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Sinners (Pecadores) — Crear algo que pueda sobrevivir sin vos

rodrigosegade1000
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Sinners me parece una muy buena película. Y quizás lo que más me gusta es que Ryan Coogler consigue hacer algo que hoy parece cada vez más difícil: Una película grande, popular y de género que no…

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Sinners me parece una muy buena película. Y quizás lo que más me gusta es que Ryan Coogler consigue hacer algo que hoy parece cada vez más difícil: Una película grande, popular y de género que no tiene miedo de tomarse su tiempo.

Porque Sinners es una película de vampiros que durante casi una hora prácticamente no tiene vampiros.

Y eso me encanta.

Coogler podría haber utilizado los primeros veinte minutos para presentar rápidamente a los personajes y llegar cuanto antes a aquello que supuestamente vinimos a ver. Pero hace exactamente lo contrario.

Espera.

Presenta a Smoke y Stack. Los acompaña mientras regresan al Mississippi, compran el viejo aserradero, buscan músicos, consiguen alcohol, recuperan vínculos y empiezan a preparar el juke joint.

Personaje por personaje.

Conversación por conversación.

Hasta que ese lugar vacío empieza a llenarse.

Y creo que la decisión de comenzar con Sammie llegando ensangrentado a la iglesia hace todavía más interesante esa espera. Nosotros ya sabemos que algo salió terriblemente mal. Sabemos que esa noche terminó en una tragedia. Entonces toda la primera mitad adquiere una tensión particular: estamos viendo a un grupo de personas construir, sin saberlo, el escenario de aquello que después va a destruirlos.

Pero Coogler no tiene apuro.

Y me parece saludable encontrar una película contemporánea que confíe de esa manera en el espectador. Frente a cierto cine actual donde parece que todo tiene que estar permanentemente avanzando, cortando, explicando o estimulando, Sinners dice algo bastante sencillo: esperemos un poco.

  • Conozcamos a estas personas.

  • Entendamos por qué están ahí.

  • Disfrutemos de la música.

  • Dejemos que el lugar exista.

Ese slow burn de la primera hora, que perfectamente puede resultar frustrante para algunos espectadores, para mí termina siendo una de las decisiones que más fortalecen la película. Porque para destruir un mundo primero hay que construirlo.

Cuando finalmente llegan los vampiros, no están entrando simplemente en un decorado lleno de personajes que conocemos hace veinte minutos.

Están amenazando un lugar en el que acabamos de pasar casi una hora.

Y ese lugar importa.

Smoke y Stack son gangsters. Roban, amenazan, negocian, beben. Prácticamente todos los personajes que terminan ahí son, de una forma u otra, los “pecadores” del título.

Pero durante unas horas consiguen construir algo propio.

  • Un lugar para beber.

  • Bailar.

  • Coger.

  • Tocar.

  • Reírse.

  • Encontrarse.

Vivir bajo sus propias reglas.

Y estructuralmente me gusta pensar que Sinners tiene casi dos grandes movimientos: una primera mitad más scorsesiana y una segunda más tarantinesca. No porque Coogler esté copiando a Scorsese o Tarantino, sino por la energía cinematográfica de cada parte.

Durante la primera hora estamos mucho más cerca del cine criminal. Smoke y Stack regresan, hacen negocios, compran el lugar, aprietan gente, consiguen músicos, recuperan relaciones y lentamente arman su pequeña organización.

  • Hay placer en verlos moverse por ese mundo.

  • En ver cómo consiguen las cosas.

  • Cómo negocian.

  • Cómo conocen los códigos.

  • Cómo se relacionan con la gente.

Y después entra otra película dentro de la película.

Aparecen los vampiros y Coogler empieza a liberar una energía completamente diferente. Entra el terror, pero también la acción, el humor negro, los cuerpos, la sangre y finalmente los disparos. La película se vuelve mucho más explosiva, más física, más cercana a esa sensibilidad tarantinesca que puede pasar del suspenso al exceso casi sin pedir permiso.

Lo interesante es que Coogler nunca parece avergonzarse del género.

No hace una película de vampiros para después intentar convencernos de que “en realidad” está haciendo algo más importante.

Hace una película de vampiros y también una película de gangsters.

  • Y un musical.

  • Y terror.

  • Y acción.

  • Por momentos western.

  • Por momentos comedia.

  • Por momentos melodrama.

  • Los abraza a todos.

Incluso el desenlace tiene una referencia cinéfila muy concreta cuando aparece el arma dentro del estuche, evocando Django, la película de Sergio Corbucci de 1966, con aquella imagen inolvidable de Franco Nero y el ataúd que termina escondiendo una ametralladora.

Y creo que ahí empieza a aparecer una de las cosas que más me interesan de Coogler en esta película: no oculta el cine que vio.

  • Lo utiliza.

  • Lo mezcla.

  • Lo transforma.

