City Hall empieza con una idea que funciona como advertencia y brújula de todo lo que viene después. Hay muchas frases sobre Nueva York, pero la que abre la película es la que mejor la define:
“Nueva York puede destruirte o hacerte grande, depende de tu suerte. Nadie debería venir a Nueva York a menos que esté dispuesto a tener suerte.”
Desde ahí queda claro que la ciudad no es un simple escenario. New York City aparece como una fuerza activa, una maquinaria enorme que exige rapidez, astucia y resistencia. No hay demasiado glamour ni una Nueva York de postal: hay oficinas estrechas, pasillos largos, reuniones interminables, favores, llamadas telefónicas y decisiones que nunca son completamente limpias. Gobernar la ciudad parece consistir en intentar ordenar algo que permanentemente está a punto de desbordarse.
Y me gusta que la película parta de un hecho aparentemente concreto (un tiroteo entre un policía y un delincuente en el que termina muriendo un chico) para empezar lentamente a tirar de un hilo. Porque cuanto más se investiga, más evidente resulta que ningún hecho dentro de una estructura tan grande existe completamente aislado.
Una decisión conecta con otra, un favor realizado tiempo atrás termina teniendo consecuencias mucho después y una pequeña irregularidad puede esconder una red muchísimo más grande.
La corrupción en City Hall tampoco funciona simplemente como un grupo de tipos malos llenándose los bolsillos. Es bastante más incómoda porque aparece integrada al funcionamiento cotidiano del sistema. Favores, acuerdos, contactos y decisiones justificadas porque supuestamente permiten que la ciudad siga funcionando. Nadie parece levantarse una mañana diciendo que quiere convertirse en corrupto. Se empieza cediendo un poco. Después otro poco. Hasta que aquello que alguna vez parecía excepcional termina formando parte de la rutina.
La película entiende entonces la política como un ejercicio de desgaste.
No todo ocurre mediante grandes discursos o gestos heroicos. Muchas veces el poder está en una conversación dentro de una oficina, en quién conoce a quién, en una llamada que puede modificar una decisión o en aquello que todos entienden aunque nadie necesite decirlo directamente. Cada escena parece cargada de algo que no se dice, de consecuencias que todavía no vemos pero que ya están en marcha.
Y en ese mundo aparece Kevin Calhoun, el personaje de John Cusack. Es importante porque todavía conserva una manera bastante idealista de mirar la política. Admira al alcalde John Pappas, cree en lo que representa y también cree que mirar suficientemente cerca un problema debería permitir encontrar la verdad y corregirlo.
City Hall no se burla de ese impulso. Pero sí lo pone a prueba.
Porque cuanto más investiga, más difícil resulta separar las cosas. La pregunta deja de ser simplemente quién hizo algo incorrecto y empieza a ser cuántas personas aceptaron pequeñas partes de aquello para que finalmente pudiera ocurrir.
Y ahí crecer políticamente significa algo bastante distinto de conseguir poder. Significa descubrir cuánto cuesta mantener una convicción cuando mantenerla puede obligarte a enfrentarte incluso con personas a las que respetás.
Ahí es donde la actuación de Pacino encaja tan bien.
John Pappas es un político extraordinariamente hábil. Sabe hablar con la gente, entiende la ciudad y conoce perfectamente la importancia de un gesto o una palabra en el momento indicado. Pero Pacino no construye simplemente al típico alcalde carismático que detrás de las cámaras resulta ser otra persona. Hay algo bastante más complejo.
Pappas parece creer realmente en aquello que representa. Y justamente por eso la película funciona.
Su discurso después de la muerte del chico es el momento donde aparece el Pacino más reconocible, pero incluso ahí la intensidad tiene sentido. No es simplemente Al Pacino gritando porque hay que darle “la escena de Pacino”. Pappas entiende que una ciudad necesita que alguien pueda poner en palabras aquello que millones de personas están sintiendo. Y él sabe hacerlo.
Puede transformar dolor en discurso.
Puede darle sentido público a una tragedia.
Puede hacer que una ciudad sienta que alguien está hablando por ella.
Ese es su talento.
Pero City Hall también se pregunta qué ocurre cuando la imagen pública de un político empieza a chocar con las decisiones privadas que tuvo que tomar para construirla.
