Qué hermoso es ser un árbol
Una noche lloré.
Qué raro que lloré.
Tuve que ir al baño de mi casa a secar mis mocos. El baño quedaba afuera y la noche estaba oscura.
¿Oscura?
Sí, que estaba oscura.
Me dio miedo. Estaba sola, pero no tan sola.
Al voltear a mis espaldas, miré un árbol. Un árbol tan, pero tan grande, que sobresalía del techo de las demás viviendas.
La luna salía de entre sus ramas.
Qué hermosa luna.
Qué hermosas ramas.
Queridos lectores, ¿cómo les explico la sensación de quedarse viendo sus ramas moverse por el viento?
Y pensé:
Qué raro que pensé.
¿Qué pasaría si esas ramas no se movieran?
Creo que no es por ser pesimista, pero cada vez que veo un árbol me dan ganas de vivir.
Sus colores están vibrantes. Su fuerza de seguir dando oxígeno a las personas que están debajo de ellos…
Creo que tenemos mucho que ver con los árboles.
Algunos somos fuertes como el roble.
Otros somos llorones como los sauces.
Otros tenemos hermosas flores blancas como el madroño.
Me di cuenta de que quería hacer un árbol crecer sin prisa, bailar con el viento sin decir una palabra y, como tantos de ellos, aprender que incluso estando quietos podemos crecer.
Y creo que lo he logrado.
Soy el árbol tan hermoso que un día había a mis espaldas.
Y cuando lloré tanto, era mi cabeza. Eran mis pensamientos.
Hoy, como los árboles después de tanta lluvia, ya empiezo a ver flores.
Qué hermosa lluvia.
Qué hermosas flores.
Así que, si un día me amaste y me viste de sorpresa, como ese árbol que estaba a mis espaldas mientras yo lloraba y no sabía qué hacer, quiero que me abraces.
Quiero que sientas lo mismo que siento cada vez que veo un árbol y miro para arriba, y miro sus hojas felices moviéndose al compás del viento.
Qué hermoso es ser un árbol.