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La queja del día a día

Jorgeguzman
Pensamiento

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lucesDeMiercoles

Curioso que la frase del libro hablara de retórica sin sustancia y que justo ese día la sustancia te la pusieran delante tus compañeros con un plato de carne en salsa roja, sin argumentar nada. Apuesto a que esa página la vas a recordar más por el día que

Curioso que la frase del libro hablara de retórica sin sustancia y que justo ese día la sustancia te la pusieran delante tus compañeros con un plato de carne en salsa roja, sin argumentar nada. Apuesto a que esa página la vas a recordar más por el día que por lo que decía.

Contenido de la publicación

La mañana pesada, sin ánimos de nada, sin la frase que motiva, solo con la disciplina.

La alarma insistía en despertarme; ese era su trabajo. Un celular sin pantalla activó una alarma que había programado cuando aún servía. Era imposible apagarlo; no pensé en bajarle el volumen. Mi paciencia no daba para tanto; solo quería que se callara… Me quedé acostado mirando al techo. Pensaba en algo que me diera la motivación para levantarme a trabajar, pensaba y pensaba, y no parecía haber nada.

Pensé en mi futuro, y quería dormir aún más; pensé más en mí que en alguien más y quería rendirme. Imaginaba el antes, después el después. Duré quince minutos mirando al techo, pensando, imaginando, y nada era bueno: no había una buena mujer, no había algo lindo en mi vida. Me di cuenta de que no era pobre por dinero, sino por no tener a nadie a mi lado. Pensé en mi familia y me levanté; al menos mi salario serviría de algo para ellos.

No solo me levanté, sino que oré como de costumbre, agradeciendo y pidiendo fuerzas. Me vestí, bajé al segundo piso, entré al baño, metí solo la cabeza a la regadera y me la lavé, me sequé el pelo, me vi al espejo y me lavé los dientes. Salí de casa sin almuerzo, solo con un gran billete de cien, y caminé tres calles hasta la parada del autobús. Fui el último que subió; la puerta se cerró y no se abrió hasta tres paradas después. El camión iba lleno y yo iba de pie; quería leer, pero los codos de la gente me lo impedían.

Transbordé un camión más antes de llegar a otra estación, donde también iba de pie. Un señor con apariencia de poeta subió en el penúltimo paradero.

El hombre gritaba:

— ¡Un dulcesitooooooo! ¡Una paletitaaaaaa! ¡Hoy no tiene precio! ¡Lo que sea de su buena voluntaaaaaaaad!

Yo deseaba que se callara; la gente también lo deseaba, su mirada lo decía, por eso no me sentía culpable. Pensaba en lo que hubiera hecho Jesús; sé que él hubiera ayudado a aquel hombre, pero yo no podía darle el único billete que tenía: no comería, y no tendría cómo regresarme. Solo lo dejé pasar.

Llegué a la base y transbordé el último de los camiones, donde por fin pude sentarme. Saqué mi libro y me puse a leerlo:

«Ten cuidado: cuando la retórica se convierte en sustituta de la sustancia, es porque el argumento no puede sostenerse por sí mismo».

Leía apologética, maneras de cómo defender la fe; leí algunas cinco páginas y cerré el libro. Llegué a mi destino, me cambié, y no tenía qué comer: de pensar tanto en otras cosas olvidé comprar el almuerzo. Solo tenía unas galletas y menos de medio litro de agua que había dejado el día anterior. Mis compañeros sabían que últimamente tomaba de los refrescos que sobraban del día anterior, o de varios días antes. Vieron cuando tomé unas botas de la basura para ponérmelas y tirar mis viejos tenis. Sin ofenderme, me ofrecieron de sus alimentos: carne en salsa roja con frijoles, y tacos de milanesa. Tomé algo de Coca-Cola y me puse a preparar pastas; pinté un lateral de unos seis metros y seguí preparando pastas. Las subía por la escalera de metal al segundo piso, bajo el sol; sentía los huesos morir, mis piernas temblaban. Me escabullí a comer una galleta y tomar un poco de agua, y seguí trabajando.

Cuando terminó el trabajo, regresé a casa en el camión, tal vez a las cinco y cuarto. Mientras iba y cuando estaba a punto de llegar a la base donde tomaba otro bus que me llevaba a otra base, veía por la ventana un accidente:

¿Cómo se supera ver a alguien muerto frente a tus ojos?

Veía su sangre; su cuerpo estaba doblado como si se hubiera quebrado por completo la cintura, y se hubiera dado dos vueltas como un trapo exprimido. El casco estaba a un lado de ella, y su acompañante tirado a unos tres metros de ella. La moto debajo del carro y varias personas auxiliando.

—¿Está muerta? —decían las personas del bus.

Yo asentí con la cabeza: —Sí, está muerta —dije en la mente.

— ¡Mira cuánta sangre! —decía una señora junto con otra—. Tendrían unos sesenta años cada una, tal vez más.

