Magnolia es una película sobre personas que no saben cómo pedir perdón. Ni cómo perdonarse. Todo lo que ocurre (los monólogos, las casualidades, los estallidos emocionales) gira alrededor de una misma herida: La imposibilidad de amar sin daño.
No es una película coral simplemente para mostrar virtuosismo narrativo. Es coral porque el dolor nunca parece ser completamente individual. Padres que fallaron, hijos que no pudieron escapar, adultos que siguen reaccionando como chicos abandonados. Todos hablan, todos gritan, todos intentan explicarse, pero casi nadie consigue decir aquello que realmente necesita hasta que ya es demasiado tarde.
La figura del padre atraviesa toda la película como una sombra pesada. Hay padres ausentes, abusivos, moribundos, idolatrados u odiados. Y del otro lado aparecen hijos que cargan consecuencias que nunca eligieron. Magnolia entiende algo bastante brutal: No siempre el daño se transmite con intención, pero igual se transmite.
Y ahí Paul Thomas Anderson construye una película que podría haberse vuelto simplemente una colección de tragedias individuales, pero consigue que todas esas vidas parezcan formar parte de un mismo organismo. La cámara no observa desde lejos, se mete dentro de los personajes. Se mueve por pasillos, atraviesa habitaciones, persigue conversaciones, conecta espacios.
Hay travellings larguísimos, movimientos que parecen no querer detenerse y una sensación permanente de que todo está ocurriendo al mismo tiempo.
Eso es fundamental porque Magnolia tampoco trata sobre personas tranquilas. Todos están corriendo emocionalmente hacia algún lado. Algunos intentan escapar del pasado, otros recuperar algo, otros simplemente necesitan que alguien los escuche. Entonces la forma de la película termina pareciéndose al estado mental de sus personajes.
La puesta es excesiva a propósito.
La cámara se mueve, invade, se acerca demasiado.
La música insiste, subraya, incomoda.
Paul Thomas Anderson no tiene miedo al melodrama, y eso me parece una de las grandes virtudes de Magnolia. No intenta esconder las emociones detrás de ironía. Cuando alguien llora, llora. Cuando alguien grita, grita. Cuando un personaje necesita decir algo enorme, PTA le permite decirlo.
Es una película completamente desbordada y, sin embargo, ese desborde está controlado con una precisión enorme. Manejar tantos personajes y conseguir que ninguno parezca completamente desconectado del resto es dificilísimo. El montaje salta constantemente entre historias, pero nunca siento que estemos viendo episodios separados. Hay algo en el ritmo, en la música y en las asociaciones entre escenas que hace que todas esas vidas parezcan estar respirando juntas.
Y ahí también está Aimee Mann. La música no funciona simplemente como acompañamiento, parece otra voz dentro de la película. Eso explota en “Wise Up”, donde personajes que están físicamente separados empiezan a cantar la misma canción.
Podría ser ridículo. En otra película probablemente lo sería. Pero acá funciona porque PTA ya construyó un mundo donde todas esas personas parecen compartir, sin saberlo, la misma herida. Durante unos minutos dejan de ser historias diferentes y pasan a ser personas sintiendo algo parecido al mismo tiempo.
Y después está Tom Cruise.
Para mí, probablemente una de las mejores actuaciones de toda su carrera.
Frank T.J. Mackey entra a la película como una figura enorme. Camina por un escenario dando cursos sobre cómo dominar mujeres, habla con una confianza absoluta, controla al público y convirtió su masculinidad en una especie de espectáculo. Todo en él parece diseñado para ocupar espacio: la postura, la voz, la sonrisa, la manera de mirar.
Ese personaje necesita que todos crean que tiene el control.
Y Cruise entiende perfectamente que Mackey es una actuación dentro de la actuación. Frank T.J. Mackey no es solamente un personaje interpretado por Tom Cruise; es un hombre que dentro de la propia película está interpretándose a sí mismo todo el tiempo.
Construyó una identidad para sobrevivir.
Una identidad agresiva, sexual, dominante, casi caricaturescamente masculina. Y lo fascinante es observar cómo PTA empieza a desmontarla.
La entrevista es fundamental porque al principio Mackey sigue jugando. Esquiva preguntas, sonríe, ataca, controla. Pero lentamente la periodista empieza a atravesar esa fachada y aparece algo completamente diferente debajo.
Ya no vemos al gurú de seducción.
Vemos al hijo.
Y Cruise hace algo extraordinario porque la transformación no ocurre de golpe. La máscara se va quebrando lentamente. Primero aparece incomodidad, después irritación, después miedo y finalmente dolor. Todo aquello que Mackey había convertido en fuerza empieza a revelarse como una forma de protección.
Ahí vuelve una de las ideas centrales de Magnolia: muchas veces aquello que mostramos al mundo es exactamente lo que construimos para que nadie vea lo que nos pasó.
Mackey creó un personaje gigantesco porque necesitaba esconder al chico que quedó detrás.
Y cuando finalmente llega frente a su padre moribundo, esa fachada prácticamente desaparece. Para mí es una de las escenas más fuertes de toda la película porque no hay una reconciliación limpia. No existe una frase mágica ni un perdón cinematográfico donde todo queda solucionado antes de que alguien muera.
Hay amor.
Hay odio.
Hay resentimiento.
Hay necesidad.
Hay cosas que deberían haberse dicho veinte años antes.
Y están todas ocurriendo al mismo tiempo.
Cruise consigue hacer algo dificilísimo ahí: odiar y necesitar a la misma persona dentro de una misma escena. Frank quiere castigar a su padre, pero también quiere que lo escuche. Quiere decirle que lo odia, pero sigue siendo su padre y está a punto de morir.
