A Real Pain es una película sobre dos personas que quieren muchísimo al otro, pero que no saben qué hacer con el dolor que cada uno carga. David y Benji son primos, crecieron juntos y comparten una historia familiar, pero parecen haber encontrado maneras completamente opuestas de atravesar la adultez. David construyó una vida ordenada, una familia, un trabajo, una rutina. Benji parece vivir en el extremo contrario: impulsivo, incómodo, contradictorio, capaz de conectar profundamente con alguien y unos minutos después arruinar por completo el clima de una habitación.
El viaje a Polonia empieza como una forma de recordar a su abuela y recorrer los lugares vinculados con la historia de su familia, pero Jesse Eisenberg utiliza ese viaje para hacer algo mucho más interesante: poner a esos dos primos frente a una memoria que les pertenece y, al mismo tiempo, es demasiado grande como para pertenecerles completamente.
Ellos son descendientes de personas atravesadas por el Holocausto, pero no vivieron ese horror. Llegan décadas después, como turistas, tomando trenes, durmiendo en hoteles, sacando fotografías y siguiendo a un guía que intenta convertir una tragedia histórica gigantesca en un recorrido que pueda ser comprendido por un grupo de desconocidos.
Y ahí aparece una de las preguntas que más me interesa de la película:
¿Qué derecho tenemos a sentir nuestro propio dolor cuando sabemos que existieron dolores muchísimo mayores?
Benji parece tener especialmente atravesada esa contradicción. Hay algo de la comodidad del viaje que le resulta casi ofensivo. La idea de recorrer determinados lugares, volver al hotel y continuar como si nada lo incomoda porque siente que existe una distancia imposible entre lo que ellos están haciendo y aquello que ocurrió ahí.
Pero la película tampoco convierte a Benji en el personaje que “entendió todo”.
Porque Benji puede ser increíblemente perceptivo y, al mismo tiempo, insoportable.
Puede detectar la falsedad de una situación antes que cualquiera y cinco minutos después lastimar a alguien sin medir demasiado lo que está haciendo. Puede generar una conexión inmediata con desconocidos, hacerlos reír, conseguir que todos lo quieran, y después transformarse en la persona más difícil del grupo.
Y Kieran Culkin hace que esas contradicciones convivan de una manera espectacular.
Benji nunca parece construido para que podamos diagnosticarlo fácilmente. Hay tristeza, enojo, sensibilidad, necesidad de atención, carisma, resentimiento, amor. Todo aparece mezclado. A veces parece el tipo más libre de la película y otras veces queda claro que esa libertad también puede ser una forma de estar completamente perdido.
Culkin tiene algo muy particular acá: uno nunca termina de saber cuál va a ser su siguiente reacción. Puede pasar del chiste a la bronca o de la euforia al dolor sin que parezca estar cambiando de personaje. Y eso hace que Benji sea agotador para David, pero también profundamente magnético.
Porque David tiene algo que Benji no tiene: estabilidad.
Pero Benji tiene algo que David parece haber perdido: una facilidad enorme para sentir y conectarse con lo que está pasando en ese momento.
Ahí me parece que A Real Pain se vuelve mucho más interesante que una película donde uno de los primos está “bien” y el otro está “mal”.
David aparentemente hizo todo correctamente. Tiene esposa, hijo, trabajo, responsabilidades. Sabe comportarse, sabe cuándo hablar y cuándo callarse, intenta no incomodar a nadie. Es el tipo de persona que puede atravesar un viaje entero intentando que todo funcione.
Pero eso no significa necesariamente que esté mejor.
Muchas veces David parece haber aprendido a vivir reduciendo aquello que siente hasta un tamaño que pueda controlar.
Benji hace exactamente lo contrario.
Lo agranda.
Lo expone.
Obliga a todos a verlo.
Y entre ellos aparece algo muy humano: David ama a Benji, pero también está cansado de Benji.
Lo admira y le tiene bronca.
Le preocupa.
Le da vergüenza.
A veces quisiera parecerse un poco a él y otras veces quisiera no tener que hacerse cargo nunca más de sus explosiones.
Ese vínculo me parece el verdadero corazón de la película.
Porque A Real Pain entiende algo que no siempre aparece cuando se habla de acompañar a una persona que está sufriendo: querer a alguien no significa que convivir con su dolor sea fácil.
Podés entender que una persona la está pasando mal y, aun así, sentirte agotado.
Podés querer ayudarla y estar enojado porque no se deja ayudar.
Podés sentir compasión y resentimiento al mismo tiempo.
Y ninguna de esas emociones necesariamente cancela a las otras.
Hay un momento donde David finalmente habla sobre Benji y aparece todo eso. No habla solamente desde la preocupación. Habla desde una mezcla mucho más incómoda: lo quiere profundamente, pero tampoco entiende por qué alguien capaz de generar tanta vida alrededor suyo puede terminar produciendo tanto caos.
Y ahí también aparece cierta culpa.
Porque David mira a Benji y puede pensar: yo tengo una familia, un trabajo, una vida relativamente estable. ¿Por qué él no puede hacer lo mismo?
Pero quizás la pregunta también pueda darse vuelta: ¿Por qué David consiguió adaptarse y Benji no?
