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The Godfather (El Padrino) — ¿Quién sos cuando nadie te necesita? Pregunta Sin responder

rodrigosegade1000
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Para mí, The Godfather es la mejor película hecha en la historia del cine . Y no lo digo solamente por Coppola, por Brando, por Pacino , por la fotografía de Gordon Willis, por la música de Nino…

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Para mí, The Godfather es la mejor película hecha en la historia del cine. Y no lo digo solamente por Coppola, por Brando, por Pacino, por la fotografía de Gordon Willis, por la música de Nino Rota o porque prácticamente cada escena haya quedado grabada en la historia del cine. Lo digo porque pocas películas consiguen hacer convivir tantas cosas al mismo tiempo con esta naturalidad. Es una película sobre la familia, el poder, la lealtad, la responsabilidad, el amor, la violencia y, sobre todo, sobre cómo las decisiones que tomamos para proteger aquello que queremos pueden terminar transformándonos en alguien que nunca pensamos ser.

Y lo impresionante es que todo eso está contado sin que la película parezca desesperada por demostrar su importancia. Coppola deja que los personajes, los silencios, las miradas y las decisiones acumulen peso. Una boda familiar puede convivir con una reunión mafiosa. Una conversación entre padre e hijo puede contener más tensión que un asesinato. Una puerta cerrándose puede terminar siendo más violenta que prácticamente todos los disparos anteriores.

Y para mí, todo eso está contenido en Michael Corleone.

Michael Corleone pasa buena parte de The Godfather creyendo que es distinto.

  • Más racional.

  • Más limpio.

  • Más libre.

Pero esa distancia no es solo moral: Es emocional. Michael no se aleja del negocio familiar por principios, sino porque cree que así evita sentir. Cree que mantenerse al margen lo protege.

Desde el casamiento de Connie, Coppola deja clarísima esa separación. Mientras Don Vito recibe gente en su despacho y el resto de los Corleone se mueve con naturalidad dentro de ese universo, Michael está afuera con Kay. Incluso cuando le cuenta las historias de su familia, habla de ellos como si estuviera describiendo un mundo al que no pertenece.

“Esa es mi familia, Kay. No soy yo.”

Y lo más trágico es que Michael realmente lo cree.

Lo que no entiende es que no elegir no lo salva. Solo aplaza el momento en el que tendrá que hacerse cargo. Y ese aplazamiento (esa pausa incómoda) se parece mucho a esos momentos en los que uno sigue funcionando, trabajando, cumpliendo, mientras algo adentro empieza a agotarse sin hacer ruido.

Michael parece pensar que mientras no participe activamente puede conservar intacta esa versión de sí mismo. Pero la película lentamente demuestra que también elegimos cuando decidimos permanecer al margen. La vida de su familia continúa mientras él intenta mantenerse afuera y, cuando finalmente algo amenaza con destruir aquello que ama, esa distancia deja de ser sostenible.

Cuando su padre cae, Michael no entra al mundo de la mafia. Entra en algo mucho más profundo: la certeza de que nadie más va a sostener lo que ama. Su frase implícita es “yo me encargo”. Y ese gesto es decisivo. Porque no solo acepta el poder, acepta la carga. Renuncia a ser espectador de su propia vida. Algo que empieza a sentirse familiar cuando la responsabilidad deja de ser elección y se vuelve inercia.

La escena del hospital es probablemente el momento donde Michael descubre eso. Llega y encuentra a Vito prácticamente indefenso. No están los hombres que deberían protegerlo. Entonces mueve la cama, llama a Sonny, improvisa junto a Enzo una defensa que en realidad no existe y se planta afuera.

Y cuando los hombres de Sollozzo se van, Enzo intenta encender un cigarrillo y no puede porque le tiemblan las manos.

Michael mira las suyas.

No tiemblan.

Es un detalle mínimo, pero ahí parece descubrir algo que quizás siempre estuvo dentro suyo. Michael no solamente tiene la capacidad de formar parte de ese mundo: puede ser extraordinariamente bueno en él.

Ahí ocurre lo irreversible. Michael deja de preguntarse quién quiere ser y empieza a preguntarse qué debe ser. El deseo queda suspendido. La función ocupa su lugar. No porque no exista deseo, sino porque parece menos urgente que cumplir, que no fallar, que sostener lo que ya está armado.

Y la película convierte esa transformación en una sucesión de decisiones que, vistas individualmente, casi siempre pueden justificarse. Su padre está amenazado. Sollozzo tiene que desaparecer. Sonny no controla sus impulsos. La familia necesita protección. Después Sonny muere. Vito envejece. Alguien tiene que hacerse cargo.

Siempre existe una razón para el siguiente paso.

Y eso es muchísimo más inquietante que si Michael simplemente descubriera que le gusta el poder.

Porque Michael no decide convertirse en Don Corleone de una sola vez. Se convierte en Don Corleone resolviendo aquello que tiene enfrente una decisión tras otra.

Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿Debemos preguntarnos quién queremos ser o qué debemos ser para los demás?

Porque hay un punto (silencioso, casi imperceptible) en el que uno deja de buscarse y empieza a responder demandas. No por ambición ni por ego, sino por amor, responsabilidad o miedo a perder. Uno empieza a observar qué necesita el otro, qué espera el entorno, qué exige la situación… y sin darse cuenta, abandona la pregunta original: ¿Quién soy yo cuando nadie me necesita?

No es una traición inmediata, es un corrimiento lento. Al principio parece madurez. Después compromiso. Más tarde sacrificio. Y recién al final se vuelve renuncia.

