Singin’ in the Rain suele recordarse por Gene Kelly bailando bajo la lluvia, por sus canciones y por esa alegría casi contagiosa que tiene durante buena parte de la película. Pero creo que lo más interesante es que detrás de todo ese espectáculo hay una película sobre el propio cine atravesando una de las transformaciones más grandes de su historia: el paso del cine mudo al sonoro.
Y lo genial es que Gene Kelly y Stanley Donen no cuentan ese cambio como una solemne lección de historia. Se ríen de él.
La llegada del sonido aparece como una revolución tecnológica que de repente obliga a todo el mundo a reaprender su trabajo. Actores que podían ser enormes estrellas mientras solamente necesitaban una cara expresiva ahora tienen que hablar. Las cámaras ya no pueden moverse libremente porque hacen ruido. Los micrófonos no saben dónde esconderse. Los técnicos improvisan soluciones absurdas y una industria que parecía dominar perfectamente su lenguaje descubre de un día para otro que ya no sabe hacer películas.
Ahí Lina Lamont es fundamental.
Jean Hagen construye un personaje divertidísimo porque existe una distancia enorme entre la estrella que el público cree conocer y la mujer que realmente existe cuando abre la boca. Dentro del cine mudo, Lina puede ser elegante, sofisticada, romántica. La imagen alcanza para construir esa fantasía.
Hasta que aparece el sonido. Y la voz destruye el personaje.
Eso me parece una idea buenísima porque Singin’ in the Rain entiende que el cine siempre fue también una fabricación de ilusiones. Don Lockwood y Lina Lamont son vendidos al público como una pareja perfecta aunque detrás de cámaras la relación sea completamente distinta. Los estudios inventan romances, personalidades y relatos porque aquello que importa no es necesariamente quiénes son esas personas, sino quiénes necesita creer el público que son.
Desde el comienzo, Don participa de esa construcción.
Cuenta frente a sus fanáticos una historia impecable sobre su formación artística, sobre el refinamiento y la dignidad con la que llegó al éxito, mientras las imágenes nos muestran algo bastante diferente. Mientras él repite su lema de “dignity, always dignity”, nosotros vemos golpes, trabajos menores, escenarios bastante menos prestigiosos y todo el recorrido que realmente tuvo que hacer.
La película nos enseña desde el principio una regla:
No confíes solamente en aquello que escuchás. Mirá también lo que el cine te está mostrando.
Y eso es especialmente divertido dentro de una película que justamente habla de la llegada del sonido.
Don está perfectamente adaptado al viejo sistema. Es una estrella, tiene carisma, sabe moverse frente a cámara y entiende cómo funciona el espectáculo. Pero entonces conoce a Kathy Selden, que inicialmente desprecia un poco ese mundo y se presenta como una actriz seria.
Kathy termina siendo fundamental porque representa aquello que el sistema todavía no sabe valorar.
Tiene voz.
Puede actuar.
Puede cantar.
Puede bailar.
Pero no tiene una imagen pública.
Lina tiene exactamente lo contrario: posee la imagen, pero necesita que otra persona le preste la voz.
Y ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de la película. Para salvar la carrera de una estrella, el estudio necesita esconder a una artista mucho más completa detrás de ella.
Kathy literalmente desaparece para que Lina pueda seguir existiendo.
Su voz sale de otra cara.
Y eso convierte todo el conflicto en algo mucho más interesante que simplemente burlarse de la voz de Lina. La película empieza a preguntarse quién recibe el reconocimiento dentro de una industria construida sobre muchísima gente que trabaja fuera de cuadro.
Porque Singin’ in the Rain celebra Hollywood y al mismo tiempo se ríe bastante de Hollywood.
Se ríe de los productores entrando en pánico ante cualquier cambio.
De las estrellas fabricadas.
De las relaciones inventadas por publicidad.
De los problemas técnicos.
De las modas.
De una industria capaz de presentar como magia algo que detrás de cámara puede ser completamente ridículo.
La secuencia de la primera película sonora de Lina y Don es perfecta en ese sentido. El micrófono no registra correctamente su voz, después escucha cualquier otro ruido, los diálogos pierden sincronización y una escena que debería ser dramática termina provocando carcajadas.
El cine sonoro, que debía representar el futuro, por momentos parece un desastre absoluto.
Pero ahí está otra de las cosas que más me gustan de la película: no mira esa transformación con nostalgia reaccionaria. No plantea que el cine era mejor antes y que el sonido lo arruinó.
Hace exactamente lo contrario.
Acepta que el cambio es inevitable y encuentra entusiasmo en descubrir qué se puede hacer con él.
Cuando Don, Kathy y Cosmo tienen la idea de transformar The Dueling Cavalier en un musical, la película cambia completamente de energía. El problema deja de ser cómo sobrevivir a la llegada del sonido y pasa a ser qué nuevas posibilidades aparecen gracias a él.
Y ahí Singin’ in the Rain prácticamente empieza a hablar de sí misma.
