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La Casa de Francisco Juárez.

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En Celaya hay casas de las que se cuentan historias.

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Contenido de la publicación

En Celaya hay casas de las que se cuentan historias. 

La de Francisco Juárez es distinta.

De ella nadie sabe contar la primera historia.

Los vecinos aseguran que está embrujada. Otros dicen que no pasa nada. Que siempre ha estado ahí, que nunca ha ocurrido una desgracia y que, fuera de algún ruido extraño de vez en cuando, no hay nada que temer.

Lo curioso es que todos recuerdan haber escuchado la leyenda.

Nadie recuerda de quién.

Era como preguntar a alguien cuál fue el primer sueño que tuvo en su vida.

La gente sabía que la historia existía.

Pero nadie podía señalar el momento en que la había aprendido.

Federico volvió a Celaya después de veinte años en Querétaro.

Era historiador. Se dedicaba a rescatar relatos locales que habían sobrevivido más en la memoria de la gente que en los documentos oficiales.

La casa apareció durante una conversación casual.

—¿Conoces la de Francisco Juárez?

Federico negó con la cabeza.

—La de la 903.

—¿Qué pasó ahí?

La mujer se quedó pensando.

Mucho tiempo.

Demasiado.

Como si buscara algo en un cuarto oscuro.

Finalmente respondió:

—Nada.

Federico sonrió.

—Entonces, ¿por qué dicen que está embrujada?

La mujer también sonrió.

Pero no respondió.

Al día siguiente fue a ver la casa.

Número 903.

Avenida Francisco Juárez.

Era una casa limpia, sencilla. No tenía ventanas rotas, bardas vencidas ni maleza creciendo entre las grietas.

No parecía abandonada.

Tampoco habitada.

Había algo peor.

Parecía estar esperando.

Durante las semanas siguientes, Federico buscó cualquier referencia relacionada con la propiedad.

No encontró muertes.

No encontró desapariciones.

No encontró incendios.

No encontró expedientes policiales.

Nada.

Hasta que apareció una mención distinta.

Un expediente viejo, apenas legible, hablaba de una niña.

La hija del supuesto dueño.

Decía que había muerto durante la construcción, atrapada bajo los muros recién levantados.

Pero algo no cuadraba.

El nombre del dueño no aparecía en ningún otro documento.

La fecha de la supuesta muerte no coincidía con los planos.

En unas versiones, la niña se llamaba Clara.

En otras, Isabel.

En otras, no tenía nombre.

Federico pensó que quizá aquella era la explicación que la gente había inventado para llenar el vacío.

Un asesinato siempre es más fácil de recordar que la nada.

Y, sin embargo, cada vez que preguntaba por la casa, alguien mencionaba a la niña.

Como si la historia hubiera nacido sola.

Igual que la casa.

Lo primero que descubrió después fue algo extraño.

Francisco Juárez nunca había vivido allí.

Ni siquiera había tenido relación con el inmueble.

El nombre pertenecía a la avenida.

El verdadero Francisco Juárez había sido docente y músico. Había muerto décadas antes de la construcción de la casa.

Federico intentó averiguar cuándo había comenzado a llamarse así la casa.

No encontró respuesta.

Los vecinos la llamaban Casa de Francisco Juárez.

Y nadie sabía desde cuándo.

Como si el nombre hubiera nacido junto con ella.

Los registros tampoco ayudaron.

Encontró escrituras.

Permisos.

Modificaciones.

Planos.

Nada coincidía del todo.

En unos documentos, la escalera tenía ocho escalones.

En otros, diez.

En otros, nueve.

Federico asumió que eran errores.

Hasta que encontró fotografías aéreas.

El terreno estaba vacío.

1975.

El terreno estaba vacío.

1978.

El terreno estaba vacío.

1980.

El terreno estaba vacío.

1982.

El terreno estaba vacío.

Volvió a revisar.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

La propiedad existía.

La casa, no.

Al menos no aparecía en ninguno de los registros fotográficos oficiales que había encontrado.

Como si hubiera decidido no estar allí cuando la fotografiaban.

Regresó al barrio de Tierras Negras.

Habló con varios vecinos.

Todos conocían la leyenda.

Ninguno conocía el origen.

Uno de ellos afirmó que su padre se la había contado cuando era niño.

Federico consiguió localizarlo.

El anciano recordó la casa sin problemas.

—Mi padre decía que ahí nunca pasó nada.

—¿Entonces por qué la gente dice que está embrujada?

—Porque siempre se dijo.

—¿Quién empezó a decirlo?

El hombre frunció el ceño.

Pensó durante unos segundos.

Luego negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Y cuándo comenzó a llamarse Casa de Francisco Juárez?

—Siempre se llamó así.

Federico volvió a verlo al día siguiente.

El anciano abrió la puerta.

Lo observó con extrañeza.

—¿Sí?

—Soy Federico. Ayer hablamos de la casa.

El hombre lo miró fijamente.

—Yo nunca he hablado con usted.

Federico sonrió por compromiso.

