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Manhattan — La postal de Woody

rodrigosegade1000
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Manhattan es una película que me pega de una manera bastante personal porque yo amo Nueva York y amo Manhattan . Y pocas películas consiguieron mostrarme esa ciudad de una manera tan cercana a cómo…

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Manhattan es una película que me pega de una manera bastante personal porque yo amo Nueva York y amo Manhattan. Y pocas películas consiguieron mostrarme esa ciudad de una manera tan cercana a cómo uno la imagina cuando está enamorado de ella.

Woody Allen y Gordon Willis no parecen interesados solamente en registrar Nueva York: La convierten en una postal. El blanco y negro, Gershwin, los edificios, los puentes, las calles, las luces. Desde la apertura, Manhattan aparece como una ciudad real y al mismo tiempo como una versión soñada de sí misma.

Pero cuanto más pienso la película, más me gusta que esa idea de la postal no sea solamente una celebración de Nueva York. También sirve para entender a Isaac.

Porque una postal tiene algo particular: Muestra todo desde la distancia. La miramos completa, hermosa, ordenada. No vemos demasiado bien las imperfecciones, el ruido ni los detalles. Y Manhattan utiliza constantemente esa distancia para hablar de un personaje que sabe observar perfectamente su vida desde afuera, pero que muchas veces tiene enormes dificultades para reconocer aquello que está sucediendo delante suyo.

Hay un momento que para mí resume muchísimo de esto. Isaac y Mary están en Brooklyn mirando Manhattan. Y ese dato, que podría parecer solamente una curiosidad geográfica, me parece fundamental: están fuera de Manhattan contemplando Manhattan. Son espectadores de la ciudad. Desde esa distancia pueden verla entera, convertirla en una imagen, admirarla.

Y siento que Isaac vive gran parte de su vida exactamente así.

  • Observando.

  • Analizando.

  • Opinando.

Tratando de comprenderlo todo desde cierta distancia.

Isaac puede hablar sobre relaciones, libros, cine, arte, amor, moral o Nueva York. Tiene una explicación para prácticamente cualquier cosa. Pero saber hablar sobre algo no necesariamente significa saber vivirlo.

Y ahí la película empieza a enfrentar dos maneras distintas de mirar.

Por un lado está Isaac, que muchas veces permanece en ese plano general emocional. Puede ver la estructura completa de su vida, puede teorizar sobre ella, puede convertirla en discurso, pero le cuesta muchísimo detenerse en algo concreto.

Y del otro lado está Tracy, interpretada por Mariel Hemingway, que es probablemente el personaje más directo y genuino de toda la película.

Tracy no necesita construir grandes teorías alrededor de aquello que siente.

  • Siente.

  • Dice.

  • Está.

Y esa diferencia termina siendo enorme.

Hay un plano en el loft de Isaac que me parece una pequeña masterclass de puesta en escena porque Woody no necesita hacer que ningún personaje explique lo que está ocurriendo. Tracy está ahí, quieta, mientras Isaac anda haciendo cosas por el departamento, prácticamente ignorándola. La cámara permanece alejada y la propia iluminación empieza a contar la escena.

La luz está sobre Tracy.

Tiene casi una aureola, un spotlight que parece decirle tanto a Isaac como a nosotros: Mira acá.

Esto es importante.

Mientras tanto, Isaac está metido en una escalera caracol, moviéndose de un lado para otro, ocupado con sus pensamientos y sus problemas. Y es difícil no ver ahí una imagen perfecta del personaje: Tracy está iluminada frente a él y él sigue dando vueltas sobre sí mismo.

Lo hermoso es que sabemos qué va a pasar después.

Ese hombre que ahora apenas parece capaz de prestarle atención va a terminar corriendo desesperadamente para intentar alcanzarla.

La película ya nos había mostrado dónde estaba lo importante. El problema era que Isaac todavía no podía verlo.

Y para mí ahí aparece uno de los grandes temas de Manhattan: La diferencia entre mirar algo y realmente verlo.

Isaac mira permanentemente - Pero no siempre ve.

  • Mira Nueva York y puede convertirla en literatura.

  • Mira a Mary y puede convertirla en una fantasía intelectual y romántica.

  • Mira sus relaciones y puede analizarlas.

Pero Tracy requiere algo diferente. Requiere que deje de observar desde afuera y se involucre, y eso es justamente aquello que más le cuesta.

Por eso me gusta mucho relacionar esta forma de filmar con la propia ciudad. Manhattan se ve espectacular desde Brooklyn. Está completa frente a nosotros. La línea de edificios, las luces, el puente, el horizonte.

Pero para conocer Nueva York realmente hay que entrar.

  • Hay que caminarla.

  • Hay que soportar el ruido.

  • El tránsito.

  • La gente.

  • Las contradicciones.

Hay que dejar de contemplar la postal y meterse dentro.

Y con las personas pasa exactamente lo mismo. Desde lejos podemos construir una imagen perfecta de alguien.

  • Podemos imaginar cómo debería ser una relación.

  • Podemos enamorarnos de una idea.

El problema aparece cuando nos acercamos lo suficiente como para encontrar contradicciones. Y siento que Isaac es extraordinariamente bueno enamorándose de ideas.

Por eso Mary le resulta tan atractiva. Es complicada, intelectual, contradictoria, alguien con quien puede discutir y construir todo un universo mental. Existe una fascinación enorme porque Isaac puede convertir esa relación en otra de esas historias sofisticadas que le gusta contarse sobre sí mismo.

