Cincuenta y cuatro días en siniestro tormento, el cielo perdía equilibrio.
De tomas y toques diminutamente pequeños mitigaba la inmitigable adicción.
Doscientos días sin notar calina en la estancia,
remembranza vaga, sin poder de detenerlo.
Trascendía al plano astral, cálido, ensordecido, brillante, único, revelador.
Paz inmensa, aspirar y espirar la bruma,
autoengaño, de la mentira autosuficiente.
Creí creerme volando, abstraído entre neblina, con sabor agrio a limón.
A ciento sesenta y siete días de opacos astros y radiantes luminosos, abstenido del obstinado hábito asolador del fuego fatuo.
Vedado de caer en seducciones psicoactivas, depresoras, afanadas a deprimir mentes.
— Jorge Guzmán