—Claro que sí. 

—No.

La firmeza de aquella respuesta le produjo un escalofrío.

No parecía una persona que hubiera olvidado.

Parecía una persona que recordaba perfectamente que jamás lo había conocido, por lo que se disculpó y se retiró.

Aquella noche revisó sus notas.

En varias páginas encontró frases escritas con su propia letra.

No recordaba haberlas escrito.

No parecían apuntes.

Parecían certezas.

La casa siempre estuvo aquí.

Pasó la página.

La misma frase.

Más adelante.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Algunas ocupaban márgenes completos.

En una hoja había presionado tanto la pluma que casi había roto el papel.

La casa siempre estuvo aquí.

Federico arrancó las páginas.

Las dejó sobre la mesa.

Al despertar, volvieron a estar dentro de la libreta.

Días después encontró una carpeta sin catalogar.

Dentro había una lista de personas relacionadas con la propiedad.

Propietarios.

Inquilinos.

Visitantes.

La mayoría de los nombres estaban completos.

El último no.

Sólo podía leerse:

Federico A.

Debajo aparecía una fecha.

Federico sintió una incomodidad imposible de explicar.

Cerró la carpeta.

No volvió a abrirla.

Poco después encontró una fotografía familiar tomada frente a la casa.

Consiguió una copia digital.

En ella aparecían un hombre, una mujer y dos niños.

Al ampliar la imagen notó una figura junto a una ventana del segundo piso.

Era una niña.

La observó durante varios segundos.

No la reconocía.

Apartó la mirada.

Cuando volvió a verla, la niña había desaparecido.

Revisó la fotografía original.

Tampoco estaba.

Federico permaneció sentado frente a la pantalla durante más de una hora.

Estaba completamente seguro de haberla visto.

Días después encontró una referencia histórica a Francisco Juárez.

Visitó el Panteón Norte. 

La tumba existía.

El nombre también.

Francisco Juárez.

1859-1923.

Nada lo relacionaba con la casa.

Y, sin embargo, cada vez que Federico preguntaba por la 903, la respuesta era la misma:

—La casa de Francisco Juárez.

Como si el nombre hubiera estado ahí antes que la casa.

Una semana más tarde volvió a la cafetería donde pasaba las tardes revisando documentos.

La mesera dejó el café sobre su mesa.

—¿Algo más?

—No, gracias.

Ella sonrió.

Se alejó.

Regresó unos minutos después con la cuenta.

Miró a Federico.

—Disculpe.

—¿Sí?

—¿Ya nos conocemos?

—Vengo aquí todas las semanas.

—Lo siento.

La mujer bajó la mirada.

—No recuerdo haberlo visto nunca.

Aquella noche revisó las fotografías almacenadas en su teléfono.

En varias aparecía él mismo.

Reflejado en escaparates.

En ventanas.

En espejos.

Las observó largo rato.

A la mañana siguiente volvió a revisarlas.

Su figura había desaparecido.

No estaba reflejada en ningún lado.

Como si nunca hubiera estado allí cuando las tomó.

El 2 de noviembre decidió entrar.

Llevaba una cámara.

Una libreta.

Una linterna.

Nada más.

La puerta cedió sin resistencia.

Dentro olía a polvo antiguo y madera húmeda.

La casa estaba vacía.

Pero no abandonada.

Había una taza sobre una mesa.

Un reloj detenido.

Un retrato familiar cubierto por una fina película de polvo.

Todo parecía haber sido usado recientemente.

Y olvidado después.

Subió la escalera.

Contó los escalones.

Nueve.

Volvió a contar.

Diez.

Parpadeó.

Esta vez fueron once.

Sintió un frío súbito.

Miró hacia arriba.

La escalera parecía más larga que unos segundos antes.

Llegó al final.

Un muro.

Nada más.

Revisó sus planos.

No debía existir aquel muro.

Pasó la mano.

Encontró una junta.

Presionó.

Una puerta se abrió.

Al otro lado estaba la misma casa.

Pero viva.

Había juguetes.

Fotografías.

Libros.

Platos limpios.

Ropa doblada.

Una mesa preparada para la cena.

No parecía una casa abandonada.

Parecía una casa cuyos habitantes habían salido apenas un momento.

Federico avanzó.

No tomó fotografías.

No escribió notas.

A cada paso sentía algo cada vez más extraño.

No estaba explorando.

Estaba recordando.

Sabía dónde estaba la cocina antes de verla.

Sabía qué puerta conducía al comedor.

Sabía dónde terminaba el pasillo.

Como si hubiera recorrido aquellos lugares miles de veces.

Encontró un álbum.

Lo abrió.

Familias distintas.

Décadas distintas.

Los mismos cuartos.

La misma fachada.

La misma casa.

Siempre la misma.

Pasó una página.

Y se quedó inmóvil.

Era él.

La misma ropa.

La misma cámara.

La misma expresión.

La fotografía había sido tomada en aquella habitación.

Exactamente en aquel momento.

Miró su reloj.

La hora coincidía.