Tracy, en cambio, parece demasiado sencilla. Y quizás por eso no consigue verla.

No porque ella realmente sea simple, sino porque no necesita esconder aquello que siente detrás de una gran construcción intelectual.

En una película llena de adultos que constantemente justifican sus contradicciones mediante discursos inteligentes, Tracy es probablemente quien habla con mayor claridad.

Y eso termina dejando a Isaac bastante expuesto.

Porque él puede considerarse el adulto de la relación, el experimentado, el intelectual, el que entiende cómo funciona el mundo. Pero emocionalmente muchas veces es Tracy quien parece entender algo que él todavía no aprendió.

También por eso me fascina la decisión de filmar Manhattan en blanco y negro. Para mí no hace que Nueva York parezca antigua, Hace que parezca recordada.

Como si estuviéramos viendo una ciudad que ya pasó por la memoria de alguien antes de llegar a nosotros. Cuando uno recuerda un lugar que ama, muchas veces no recuerda todo.

  • Quedan imágenes.

    • Una esquina.

    • Un puente.

    • Una luz.

    • Un restaurante.

    • Una persona caminando.

    • Una noche.

Y siento que Gordon Willis fotografía Nueva York exactamente desde ese lugar. No como un mapa objetivo de la ciudad, sino como la ciudad que permanece en la cabeza de alguien después de haberla amado.

Eso me toca particularmente porque siento que amar Nueva York también tiene mucho de eso.

La ciudad real puede ser agotadora, sucia, ruidosa, incómoda, caótica.

Pero alcanza determinado cielo entre edificios, determinado puente iluminado o caminar algunas cuadras de Manhattan para que todo eso desaparezca por un momento.

Y aparezca nuevamente la postal.

Woody entiende perfectamente esa contradicción.

  • No ama Nueva York porque crea que sea perfecta.

  • La ama a pesar de conocer todas sus imperfecciones.

Y ahí aparece quizás la mayor ironía de Isaac: Puede aceptar las contradicciones de una ciudad mucho mejor de lo que acepta las contradicciones de las personas.

Puede decir que Nueva York es maravillosa aun sabiendo que es caótica, pero con sus relaciones constantemente busca otra cosa.

  • Otra persona.

  • Otra posibilidad.

  • Otra versión más cercana a aquello que imaginó.

Y por eso la película también tiene algo bastante triste escondido detrás de algunas de sus imágenes más hermosas.

En el material que me pasaste lo describen muy bien: Hay planos que son tremendamente poéticos por cómo están compuestos, pero que en realidad están contando algo bastante trágico.

Esa contradicción me parece muy propia de Manhattan.

  • La belleza de la imagen y la tristeza de aquello que está sucediendo dentro de ella.

  • Una ciudad preciosa mientras una relación se rompe.

  • Una luz perfecta sobre una persona que no está siendo vista.

Dos personajes mirando Manhattan desde lejos mientras sus propias vidas son muchísimo más difíciles de ordenar que ese horizonte.

Y después está el final.

Isaac corre.

Eso me encanta porque durante casi toda la película su principal herramienta fueron las palabras.

  • Hablar.

  • Explicar.

  • Analizar.

  • Justificarse.

Pero cuando realmente entiende que puede perder a Tracy ya no hay argumento que alcance.

Entonces corre. El hombre que pasó la película observando finalmente actúa.

Y llega tarde.

O quizás llega justo lo suficientemente tarde como para aprender algo.

Tracy está por irse y le dice que seis meses no son tanto tiempo, que no todo tiene por qué cambiar, y termina apareciendo esa idea maravillosa de que hay que tener un poco de fe en las personas.

Después de una película llena de neurosis, intelectualización y personajes intentando controlar sus sentimientos mediante explicaciones, la respuesta termina siendo extremadamente sencilla.

Confiar.

Algo que Isaac nunca supo hacer demasiado bien.

Por eso para mí Manhattan no es solamente una carta de amor a Nueva York.

Es más interesante que eso, es una película sobre cómo convertimos aquello que amamos en una postal.

  • Una ciudad.

  • Una relación.

  • Una persona.

  • Nuestra propia vida.

Y sobre el peligro de enamorarnos tanto de esa imagen que terminemos dejando de mirar los detalles.

Yo amo Nueva York y amo Manhattan.

Y obviamente puedo mirar esta película y quedarme simplemente fascinado con cada puente, cada edificio y cada calle que Woody y Gordon Willis convierten en una imagen perfecta.

Pero justamente por eso siento que la película me dice algo todavía más lindo. Una postal puede hacer que te enamores de una ciudad, pero para quererla de verdad tenés que entrar en ella.

Tenés que aceptar el ruido, las contradicciones y las imperfecciones.

Con las personas pasa lo mismo.

Y quizás el gran error de Isaac sea haber entendido perfectamente cómo amar una ciudad así, pero haber tardado casi toda la película en descubrir cómo mirar de esa misma manera a alguien que tenía justo delante suyo.

Por eso, para mí, Manhattan es la postal de Woody.

Pero no una postal vacía ni turística.

Es la postal de alguien que ama tanto una ciudad que sabe que la belleza no está en que sea perfecta.

Está en que, aun viendo todo lo que tiene de imperfecta, seguís queriendo mirarla.

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