Exactamente igual que Sammie con la música. Porque para mí el blues es el verdadero corazón de Sinners.

No está utilizado simplemente para darle personalidad a una película ambientada en el Mississippi de los años treinta. Coogler lo filma como memoria, como herencia y como una manera de conectar personas que jamás podrían encontrarse físicamente.

Eso explota en la gran secuencia musical de Sammie. Empieza a tocar y de repente 1932 deja de importar.

La cámara recorre el juke joint mientras pasado, presente y futuro empiezan a convivir. Aparecen músicos, instrumentos y expresiones musicales pertenecientes a distintas épocas.

Durante unos minutos el tiempo desaparece.

Sammie está tocando con quienes estuvieron antes que él y con quienes todavía no nacieron. Y me parece extraordinario que Coogler decida expresar esa idea cinematográficamente, podría poner un diálogo explicándonos que el blues atraviesa generaciones. En cambio, lo transforma en imagen, movimiento y sonido.

  • Pasado.

  • Presente.

  • Futuro.

  • Todos dentro de la misma canción.

Ahí Sinners encuentra algo mucho más grande que su historia de vampiros. El arte como una manera de permanecer.

  • Una persona puede morir.

  • Una generación puede desaparecer.

  • Un lugar puede dejar de existir.

Pero una canción puede atravesar cien años.

Y justamente después aparecen unas criaturas cuya principal obsesión consiste en vencer a la muerte.

Los vampiros también ofrecen eternidad, solo que de una manera completamente distinta. Prometen comunidad, pertenencia, unión; una existencia donde nadie tenga que volver a perder a nadie. Desde afuera cantan juntos, se mueven juntos, parecen felices. No hay soledad ni diferencias.

Pero justamente ahí está la trampa: Para formar parte de esa comunidad tenés que dejar de ser completamente vos.

Y me gusta muchísimo el contraste que se produce con el juke joint. Adentro también existe una comunidad, pero está construida a partir de las diferencias. Distintas personalidades, edades, deseos, conflictos, religiones y experiencias consiguen compartir un mismo espacio. Afuera, en cambio, hay otra comunidad que promete eliminar todas esas diferencias. Una te permite pertenecer siendo vos mismo; la otra necesita absorberte para que pertenezcas.

Y por eso funciona tan bien una de las reglas más tradicionales del vampiro: Necesitan ser invitados a entrar. No pueden simplemente tomar el lugar. Primero tienen que conseguir que alguien los deje pasar. Tienen que convencer, sonreír, cantar, prometer. Y recién después consumir. Ahí aparece otra de las lecturas más potentes de la película: La apropiación cultural.

Los vampiros blancos escuchan la música de Sammie e inmediatamente reconocen que ahí existe algo extraordinario.

No solamente:

  • Les gusta.

  • La quieren.

  • Quieren a Sammie.

  • Quieren su musica.

  • Y sobre todo, quieren el poder que existe detrás de esa música.

La película plantea que su don puede atravesar el tiempo, conectar generaciones y convocar presencias del pasado y del futuro. Los vampiros reconocen ese poder y quieren utilizarlo para sus propios fines, apropiarse también de aquello que esa música es capaz de traer.

Entonces la idea de apropiación cultural se vuelve todavía más interesante. Porque el problema no es simplemente que personas blancas escuchen blues; sería una lectura demasiado básica. El problema aparece cuando alguien escucha una creación surgida de una experiencia ajena, reconoce su valor y decide: quiero eso para mí.

Y ahí no podría haber criatura más adecuada que un vampiro.

Un vampiro no produce aquello que necesita para sobrevivir: Lo extrae de otro. Consume una vida ajena para prolongar la propia. La película convierte eso en una imagen bastante feroz de la apropiación: absorber aquello que otro creó, incorporarlo y utilizarlo para fortalecerse.

Pero existe una contradicción hermosa.

Los vampiros desean el poder de Sammie porque quieren superar las limitaciones del tiempo. Sin embargo, Sammie ya encontró una manera de hacerlo: La música. Ellos necesitan conservar eternamente sus cuerpos para permanecer; Sammie puede desaparecer y aquello que creó puede seguir existiendo cuando él ya no esté. Y ahí creo que la película marca una diferencia enorme entre apropiarse y crear.

  • El vampiro necesita consumir algo que ya existe.

  • El artista produce algo capaz de existir incluso después de él.

También me interesa muchísimo todo el entramado religioso porque está presente desde el propio título y aparece incluso en los nombres. La película juega con referencias bíblicas:

  • Sammie remite a Samuel.

  • Mary carga inevitablemente con la figura de María Magdalena.

Y aparecen otros nombres vinculados con esa tradición y con el Antiguo Testamento. No me parece algo decorativo. Estamos viendo una película llamada Sinners atravesada por el pecado, la sangre, la tentación, la iglesia, la muerte y la promesa de una vida eterna.