Porque Pappas no actúa el poder: lo carga.
Se mueve como alguien que ya tomó demasiadas decisiones difíciles y sabe que ninguna fue gratuita. No hay cinismo total, pero tampoco inocencia. Es un hombre que aprendió que gobernar implica negociar permanentemente con una realidad que rara vez permite hacer exactamente aquello que uno considera correcto.
Y ahí aparece la zona gris que más me interesa de la película.
¿Cuánto podes ceder antes de dejar de ser la persona que pensabas que eras?
Porque seguramente muchas concesiones puedan justificarse individualmente. Un favor para conseguir otra cosa. Una excepción porque esta vez es necesario. Mirar hacia otro lado porque existe un objetivo mayor.
El problema es la acumulación.
Una concesión aislada quizás no te cambie. Cientos pueden terminar construyendo otra persona.
Por eso la relación entre Pappas y Calhoun funciona tan bien. Hay algo de maestro y discípulo entre ellos. Calhoun mira al alcalde como la clase de político que algún día le gustaría llegar a ser. Pero su verdadero aprendizaje no consiste en descubrir cómo convertirse en Pappas.
Consiste en descubrir qué parte de Pappas no quiere convertirse nunca.
Y eso vuelve mucho más doloroso el conflicto cuando la investigación empieza a acercarse al propio alcalde. Porque ya no se trata solamente de denunciar corrupción. Calhoun tiene que aceptar que alguien puede haberle enseñado cosas valiosas, haber hecho cosas buenas e incluso haber tenido convicciones genuinas y, al mismo tiempo, haber cruzado líneas que no debería haber cruzado.
Las personas no se vuelven automáticamente falsas porque se contradigan.
A veces esa contradicción es precisamente la tragedia.
Pappas puede amar Nueva York y haberla servido genuinamente mientras también tomó decisiones que traicionaron aquello que decía representar.
Y quizás por eso la película vuelve una y otra vez a la ciudad.
Nueva York es gigantesca, caótica, contradictoria. Millones de personas dependiendo de decisiones que muchas veces toman unos pocos dentro de habitaciones cerradas. Gobernarla significa entrar todos los días en contacto con intereses incompatibles y aun así tener que elegir.
La frase inicial entonces empieza a adquirir otro sentido.
Nueva York puede hacerte grande. También puede destruirte. Pero quizás lo peligroso sea que puede hacer las dos cosas al mismo tiempo.
Puede darte el poder necesario para convertirte en aquello que soñabas y, mientras intentas conservarlo, obligarte lentamente a convertirte en alguien que ya no reconoces.
Por eso City Hall no necesita presentar la política como completamente corrupta ni completamente noble. Le interesa ese espacio intermedio donde todavía existen personas con buenas intenciones funcionando dentro de estructuras que las obligan constantemente a negociar con esas mismas intenciones.
Y creo que ahí Pacino está perfecto. Está sobrio, contenido, lejos del exceso durante buena parte de la película. Cuando necesita desplegar el carisma de Pappas lo hace, pero también deja ver el cansancio de alguien que lleva demasiado tiempo entendiendo cómo funciona la maquinaria.
No interpreta simplemente a un hombre corrupto.
Interpreta a un hombre que probablemente pueda recordar cada pequeña justificación que utilizó para convencerse de que todavía no lo era.
Y eso es mucho más interesante.
City Hall no busca cerrar con una verdad contundente ni con una salida clara. Lo que deja es una sensación persistente: en ciertos lugares, como Nueva York, no alcanza con tener convicciones. Hay que aprender a sobrevivir al sistema sin perderse del todo en él.
Calhoun entra pensando que comprender cómo funciona el poder puede permitirle utilizarlo para hacer las cosas bien. Sale sabiendo algo bastante más incómodo: conocer el sistema también significa conocer todas las maneras en las que ese sistema puede terminar cambiándote.
Y quizás esa sea la verdadera advertencia escondida en aquella frase del principio.
Para sobrevivir en Nueva York hace falta suerte.
Para gobernarla hace falta poder.
Pero para atravesar ambas cosas y seguir reconociéndote cuando termina el día hace falta algo bastante más difícil:
Saber exactamente qué parte de vos no estás dispuesto a negociar.