Ya no hay rival.
No hay público.
No hay árbitro.
No hay cinturón.
Solamente queda Jake golpeando algo que no puede devolverle el golpe. Y termina preguntándose por qué.
Por qué es así.
Por qué llegó hasta ahí.
Por qué hizo todo lo que hizo.
Por primera vez parece que la violencia ya no puede darle una respuesta.
Y ahí Raging Bull se aleja completamente de cualquier estructura tradicional de película deportiva. No hay una gran redención. No existe el combate final donde Jake recupera su dignidad. No hay montaje de entrenamiento ni regreso triunfal.
Hay un hombre envejeciendo con aquello que hizo. Por eso también me gusta que Scorsese termine con Jake frente al espejo. Está preparándose para salir a hacer su número. Recita el famoso discurso de On the Waterfront: “I coulda been a contender.”
Y la referencia es perfecta. Porque Jake fue un contendiente, mas todavía: fue campeón. El problema nunca fue que el mundo no le diera una oportunidad. La tuvo.
Lo que no supo hacer fue vivir con ella. Y el espejo vuelve a ser importante porque Jake pasó toda la película mirando hacia afuera. Buscando responsables, rivales, amantes imaginarios, traiciones, personas que supuestamente querían sacarle algo.
Al final solamente queda él frente a sí mismo. No sabemos si realmente cambió, no sabemos si comprendió todo el daño que provocó. Scorsese ni siquiera le regala esa tranquilidad. Simplemente lo deja ahí.
Y creo que por eso Raging Bull es mucho más devastadora que una historia sobre el ascenso y caída de un boxeador. Porque Jake LaMotta sabe perfectamente qué hacer cuando alguien intenta lastimarlo.
Puede cubrirse.
Puede devolver el golpe.
Puede resistir.
Puede seguir de pie.
Lo que nunca aprende es qué hacer cuando el golpe viene de adentro. En el ring, Jake podía perder y consolarse pensando que nadie había conseguido derribarlo. En su vida ocurre algo mucho más triste:
Nadie necesitó hacerlo.
Jake pasó años peleando contra todos hasta quedarse prácticamente solo. Y quizás esa sea la derrota que nunca consiguió ver venir, no perder un campeonato, no caer contra Sugar Ray Robinson.
Sino descubrir que podés ser lo suficientemente fuerte para aguantar todos los golpes del mundo y, aun así, ser vos mismo quien termine destruyendo todo aquello que tenías alrededor.
Thoughts
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PermalinkEl odio a si mismo que se ve en cada pelea es lo triste. Como si se estuviera peleando con una version antigua de si mismo.
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PermalinkLa mujer en medio mirando como se rompe todo. Que horror ver que alguien no se puede detener ni cuando te ama de verdad. Ella intenta y Jake solo ve amenaza en cada cosa que ella hace.
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PermalinkHe conocido gente que confunde defensa con ataque. Por eso pierden a todos. Al final quedan solos y todavia creen que fue por que no pelearon lo suficiente.
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PermalinkEl momento en que la pelea se vuelve contra uno mismo. Buen articulo.
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PermalinkEse que no para de buscar pelea. A veces lo peor es tener una razon y no poder bajarla, usarla para todo.
-
PermalinkUff.
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