Assassination Tango parece, en principio, una película criminal bastante reconocible: un asesino profesional viaja a Buenos Aires para cumplir un trabajo. Pero Robert Duvall (que además de protagonizarla, la escribe y dirige) utiliza esa premisa casi como una excusa para contar algo bastante más extraño y personal. La película no parece demasiado interesada en el asesinato. Está interesada en todo lo que ocurre mientras el asesinato no puede ocurrir.
John J. llega a la Argentina con una misión concreta. Es un tipo acostumbrado a observar, esperar, calcular y actuar. Su vida profesional está construida alrededor del control: estudia a una persona, encuentra el momento indicado, cumple el trabajo y vuelve a su casa. Buenos Aires debería ser simplemente otro punto en el mapa.
Pero el objetivo se demora.
Y de repente aparece algo con lo que un hombre como él quizás no sabe qué hacer: Tiempo.
Ese tiempo muerto es prácticamente la película. John empieza a caminar, mirar, escuchar y relacionarse con una ciudad a la que había llegado solamente para matar a alguien. Y ahí Assassination Tango empieza a convertirse en algo diferente, porque Buenos Aires deja de ser el lugar donde transcurre la historia y empieza a convertirse en una de las razones por las que la historia existe.
Y siendo argentino, creo que ahí está inevitablemente una de las cosas que más disfruto de la película.
Duvall mira Buenos Aires con una fascinación muy evidente por nuestra cultura. No parece haber elegido Argentina simplemente porque necesitaba una locación exótica para un thriller. Quiere detenerse en la ciudad, escuchar cómo habla la gente, entrar en los salones de tango, observar los movimientos y dejar que John se encuentre con costumbres que no conoce completamente.
Hay algo muy lindo en ver nuestra cultura desde los ojos de alguien que llega de afuera y queda fascinado por ella.
Buenos Aires aparece en las calles, en los bares, en los departamentos, en los taxis, en la manera de hablar y, fundamentalmente, en el tango. La película se permite escuchar castellano, detenerse en conversaciones y convivir con códigos que John no termina de comprender. Y esa condición de extranjero nunca desaparece.
John observa Buenos Aires de la misma manera en la que al comienzo observa a sus objetivos.
Pero esta vez no está buscando una debilidad. Está intentando entender qué tiene enfrente.
Y entonces aparece el tango.
No como una simple referencia cultural ni como música colocada de fondo para recordarnos constantemente que estamos en Argentina. El tango termina convirtiéndose prácticamente en el segundo lenguaje de la película.
John mira bailar.
Pregunta.
Intenta aprender.
Se acerca.
Y Robert Duvall se toma su tiempo para filmarlo. Mira los pies, los cuerpos, los abrazos, las pausas. Hay momentos donde pareciera que la trama criminal podría avanzar y, sin embargo, la película prefiere quedarse observando a dos personas bailando.
Eso podría parecer una distracción. Para mí es justamente el corazón de Assassination Tango.
Porque el tango tiene algo que contradice completamente la manera en la que John vive.
John trabaja solo.
El tango necesita a otro.
John mantiene distancia.
El tango exige cercanía.
John controla.
El tango también tiene precisión y técnica, pero ese control solamente funciona si sos capaz de sentir qué está haciendo la persona que tenés enfrente.
Y ahí aparece un paralelismo bastante interesante entre sus dos mundos.
Matar y bailar necesitan ritmo.
Los dos dependen de la distancia, del movimiento y del momento exacto. Hay que saber cuándo acercarse, cuándo esperar y cuándo dar el siguiente paso. Un segundo antes puede arruinar todo. Un segundo después también.
Pero existe una diferencia enorme.
En su trabajo, John estudia el cuerpo del otro para saber cómo destruirlo.
En el tango tiene que aprender a leer el cuerpo del otro para moverse junto a él.
Y ahí Manuela empieza a ser fundamental. No funciona solamente como un interés romántico. Es quien introduce a John en un lenguaje que desconoce. Él, que está acostumbrado a entrar a una habitación sintiendo que tiene todo bajo control, de repente vuelve a ser un principiante.
