Malcolm X es una película sobre la transformación. Sobre cómo una persona puede cambiar completamente su forma de pensar, de vivir y de entender el mundo a lo largo de su vida.
Y creo que esa es una de las grandes decisiones de Spike Lee: No filmar a Malcolm X como una figura histórica ya terminada. No empieza desde el mito ni desde el líder que todos conocemos. Empieza mucho antes, cuando Malcolm todavía está intentando descubrir quién es.
La película recorre distintas etapas de Malcolm: su juventud marcada por la marginalidad y la criminalidad, su paso por la cárcel, su acercamiento a la Nación del Islam y finalmente su transformación en uno de los líderes afroamericanos más importantes de Estados Unidos.
Pero lo más interesante es que Spike Lee no presenta a Malcolm como una figura estática.
Malcolm cambia constantemente.
Y la propia película cambia con él.
La primera parte tiene una energía completamente diferente. Hay música, baile, colores fuertes, humor y una puesta en escena mucho más dinámica. El joven Malcolm parece vivir hacia afuera: la ropa, el pelo, las fiestas, las mujeres, la necesidad de pertenecer. Spike Lee incluso permite que algunas escenas tengan una energía casi exagerada porque estamos viendo a un Malcolm que todavía está construyéndose desde la apariencia.
Después llega la cárcel y la película empieza a transformarse.
Ahí ocurre el primer gran punto de quiebre. Malcolm empieza a educarse, a leer y a reconstruir su identidad. La transformación no sucede de un momento para otro ni porque alguien le da mágicamente todas las respuestas. Empieza a descubrir una historia que nunca le habían enseñado y, a partir de ese conocimiento, también empieza a reinterpretar su propia vida.
Después aparece la Nación del Islam y con ella llega otra versión de Malcolm.
Más disciplinado.
Más seguro.
Más preciso.
El joven descontrolado de las primeras escenas prácticamente desaparece. Incluso la actuación de Denzel Washington cambia físicamente. La manera de caminar, de hablar, de mirar y de ocupar un espacio ya no es la misma.
Y para mí, en el centro de absolutamente todo está Denzel.
Porque no interpreta simplemente a Malcolm X. Tiene que interpretar las diferentes personas que Malcolm X fue durante su vida y conseguir que todas parezcan pertenecer al mismo hombre.
Está el Malcolm joven, arrogante y divertido.
Está el preso que empieza a descubrir otra forma de entender el mundo.
Está el discípulo completamente comprometido con Elijah Muhammad.
Está el orador capaz de controlar una multitud.
Y finalmente está un Malcolm que empieza nuevamente a cuestionar algunas de las ideas que durante años había defendido con absoluta seguridad.
Ahí Denzel hace algo espectacular con los discursos.
No parece simplemente un actor recitando grandes frases históricas. Hay ritmo, pausas, movimientos, miradas hacia el público. Entiende que Malcolm era también un comunicador extraordinario, alguien que sabía cómo manejar una multitud y cómo transformar una idea política en algo que pudiera sentirse inmediatamente.
Spike Lee sabe perfectamente lo que tiene delante y muchas veces simplemente construye la escena alrededor de él.
Hay momentos donde Denzel entra en un espacio y prácticamente cambia la energía de toda la película.
Y eso es fundamental porque tenemos que entender por qué tanta gente quería escuchar a Malcolm. No alcanza con que el guion nos diga que era carismático. La película necesita hacernos sentir ese carisma.
Denzel lo consigue.
Pero Spike Lee tampoco convierte ese crecimiento en una línea recta hacia una versión definitiva del personaje.
Porque Malcolm vuelve a cambiar.
Cuando empieza a descubrir las contradicciones internas de la Nación del Islam y especialmente las relacionadas con Elijah Muhammad, aparece otro conflicto. La organización que había ayudado a reconstruir su vida empieza también a convertirse en algo que necesita cuestionar.
Y eso vuelve muchísimo más interesante su recorrido.
Malcolm podría simplemente aferrarse a aquello que durante años defendió.
Pero no lo hace.
El viaje a La Meca es probablemente uno de los momentos más importantes de la película porque modifica profundamente su manera de entender la raza y su propia lucha. Allí encuentra musulmanes de distintos lugares y colores compartiendo la misma fe y empieza a cuestionar algunas de las posiciones que había sostenido anteriormente.