Ese conflicto es Magnolia.
Porque la película nunca plantea el perdón como algo sencillo. Perdonar no significa decir que aquello que pasó estuvo bien. Y pedir perdón tampoco significa automáticamente merecerlo. A veces el perdón llega tarde. A veces no llega. A veces lo único que queda es reconocer el daño.
Y Cruise, que tantas veces fue asociado al carisma, al control físico y a la figura de estrella de cine, acá utiliza justamente todo eso para después permitir que PTA lo destruya frente a cámara. Por eso me parece tan grande su actuación. Primero construye a un hombre convencido de que nadie puede tocarlo y después nos muestra al chico que ese hombre estuvo escondiendo durante toda su vida.
Pero no es el único personaje atravesado por eso.
Julianne Moore está completamente desbordada por la culpa. Philip Seymour Hoffman interpreta quizás al personaje más genuinamente bondadoso de la película, alguien que intenta cuidar a un hombre que se está muriendo y termina convirtiéndose casi en intermediario entre personas que ya no saben cómo encontrarse. John C. Reilly, en cambio, interpreta a alguien desesperado por conectar. Su Jim Kurring es torpe, ingenuo, profundamente imperfecto, pero todavía cree que existe la posibilidad de hacer algo bueno.
Y enfrente está Claudia. Otra persona que construyó formas de defenderse del mundo.
En Magnolia casi todos parecen haber desarrollado una estrategia diferente para sobrevivir al dolor:
• Mackey lo transforma en arrogancia.
• Claudia en aislamiento.
• Linda en culpa.
• Donnie en obsesión.
• Jimmy Gator en negación.
• Stanley todavía está en el momento donde ese daño recién empieza a formarse.
Y quizás Stanley sea uno de los personajes más tristes justamente por eso. Con él estamos viendo el comienzo de aquello que en los adultos ya está completamente instalado.
Un padre empujando a su hijo. Un chico convertido en instrumento. La necesidad de rendir. La sensación de que el amor depende de cumplir expectativas.
Otra vez padres e hijos.
Otra vez el daño pasando de una generación a la siguiente.
Y entonces llega lo imposible, las ranas. Para mí, la lluvia que no explica nada, pero lo cambia todo.
Se puede buscar la referencia bíblica, el Éxodo, los números y todas las señales que PTA va dejando. Todo eso está ahí. Pero no creo que la escena funcione porque tengamos que resolver exactamente por qué llueven ranas.
Funciona porque durante más de dos horas vimos a personajes intentando controlar sus vidas y de repente ocurre algo que nadie puede controlar.
Algo absurdo.
Imposible.
Casi divino.
La película rompe su propio mundo y esa interrupción obliga a todos a detenerse.
Personajes que llevaban toda la película corriendo finalmente tienen que parar.
Y ahí aparece otra idea que me gusta muchísimo de Magnolia: el azar puede cambiar una vida de la misma manera que una decisión.
La película empieza hablando de coincidencias increíbles y después dedica horas a mostrar personajes que parecen separados, pero que lentamente empiezan a formar parte de una misma constelación.
PTA parece obsesionado con la idea de que nunca sabemos qué cosa aparentemente mínima puede terminar cambiando todo.
Una persona.
Una llamada.
Una casualidad.
Una lluvia de ranas.
Pero debajo de todo ese artificio enorme hay algo bastante sencillo: personas queriendo que alguien les diga que todavía pueden ser queridas.
Y creo que por eso el final con Claudia me parece tan hermoso.
Después de una película gigantesca, frenética, llena de gritos, música, movimientos de cámara, enfermedades, muerte, culpa y ranas cayendo del cielo, PTA termina con algo mínimo.
Una cara.
Una persona mirando a otra.
Y una sonrisa.
No sabemos si todo va a estar bien.
Probablemente no.
El pasado no desapareció y las heridas siguen ahí. Pero aparece la posibilidad de algo diferente.
Y quizás por eso la idea del perdón termina siendo tan importante.
Magnolia no dice que todos merecemos automáticamente ser perdonados. Dice algo bastante más incómodo: quizás para empezar a cambiar primero tengamos que reconocer el daño que hicimos y el daño que nos hicieron.
No podemos modificar lo que pasó. Pero podemos decidir qué hacemos con eso.
Podemos repetirlo.
Podemos esconderlo.
Podemos construir un personaje como Frank T.J. Mackey y pasar nuestra vida entera evitando mirarlo.
O podemos, aunque sea demasiado tarde, admitir que todavía duele.
Y creo que ahí está la grandeza de Paul Thomas Anderson.
Tenía una cantidad absurda de personajes, más de tres horas, melodrama, música constante, historias cruzadas, casualidades, una estrella gigantesca como Tom Cruise haciendo uno de los papeles más incómodos de su carrera y una lluvia de ranas.
Todo podría haberse convertido en un ejercicio de ego. Pero debajo de toda esa ambición hay una película tremendamente humana.
PTA no utiliza el virtuosismo para alejarse de los personajes: Lo utiliza para acercarse todavía más.
Por eso Magnolia puede ser enorme y pequeña al mismo tiempo. Puede hablar del azar, de Dios, del destino, de padres e hijos, del arrepentimiento y de la posibilidad del perdón, pero finalmente termina hablando de algo bastante básico:
Personas lastimadas intentando no lastimar de la misma manera.
Y quizás no siempre lo consigan, quizás algunas cosas sean imposibles de reparar, quizás haya perdones que lleguen demasiado tarde.
Pero Magnolia parece decir que existe un primer paso que todavía podemos dar: mirar aquello que pasó, dejar de esconderlo y decirlo.
Porque reconocer el daño quizás sea el primer gesto de amor verdadero.