Mira cómo baila.
Pregunta cómo funciona.
Intenta comprender los pasos.
Y sobre todo queda fascinado.
Eso me gusta porque Duvall no intenta convertir inmediatamente el tango en una metáfora enorme sobre la redención. John no descubre Buenos Aires, baila un tango y mágicamente deja de ser quien era.
La película es más pequeña y más honesta que eso.
Algo simplemente se despierta en él.
Curiosidad.
Deseo.
Sensibilidad.
La capacidad de mirar algo sin preguntarse inmediatamente para qué sirve.
Y se nota muchísimo que detrás de la cámara está Duvall. Su fascinación por el tango no parece pertenecer solamente a John. Pertenece también al propio director. Hay un cariño genuino por aquello que está filmando, como si la película criminal fuera en parte la excusa que encontró para acercar una cámara a algo que personalmente lo apasionaba.
Por eso Assassination Tango tiene un ritmo tan particular.
Si uno entra esperando un thriller de asesinos profesionales, puede resultar extraña. El crimen avanza lentamente porque Duvall constantemente encuentra otra cosa que quiere mirar. Una calle. Una conversación. Un baile. Un salón.
Pero justamente ahí aparece su personalidad.
La espera no interrumpe la película. La espera es la película.
John llegó a Buenos Aires para cumplir un objetivo y marcharse. La demora lo obliga a permanecer. Y permanecer hace que empiece a mirar.
Eso transforma también a la ciudad.
Buenos Aires no aparece como una postal perfecta ni como un catálogo turístico. Hay algo cotidiano en la forma en que Duvall intenta recorrerla. La película se mezcla con nuestra manera de hablar y con nuestros espacios, pero conserva siempre esa pequeña distancia de alguien que está descubriendo todo por primera vez.
Y por momentos resulta curioso verla desde acá, porque estamos observando a un estadounidense descubrir cosas que para nosotros forman parte del paisaje cultural.
Para John el tango es algo nuevo.
Para Buenos Aires estaba ahí antes de que él llegara y va a seguir estando después de que se vaya.
Y eso le da cierta humildad al personaje. Él puede ser extremadamente bueno en aquello que hace, pero llega a una ciudad que no lo necesita y encuentra una cultura que existía perfectamente sin él.
Tiene que observar.
Tiene que escuchar.
Tiene que aprender.
Incluso el título une dos palabras que parecen incompatibles:
Asesinato y tango.
La muerte y el baile.
La distancia y el abrazo.
Dos mundos completamente diferentes unidos por el mismo hombre.
Y me parece que ahí Duvall encuentra la mejor idea de la película. John vive dentro de un oficio donde las personas pueden convertirse en objetivos. Un nombre. Una fotografía. Una rutina que estudiar.
Buenos Aires empieza a devolverle personas.
Gente hablando.
Gente bailando.
Cuerpos que ya no son algo que calcular desde lejos sino algo a lo que acercarse.
No creo que Assassination Tango sea una película sobre un asesino que encuentra la salvación en Argentina. Tampoco necesita serlo. Buenos Aires no salva a John. Lo interrumpe.
Y esa interrupción alcanza.
Durante unos días, un hombre que llegó pensando solamente en cuándo tendría que matar a alguien empieza a preguntarse cómo se baila un tango.
Y quizás ahí esté lo que más me gusta de la película, el asesinato es aquello que lleva a John hasta Buenos Aires. Pero no es aquello que termina definiendo su paso por la ciudad.
Lo que queda son los salones, las calles, nuestra forma de hablar, la música, los cuerpos acercándose y ese tango que Duvall filma con una admiración que se siente completamente genuina.
Porque Assassination Tango podría haber utilizado Buenos Aires simplemente como escenario.
Duvall hace algo bastante más lindo: Se enamora un poco de ella.
Y en una película sobre un hombre que vive de mantener la distancia necesaria para matar, termina siendo justamente Buenos Aires (con su cultura, su gente y, sobre todo, con el tango) la que consigue obligarlo, aunque sea por un rato, a acercarse.