Die Hard 2 tiene un problema bastante evidente y, al mismo tiempo, creo que es parte de su encanto: Sabe perfectamente que está intentando hacer otra vez Die Hard. Cambia el Nakatomi Plaza por un aeropuerto, cambia Los Ángeles por Washington, aumenta la escala y multiplica las amenazas, pero vuelve a colocar a John McClane exactamente donde mejor funciona: solo, rodeado de gente que no le cree y obligado a resolver un problema que, en teoría, debería estar resolviendo alguien más.
Y la propia película es consciente de lo absurdo de la situación. McClane tampoco puede creer que algo así vuelva a ocurrirle. Después de sobrevivir a Nakatomi, ahora solamente está esperando a Holly en el aeropuerto durante Navidad y termina nuevamente metido en una operación terrorista.
¿Cómo puede pasarle la misma mierda al mismo tipo dos veces?
Esa idea define bastante bien la película.
La diferencia es que McClane ya no es exactamente el hombre de la primera. En Die Hard había algo improvisado en él. Estaba completamente fuera de su territorio, sin zapatos, lastimado y entendiendo el problema al mismo tiempo que nosotros. Acá llega con una experiencia previa que lo hace detectar mucho antes que los demás que algo no está bien.
Ve pequeños movimientos.
Sospecha.
Investiga.
Y, otra vez, nadie quiere escucharlo.
Ahí aparece una de las cosas que mejor conserva la secuela: McClane nunca funciona como un superhéroe tradicional. Bruce Willis puede disparar, pelear, correr y sobrevivir situaciones cada vez más imposibles, pero siempre transmite la sensación de que preferiría no estar haciendo nada de eso.
McClane no busca salvar el día.
Quiere que alguien competente se haga cargo para poder irse con su mujer.
El problema es que prácticamente nadie parece capaz de hacerlo.
Y el aeropuerto es una muy buena elección para repetir la fórmula sin copiar completamente el espacio de la primera. Nakatomi era vertical: McClane tenía que subir y bajar permanentemente por un edificio que lentamente aprendíamos a conocer junto con él. El aeropuerto, en cambio, es una red. Terminales, pistas, hangares, túneles, sistemas de comunicación y aviones suspendidos en el aire.
Ya no hay solamente personas atrapadas dentro de un edificio. Hay cientos de personas atrapadas en aviones que ni siquiera pueden aterrizar.
Eso cambia la amenaza.
Los terroristas no necesitan tomar físicamente a todos los pasajeros como rehenes. Les alcanza con controlar la infraestructura. Si dominan el sistema que permite aterrizar a los aviones, dominan a todos los que están arriba.
Y ahí Die Hard 2 tiene una idea bastante buena: convertir algo completamente cotidiano —un aeropuerto funcionando— en una maquinaria vulnerable. Luces, comunicaciones, radares, combustible, pistas. Cosas que normalmente damos por sentadas empiezan a convertirse en armas.
La película también aumenta considerablemente la crueldad respecto de la primera.
La caída del avión es probablemente el momento que termina de establecerlo. Hasta entonces todavía podemos pensar que estamos dentro de otra aventura de McClane contra terroristas. Pero cuando hacen estrellar un avión lleno de pasajeros simplemente para demostrar que tienen el control, la amenaza adquiere otro peso.
McClane llega demasiado tarde.
Y eso es importante.
Porque estamos acostumbrados a que encuentre alguna solución imposible segundos antes de la tragedia. Esta vez no puede.
Puede ser ingenioso.
Puede insistir.
Puede tener razón antes que todos.
Pero no siempre alcanza con tener razón si nadie te escucha a tiempo.
Ahí aparece también una de las obsesiones de la saga: la incompetencia institucional. McClane identifica el peligro, intenta advertirlo y termina chocando constantemente con autoridades más preocupadas por los procedimientos y las jerarquías que por considerar que quizás ese policía insoportable sabe de qué está hablando.
Y es una repetición de la primera película, sí. Pero funciona porque forma parte del personaje.