El padre predicador de Sammie teme el camino al que puede llevarlo el blues.

Existe esa oposición tradicional entre la iglesia y una música asociada al pecado, al cuerpo y al deseo. Pero Coogler empieza a desordenar esa división, porque el momento más cercano a un milagro de toda la película no ocurre dentro de la iglesia: Ocurre en el juke joint, cuando Sammie toca. La música supuestamente pecaminosa consigue conectar muertos, vivos y personas que todavía no existen.

Entonces aparece una pregunta bastante hermosa:

¿Qué es realmente lo sagrado? ¿La iglesia, la música, la comunidad, el acto de crear?

Y también:

¿Quiénes son realmente los pecadores? ¿Los gangsters, los que toman, los que bailan, los que tienen sexo, el chico que toca blues? ¿O aquellos que quieren quitarle al otro su identidad para convertirla en propia?

Me gusta que Coogler no frene la película para responder esas preguntas. No convierte Sinners en un tratado solemne sobre religión o cultura. Todas esas ideas siguen conviviendo con vampiros, chistes, sexo, sangre y disparos. Y ahí vuelvo al paralelismo que para mí termina de definir la película: Sammie y Ryan Coogler están haciendo lo mismo.

Sammie recibe una tradición musical enorme. Escucha a quienes estuvieron antes que él, toma esas raíces y trata de encontrar una voz propia. Coogler hace exactamente eso con el cine. Recibe el cine criminal, los vampiros, el western, el musical, el terror, la acción, Scorsese, Tarantino, Corbucci y toda una historia cinematográfica anterior a él, y después mezcla todo.

La originalidad de Sinners no consiste en fingir que nada de eso existió. Consiste en hacer algo propio con aquello que heredó. Por eso se parece a muchísimas películas y, al mismo tiempo, no siento que termine de parecerse completamente a ninguna. Y ahí es donde Coogler me parece más contundente.

La música es fundamental, pero también el diseño del juke joint, la utilización de la noche, los cuerpos, la manera de filmar el baile y, especialmente, la relación entre cámara y música. Todo eso consigue que Sinners tenga una identidad audiovisual muy marcada. Coogler no solamente está reuniendo influencias: está encontrando una forma propia de organizarlas.

Y después está Michael B. Jordan. Creo que está muy bien. Interpretar a Smoke y Stack y conseguir que después de un rato prácticamente dejemos de pensar que estamos viendo al mismo actor dos veces tiene muchísimo mérito. No depende solamente del vestuario o de diferencias superficiales: cambia la energía, la postura, la manera de relacionarse y la forma en la que cada hermano ocupa el espacio.

Ahora, personalmente, me dejó algunas dudas frente a todo lo que había escuchado sobre su actuación. Yo llegaba pensando que la discusión por el Oscar estaba mucho más cerca de Timothée Chalamet o Leonardo DiCaprio, y cuando terminé Sinners no tuve esa sensación inmediata de pensar: no, listo, Michael B. Jordan tenía que ganar.

Eso no significa que crea que está mal; todo lo contrario, está muy bien. Quizás justamente el problema sean las expectativas: Había escuchado tanto sobre su interpretación que esperaba encontrar algo todavía más contundente.

Donde tengo muchas menos dudas es con Ryan Coogler, porque siento que esta puede terminar siendo su película. Más allá de Creed y más allá de Black Panther, esta parece la obra donde todas sus preocupaciones, influencias y gustos cinematográficos consiguen encontrarse dentro del mismo lugar. Hay una libertad que se siente mucho más personal, como si hubiese llegado el momento de agarrar todo aquello que le interesa del cine y hacerlo convivir sin pedir permiso.

Y por eso tampoco me molesta que tarde tanto en llegar a los vampiros. Al contrario: me gusta que espere. Me gusta que confíe en que conocer a estas personas importa, que construya el juke joint antes de destruirlo y que durante un rato simplemente podamos estar ahí, escuchando música y viendo cómo ese espacio empieza a cobrar vida. Porque cuando finalmente llega la violencia, entendemos qué estamos perdiendo.

Y al final vuelvo siempre a la misma idea. Los vampiros ofrecen una manera de vencer a la muerte: vivir para siempre. Pero Sammie encuentra otra: crear. El vampiro necesita consumir otra vida para prolongar la suya; el artista puede dejar una parte de su vida en algo que seguirá existiendo cuando él ya no esté. Uno necesita apropiarse. El otro necesita crear.

Y quizás por eso esa escena donde pasado, presente y futuro comparten el mismo espacio sea el verdadero corazón de Sinners. Porque ahí Coogler muestra algo que sus vampiros quizás nunca puedan comprender completamente: la eternidad no necesariamente consiste en que tu cuerpo siga existiendo para siempre. A veces consiste en dejar algo atrás —una historia, una cultura, una película, una canción— algo capaz de seguir vivo cuando vos ya no estés.

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