Porque estamos viendo una película sobre personajes que descubren que imagen, música, voz, movimiento y montaje pueden trabajar juntos, dentro de uno de los musicales que mejor utiliza justamente todas esas herramientas.
Eso hace que los números musicales no se sientan simplemente como pausas donde la historia se detiene para que alguien cante.
Muchas veces son la manera más directa de expresar aquello que el personaje está sintiendo.
Y obviamente está la lluvia.
La escena de “Singin’ in the Rain” es una de esas secuencias que fueron repetidas, homenajeadas y parodiadas tantas veces que uno podría pensar que ya perdió su efecto.
Pero cuando aparece dentro de la película sigue funcionando perfectamente.
Don acaba de estar con Kathy.
Está enamorado.
Llueve.
Y algo que normalmente sería una molestia deja de importar, no necesita que pare de llover para ser feliz. Su felicidad modifica la manera en la que percibe la lluvia.
Por eso baila.
Salta en los charcos.
Se moja.
Sonríe como un chico.
La ciudad sigue siendo exactamente la misma y el clima también. El único que cambió es él.
Y Gene Kelly consigue que parezca espontáneo algo que evidentemente requiere un control extraordinario del cuerpo, del espacio y del ritmo. Ahí está una de las grandes virtudes de la película entera: hacer que un trabajo técnicamente dificilísimo parezca fácil.
Lo mismo ocurre con Donald O'Connor en “Make ’Em Laugh”. Es una demostración física absurda, agotadora, casi de dibujo animado. Cosmo utiliza el cuerpo como si no existieran articulaciones ni gravedad y la película vuelve a una tradición anterior incluso al cine sonoro: la comedia física.
Eso también es hermoso porque mientras la historia habla de una industria obligada a cambiar, el musical recoge prácticamente toda la historia del espectáculo que vino antes.
Vaudeville.
Comedia física.
Danza.
Teatro.
Cine mudo.
Sonido.
Todo termina conviviendo.
Y después está “Good Morning”, donde probablemente se vea mejor la química entre Kelly, Debbie Reynolds y O'Connor. No hace falta una escenografía gigantesca. Tres personas, una habitación, objetos cotidianos y una coreografía increíblemente precisa alcanzan para construir espectáculo.
Ahí también aparece algo central en Singin’ in the Rain: la alegría requiere muchísimo trabajo.
Todo parece liviano.
Pero nada es sencillo.
Y eso podría aplicarse tanto a los personajes como a la propia película.
Porque detrás de esa sensación de espontaneidad existe una precisión enorme en cómo Kelly y Donen colocan la cámara para que podamos ver bailar. No necesitan destruir el montaje para fabricar energía. Muchas veces dejan que sean los cuerpos los que generen el movimiento dentro del plano.
Sabemos que Gene Kelly está bailando.
No necesitamos que veinte cortes nos convenzan de ello.
Y Debbie Reynolds resulta especialmente importante porque Kathy empieza desde un lugar mucho más pequeño y termina siendo, literalmente, la voz que sostiene el espectáculo.
Por eso el final me parece tan bueno.
Lina intenta apropiarse de la voz de Kathy y mantener la mentira. Kathy canta detrás del telón mientras Lina mueve los labios frente al público.
Es prácticamente la maquinaria de Hollywood convertida en una sola imagen.
Una persona recibe el aplauso.
Otra hace el trabajo escondida.
Hasta que levantan el telón.
Y la ilusión se rompe.
El público finalmente puede ver de dónde venía realmente la voz.
Es un gag.
Pero también es la resolución perfecta de toda la película, porque Singin’ in the Rain pasó dos horas jugando con la distancia entre imagen y realidad, estrella y artista, aquello que vemos y aquello que existe detrás de cámara.
Y finalmente corre la cortina.
Creo que por eso la película envejeció tan bien. No es solamente un musical extraordinario ni una comedia sobre los problemas que provocó la llegada del sonido. Es una película hecha por gente que ama profundamente el cine y justamente por eso puede reírse de él.
Entiende lo absurdo que puede ser fabricar una película.
Los egos.
Los accidentes.
Las soluciones improvisadas.
Las mentiras publicitarias.
Los cambios tecnológicos que parecen anunciar el fin de todo.
Y también entiende algo que sigue siendo cierto cada vez que el cine atraviesa una transformación:
El cine no sobrevive evitando el cambio. Sobrevive encontrando una nueva manera de hacer espectáculo con él.
Quizás por eso Singin’ in the Rain transmite tanta alegría.
Sus personajes están viendo desaparecer el mundo cinematográfico que conocían.
Podrían quedarse lamentándolo.
En cambio, cantan.
Bailan.
Se adaptan.
Y hacen otra película.
Porque mientras todos discuten sobre si el sonido va a destruir el cine, Gene Kelly y Stanley Donen parecen tener una respuesta muchísimo más sencilla:
si el cine ahora puede hablar, entonces habrá que enseñarle también a cantar.