Pesadilla recurrente que no me deja escapar,
corro de un lado a otro buscando la salida
pero ésta nunca está.
Todo es monocromático y pasa al atardecer
justo cuando el sol se oculta
como el anuncio de un suceso desgraciado.
A veces recorro un pueblo con casas antiguas
de arquitectura simple, fachadas de color gris
calles de tierra y un sauce llorón que evoca abandono.
A veces me encuentro adentro de una casa antigua
con mil habitaciones que se conectan cual laberinto
no veo muebles y las ventanas se cierran a medida que me acerco.
Incansable recorro todos los rincones del pueblo, de la antigua casa
y a veces encuentro algo que me resulta familiar.
Rara vez me cruzo con personas reales, ya no son personas
son espectros que aparecen y desaparecen ignorando mi presencia.
Siento que debo encontrar a alguien específico
pero ignoro a quien.
Percibo que es alguien que me importa
no puedo irme abandonándolo a su suerte.
No sé quién es, tampoco su género, ni su edad
pero siento en el pecho que no puedo dejarlo.
Y la desesperación comienza a invadirme.
Corro por todas partes, entrando a piezas que no reconozco.
A veces logro encontrar a esa persona que no debo dejar,
y aunque la intente identificar no veo su rostro.
El laberinto no me permite escapar
adelantándose a mis intenciones muta cada vez.
Me acerco rápidamente a alguna ventana que se cierra cada vez más
y apenas logro liberar a esa persona
que en mis manos se convierte en pequeña para poder escapar.
Le pido a alguien que se encuentra afuera que se la lleve, debe protegerla
y entonces la ventana se cierra totalmente separándonos para siempre.
La angustia me envuelve como humo negro y tóxico,
me asfixio e intento escapar, pero es imposible encontrar una salida.
Sé que no lo voy a lograr, allí me voy a quedar.
Pero me alegro al pensar que a aquel pude salvar.
Me voy convirtiendo en espectro, oscuro, gris, traslúcido, invisible.
Despierto sintiendo tristeza, angustia, dolor en el pecho
porque allí mis pesadillas me van a devolver una y otra vez.
Sin esperanzas, sin respuestas, sin escape,
como un bucle temporal que jamás rompe su ciclo
aunque cambie el paisaje pero jamás sus matices
de muerte, soledad y olvido.