Hasta el minuto.

Hasta el segundo.

Federico observó la fotografía durante largo rato.

No sintió miedo.

Sintió nostalgia.

Una nostalgia inmensa.

Profunda.

Dolorosa.

Como la que produce regresar a un lugar amado después de muchos años.

Por un instante pensó que aquella nostalgia no era suya.

Era de alguien más.

Como si aquella niña, la que nunca salió de los muros, hubiera estado esperando que alguien regresara.

Cerró los ojos.

Y por un instante supo exactamente dónde estaba cada habitación.

Cuando los abrió, la casa parecía reconocerlo. 

Después de ese día nadie volvió a verlo.

La policía lo buscó durante semanas.

Encontraron su automóvil. 

Su teléfono.

Sus documentos. 

La cámara nunca apareció.

La libreta tampoco.

El caso acabó archivado. 

Como tantos otros.

Muchos años después, durante una revisión de documentos antiguos relacionados con la propiedad, un funcionario encontró una fotografía dentro de un expediente.

Mostraba a una familia frente a la casa.

Un hombre.

Una mujer. 

Dos niños.

Y detrás de ellos, junto a una ventana del segundo piso, estaba una niña.

Observando a la cámara.

Esperando.

El funcionario giró la fotografía.

En el reverso sólo aparecía una fecha:

2 de noviembre.

Debajo aparecía una anotación mucho más antigua que el resto de la tinta.

Tan antigua que parecía haber envejecido junto con el papel.

La frase decía:

Por fin llegó uno que quiso quedarse.

El funcionario volvió a mirar la fotografía.

La niña seguía allí.

Inmóvil. 

Observando.

Recordó entonces una vieja historia que había escuchado años atrás.

La de un hombre desaparecido mientras investigaba aquella misma casa.

Después de varios segundos, un nombre regresó a su memoria.

Federico.

Luego buscó el nombre de Federico en los archivos municipales.

No encontró ninguno.

Volvió a buscar.

Nada.

Ni una ficha.

Ni una fotografía.

Ni un informe.

Ni siquiera una referencia a su desaparición.

Como si aquel hombre nunca hubiera existido.

Cerró el expediente.

Antes de guardarlo, bajó la vista hacia la fotografía una última vez.

Y se quedó inmóvil.

El funcionario acercó la imagen a la luz.

Sintió un escalofrío.

La familia seguía allí.

También la niña. 

Pero ahora no estaba sola.

Detrás de otra ventana se distinguía una figura nueva.

Federico.

Estaba detrás del cristal.

Mirando hacia afuera.

Como si hubiera estado allí desde siempre.

Como si llevara años esperando que alguien entrara.

Thoughts

  • rgaray4116

    Una casa que no se ve abandonada ni se ve habitada es lo más raro que hay. Se nota de lejos cuando una está esperando algo.

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  • novelaacuestas

    Pues nada, vengo con las de Celaya desde La Endemoniada y esta es la que más se me ha quedado. Lo de las fotos aéreas con el terreno vacío una y otra vez, 75, 78, 80, 82, me dejó frío, porque ahí no hace falta ningún fantasma, basta con que los papeles no la vean.

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  • fcorrea92

    Van siete de Celaya y todavía no me sé el mapa del pueblo. ¿La 903 ya había salido en alguna de las anteriores o es casa nueva?

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  • dlozano92

    Parce, lo que se me quedó pegado fue la libreta. Arranca las hojas, las deja sobre la mesa, y al otro día están otra vez adentro. Eso me pareció más berraco que la escalera.

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  • cuentistadebar

    Las leyendas de verdad son así, nadie tiene el original. Yo he escuchado la misma historia en dos pueblos de aquí, con distinto muerto y distinto año, y las dos ciertas para el que la contaba. Lo de la niña que a veces es Clara, a veces Isabel y a veces no tiene nombre es justo eso: uno rellena el hueco con lo que tiene a mano.

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  • TintaYMadrugada

    La foto del expediente con dos figuras en las ventanas me dejó pensando un buen rato. El funcionario mira, recuerda el nombre, y el archivo ya se lo está tragando a él también. Apuesto a que la casa se queda con el que pregunta por ella, no con cualquiera que pase por enfrente. ¿Decidiste desde el principio que el último en mirar fuera un empleado del municipio, o eso apareció escribiendo?

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  • Ovid

    La escalera que da nueve, luego diez y luego once me hizo pensar en esas casas de pueblo donde nadie se pone de acuerdo en cuántos cuartos tenían. Apuesto a que ahí está el truco de toda la leyenda: la casa cambia cada vez que alguien la cuenta. Me quedo esperando la que sigue de Celaya!

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  • TeoSanabria

    Lo de que todos recuerdan la leyenda y ninguno recuerda quién se la contó pasa igualito en mi pueblo con una casa cerrada del camino a la laguna. Nadie sabe quién empezó y todos la cuentan igual.

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  • lian

    Me encanta y la imagen también como para contar en esas noches de insomnio en medio del bosque.

    Excelente

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