Spider-Man funciona tan bien porque Sam Raimi entiende algo que muchas películas de superhéroes posteriores terminaron olvidando: Antes de ser una película sobre un héroe, tiene que ser una película sobre una persona.
Peter Parker no empieza queriendo salvar Nueva York. Ni siquiera empieza queriendo ser Spider-Man. Empieza siendo un pibe tímido, inseguro, y ahí me resulta muy fácil sentirme identificado, enamorado de Mary Jane y bastante acostumbrado a pasar desapercibido. No es alguien secretamente cool esperando descubrirlo; es un chico que muchas veces no sabe bien cómo ocupar su propio lugar.
Cuando obtiene sus poderes, su primera reacción tampoco es heroica. Piensa en sí mismo. Quiere ganar plata, comprarse un auto, impresionar a la chica que le gusta.
Y me parece fundamental que Raimi no condene inmediatamente eso. Peter tiene poderes, pero sigue teniendo dieciocho años.
Por eso su transformación funciona:
La picadura no convierte a Peter en Spider-Man. - La muerte del tío Ben sí.
Hasta ese momento, los poderes son prácticamente una fantasía adolescente. Peter descubre que es más fuerte, que puede trepar paredes, que ya no necesita anteojos y que su cuerpo cambió completamente. Raimi filma esa etapa con entusiasmo, humor y una energía casi de cómic. Hay algo genuinamente divertido en verlo descubrir qué puede hacer porque, durante unos minutos, tener poderes parece exactamente aquello que uno imaginaba de chico: poder hacer todo lo que antes no podías.
Pero todo cambia cuando decide no detener al ladrón.
Ese pequeño gesto egoísta termina produciendo una consecuencia que Peter no puede deshacer. Y ahí aparece la frase que define no solamente esta película, sino prácticamente todo el personaje:
“With great power comes great responsibility.”
Lo interesante es que Peter no aprende esa idea porque alguien se la explica correctamente. La aprende porque primero la ignora. Tiene que vivir la consecuencia de haber tenido la posibilidad de hacer algo y decidir no hacerlo.
Hay enseñanzas que uno escucha mil veces y no entiende hasta que algo pasa y ya es demasiado tarde.
Desde ese momento, Spider-Man deja de ser una fantasía de poder para convertirse en una historia sobre responsabilidad.
Tener poder significa que ahora hay cosas que dependen de vos. Y eso no necesariamente hace tu vida mejor. De hecho, muchas veces la hace peor.
Ahí está una de las cosas que más me gustan del personaje. Peter puede trepar edificios, balancearse por Manhattan y detener criminales, pero sus poderes no solucionan ninguno de los problemas que hacen difícil ser Peter Parker. Sigue sin tener plata, sigue llegando tarde, sigue sin saber cómo hablarle a Mary Jane, sigue teniendo miedo y, sobre todo, sigue cargando culpa.
Spider-Man puede salvar a toda una ciudad y Peter Parker todavía no sabe cómo ordenar su propia vida.
Y eso me resulta muchísimo más cercano que el superhéroe perfecto.
Peter siempre está tratando de hacer lo correcto mientras su propia vida parece desarmarse alrededor. Cuanto más intenta hacerse cargo de los demás, menos lugar parece quedar para él mismo.
Tobey Maguire me parece perfecto para esa versión del personaje. Hay una incomodidad real en su actuación: en la postura, en la manera de hablar, en las pausas, en la dificultad para mirar directamente a Mary Jane. Incluso después de conseguir los poderes sigue existiendo algo torpe en él.
Eso hace que cuando finalmente aparece Spider-Man sigamos viendo a Peter adentro del traje.
Nunca desaparece.
Y creo que esa humanidad es una de las razones por las que la película todavía funciona tan bien.
Sam Raimi tampoco intenta esconder que está haciendo un cómic llevado al cine. Los colores son fuertes, los movimientos de cámara son exagerados, hay zooms, montajes, encuadres imposibles y transiciones que podrían haber salido directamente de una viñeta. Hay algo artesanal, expresionista y hasta medio absurdo por momentos, pero Raimi lo abraza completamente.
No parece preocupado por hacer que Spider-Man sea realista. Está preocupado por hacer que Peter sea real.
Y ahí Willem Dafoe es fundamental.
Norman Osborn podría haber sido simplemente el empresario malvado de turno, pero Dafoe lo convierte en algo muchísimo más extraño. Especialmente cuando Norman empieza a hablar consigo mismo frente al espejo y el Duende Verde parece emerger desde algún lugar interno que siempre estuvo ahí.