¿Hasta qué punto es bueno? Tal vez hasta donde esa función no anula el deseo.

¿Hasta qué punto deja de ser egoísta? Tal vez cuando ya no queda nadie para quien serlo.

Y creo que Coppola entiende perfectamente que el gran peligro de Michael está ahí. La familia le ofrece una respuesta muy concreta a la pregunta de quién debe ser. Hijo. Hermano. Protector. Sucesor. Don. Cada nueva responsabilidad le da una función más clara y, al mismo tiempo, le deja menos espacio para preguntarse qué quería él antes de que todos empezaran a necesitar algo suyo.

Por eso Sicilia es tan importante.

Después de matar a Sollozzo y McCluskey, Michael tiene que escapar y durante un tiempo parece existir la posibilidad de otra vida. Aparece Apollonia y vuelve a existir algo que no parece responder completamente a una obligación. Michael se enamora. Hay deseo. Hay una posibilidad de empezar en otro lugar.

Y también se la arrancan.

La muerte de Apollonia no solamente destruye esa relación. Destruye otra posible versión de Michael.

Cuando vuelve a Estados Unidos, vuelve cambiado.

Y ahí Kay adquiere todavía más importancia.

Michael no cae porque el abismo lo llama. Cae porque cree que puede mirarlo sin que lo transforme. Cree que puede postergar la elección. Pero hay decisiones que, una vez asumidas, no devuelven la pregunta: imponen el rol. Y nadie sale intacto de una decisión que exige control, silencio… y dejar de sentir.

Eso es lo que hace que la transformación de Pacino sea extraordinaria. Michael no necesita convertirse en Sonny. No se vuelve explosivo ni empieza a comportarse como un mafioso tradicional. Hace algo mucho más inquietante: cada vez muestra menos.

  • Su rostro se endurece.

  • Su voz baja.

  • Sus movimientos se vuelven más controlados.

Cuanto más poder consigue Michael, menos sabemos qué está sintiendo.

Y quizás ahí esté una de las tragedias más grandes del personaje: El control que necesita para convertirse en Don Corleone termina siendo exactamente el mismo control que lo separa emocionalmente de todos los demás.

Por eso, quizá, todos creemos buscar una Kay antes que una Apollonia.

La promesa de una vida posible, racional, elegida. Pero la tragedia de Michael (y tal vez el miedo de muchos) es entender que incluso esa elección, si se posterga demasiado, puede terminar convirtiéndose en otra forma de renuncia.

Porque Kay era la prueba de que aquella primera versión de Michael todavía podía existir. Representaba la vida que estaba afuera de los Corleone, aquella desde la que podía señalar a su familia y decir “ellos son eso, yo no”.

Pero cuando vuelve a buscarla ya no puede ofrecerle realmente aquella vida.

Puede prometerla.

Y ahí hay una diferencia enorme.

El bautismo termina de llevar esa contradicción al límite. Michael está dentro de una iglesia renunciando solemnemente a Satanás mientras Coppola intercala esas imágenes con los asesinatos que él mismo ordenó. No hace falta que nadie nos explique qué pasó con aquel joven sentado junto a Kay al comienzo.

Michael ocupa finalmente el lugar que necesitaban que ocupara.

  • Ganó.

  • La familia está protegida.

  • Sus enemigos están muertos.

  • El problema es qué tuvo que convertirse para conseguirlo.

Y entonces llegamos a la puerta.

Kay le pregunta por Carlo. Michael primero se indigna, después le permite hacer una única pregunta sobre sus negocios y finalmente le miente.

Durante unos segundos parece que todavía puede existir aquella separación entre Michael Corleone y Don Corleone.

Hasta que entran los hombres.

Le besan la mano.

Lo llaman Don Corleone.

Kay observa desde afuera.

Y la puerta se cierra.

Para mí es uno de los finales más perfectos de la historia del cine porque Coppola no necesita explicar absolutamente nada. Michael empieza la película sentado junto a Kay, mirando a su familia desde afuera.

La termina sentado en el lugar de su padre mientras Kay es ahora quien mira desde afuera.

Todo el recorrido está contenido entre esas dos posiciones.

Michael consiguió sostener aquello que amaba.

Pero para hacerlo tuvo que convertirse en alguien que ya no podía compartir completamente su vida con la persona que había elegido.

Y ahí vuelvo a tu idea original, porque para mí es el corazón de toda la película: Michael no se pierde persiguiendo simplemente dinero o poder. Si fuera solamente eso, su caída sería mucho más sencilla. Se pierde haciendo algo que, en principio, parece incluso noble:

Hacerse cargo.

  • Primero porque es necesario.

  • Después porque es responsable.

  • Después porque es el único capaz.

Hasta que llega un momento en el que ya no sabemos dónde termina la responsabilidad y dónde empieza Michael Corleone.

The Godfather es para mí la mejor película hecha en la historia del cine justamente porque puede ser una película extraordinaria sobre mafia, familia, inmigración, capitalismo, poder y violencia, y al mismo tiempo esconder dentro de todo eso una pregunta profundamente íntima.

¿Cuánto de nosotros estamos dispuestos a abandonar para convertirnos en aquello que los demás necesitan que seamos?

Michael empieza convencido de saber quién es.

Después aprende qué debe ser.

Y cuando finalmente tiene el poder suficiente para decidir absolutamente todo, quizás ya haya perdido aquello que al principio parecía tener tan claro:

La posibilidad de decidir quién quería ser.

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