Es una película de gangsters, pero Sergio Leone la filma como si estuviera haciendo una película sobre fantasmas. No le interesa tanto el ascenso criminal, el poder o el dinero como lo que queda de todo eso cuando pasan los años. Los amigos envejecen, los lugares cambian, los vínculos se deforman y lo único que permanece es la memoria, que además nunca es completamente confiable.
Por eso me parece tan importante que Leone no cuente la historia de Noodles cronológicamente.
La película se mueve entre su juventud, su adultez y su vejez como funciona realmente un recuerdo: a través de asociaciones, sonidos, rostros y objetos. Una imagen puede abrir otra época. Un ruido puede devolvernos décadas atrás. El montaje no utiliza el tiempo solamente para ordenar información; lo utiliza para mostrarnos cómo Noodles quedó atrapado dentro de su propio pasado.
Y ahí ya aparece una diferencia enorme respecto de muchas películas criminales. Leone podría haber contado la formación de la banda, su crecimiento y su caída de manera lineal. Hubiera funcionado. Pero no sería Once Upon a Time in America.
Porque lo importante no es únicamente saber qué ocurrió, sino experimentar cómo un hombre recuerda aquello que ocurrió.
Desde el comienzo hay algo casi hipnótico en esa construcción. El teléfono que no deja de sonar después de la muerte de sus amigos es un ejemplo perfecto. Leone insiste con ese sonido mucho más tiempo de lo que cualquier narración puramente funcional necesitaría. El teléfono deja de ser un objeto y se convierte casi en culpa. Sigue sonando porque Noodles tampoco puede dejar de escuchar aquello que hizo.
Esa forma de trabajar el sonido me parece increíble. Leone muchas veces hace que un ruido permanezca hasta volverse una idea. Después Ennio Morricone hace algo parecido con la música: no está simplemente acompañando la emoción, sino que parece surgir de la memoria de los personajes.
El tema de Deborah, la flauta de Pan, las melodías asociadas a la infancia. Morricone consigue que muchas escenas parezcan recuerdos incluso antes de que hayan terminado.
Y eso dialoga perfectamente con la fotografía de Tonino Delli Colli. Nueva York nunca se siente como una reproducción histórica fría. Hay humo, luz entrando por ventanas, estaciones, callejones, interiores oscuros y composiciones donde los personajes parecen pertenecer a otra época incluso mientras están vivos.
Leone filma la ciudad como si ya estuviera desapareciendo.
Y eso se nota especialmente en la infancia. Para mí, esa parte de la película es fundamental porque ahí se construye todo aquello que después vamos a ver destruido. Noodles, Max, Patsy, Cockeye y Dominic todavía no son mitos criminales. Son chicos corriendo por calles, mirando mujeres, buscando plata, aprendiendo códigos y creyendo que su amistad puede durar para siempre.
Pero nosotros ya sabemos que no. Entonces incluso los momentos felices tienen algo triste.
La película mira la juventud desde la vejez. Eso cambia completamente el tono.
Y Leone tiene una paciencia extraordinaria para dejar que esos momentos existan. No necesita correr hacia la trama. Puede quedarse mirando a un personaje, una calle, un plato de comida o una puerta. Algo que en otra película sería “tiempo muerto” acá termina construyendo precisamente aquello de lo que habla la película: el peso del tiempo.
Hay cuatro elementos cinematográficos que para mí sostienen casi toda la experiencia:
• El montaje temporal: pasado, presente y recuerdo se contaminan entre sí hasta que dejamos de sentir que estamos viendo tres épocas separadas.
• La música de Morricone: funciona como memoria emocional, muchas veces diciendo lo que Noodles jamás podría explicar.
• La fotografía de Delli Colli: convierte Nueva York en un espacio real y al mismo tiempo fantasmal, como si todo ya perteneciera al recuerdo.
• El ritmo de Leone: planos largos, silencios, rostros y espera. La película no tiene miedo de quedarse quieta porque entiende que el tiempo también se siente cuando aparentemente no está pasando nada.
Y en el centro de todo eso está Robert De Niro.
Noodles me parece uno de sus personajes más incómodos porque Leone nunca intenta convertirlo en un gangster romántico. Es capaz de ser leal, sensible y profundamente afectuoso, pero también violento, posesivo y cruel. Podemos entender su culpa sin necesidad de absolverlo.
Eso es especialmente importante con Deborah.
Noodles parece amarla durante toda su vida, pero la película se niega a confundir amor con inocencia. Para él, Deborah representa algo mucho más grande que una mujer. Es la posibilidad de otra vida. Una salida del mundo criminal, una imagen de belleza, algo que siente que siempre estuvo un poco fuera de su alcance.
Pero cuando finalmente tiene aquello que deseó durante años, termina destruyéndolo.
Y esa escena es imprescindible para entender al personaje porque rompe cualquier posibilidad de idealizarlo completamente. Noodles puede amar a Deborah y, al mismo tiempo, ser capaz de hacerle un daño irreparable.
Ahí la nostalgia empieza a volverse peligrosa.
Porque cuando Noodles recuerda su juventud, nosotros también podemos sentir cariño por esos años. Pero Leone nunca permite que la belleza del recuerdo borre las cosas horribles que ocurrieron dentro de él.
