Eraserhead es una película difícil de explicar porque David Lynch parece mucho menos interesado en que entendamos lo que ocurre que en conseguir que sintamos lo que significa estar ahí. Se puede intentar ordenar su historia, buscar símbolos y encontrar explicaciones para cada una de sus imágenes, pero creo que hacerlo demasiado termina jugando en contra de la propia película. Cabeza borradora funciona mejor como una pesadilla: mientras sucede aceptamos sus reglas, aunque no sepamos exactamente cuáles son.
Y como en muchas pesadillas, en el fondo hay miedos bastante reconocibles.
Henry Spencer vive en un mundo industrial, gris, incómodo, casi muerto. Todo parece cubierto de suciedad. Las paredes, los edificios, las máquinas, incluso el aire transmiten una sensación de contaminación permanente. Lynch no filma simplemente una ciudad fea: construye un mundo donde existir ya parece agotador.
Y prácticamente desde el comienzo hay algo que no está bien.
El sonido es fundamental. Máquinas funcionando, zumbidos, golpes, ruidos que no sabemos exactamente de dónde vienen. Nunca existe verdadero silencio. Incluso cuando aparentemente no ocurre nada, la película consigue mantener una sensación de amenaza.
Como si el propio espacio estuviera respirando. Ahí aparece Henry.
Es un personaje extraño, tímido, casi paralizado frente al mundo. No parece controlar prácticamente nada de aquello que ocurre a su alrededor. Más que tomar decisiones, las cosas le suceden.
Y entonces Mary le cuenta que tuvieron un hijo o algo parecido a un hijo.
La criatura es probablemente una de las imágenes más perturbadoras de la película porque Lynch nunca permite que podamos mirarla con comodidad. Es frágil, desagradable, indefensa y monstruosa al mismo tiempo.
Y ahí creo que aparece una de las lecturas más fuertes de Eraserhead: El terror frente a la paternidad.
No necesariamente porque Lynch esté diciendo que tener un hijo sea algo horrible, sino porque consigue representar algo muchísimo más incómodo: el miedo de una persona que siente que de un momento para otro su vida dejó de pertenecerle.
Henry ahora tiene que hacerse cargo:
Tiene una pareja con la que apenas parece poder comunicarse.
Tiene una criatura que necesita atención permanentemente.
Tiene responsabilidades para las que nadie le preguntó si estaba preparado.
Y no puede escapar.
La película convierte entonces algo completamente cotidiano (formar una familia) en horror corporal y psicológico.
Eso me parece brillante.
Porque Lynch no necesita un asesino, un monstruo tradicional o una amenaza externa. El miedo nace de aquello que socialmente debería representar felicidad.
Tener un hijo.
Construir una familia.
Convertirse en adulto.
Asumir responsabilidades.
Todo aquello que supuestamente debería ordenar la vida de Henry es precisamente lo que termina volviéndola todavía más caótica.
Y creo que por eso la cena con los padres de Mary es tan importante. En teoría debería ser una situación absolutamente normal: conocer a la familia de tu pareja, sentarte a comer y hablar sobre lo que está pasando.
Pero Lynch convierte esa normalidad en algo insoportable.
Los silencios.
Las conversaciones extrañas.
La madre.
Los pollos diminutos moviéndose en el plato y expulsando líquido.
Todo parece ligeramente desplazado de la realidad, no lo suficiente como para convertirse completamente en fantasía. Pero sí lo suficiente como para que queramos irnos.
Y ese es uno de los grandes talentos de Lynch: hacer que algo familiar se vuelva extraño sin modificarlo completamente.
Una casa sigue siendo una casa.
Una cena sigue siendo una cena.
Un bebé sigue siendo, de alguna manera, un bebé.
Pero todo está corrido apenas unos centímetros de donde debería estar y alcanza. Después Mary se va, no puede soportar más el llanto de la criatura y deja a Henry solo con ella. Y ahí aquello que ya era una responsabilidad compartida se convierte directamente en encierro.
Henry queda atrapado en una habitación con un ser que depende completamente de él.
No puede dormir.
No puede salir.
No sabe qué hacer.
Y tampoco parece existir nadie que pueda ayudarlo.
Ahí Eraserhead empieza a parecerse menos a una película sobre un bebé monstruoso y más a la representación física de la ansiedad.
Porque la ansiedad funciona muchas veces así.
Algo ocupa todo el espacio.
No importa qué más exista.
No podés dejar de escucharlo.
No podés dejar de mirarlo.
No podés simplemente decidir que desaparezca.
Y cuanto más intentás escapar mentalmente, más presente se vuelve.
Por eso son tan importantes las fantasías de Henry.
La mujer del radiador representa prácticamente el opuesto de su realidad. Dentro de ese espacio imposible aparece una figura sonriente, una música tranquila y una promesa:
“In Heaven, everything is fine.” (En el cielo todo está bien).
Es una frase tremendamente sencilla, pero dentro de Eraserhead tiene algo devastador.
Porque si el cielo es el lugar donde finalmente todo está bien, entonces la vida de Henry se convirtió en el lugar donde nada puede estarlo.
El radiador funciona casi como una puerta de escape mental. Henry no puede abandonar físicamente su realidad, entonces empieza a construir espacios donde pueda desaparecer de ella.
Y ahí la película se vuelve todavía más oscura.
Porque escapar deja de significar simplemente irse. Empieza a significar dejar de existir dentro de aquello que lo está aplastando.