McClane es alguien incapaz de quedarse quieto cuando sabe que algo está mal. Puede recibir una orden directa de no intervenir y probablemente la interprete como una invitación a investigar por su cuenta.
Eso también explica por qué su relación con Holly sigue siendo importante aunque ella pase buena parte de la película dentro de un avión.
En la primera, McClane viaja a Los Ángeles intentando reparar un matrimonio deteriorado. Acá siguen juntos. Sobrevivieron a Nakatomi y aparentemente consiguieron reconstruir algo.
Entonces la película invierte parcialmente la situación.
McClane ya no intenta recuperar a Holly emocionalmente.
Intenta conseguir que pueda volver a casa.
Y me gusta que Holly tampoco quede reducida completamente a esperar. Sigue teniendo carácter, sigue enfrentándose a Thornburg y sigue siendo perfectamente capaz de defenderse dentro de su pequeño conflicto. El puñetazo al final incluso funciona como una continuación directa de la relación que ya tenían en la primera.
Pero donde Die Hard 2 inevitablemente pierde frente a su antecesora es en los villanos.
Hans Gruber era demasiado bueno.
No era solamente una amenaza para McClane. Tenía humor, elegancia, inteligencia y una presencia que convertía cada conversación en una especie de duelo. El coronel Stuart es más frío, militar y brutal. Funciona para esta película, pero no tiene esa misma fascinación.
Y eso obliga a la secuela a compensarlo con más acción, más escala y más espectáculo. Se nota que ahora hay más recursos.
La película sale del espacio cerrado con mucha más frecuencia, utiliza aviones, motos de nieve, persecuciones, explosiones y termina llevando a McClane directamente sobre el ala de un avión.
Es una secuela entendiendo la lógica más clásica de las secuelas:
Si la primera funcionó, hagámosla más grande.
Y por momentos se pasa.
Pero también hay algo muy disfrutable en eso porque todavía conserva suficiente ADN de Die Hard. McClane sigue recibiendo golpes. Sigue llegando destruido al final. Sigue resolviendo problemas utilizando aquello que encuentra alrededor y sigue teniendo esa capacidad de Bruce Willis para reaccionar ante una situación completamente absurda como si él también estuviera pensando:
“No puedo creer que tenga que hacer esto otra vez.”
Y el final lleva esa lógica hasta el máximo.
McClane termina sobre el avión, pelea, cae y descubre que puede utilizar el combustible como una última posibilidad. Prende el rastro y hace explotar el avión.
Pero lo importante es que esa explosión termina teniendo una segunda función. La pista de fuego se convierte en una guía, los aviones que estaban dando vueltas sin poder aterrizar finalmente pueden ver dónde hacerlo.
Eso me gusta porque McClane no resuelve solamente el enfrentamiento físico. Convierte la destrucción que acaba de provocar en la solución para todos los que siguen arriba.
Y entonces llega el inevitable:
“Yippee-ki-yay, motherfucker.”
Ya no tiene la espontaneidad de la primera porque ahora sabemos que es una frase de la saga. Pero justamente Die Hard 2 vive en ese lugar: sabe que estamos esperando determinadas cosas y decide dárnoslas nuevamente.
Creo que por eso funciona bien como secuela aun sin acercarse al impacto de la original.
No intenta reinventar completamente a John McClane. Lo coloca en una versión más grande del mismo infierno y se pregunta cuánto puede escalar aquella fórmula antes de romperse.
Y todavía aguanta.
Porque debajo de los aviones, las explosiones y las coincidencias absurdas sigue estando aquello que hacía funcionar al personaje: McClane es el tipo que ve que algo está mal, avisa, nadie le da bola y termina teniendo que hacerlo él mismo.
No porque quiera demostrar que es el héroe.
Sino porque no soporta quedarse mirando mientras los demás no hacen nada.
Die Hard había construido la fantasía del hombre común obligado a convertirse en héroe.
Die Hard 2 encuentra algo más irónico:
el problema de haber demostrado una vez que podes salvar a todos es que, cuando vuelve a ocurrir, ya no podes fingir que no sabes cómo hacerlo.