Dafoe cambia la cara, la voz y la postura. El traje del Goblin puede haber envejecido de manera más discutible, pero Dafoe debajo de esa máscara sigue siendo aterrador.
Además, Norman funciona como un gran espejo de Peter.
Los dos reciben poder. Los dos descubren una versión de sí mismos que antes no podían expresar. Pero toman decisiones completamente distintas.
Peter termina entendiendo que tener poder significa hacerse responsable por otros. Norman entiende el poder como la posibilidad de dejar de responder ante nadie.
Uno descubre que tener poder implica límites.
El otro cree que significa haber dejado de tenerlos.
Por eso el conflicto entre ambos termina siendo mucho más interesante que simplemente héroe contra villano.
Norman incluso intenta convencer a Peter de que las mismas personas que protege eventualmente van a odiarlo. Y, de alguna manera, toca uno de los conflictos centrales de Spider-Man:
¿Por qué seguir haciendo algo por personas que quizás nunca sepan quién sos, qué hiciste por ellas o cuánto te costó hacerlo?
Peter nunca tiene una respuesta demasiado elaborada. Simplemente sigue haciéndolo y ahí está el heroísmo del personaje para mí.
No tanto en salvar a alguien cuando todos están mirando, sino en seguir intentando hacer lo correcto cuando nadie conoce el sacrificio que existe detrás.
Raimi, además, entiende perfectamente la iconografía de Spider-Man. La primera vez que Peter trepa una pared, la fabricación del traje, la telaraña atravesando Nueva York, el beso bajo la lluvia, Spider-Man colgado boca abajo mientras Mary Jane le baja parcialmente la máscara.
Son imágenes que no solamente funcionan narrativamente. Están hechas para quedarse grabadas.
Y el beso probablemente sea el ejemplo perfecto de cómo Raimi mezcla romanticismo y cómic sin sentir vergüenza de ninguna de las dos cosas. Es exagerado, imposible, absolutamente cinematográfico y completamente sincero.
Esa sinceridad atraviesa toda la película.
Spider-Man no tiene miedo de ser sentimental. La relación con el tío Ben importa. La tía May importa. Mary Jane importa. Harry importa. La amistad importa. La culpa importa.
Raimi nunca parece necesitar hacer un chiste inmediatamente después de una emoción para protegerse de ella. Cuando algo duele, deja que duela.
Y quizás por eso algunas escenas me siguen pegando aun después de haberlas visto tantas veces.
Incluso Nueva York funciona como algo más que un escenario. Raimi filma una ciudad que lentamente empieza a apropiarse de Spider-Man. Primero Peter es un chico completamente anónimo. Después llegan los titulares, las noticias y las discusiones sobre si Spider-Man es un héroe o una amenaza.
Hasta que llega ese momento donde los propios neoyorquinos empiezan a defenderlo.
Puede parecer ingenuo.
Probablemente lo sea.
Pero me encanta.
Porque durante toda la película Spider-Man estuvo arriesgándose por personas que ni siquiera saben quién está debajo de la máscara y, por un instante, ocurre lo contrario:
Spider-Man salva a Nueva York y Nueva York intenta salvar a Spider-Man.
También me gusta mucho cómo Raimi filma la acción. Hay una fisicidad que todavía se siente. Los golpes parecen doler. Los personajes atraviesan paredes, chocan contra objetos, caen sobre superficies. Y la pelea final entre Peter y Norman es especialmente brutal comparada con buena parte del resto de la película.
De repente desaparece casi toda la espectacularidad. Ya no importa tanto el héroe balanceándose entre edificios, quedan dos tipos golpeándose dentro de un lugar oscuro y destruido.
Peter termina ensangrentado, agotado, prácticamente sin poder levantarse.
Y ahí Raimi lleva el enfrentamiento hacia algo mucho más personal. Norman descubre quién es Spider-Man. Peter descubre quién era realmente el Green Goblin. Y aparece Harry en el medio.
Otra vez, tener poderes termina complicando todo aquello que Peter quería conservar. Porque quizás el momento más importante de Spider-Man aparece después de haber derrotado al villano.
Peter finalmente podría conseguir aquello que quería desde el comienzo.
Mary Jane le dice que lo ama.
Durante toda la película soñó con ese momento. Y cuando finalmente sucede, renuncia a ella.
Esa escena siempre me pareció especialmente triste porque Peter consigue exactamente aquello que quería cuando todavía era solamente el chico tímido del colegio, pero ya no es aquel chico.
Ahora sabe cosas que antes no sabía.
Sabe lo que puede perder.