Incluso la secuencia que da nombre a la película (la cabeza de Henry desprendiéndose, cayendo y terminando utilizada para fabricar borradores de lápiz) parece llevar esa idea al extremo.
Su propia cabeza se convierte literalmente en un objeto para borrar.
Y no creo que necesitemos encontrar una explicación única para esa imagen. Justamente la fuerza está en todo lo que puede sugerir.
Borrarse.
Desaparecer.
Dejar de pensar.
Dejar de ser Henry.
Convertirse en algo útil para borrar aquello que ya fue escrito.
Lynch trabaja todo el tiempo con imágenes así. No son acertijos con una respuesta escondida. Son sensaciones convertidas en objetos.
Y eso también explica por qué el diseño sonoro y la fotografía son tan importantes.
Eraserhead podría perder muchísimo de su fuerza si simplemente contáramos su argumento. Lo verdaderamente perturbador está en cómo Lynch lo filma.
El blanco y negro no embellece el mundo: lo vuelve todavía más muerto. Los negros parecen tragarse partes de las habitaciones. Muchas veces no sabemos exactamente qué existe más allá de aquello que vemos.
Y el sonido hace el resto.
La industria nunca desaparece.
La maquinaria sigue funcionando.
El mundo continúa haciendo ruido aunque Henry quiera detenerse.
Es como si la película entera estuviera atrapada dentro de una fábrica que produce algo que nunca llegamos a comprender.
También hay algo muy fuerte alrededor del cuerpo.
Los fluidos.
La enfermedad.
La reproducción.
Los órganos.
La criatura.
Los pollos.
Lynch elimina cualquier romanticismo posible alrededor de lo biológico. Crear vida no aparece como algo limpio o milagroso. Aparece como algo viscoso, extraño y aterrador.
Y quizás por eso la criatura provoca emociones contradictorias: Da rechazo.
Pero también da lástima, porque no tiene la culpa de existir, depende completamente de Henry.
Está enferma.
Llora.
Necesita cuidados.
Y eso vuelve mucho más perturbador lo que ocurre finalmente. Henry corta aquello que envuelve su cuerpo. Y descubre que prácticamente no existe separación entre la criatura y sus órganos.
La vulnerabilidad es absoluta, entonces la lastima. Y el mundo directamente parece romperse.
Para mí, ahí Eraserhead lleva hasta sus últimas consecuencias una fantasía terrible: Si aquello que me obliga a vivir esta vida desapareciera, ¿Sería finalmente libre?
Pero Lynch no convierte esa fantasía en liberación sencilla. Todo colapsa, la criatura crece y la realidad deja definitivamente de sostenerse.
Y Henry termina abrazando a la mujer del radiador. “In Heaven, everything is fine.”
¿Murió?
¿Escapó?
¿Todo ocurre dentro de su cabeza?
¿La mujer representa la muerte?
Se pueden construir muchísimas interpretaciones, pero no estoy seguro de que importe elegir una. Porque emocionalmente el final resulta bastante claro:
Henry finalmente llega a un lugar donde el ruido se detiene.
Y quizás ahí esté lo más perturbador de Eraserhead.
La paz solamente parece posible fuera de la realidad que conocimos.
Por eso tampoco la reduciría únicamente a “una película sobre el miedo a ser padre”. Esa lectura está muy presente, pero alrededor aparecen cosas mucho más amplias: el miedo a crecer, al sexo, al compromiso, al cuerpo, a las responsabilidades y, sobre todo, a quedar atrapado dentro de una vida que no elegimos conscientemente pero que un día descubrimos que ya estamos viviendo.
Eso es profundamente adulto.
Porque muchas veces imaginamos que las grandes decisiones llegan con un momento claro donde elegimos.
Y no siempre ocurre así.
A veces simplemente avanzamos.
Una relación.
Un trabajo.
Una casa.
Una familia.
Una responsabilidad detrás de otra.
Hasta que un día miramos alrededor y pensamos:
¿En qué momento esta se convirtió en mi vida?
Y Lynch toma ese miedo y lo convierte en pesadilla.
Además, siendo su primer largometraje, impresiona cuánto de lo que después asociaríamos con su cine ya está acá: la lógica del sueño, los espacios industriales, la sexualidad incómoda, los dobles sentidos, la belleza conviviendo con lo grotesco, personajes que parecen existir entre la realidad y alguna otra dimensión, y sobre todo esa capacidad de encontrar algo aterrador debajo de aquello que aparentemente debería ser cotidiano.
Eraserhead no quiere que salgamos entendiendo a Henry.
Quiere que durante un rato estemos atrapados con él.
Que escuchemos aquello que escucha.
Que sintamos el encierro.
Que miremos esa criatura y no sepamos si abrazarla, rechazarla o salir corriendo.
Y por eso creo que intentar explicarla completamente sería casi destruir parte de lo que la hace especial.
Las pesadillas tampoco necesitan explicarse mientras las soñamos.
Funcionan porque toman algo que conocemos, lo deforman y consiguen que revele un miedo que quizás despiertos preferimos no mirar.
Y Cabeza borradora hace exactamente eso.
Toma algunas de las cosas que supuestamente marcan la entrada a la adultez —una pareja, un hijo, una casa, hacerse responsable— y pregunta:
¿Qué pasa si en lugar de sentir que finalmente construiste una vida, sentís que esa vida se cerró alrededor tuyo y ya no encentras la puerta para salir?