Eso me parece uno de los grandes logros de la película: la memoria puede embellecer el pasado, pero la película no lo absuelve.
Con Max pasa algo parecido.
La amistad entre ellos parece indestructible, pero siempre existe una competencia debajo. Max quiere crecer, avanzar, entrar en negocios cada vez más grandes. Noodles muchas veces parece más desconfiado, más ligado al mundo pequeño donde empezaron.
Son amigos prácticamente como hermanos, pero también existe entre ellos una tensión constante sobre quién conduce al otro. Y cuando creemos que esa relación termina con la muerte de Max, Noodles pasa décadas viviendo dentro de esa culpa.
Por eso el regreso a Nueva York tantos años después tiene algo casi espectral. Noodles no vuelve realmente para retomar una vida. Vuelve para caminar por un lugar donde ya no pertenece.
Eso se ve perfectamente en De Niro envejecido.
Habla menos.
Mira más.
Parece alguien intentando reconocer espacios que todavía existen físicamente pero ya no significan lo mismo.
Y Leone entiende que envejecer no consiste solamente en maquillar a un actor.
Consiste en cambiar la relación del personaje con el tiempo.
El joven Noodles vive como si todo fuera a continuar.
El viejo Noodles mira todo sabiendo que prácticamente todo terminó.
Ahí la famosa secuencia con Deborah ya adulta me parece devastadora. Él vuelve esperando encontrar alguna explicación, algún fragmento de aquella mujer que guardó durante décadas en su cabeza. Pero nuevamente descubre la diferencia entre una persona y el recuerdo que conservamos de ella.
Y eso atraviesa toda la película.
Los lugares pueden seguir existiendo.
Las personas pueden seguir vivas.
Pero eso no significa que podamos regresar a la relación que teníamos con ellas.
Por eso el título Once Upon a Time in America me parece perfecto. Tiene algo de cuento.
“Había una vez…”
Como si todo lo que estamos viendo ya perteneciera a una historia contada desde una enorme distancia.
Y también por eso el uso del opio enmarca tan bien la película.
El famoso plano final de Noodles sonriendo después de fumar abre una de las grandes ambigüedades de la historia. Podemos leer parte de lo que vimos como recuerdo, fantasía, reconstrucción mental o incluso como una especie de sueño provocado por el opio.
Pero a mí no me interesa demasiado encontrar una respuesta definitiva.
Me interesa más lo que esa posibilidad dice sobre Noodles.
Quizás necesita inventar una versión del futuro para soportar el presente.
Quizás necesita construir una explicación para la muerte de sus amigos.
Quizás necesita imaginar que Max siguió viviendo para transformar su propia culpa en otra cosa.
O quizás todo ocurrió exactamente como lo vimos.
Para mí, Leone deja abierta esa duda porque la memoria de todas maneras ya funciona como una forma de ficción.
Recordamos seleccionando.
Omitimos.
Exageramos.
Reordenamos.
Unimos momentos separados.
Nos contamos historias para poder convivir con decisiones que ya no podemos cambiar.
Y Once Upon a Time in America está construida exactamente así.
Por eso no siento que la película sea simplemente larga. Su duración es parte de la experiencia. Necesita que pasemos tiempo con esos personajes para que después podamos sentir el peso de las décadas. Necesita que conozcamos las calles donde fueron chicos para que el regreso del anciano Noodles produzca algo.
Leone hace que el espectador también envejezca con ellos.
Y ahí está para mí la diferencia entre duración y tiempo cinematográfico. La película no dura casi cuatro horas solamente porque tiene mucho que contar. Necesita que sintamos que una vida entera pasó delante nuestro.
Eso también explica por qué la violencia funciona de una manera tan distinta a la épica del gangster tradicional. Hay crimen, muerte, traiciones, violaciones y poder, pero Leone rara vez las convierte en una celebración del mundo criminal.
Todo parece tener consecuencias. Hasta las victorias terminan contaminadas por aquello que se perdió para conseguirlas. Y cuando llegamos al final, el imperio ya no importa demasiado.
El dinero tampoco.
Ni siquiera importa tanto quién ganó.
Queda Noodles. Un hombre viejo mirando hacia atrás.
Y eso me parece increíble porque Sergio Leone venía de filmar el western como mito y acá hace algo parecido con el gangster americano, pero lo convierte en elegía.
No filma el nacimiento del mito.
Filma su recuerdo.
Por eso Once Upon a Time in America me parece muchísimo más que una película criminal. Es una película sobre amistad, deseo, culpa, violencia y traición, pero sobre todo sobre la manera en que el tiempo transforma todo aquello que alguna vez pensamos que iba a durar para siempre.
Noodles puede regresar a Nueva York.
Puede volver a un bar.
Puede mirar las mismas fotografías.
Puede encontrar personas de su pasado.
Pero nunca puede volver realmente, porque el lugar al que quiere regresar no está en Nueva York. Está en un tiempo que ya terminó.
Y quizás esa sea la tragedia definitiva de la película: podemos pasar toda una vida intentando regresar al pasado hasta descubrir que lo único que realmente conservamos de él es la película que seguimos proyectando dentro de nuestra cabeza.