Y Spike Lee entiende que ese cambio no debilita a Malcolm como personaje; lo hace más interesante.
Porque una película biográfica podría intentar construir una figura completamente coherente desde el principio hasta el final, como si el hombre extraordinario hubiera nacido sabiendo exactamente qué pensaba.
Malcolm X hace lo contrario.
Muestra sus contradicciones.
Sus errores.
Sus cambios.
Las personas que lo influenciaron.
Y las ideas que posteriormente abandonó.
Por eso la duración de la película (más de tres horas) termina teniendo sentido. Spike Lee necesita tiempo porque no está contando un único momento histórico. Está intentando mostrar varias vidas dentro de una misma vida.
También me gusta que visualmente sea una película enorme.
No tiene el aspecto de una biopic televisiva que simplemente reconstruye acontecimientos importantes. Spike Lee quiere hacer cine épico. Hay multitudes, calles, discursos, cárceles, mezquitas, viajes y diferentes períodos históricos. La película tiene escala y ambición porque entiende el tamaño de la figura que está retratando.
Pero nunca pierde a Malcolm en medio de esa escala.
Incluso cuando empieza a convertirse en una figura pública, seguimos viendo las consecuencias privadas de esa transformación: su relación con Betty, sus hijos, la presión creciente, las amenazas y la sensación de que el peligro empieza a acercarse.
Y ahí Denzel vuelve a cambiar.
El hombre que podía parecer completamente seguro delante de cientos de personas empieza a mostrarse mucho más vulnerable cuando está solo.
Eso hace que la última parte tenga una tensión particular porque nosotros sabemos hacia dónde se dirige la historia.
Spike Lee no necesita esconder el asesinato de Malcolm X como si fuera un giro narrativo. La tensión está justamente en saber que va a ocurrir y observar cómo la película se acerca inevitablemente a ese momento.
Y cuando finalmente llega, la muerte no borra todo lo anterior.
Al contrario.
Hace que pensemos en la cantidad de Malcolms diferentes que vimos durante esas tres horas.
El chico que se alisaba el pelo.
El delincuente.
El preso.
El musulmán.
El discípulo.
El líder.
El marido.
El padre.
El hombre que finalmente fue capaz de revisar incluso algunas de sus convicciones más profundas.
Y ahí está, para mí, la grandeza de Denzel Washington.
Nunca sentimos que estamos viendo una colección de imitaciones de Malcolm X. Sentimos que estamos viendo cómo una persona se transforma delante nuestro.
Spike Lee necesitaba una actuación gigantesca para sostener una película de esta escala y la encontró.
Por eso Malcolm X funciona tan bien como biopic. No se limita a enumerar acontecimientos importantes de una vida para llegar al personaje histórico que ya conocemos. Nos hace atravesar el proceso mediante el cual ese personaje llegó a existir.
Y tampoco termina simplemente con su muerte.
Spike Lee conecta a Malcolm con aquello que vino después, con las personas que continuaron leyendo sus palabras, estudiando su vida y pronunciando su nombre. La película deja de ser solamente la reconstrucción de un hombre y empieza a hablar de su permanencia cultural.
Pero lo que más me queda de Malcolm X no es solamente la importancia histórica de su protagonista.
Es su capacidad para cambiar.
La cárcel lo cambia.
La religión lo cambia.
El conocimiento lo cambia.
El poder lo cambia.
La decepción lo vuelve a cambiar.
Y La Meca vuelve a cambiarlo.
Spike Lee no intenta esconder ninguna de esas contradicciones. Las convierte en la película.
Porque Malcolm X no muestra a un hombre que encontró una verdad y pasó el resto de su vida repitiéndola.
Muestra a alguien que siguió buscando.
Y quizás ahí esté lo más interesante de Malcolm: las personas no son una sola cosa para siempre. Podemos equivocarnos, aprender, cambiar nuestra manera de mirar el mundo y volver a construirnos.
La verdadera fuerza no está solamente en defender aquello en lo que creemos, sino también en animarnos a cambiar cuando descubrimos que ya no pensamos de la misma manera.