Hasta ahí, nada extraordinario: solo confirmaban lo que ya se sabía —Mariano había estado por última vez con Rodrigo y Romina—, pero faltaba el relato que podía cambiar todo.
Antonio tomó el casete marcado con el nombre de Rodrigo, lo introdujo y dio play:
«Esa tarde estuvimos jugando con Mariano a la pelota mientras Romi nos miraba. Después la acompañamos a ella hasta la casa, lo dejé a él en la suya y me vine para acá. Hasta ahí fue lo que le conté al milico que vino a preguntar…»
A partir de esa última palabra, la voz se cortó de golpe y dio paso a un ruido denso, plano, infinito: estática pura.
Antonio adelantó unos segundos, volvió a dar play… solo zumbido. Avanzó más… nada más que ese vacío sonoro.
—¿Eso es todo? —preguntó el sacerdote, frunciendo el ceño.
—¡Les juro que la grabación era mucho más larga! —exclamó Esperanza, con la voz quebrada por la confusión y el susto.
—Pero no sale absolutamente nada más… —agregó Cecilia, abrazándose el chal sobre los hombros temblorosos.
Nadie habló.
Las miradas se perdían sobre la madera, cada uno sumido en su propia inquietud.
Antonio, sereno y paciente, rebobinó la cinta completa y volvió a dejarla correr desde el final de la voz de Rodrigo.
Dejó pasar el ruido sin adelantar nada… y entonces, despacio, giró el volumen hasta el máximo.
Entre el chasquido y el siseo constante, algo empezó a abrirse paso: una voz ronca, vieja, profunda y cargada de maldad, que parecía venir desde el fondo mismo de la tierra.
No hablaba frases, sino que repetía una y otra vez una serie de letras sueltas, como un conjuro desordenado:
N – A – V – S – O – D – O – T – R – I – R – O – M – A
—Shhhh… —mandó callar Antonio, levantando una mano firme—. ¿Lo escuchan?
Todos se inclinaron hacia el pequeño parlante, con el aliento detenido.
Las mujeres se miraban entre sí, confundidas, sin entender nada.
Gabriel fue el primero en preguntar, rompiendo la tensión:
—¿Qué idioma es ese? Nunca escuché nada parecido…
—No es ningún idioma… son letras sueltas, aparentemente sin sentido —respondió Antonio, mientras tomaba rápido un lápiz y una hoja de papel que había sobre la mesa.
Empezó a copiar cada letra que lograba distinguir, escribiéndola una y otra vez, fila tras fila, sin detenerse:
N - A - V - S - O - D - O - T - R - I - R - O - M - A
N - A - V - S - O - D - O - T - R - I - R - O - M - A
…
—¿Qué está buscando, padre? —preguntó Analía casi en un susurro, con el corazón en la garganta.
—Una frase… un mensaje escondido en el desorden —contestó él sin levantar la vista.
De pronto empezó a rodear con círculos negros ciertas letras, siguiendo un orden distinto, recorriendo la secuencia al revés, uniendo lo que parecía separado.
Al terminar, soltó el lápiz, se echó hacia atrás y dijo con voz firme y conmovida:
—Ya está.
—Lo encontré.
—¿Qué dice? ¿Qué es? —preguntaron todos al mismo tiempo, acercándose hasta amontonarse alrededor de la mesa.
Antonio giró la hoja y la mostró bajo la luz de la araña.
Allí, en letras grandes y marcadas con fuerza, se leía claramente:
TODOS VAN A MORIR