Una glorieta con tal vez dos muertos; yo quedé traumatizado ante la escena. Llegamos a la base que estaba a la vuelta de aquella avenida, y bajé para tomar la oruga, donde también subieron las dos ancianas que iban hablando sobre la mujer.

— Está muerta, definitivamente estaba muerta…

—¿Viste el camino de sangre? ¡Pobre mujer, está muerta!

Escuchaba la palabra «muerta» en cada diálogo que tenían. Yo iba agarrado de un tubo que tenía que alcanzar con la punta de los dedos del pie para poderlo sujetar. La oruga llena; yo traumatizado y las señoras a mi espalda que enfatizaban: «Muerta, muerta, muerta».

Yo hice una oración por la mujer, cerré mis ojos y pedí al Señor que pudiera salvarla. A mí no me constaba que ella estuviera muerta, pero tampoco que estuviera viva; solo sabía que el Señor sí lo sabía. Oré al Padre y descansé un poco, aunque la imagen seguía en mi cerebro como una mariposa inocente, revoloteando.

La oruga se vació y me recargué entre la ventana y los tubos; abrí mi libro y quise olvidarme de lo que había visto.

Creo que es mil veces peor ver la muerte de otra persona que no es tu familiar. Al menos cuando anunciaron la muerte de mi padre pude llorar y no quedarme con un nudo en la garganta.

Solo pensaba en aquella mujer: el día de hoy salió, se vistió y se puso el calzado; tal vez tenía un plan para el día de hoy. Y aquel hombre, si fuera su pareja, su fuera su hermano, o su amigo, hizo lo mismo: se calzó, se vistió y salió. Tal vez hizo una oración para que nada le pasara, tal vez no la hizo y por eso sucedió. Solo pensaba en el teléfono de la madre, del hermano, del esposo, del hijo, del tío, de la tía, del sobrino, del abuelo, de los amigos…

Mientras tanto, seguía viendo en los iris de la multitud la queja y la queja del día a día. Bastó con pasar debajo de un puente y se obscureciera, verme a los ojos, ver la misma queja en mis ojos, en el reflejo de la ventana, en mi mente y corazón.

Pienso: el día de mañana no me quejaré, sino que agradeceré y confiaré en el Señor; pues no sé cuándo la muerte pueda llegar a tocarme, mas sé que mientras confíe en Cristo, él me hará vencerla.

— Jorge Guzmán

Thoughts

  • misa_de_ocho

    Al señor de las paletas yo tampoco le hubiera dado el único billete, y también me habría sentido mal media cuadra y después se me olvida. Lo del almuerzo olvidado también me pasa cuando ando con la cabeza en otra parte.

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  • lucesDeMiercoles

    Curioso que la frase del libro hablara de retórica sin sustancia y que justo ese día la sustancia te la pusieran delante tus compañeros con un plato de carne en salsa roja, sin argumentar nada. Apuesto a que esa página la vas a recordar más por el día que por lo que decía.

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  • jsuarez902

    Yo también cargo un libro de apologética en la mochila y nunca paso de diez páginas; después de un día como el tuyo uno ya no quiere defender nada, solo llegar a la casa.

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  • chelo

    Cerrar los ojos en la oruga llena y pedir por alguien que ya no ves es lo que hago yo casi siempre, sin fórmula y sin saber si se hace bien. ¿Al día siguiente volviste a pasar por esa glorieta?

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  • Tono

    Pues sí, uno se queja y luego ve una cosa así y se le cae la queja de las manos. Yo a mis años ya doy gracias por un día sin dolor.

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  • TereG78

    Mirá, lo de los codos que no te dejaban leer en el camión lo entendí demasiado bien, yo ni el celular puedo sacar. Y después el resto del día, ta, no me sale ni un chiste hoy. Te pienso.

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  • Ines_del_Valle

    Pedir por ella en la oruga sin saber si estaba viva o muerta es lo único que se puede hacer ahí, y lo hiciste. Yo rezo así por gente que no conozco casi todas las noches, con el nombre si lo sé y sin nombre si no, y desde hace un par de años pido más corto, pido menos cosas. La imagen se te va a quedar semanas, oye, a mí también se me quedan, y uno reza igual.

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  • Belencita

    Me acuerdo de ti esta madrugada, Jorge, y de los compañeros que te dieron de comer sin decir nada.

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  • rosario_de_las_seis

    Lo de la señora que esa mañana se vistió y se calzó igual que tú, sin saber, es lo que me deja quieta. A mí me pasa que cuando muere alguien de la calle pienso primero en la cocina que dejó a medias, en la taza. Esta tarde a las seis la encomiendo, a ella y al muchacho de la moto, y a ti también, hijo, que llegaste a tu casa. Ahí lo dejo.

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  • Ovid

    Me alegra que llegaras a casa y escribieras el día entero, Jorge! Lo de tus compañeros ofreciéndote carne en salsa roja y tacos de milanesa sin decir nada de las botas me hace pensar en cómo cuida la gente que trabaja con las manos, sin hacer un tema de ello. Apuesto a que ese almuerzo te sostuvo más que las cinco páginas del libro.

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