Sabe lo que pueden perder las personas que quiere.
Y empieza a convencerse de que querer a alguien también puede significar alejarse para protegerlo.
Ahí hay algo de Peter con lo que también me identifico mucho: esa idea de creer que apartarte puede ser una manera de cuidar al otro, incluso cuando hacerlo también te lastima a vos.
Y quizás ahí empieza uno de los conflictos más dolorosos del personaje. Peter aprende a hacerse responsable, pero muchas veces lleva esa responsabilidad tan lejos que empieza a sentir que él mismo es un peligro para las personas que ama.
Por eso para mí ahí termina realmente el origen de Spider-Man.
No cuando fabrica el traje.
No cuando aprende a balancearse.
Ni siquiera cuando derrota al Green Goblin.
Peter se convierte definitivamente en Spider-Man cuando entiende que su responsabilidad puede exigirle renunciar incluso a aquello que más desea.
Y entonces llega el final.
Peter se aleja de Mary Jane mientras vuelven las palabras del tío Ben. Ahora ya entiende lo que significaban.
“This is my gift. My curse.”
Ese contraste define al personaje.
El poder es un regalo porque le permite hacer cosas extraordinarias. Pero también es una condena porque, desde el momento en que sabe que puede ayudar, ya no puede fingir que no es su responsabilidad.
Y mientras más grande me hago, más siento que ahí está la parte de Spider-Man que siempre me interesó.
De chico podía mirar las telarañas, el traje, al Green Goblin y las peleas.
Hoy miro mucho más a Peter.
Al pibe que intenta llegar a todo. Que quiere cuidar a la gente que ama. Que se equivoca. Que carga con cosas que los demás ni siquiera saben que está cargando. Que a veces cree que proteger a alguien significa apartarse. Y que, aun cuando nadie vaya a reconocer lo que hizo, vuelve a levantarse e intenta hacerlo mejor la próxima vez.
Y quizás por eso me impresiona tanto que una película estrenada en 2002 siga sintiéndose tan vigente.
Obviamente hay efectos, diseños y decisiones visuales que pertenecen completamente a principios de los 2000. Pero lo esencial no envejeció porque Raimi nunca construyó la película alrededor de la novedad tecnológica.
La construyó alrededor de Peter Parker.
Más de veinte años después, después de universos compartidos, multiversos, amenazas cósmicas y películas cada vez más grandes, Spider-Man todavía puede emocionarme con algo tan pequeño como Peter hablando con su tío, mirando a Mary Jane desde lejos o tomando una decisión que sabe que lo va a hacer sufrir.
Y por eso, para mi gusto, sigue siendo la mejor película de superhéroes que se hizo.
No necesariamente porque sea la más espectacular, la más compleja o la más ambiciosa. Otras películas llevaron el género hacia lugares mucho más grandes.
Pero pocas entendieron tan bien que lo verdaderamente interesante de un superhéroe no es aquello que puede hacer cuando se pone el traje.
Es lo que le cuesta seguir siendo una persona cuando se lo saca.
Spider-Man tiene aventura, humor, romance, terror, melodrama, un villano extraordinario e imágenes que quedaron instaladas para siempre en la cultura popular.
Pero, sobre todo, tiene un protagonista al que uno puede entender aunque jamás haya tenido un poder.
Por eso tampoco siento que simplemente haya “envejecido bien”. Para mí es algo más que eso: Sigue viva.
Sigue hablando de responsabilidad, culpa, amor, sacrificio, miedo a no estar a la altura y de esa necesidad de hacer lo correcto incluso cuando nadie se va a enterar.
Raimi cree en Peter Parker.
Cree en el romance.
Cree en el melodrama.
Cree en la culpa.
Cree en el heroísmo.
Y, sobre todo, entiende que ponerse una máscara y salvar a alguien no es lo que convierte a Peter en héroe.
Lo convierte en héroe aceptar que tener la capacidad de hacer algo también significa asumir la responsabilidad de hacerlo, incluso cuando nadie vaya a agradecértelo, cuando nadie sepa lo que sacrificaste y cuando el precio termine siendo algo que vos también querías para tu propia vida.
Quizás por eso Spider-Man siempre me resultó tan fácil de querer. Porque debajo de todos esos poderes sigue estando Peter Parker. Y Peter, muchas veces, solamente está intentando hacer lo mejor que puede con todo lo que le tocó cargar.
Y después de más de veinte años y de cientos de películas dentro del género, sigo volviendo a la misma.
Para mí, Spider-Man sigue siendo la mejor película de superhéroes que se hizo.