La película nunca responde del todo y me gusta que no lo haga. Jesse Eisenberg podría haber construido una explicación definitiva para Benji, una escena donde todo encajara y el espectador pudiera salir diciendo “ah, era por esto”.
No lo hace, porque las personas rara vez funcionan así.
La historia familiar importa.
La muerte de la abuela importa.
La relación entre ellos importa.
Lo que Benji viene atravesando importa, pero ninguna cosa aislada alcanza para explicarlo completamente. Y eso conecta muy bien con el título.
A Real Pain puede significar varias cosas. Benji puede ser “a real pain”, alguien realmente difícil de soportar. Pero también está la pregunta por qué dolor consideramos verdadero.
Está el dolor histórico gigantesco del Holocausto.
Está el dolor heredado por las siguientes generaciones.
Está el duelo por una abuela.
Está el dolor de Benji.
Está la ansiedad mucho más silenciosa de David.
Y la película nunca intenta ponerlos en una tabla para decidir cuál merece más legitimidad. Eso me parece fundamental, porque comparar dolores casi siempre conduce a una trampa.
Evidentemente existen tragedias históricas incomparablemente más terribles que los problemas cotidianos de dos estadounidenses recorriendo Polonia. La película jamás intenta equipararlos. Pero también entiende que saber que alguien sufrió más que vos no hace desaparecer aquello que te está pasando.
El dolor no funciona matemáticamente y no solemos pensar: “existe algo peor, entonces dejo de sufrir”.
Y quizás Benji tenga una sensibilidad tan intensa justamente porque parece incapaz de establecer esas divisiones cómodas. Lo histórico, lo familiar y lo personal se le mezclan constantemente.
La visita a los lugares vinculados con el Holocausto termina llevando esa idea a su punto más delicado. Eisenberg no necesita convertir esas escenas en grandes demostraciones emocionales. Al contrario, muchas veces la cámara mantiene cierta distancia.
Eso me gusta mucho de su dirección. A Real Pain podría haber sido tremendamente manipuladora.
Tiene todos los elementos para hacerlo: Memoria familiar, Holocausto, duelo, enfermedad emocional, primos distanciados, viaje hacia las raíces. Sin embargo, Eisenberg suele resistir la tentación de indicarnos exactamente cuándo tenemos que emocionarnos.
La película es pequeña.
Observa.
Escucha.
Deja silencios incómodos.
Permite que una escena sea graciosa y triste casi al mismo tiempo.
Y esa mezcla entre humor y dolor funciona especialmente bien porque se parece mucho a Benji. Nunca sabés completamente si el siguiente momento va a hacerte reír o dejarte incómodo.
También hay algo hermoso en que el viaje sea compartido con otras personas. El grupo empieza siendo un conjunto de desconocidos unidos artificialmente por un tour y lentamente se van formando pequeños vínculos. Y Benji, justamente el personaje menos adaptado socialmente en términos convencionales, muchas veces es quien consigue romper esas barreras.
Ahí aparece otra contradicción.
David sabe comportarse mejor.
Benji sabe conectar mejor.
David puede atravesar una cena sin incomodar a nadie.
Benji puede conseguir que esa cena sea inolvidable.
Pero después David vuelve a su casa. Y Benji no parece tener un lugar demasiado claro al cual volver y eso hace que el final me parezca especialmente triste.
Después de compartir el viaje, después de visitar los lugares de su familia, después de hablar, discutir, recordar y estar juntos, no existe una gran transformación que arregle la vida de Benji.
David vuelve a su mundo.
Su familia.
Su rutina.
Su vida continúa.
Benji queda otra vez en ese espacio de tránsito.
Y eso me parece coherente con todo lo anterior. El viaje no cura a nadie. Polonia no tiene una respuesta esperando a que ellos lleguen. Conocer el pasado de su abuela no ordena automáticamente el presente.
Porque hay viajes que no solucionan nada. Solamente hacen que veamos un poco mejor aquello que ya estaba ahí y creo que ahí está lo que más me queda de A Real Pain.
David quizá nunca termine de entender completamente a Benji.
Benji probablemente tampoco pueda convertirse en la persona que David quisiera que fuera.
Pero durante unos días vuelven a compartir algo.
Se miran.
Se soportan.
Se lastiman.
Se quieren.
Y por momentos consiguen comprender un poco mejor de dónde viene el otro. La película no intenta acomodar a los personajes.
No intenta decirnos que David debería vivir como Benji ni que Benji debería aprender a vivir como David.
Simplemente acepta que hay personas que atraviesan el dolor de maneras distintas y que muchas veces quererlas significa convivir con algo que no podemos arreglar.
Quizás por eso el viaje más importante no sea realmente el que hacen hacia Polonia. Es el pequeño recorrido que hacen para intentar volver a encontrarse entre ellos.
Y A Real Pain entiende que a veces acompañar a alguien no significa encontrar las palabras correctas, solucionar aquello que le pasa o conseguir que finalmente esté bien.
A veces solamente significa quedarse lo suficientemente cerca como para intentar entenderlo.
Y entender eso, aunque no podamos solucionarlo, ya es una forma de estar cerca del otro.